Capítulo 12. Una carta para Gabriel
La estantería había quedado ligeramente inclinada hacia la izquierda.
—No está torcida —dijo Gabriel, apartándose para verla mejor—. Es el suelo.
Elena dejó una tabla en el suelo y cruzó los brazos.
—Claro. El suelo ha decidido inclinarse justo debajo de la estantería.
—Las casas antiguas se asientan.
—Y los muebles nuevos se montan mal.
Gabriel buscó el nivel de burbuja en la caja de herramientas. Lo colocó sobre la primera balda, esperó a que la burbuja se detuviera y se quedó mirando el resultado.
—El suelo —repitió, aunque esta vez con menos convicción.
Habían dedicado buena parte de la tarde, después del encuentro de Elena con Lidia, a aquella estantería de segunda mano, que resultaba más difícil de montar de lo que prometían las fotografías del anuncio.
Gabriel había perdido uno de los tornillos y lo había encontrado dentro del zapato.
Elena había descubierto una mancha de humedad en la parte trasera de una balda y decidido que, si la colocaban contra la pared, no se vería.
Ninguno quería volver a desmontarlo todo.
—Pon una cuña y acabamos —propuso ella.
Gabriel recortó un trozo de cartón. La estantería quedó derecha, al menos lo suficiente para que Elena pudiera empezar a colocar libros sin temer que terminaran en el suelo.
Separó los que estaba leyendo de los que llevaban meses esperando turno y dejó un espacio para las fotografías que todavía tenían en una caja.
Su marido recogió los tornillos sobrantes.
—Lo que me has contado de Lidia... —empezó.
Elena sostuvo un libro abierto por el lomo.
—¿Qué pasa?
—No sabía que su hermana hubiera llevado allí todas sus cosas. Quiero preguntárselo a Bárbara.
—No le he dicho que no puedas hablar con ella. Solo que prefiero que sepamos qué queremos preguntar.
—Quiero saber por qué me hicieron firmar aquel permiso como si fuera una entrada de trabajo, si luego la mujer se quedó viviendo.
Elena colocó el libro en la balda. Gabriel no había explicado aún por qué, después de firmarlo, fue incapaz de reconocer la posibilidad de que alguien hubiera ocupado la casa. Pero esta vez no insistió. Estaba cansada de conversaciones que terminaban donde habían empezado.
—Lidia dice que su hermana pagaba algo cada mes —respondió—. A través de la empresa. Podemos pedir los justificantes.
—Sí. Eso haré.
El teléfono de Elena vibró encima de una caja.
Esperaba quizá un mensaje de Lidia, con alguna de las fotografías que habían comentado durante el café. Lo cogió sin dejar de escuchar cómo Gabriel guardaba las herramientas. La notificación, sin embargo, procedía del correo.
El remitente volvía a ser Inés.
Elena sintió primero una punzada de irritación. Desde que supo que aquella mujer estaba muerta, la firma le parecía una forma de apropiarse de alguien, no un nombre detrás del cual pudiera esconderse una explicación.
Abrió el mensaje.
«No busques más contratos. Mira detrás del cuadro de la escalera. No dejes que Gabriel llegue antes».
Lo leyó una segunda vez. El correo no incluía saludo ni archivos adjuntos. Habían transcurrido seis días desde el primer mensaje y otros tantos desde que había encontrado el llavero. Quien escribía mantenía el mismo método: una instrucción breve, un lugar concreto y una insinuación sobre su marido.
—¿Es Lidia? —preguntó Gabriel.
—No.
Él levantó la vista al oírle el tono.
Elena le mostró la pantalla.
Gabriel la leyó, sin acercarse demasiado.
—¿Qué cuadro?
—Eso estaba intentando recordar.
En el descansillo de la escalera colgaba un grabado de una calle empedrada.
Era uno de los pocos adornos de Amalia que no habían retirado al hacer la mudanza.
El marco, de madera oscura, tenía una esquina más clara donde el barniz se había levantado.
Elena lo había limpiado con un plumero, pero nunca lo había descolgado.
—El de la calle, supongo —dijo—. No hay otro en la escalera.
Gabriel miró hacia el pasillo.
—Esto ya no me hace ninguna gracia.
—A mí tampoco. Voy a guardar el correo.
Elena hizo una captura y descargó el mensaje original, como había hecho con los anteriores. Lo incorporaría a la información entregada a la Guardia Civil. Después escribió a Lidia: «Ha llegado otro correo con el nombre de Inés. No voy a responder. Te contaré qué dice en cuanto pueda».
Gabriel había dejado la caja de herramientas sobre el suelo.
—¿Quieres que suba yo? —preguntó.
Elena volvió a leer la frase «No dejes que Gabriel llegue antes».
—Vamos los dos —dijo—. Pero espera a que haga una foto del cuadro tal como está.
***
El grabado se encontraba a la altura del primer tramo de la escalera.
Representaba una calle estrecha, con balcones de hierro y dos personas diminutas junto a una fuente.
Amalia debía de haberlo comprado en algún viaje, porque en la esquina inferior figuraba el nombre de una ciudad que Elena no reconocía.
