Capítulo 14. Una firma imposible
La había guardado en una funda transparente, al principio de la carpeta azul, pero alguien había movido varios papeles al buscar el teléfono del cerrajero.
Tuvo que volver a ordenarlos antes de salir para el trabajo.
No le molestó. Aquella clase de tareas tenía una ventaja: si una factura estaba en su sitio, seguía estándolo al día siguiente.
No podía decir lo mismo de lo que sabía sobre la casa.
La tarde anterior, Gabriel había prometido revisar sus archivos para comprobar si había intervenido en la obra de la calle del Alfar.
Después había pasado casi dos horas en el despacho y no había vuelto a mencionar el asunto.
Elena no quiso preguntarle mientras cenaban.
Habían hablado de la compra, de una fuga pequeña en el patio y de una llamada de la madre de Gabriel.
Una noche sin discutir le había parecido, por una vez, un buen resultado.
Antes de cerrar la carpeta, miró de nuevo la autorización de uso temporal.
La firma de su marido ocupaba dos líneas, con la inicial de su nombre casi ilegible y una curva larga al final del apellido.
Era la misma rúbrica que aparecía en sus presupuestos y en las felicitaciones de Navidad cuando todavía enviaban tarjetas de papel.
Dejó el documento en la funda y se marchó.
***
El mensaje llegó a las once y siete, cuando Elena estaba preparando un informe de conservación.
Tenía el móvil boca abajo, al otro lado de la mesa. La vibración fue breve y no le prestó atención hasta que terminó de anotar el estado de una encuadernación. Al desbloquear la pantalla, vio la dirección de correo que ya conocía.
El remitente volvía a figurar como Inés.
El asunto era distinto: «Alfar, 18».
Elena no abrió el mensaje inmediatamente. Desde el domingo, cada nueva comunicación le producía la misma sensación contradictoria: quería que la persona que escribía dejara de hacerlo y, al mismo tiempo, temía que fuera a desaparecer llevándose la única explicación posible.
Entró en el correo.
«Pregúntale qué comprobó el veintiséis de agosto».
Debajo aparecía una fotografía de un documento.
No había enlaces que la invitaran a entrar en otra página ni instrucciones para buscar un objeto.
Solo una hoja fotografiada sobre una superficie gris, con el borde inferior ligeramente doblado.
El sello de Umbral Gestión se distinguía en la esquina superior derecha.
Elena amplió la imagen dentro del mensaje.
El encabezado decía: «Informe de visita y comprobación de condiciones de seguridad».
Inmueble: calle del Alfar, 18. Vega Alta.
Fecha de la visita: 26 de agosto de 2025.
Leyó la fecha dos veces.
Veintiséis de agosto. El día anterior a la muerte de Inés.
El informe tenía una tabla con varios apartados: accesos, señalización de zonas en obra, protección de huecos y estado general de los recorridos interiores.
En las observaciones finales figuraba una frase que Elena tuvo que ampliar para leer con claridad: «En las áreas comprobadas no se aprecian incidencias que impidan la circulación del personal autorizado».
No había fotografías de la escalera. Tampoco constaba en aquella hoja si el autor había revisado todas las plantas o únicamente una parte del edificio.
Al pie, bajo la expresión «Técnico firmante», aparecían un nombre y una profesión.
Gabriel Ríos. Arquitecto técnico.
Y una firma.
Elena dejó el móvil sobre la mesa. No había visto nunca aquel informe, pero reconocía la forma general de la rúbrica. La curva final del apellido atravesaba la línea destinada a la firma, como sucedía en los documentos de la casa.
Volvió a coger el teléfono.
Una imagen podía alterarse. La firma podía copiarse de cualquier presupuesto. El sello también. No tenía forma de saber dónde se había fotografiado aquella hoja ni si existía un original. Incluso el hecho de que el documento llevara una fecha no demostraba que se hubiera firmado ese día.
Pero el nombre de Gabriel estaba allí, en un papel relacionado con el edificio donde habían encontrado a Inés muerta.
El lunes él había dicho que no recordaba haber trabajado en esa obra.
Elena salió al pasillo con el móvil. Necesitaba respirar un momento antes de decidir qué hacer. En la máquina de agua había dos compañeros comentando un pedido que se había retrasado. Los saludó, llenó un vaso de cartón y regresó a su mesa sin intervenir en la conversación.
Guardó el correo original como había hecho con los anteriores. También conservó una copia de la fotografía tal como había llegado, sin recortarla. En su libreta escribió tres cosas: «26/08/2025. Informe de seguridad Alfar 18. Firma atribuida a Gabriel».
No puso «Gabriel estuvo allí». No lo sabía.
Tampoco escribió «accidente provocado por negligencia». El documento no decía eso y la noticia de la caída no explicaba qué parte de la escalera podía estar afectada, si es que lo estaba alguna.
Abrió la conversación con su marido.
«¿Puedes hablar hoy sin prisas cuando llegues? He recibido otro correo y necesito enseñarte un documento».
La respuesta llegó casi de inmediato.
«Sí. Saldré sobre las siete. ¿Estás bien?».
Elena miró la pregunta durante unos segundos.
«Sí. Prefiero enseñártelo en casa».
