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Capítulo 13. El edificio de la caída

El lunes, Elena encontró a Gabriel sentado en el último escalón, tratando de quitarse una mancha de pintura seca de la zapatilla.

—¿Desde cuándo tienes pintura en los zapatos? —preguntó.

—Desde antes de mudarnos aquí. —Gabriel señaló los cordones—. Pero he decidido que ya es hora de hacer algo al respecto.

Habían desayunado juntos y, por primera vez desde la mudanza, ninguno tenía que salir a trabajar. Elena había pensado aprovechar el festivo para ordenar el despacho. Sobre la mesa seguía la carpeta de los correos, con la última hoja añadida: la carta que había aparecido detrás del grabado.

La noche anterior había dormido mal. No por miedo a que alguien entrara en la casa, sino porque cada vez que cerraba los ojos volvía a leer una de las frases de la nota: «Si ella me pregunta, no voy a mentir por ti».

Había imaginado a Inés escribiéndola, aunque sabía que no tenía motivos para atribuírsela.

Le molestaba que unas palabras sin fecha ni procedencia pudieran ocupar tanto espacio en su cabeza.

—Voy a llevar las fotografías y el nuevo correo al puesto —dijo—. Ayer quedamos en eso.

Gabriel dejó la zapatilla en el suelo.

—Puedo acompañarte.

—No hace falta. Ya tengo los originales guardados y la carta en una funda. Solo quiero añadirlo a lo que conté el sábado.

Él asintió, pero no se levantó.

—¿Has hablado otra vez con Lidia?

—Anoche. Va a buscar algo escrito por su hermana para comparar la letra. Le he dicho que no se dé prisa.

Gabriel miró hacia el salón. Desde donde estaba podía ver el marco del grabado, de nuevo colgado en la escalera.

—No sé quién se ha tomado la molestia de preparar todo esto —dijo—. Pero quiero que termine.

Elena también. Había dejado de esperar que él le ofreciera una explicación completa cada vez que aparecía un objeto. Ahora necesitaba reunir información que pudiera comprobar por otros medios.

Se puso la chaqueta y cogió la carpeta. Antes de salir se volvió hacia él.

—Voy a pasar también por la calle donde encontraron a Inés. Quiero ver qué edificio era.

Gabriel dejó de frotar la mancha.

—¿Para qué?

—Para situarlo. En la noticia apenas se entiende cómo era.

—Era una obra, Elena. No vas a encontrar nada un año después.

—Puede que no.

Él recogió la zapatilla y se incorporó.

—No te metas en una propiedad ajena para buscar pruebas.

—No voy a entrar. Solo quiero ver la fachada.

—Vale. Perdona. Es que me preocupa que esto se nos vaya de las manos.

Elena lo observó un momento. La preocupación parecía sincera. También lo había parecido cuando la animó a conservar los mensajes. Su marido estaba actuando como alguien que deseaba protegerla y, al mismo tiempo, seguía sin dar cuenta de todo lo que sabía. Ambas cosas podían ser verdad.

—A mí también me preocupa —respondió.

***

Lidia aceptó encontrarse con ella a las doce frente a la plaza de los Olmos.

Elena pasó primero por el puesto de la Guardia Civil, donde aportó el tercer correo y las fotografías de la carta.

Dejó constancia de que el papel había aparecido en un cuadro de la casa y de que desconocía quién lo había colocado allí.

La agente que la atendió no intentó interpretar su contenido.

Le recordó que evitara responder al remitente y que comunicara cualquier hecho nuevo.

Cuando llegó a la plaza, Lidia la esperaba junto a la fuente sin agua. Llevaba una cazadora vaquera y una carpeta pequeña bajo el brazo.

—No he encontrado todavía nada que nos permita comparar la letra con seguridad —dijo a modo de saludo—. Tengo felicitaciones y notas sueltas, pero habría que verlas tranquilamente.

—No quiero que revuelvas sus cosas por mi culpa.

—Las revuelvo desde hace un año. La diferencia es que ahora sé qué estoy buscando.

Elena no respondió. Lidia había dicho aquello sin dramatismo, como quien habla de una tarea doméstica que termina formando parte de los días.

Caminaron hasta el coche de Elena. Ella llevaba impresa la noticia del accidente, aunque había señalado la dirección en el navegador. El edificio estaba en la calle del Alfar, en la parte antigua de Vega Alta, junto a una manzana donde varias casas se habían convertido en apartamentos.

—¿Llegaste a ir cuando ocurrió? —preguntó Elena mientras arrancaba.

—Al hospital primero. A la calle fui unos días después, con mi padre. Quería ver el sitio. Creía que si miraba la escalera entendería algo.

—¿Pudiste entrar?

—No. Había una valla, obreros y gente que nos dijo que no era buen momento. Mi padre se puso a discutir con uno de los encargados. Nos fuimos.

Elena esperó a que continuara.

—Después me avergoncé de querer entrar —dijo Lidia—. No porque estuviera mal preguntar. Porque estaba segura de que una escalera iba a explicarme por qué mi hermana no volvió a casa.

Elena redujo la velocidad para dejar pasar a un ciclista. No encontró una respuesta que no sonara demasiado fácil.

—Podemos quedarnos en la calle —dijo al fin.