El marco estaba limpio por delante: ella misma le había pasado el plumero durante la semana. Nunca había visto el cartón posterior ni las pestañas que lo sujetaban. Sin descolgarlo, no había forma de saber si alguien había manipulado la parte de atrás.
Gabriel se quedó dos escalones más abajo mientras ella fotografiaba el grabado y el gancho del que colgaba.
—No tenemos que hacer esto ahora —dijo él—. Podemos llamar mañana y contar que hay otro mensaje.
—Voy a mirar si hay algo. Si lo hay, lo dejamos como está hasta fotografiarlo.
Elena sujetó el marco por ambos lados y lo levantó del gancho. Era más ligero de lo que parecía. En la parte posterior llevaba un cartón sujeto con pequeñas pestañas metálicas. Una de ellas estaba doblada hacia fuera; las demás seguían cerradas.
Al inclinarlo, oyó un roce de papel.
—¿Has oído eso? —preguntó.
Gabriel asintió.
Elena apoyó el marco boca abajo sobre el peldaño ancho del descansillo. Bajo el cartón, cerca de la pestaña doblada, sobresalía una esquina de papel blanco. No habría bastado mirar detrás del cuadro: alguien había introducido la hoja entre el cartón y la moldura.
Hizo una fotografía de cerca antes de tocarla.
—¿Sabías que estaba esto aquí? —preguntó.
—No.
Elena levantó apenas el cartón con una tarjeta de plástico que llevaba en el bolso y deslizó la hoja hacia fuera.
Estaba doblada en cuatro. Tenía el tamaño de una página arrancada de un cuaderno pequeño, una cuadrícula de líneas azules y un borde superior irregular.
En una esquina aparecía un corte diminuto, como si el papel hubiera quedado atrapado al arrancarlo.
Elena reconoció el tipo de hoja. Había visto decenas de blocs semejantes en distintas oficinas; incluso tenían uno cuadriculado, entregado por Bárbara, en la cocina.
Las líneas azules no bastaban para atribuir aquel papel a un cuaderno concreto.
Lo que le interesaba entonces era la escritura que se transparentaba a través de los pliegues.
—Es una carta —dijo.
Gabriel extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo verla?
—Primero quiero fotografiarla.
La abrió sobre el cartón del marco, procurando no alisar los dobleces. La letra era pequeña, ligeramente inclinada hacia la derecha. No había fecha.
Encima, una inicial seguida de un punto.
«G.:
No quiero volver a hablar de esto en la puerta, deprisa, como si no tuviéramos derecho a quedarnos un minuto más.
Me dijiste que cuando terminara el verano encontrarías la forma de contárselo. Ahora sigues pidiéndome que espere.
Estoy cansada de ser alguien a quien escondes dentro de esta casa y a quien no conoces fuera de ella.
Si ella me pregunta, no voy a mentir por ti.
Inés».
Elena llegó al final y volvió al principio. Le pareció que no había entendido bien las palabras, pero en la segunda lectura seguían diciendo lo mismo.
«A quien escondes dentro de esta casa».
«Si ella me pregunta».
No había ninguna declaración amorosa. Tampoco una referencia expresa a una relación sentimental.
Y, sin embargo, la carta construía una intimidad que Elena no había imaginado hasta entonces: dos personas hablando a escondidas, una promesa de contárselo a una tercera y el cansancio de quien espera ocupar un lugar que nadie reconoce.
Gabriel se inclinó para leerla. Elena no lo detuvo.
—Esto es absurdo —dijo al terminar.
Ella levantó la vista.
—¿Absurdo por qué?
—Porque no he tenido nada con Inés. No sé quién ha escrito eso.
La frase salió deprisa, pero no con la indignación teatral que Elena habría esperado de alguien acorralado. Gabriel tenía el ceño fruncido y miraba el papel como si intentara descubrir una explicación en los pliegues.
—¿Le prometiste algo? —preguntó Elena.
—No.
—¿Ni siquiera relacionado con la casa?
—Yo trataba los asuntos de la casa con Bárbara. Apenas hablé con Inés.
Elena señaló una línea.
—Aquí dice que te marchabas y fingías no conocerla fuera. ¿Cómo iba a escribir algo así alguien que solo venía a coordinar visitas?
—No sé si lo escribió ella.
Esa era la respuesta que Elena menos quería oír, precisamente porque era cierta. La persona que había enviado el correo no era Inés, o al menos no podía serlo ahora. También podía haber puesto aquella hoja detrás del cuadro. Pero eso no demostraba que la carta fuera falsa.
—¿Reconoces la letra? —preguntó Gabriel.
—No. Nunca he visto nada escrito por ella a mano.
—Entonces no sabemos si es suya.
—Lo que sabemos es que alguien la ha dejado detrás de un cuadro de nuestra casa. Alguien que sabía dónde encontrarla.
Gabriel se pasó una mano por la nuca.
—No voy a convencerte de nada si cada cosa que aparece cuenta más que lo que te digo.