Bloqueó el teléfono y volvió al informe de conservación. Leyó dos veces el mismo párrafo antes de advertir que había escrito «26 de agosto» donde debía figurar la fecha de una reparación de 1932. Tachó el dato equivocado y empezó de nuevo.
***
Al salir del trabajo pasó por una copistería.
No quería imprimir el mensaje en el centro de conservación, donde el ordenador y la impresora eran compartidos.
Pidió una copia de la imagen a tamaño completo y otra de la cabecera del correo.
Guardó ambas en una funda distinta de la autorización de la vivienda.
La dependienta le preguntó si necesitaba graparlas.
—No, gracias. Así está bien.
En la calle comenzó a llover con esa lluvia fina de octubre que mojaba la ropa sin llegar a justificar un paraguas. Elena se detuvo bajo un soportal y observó la hoja recién impresa.
La firma resultaba menos convincente en papel de lo que le había parecido en la pantalla. Los bordes estaban borrosos y parte de la tinta se confundía con una sombra de la fotografía. No podría afirmar que fuese auténtica basándose solo en aquello.
Marcó el número de Lidia.
—¿Te viene mal que te llame?
—No. Estoy en casa. ¿Ha pasado algo?
Elena le explicó que había recibido otro correo y que esta vez contenía la fotografía de un informe del edificio. No le leyó la frase sobre la seguridad de los accesos hasta que Lidia se lo pidió.
—¿Lo firma Gabriel? —preguntó su interlocutora.
—Su nombre aparece como técnico. Parece su firma, pero solo tengo una fotografía.
Lidia guardó silencio.
—El día veintiséis —dijo al fin—. Inés murió el veintisiete.
—Sí.
—¿Y qué dice exactamente?
Elena se lo repitió, sin resumirlo como una certificación de que toda la obra estuviera en buen estado.
—No sé qué significa en términos técnicos —añadió—. Ni siquiera si esa hoja es auténtica.
—¿Se lo has enseñado a él?
—Voy a hacerlo esta noche.
Lidia respiró al otro lado de la línea.
—Quiero pensar que, si hubiera algo relacionado con lo que pasó, alguien lo habría mirado entonces.
—Yo también.
—Pero no sé qué miraron. Y tampoco quiero hacer como si un informe firmado un día antes no importara.
Elena se apoyó contra la pared del soportal. Miró cómo la lluvia oscurecía los adoquines y cómo una niña intentaba saltar los charcos sin soltarse de la mano de su padre.
—Mañana aportaré el correo a la Guardia Civil. No quiero que nos quedemos las dos intentando resolverlo con una fotocopia.
—De acuerdo. Avísame cuando sepas algo.
Antes de despedirse, Lidia preguntó por la letra de la carta encontrada detrás del cuadro. Todavía no había podido comparar la escritura con los papeles de su hermana. Había localizado dos cuadernos, pero eran notas de trabajo de otra época y necesitaba revisarlos sin prisa.
Elena le dijo que no había ninguna urgencia por esa parte.
Era verdad a medias. Le urgía conocer el origen de todos aquellos mensajes, pero no quería convertir el duelo de Lidia en una carrera por proporcionar pruebas.
***
Gabriel llegó a las siete y cuarto. Traía una pequeña bolsa con medicamentos para el dolor de espalda y tenía la camisa arrugada por debajo del cinturón. Elena lo oyó dejar las llaves en el cuenco del recibidor y preguntar si había cenado.
—No. He esperado.
Él apareció en la cocina y la besó en la mejilla. Sobre la mesa había dos platos, una ensalada sin aliñar y las copias dentro de una funda transparente.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Elena señaló la silla frente a ella.
—Siéntate un momento.
Gabriel dejó la bolsa junto al fregadero y se sentó. Elena sacó primero la fotografía completa del documento. No añadió ninguna explicación hasta que él terminó de leer el encabezado.
Su marido sostuvo la hoja por las esquinas. Al llegar a la parte inferior la acercó un poco a la luz.
—¿Quién te ha enviado esto?
—La misma dirección que los otros correos.
—¿Es un archivo?
—Una fotografía dentro del mensaje. He guardado el original.
Gabriel volvió a mirar el papel.
—¿Y qué quiere que haga con él?
—Que te pregunte qué comprobaste el veintiséis de agosto.
Él se quedó quieto.
Elena no le pidió que reconociera la fecha. Le mostró la firma.
—¿Es tuya?
Gabriel observó el extremo borroso de la rúbrica. Pasaron unos segundos.
—Sí —respondió—. Esa firma es mía.
Elena sintió que algo en su estómago se cerraba, pero mantuvo las manos sobre la mesa.
—Ayer me dijiste que no recordabas haber trabajado en ese edificio.
—No recordaba esta documentación.
—¿La recuerdas ahora?
—Reconozco la firma. Son cosas distintas.
No lo dijo a la defensiva. Parecía esforzarse por no afirmar más de lo que podía sostener. A Elena le recordó, incómodamente, su propia manera de separar hechos y conjeturas.
—Entonces dime una cosa —pidió—. ¿Estuviste en la calle del Alfar el veintiséis de agosto de 2025?