—Eso quiero.

La calle del Alfar era estrecha y apenas había plazas donde aparcar. Dejaron el coche a dos manzanas y llegaron andando. Elena consultó una última vez el número de la noticia.

El edificio dieciocho estaba entre una panadería cerrada por el festivo y una vivienda de fachada amarilla.

Tenía tres plantas, balcones nuevos de hierro negro y una puerta de cristal con un portero automático.

El revestimiento de la planta baja era de piedra clara; en las zonas superiores la pintura todavía parecía reciente.

Nada indicaba desde fuera que allí hubiera muerto una mujer el verano anterior.

Lidia se detuvo en la acera opuesta.

—No se parece —dijo.

Elena sacó la fotografía publicada en la noticia.

La imagen mostraba andamios, una malla verde y parte de una fachada descarnada.

Apenas se distinguían dos ventanas y el hueco de la puerta principal.

Comparó la posición de los balcones. Eran los mismos, aunque ahora las barandillas y los marcos habían cambiado.

—La estructura sí —respondió—. Las ventanas de los extremos están en el mismo sitio.

Lidia cruzó los brazos. Miraba el portal sin acercarse.

—Me imaginé que lo habrían terminado. No pensé que fuera a parecer una casa cualquiera.

En la puerta había varios nombres escritos en las placas del telefonillo.

Un buzón tenía pegada una etiqueta provisional y otro estaba lleno de publicidad.

Detrás del cristal se veía un vestíbulo pequeño, con un suelo de baldosas grises y un espejo redondo.

Más allá empezaba una escalera que se perdía fuera de su campo de visión.

Elena observó aquel primer tramo sin avanzar.

La noticia solo decía que Inés había sido hallada al pie de una escalera interior.

No precisaba cuál, desde qué altura ni en qué condiciones se encontraba la obra aquel día.

El suelo y los peldaños que ahora podía ver quizá ni siquiera fueran los mismos.

—¿La policía te explicó dónde había caído? —preguntó.

—Nos hablaron de una caída en el interior y de que habían llamado a emergencias.

Nada que me permitiera reconstruirla. A mi padre le dijeron que no había indicios suficientes para pensar en otra cosa.

Yo pregunté quién la había encontrado, pero no me dieron una respuesta que me aclarara qué hacía allí.

—¿Crees que había ido por trabajo?

—Creo que era lo más probable. Eso no es lo mismo que saberlo.

Un hombre pasó con una bolsa de pan y abrió el portal con sus llaves. Las dos se apartaron para dejarle entrar. Durante un momento pudieron ver algo más del vestíbulo, pero la puerta se cerró antes de que distinguieran nada nuevo.

Elena pensó que habría sido sencillo seguirlo. También habría sido inútil y una intromisión. No buscaban huellas que siguieran allí después de catorce meses y una rehabilitación terminada. Estaban intentando comprobar una relación entre personas y trabajos que todavía no conocían bien.

—La noticia menciona una empresa de reformas, pero no da el nombre —dijo—. ¿Inés te habló de este edificio alguna vez?

Lidia negó con la cabeza y luego dudó.

—Hablaba de muchas obras. «La del centro», «la de los balcones», «la que no acaba nunca». Nunca presté demasiada atención a las direcciones. Para mí todo eran carpetas que le daban dolores de cabeza.

Elena guardó el móvil. Habían llegado hasta allí y apenas sabían más que cuando salieron de casa. No había nada malo en admitirlo.

Lidia se acercó finalmente al número de la fachada, sin cruzar el umbral. Pasó un dedo por la pintura de una pequeña marca junto al portal.

—Mi hermana odiaba las escaleras mecánicas —dijo de pronto—. Le daban miedo, aunque se subía a cualquier montaña rusa. De pequeñas tuvimos una discusión absurda porque me hizo esperar a que se quedara libre la escalera normal en unos grandes almacenes.

Sonrió apenas, mirando la marca.

—No te digo esto porque tenga relación con su muerte. Me he acordado, nada más.

Elena asintió. Le había ocurrido algo parecido con el recetario de Amalia: a veces los recuerdos llegaban por el camino más extraño y no servían para explicar nada. Solo hacían que una persona siguiera siendo una persona.

—¿Quieres que nos vayamos? —preguntó.

—Sí. Ya lo he visto.

***

Entraron en una cafetería a la vuelta de la esquina porque empezó a lloviznar. Lidia pidió un té y Elena un café. En la mesa dejó el recorte impreso de la noticia, doblado por la mitad para que no ocupara demasiado espacio.

—Hay algo que no entiendo —dijo Lidia—. Si lo que esa persona quiere es que sospeches de Gabriel, ¿por qué te manda a buscar cosas? Podría enviártelas directamente.

—Porque cuando encuentro algo yo misma me parece más difícil que sea mentira.

Lidia levantó los ojos.

Elena miró el papel de la noticia. Había tardado varios días en llegar a aquella idea, y decirla en voz alta la hizo parecer más sencilla de lo que era.

—El llavero, la carta... Cada mensaje me lleva a un objeto que puedo tocar. Yo hago el descubrimiento. Y entonces me cuesta pensar que alguien lo haya preparado para mí.

—Pero la carta podría haber estado allí antes de que llegarais.