Elena volvió a doblar la hoja por los pliegues originales y la introdujo en una funda transparente, sin pegarla al papel de la funda.
Notó que le temblaban un poco los dedos.
No sabía si por rabia, cansancio o por la facilidad con que aquella nota había conseguido imaginarse escenas que jamás había presenciado.
—No se trata de creer a una carta antes que a ti —contestó—. Se trata de que llevo una semana enterándome de cosas que tú podrías haberme contado.
Gabriel no respondió enseguida.
—Eso lo entiendo —dijo al fin.
Elena volvió a colgar el grabado. Quedó ligeramente torcido. Gabriel hizo el gesto de enderezarlo, pero retiró la mano antes de tocarlo.
Bajaron las escaleras en silencio.
***
A las ocho y media, la estantería seguía a medio llenar y la cena consistió en una tortilla francesa para cada uno. Gabriel comió en la cocina. Elena se llevó el plato al salón y lo dejó sobre la mesa sin hambre.
No estaban peleados, al menos no de una forma que pudiera reconocerse desde fuera.
Gabriel había preguntado si quería que llamara a alguien para revisar el marco, había ofrecido acompañarla a ampliar la información de la denuncia y no le había pedido que le devolviera la carta.
Ella había dicho que se encargaría de guardarla.
Eso no borraba lo que acababa de leer.
Abrió las fotografías en el móvil. En la primera se veía la esquina de papel asomando bajo el cartón. En la siguiente, los pliegues. En la tercera, las palabras completas.
Pensó en Inés desayunando en aquella cocina en junio, en las cajas que aparecían detrás de su silla y en las frases con que Lidia la había descrito.
Una persona capaz de discutir por tres euros y después gastar cuarenta en una cena.
Una mujer que temía que la empresa la responsabilizara de unas facturas.
Aquella carta podía pertenecer a esa misma vida, a una parte que ni siquiera su hermana había conocido.
O podía no pertenecerle en absoluto.
Elena llamó a Lidia. La hermana contestó después de varios tonos.
—He visto tu mensaje. ¿Qué ha pasado?
Elena explicó la instrucción del correo, el cuadro y la nota. No leyó la carta por teléfono. Le preguntó si podía enviarle fotografías para que las mirara cuando se sintiera preparada.
—Envíamelas —respondió Lidia.
Lo hizo sin añadir comentarios. Al otro lado de la línea oyó un ruido de pasos, una puerta que se cerraba y luego silencio.
—No quiero decirte que reconozco su letra por una foto del móvil —dijo Lidia al cabo de un rato—. Tendría que compararla con algo que escribió a mano.
—Lo comprendo.
—Hay frases que podrían ser suyas cuando estaba enfadada. Pero también podría escribirlas cualquiera que quisiera hacérmela reconocer.
Elena agradeció que no intentara resolverlo por ella.
—¿Te habló alguna vez de Gabriel como algo más que el propietario?
—No. Me habló de Bárbara, de las obras, de lo que pagaba por estar allí. De él recuerdo que dijo que se ocupaba poco de la casa. Eso no significa que me contara todo, Elena.
—Ya lo sé.
—Y no quiero que pienses que estoy defendiendo a nadie. Solo... no quiero inventarme una Inés distinta para explicar algo que no entiendo.
Elena miró la carta en la pantalla.
—Yo tampoco.
Quedaron en que Lidia buscaría alguna nota manuscrita de su hermana.
Elena le prometió avisarla si la Guardia Civil necesitaba una declaración.
Cuando colgó, abrió una nota con lo que sabía: el correo nuevo había llegado aquella tarde; el papel estaba detrás de un grabado heredado; no tenía fecha; la letra no estaba identificada; Gabriel negaba una relación íntima.
No escribió que la carta demostrara una infidelidad.
En la cocina se oyó el lavavajillas al cerrarse. Gabriel asomó por el salón.
—¿Quieres que nos acostemos ya? —preguntó—. Mañana podemos llevarlo todo a la Guardia Civil.
Elena miró el marco de la puerta. Había compartido con él una casa, gastos, enfermedades de familiares y días malos en los que ninguno encontraba las palabras adecuadas.
Lo conocía desde antes de que Amalia muriera, desde mucho antes de que alguien llamado Inés apareciera en una carpeta de Umbral Gestión.
—Sube tú —respondió—. Voy en un rato.
Gabriel asintió y no insistió.
Elena volvió a abrir la noticia de la caída. La había guardado el viernes y hasta ese momento se había fijado sobre todo en la fecha. Ahora leyó despacio la referencia al edificio en rehabilitación donde habían encontrado a Inés.
Quien enviaba los mensajes quería que mirara hacia Gabriel. Había elegido sus palabras y había preparado un escondite para que leyera aquella carta precisamente después de descubrir que la antigua inquilina había muerto.
Elena cerró la fotografía de la nota y dejó abierta la noticia del accidente.
Antes de decidir qué había pasado entre su marido e Inés, necesitaba comprender por qué ella había terminado, una tarde de agosto, al pie de una escalera en otro edificio de Vega Alta.