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Capítulo 11. La hermana

El mensaje de Lidia llegó el domingo a las nueve y doce de la mañana, mientras Elena intentaba decidir si el ruido de la lavadora era normal o señal de que habían olvidado quitar algún tornillo del transporte.

«He leído lo que me has escrito. ¿Quién te ha dicho que mi hermana estuvo en esa casa?».

Elena se sentó en el borde de la bañera, con el móvil en la mano. Había esperado que Lidia no contestara, o que le pidiera que la dejara en paz. Aquella pregunta le pareció una oportunidad, pero también una advertencia: la hermana de Inés quería saber qué clase de desconocida la había buscado.

«Encontré documentación de la empresa para la que trabajaba y una fotografía suya tomada aquí. No quiero molestarte. Puedo explicártelo por escrito si prefieres».

La respuesta tardó diez minutos.

«Prefiero verte. No quiero hablar de ella con alguien que no conozco por mensajes. ¿Puedes hoy a la una? En la cafetería de la plaza de los Olmos».

Elena aceptó y dejó el teléfono sobre el lavabo. La lavadora terminó de centrifugar con un último golpe que ya no le preocupó.

Cuando bajó, Gabriel estaba en la cocina cortando pan. Había decidido preparar tostadas con tomate y tenía las manos manchadas de pulpa.

—Me ha contestado la hermana de Inés —dijo Elena.

Él dejó el cuchillo.

—¿La has localizado?

—Le escribí ayer. Voy a verla esta tarde. Bueno, a la una.

Gabriel miró el reloj de pared.

—¿Y qué quiere?

—Saber por qué estoy preguntando por su hermana. Me parece bastante normal.

Él retiró las semillas del tomate con una cuchara. Parecía elegir las palabras mientras trabajaba.

—Ten cuidado con lo que le cuentas. Acaba de perder a alguien.

—Hace más de un año —precisó Elena—. Aunque supongo que eso no cambia mucho las cosas.

—No quería decir que no fueras a hablar con ella. Solo que no sabemos cómo le sentará todo esto.

—Tampoco yo lo sé.

Gabriel se limpió las manos y le acercó un plato.

—Si quieres que te acompañe...

—Prefiero ir sola. No conoce a ninguno de los dos. Sería incómodo presentarnos juntos.

—De acuerdo.

Elena untó el tomate sobre una tostada. Le alegró que Gabriel no insistiera.

Al mismo tiempo, se preguntó por qué la expresión de su marido había cambiado al saber que Lidia estaba dispuesta a hablar.

Podía ser preocupación por ella, o simplemente el malestar de saber que una desconocida iba a preguntar por la casa y por su propietario.

No quería volver a convertir una expresión en una prueba.

—Después te cuento —dijo.

Gabriel asintió y sacó la cafetera del hueco bajo la ventana.

***

La plaza de los Olmos no tenía olmos. Había cuatro plátanos enormes, un banco de piedra y una fuente sin agua que los niños utilizaban para subirse al borde. Elena llegó quince minutos antes y eligió una mesa desde la que podía ver la puerta.

Llevaba la carpeta del día anterior, aunque había dejado en casa la mayor parte de los papeles. Dentro estaban los dos correos impresos, la fotografía del llavero y la autorización de uso. No sabía si enseñarlos. Había decidido hacerlo solo si Lidia quería verlos.

La reconoció por la fotografía de agosto de 2025: era la mujer que aparecía abrazada a Inés en una terraza, cuatro días antes de su muerte.

En persona tenía el mismo pelo oscuro, algo más corto, y una manera decidida de caminar.

Llevaba vaqueros, una camisa de rayas y una bolsa de tela colgada del hombro.

Se detuvo junto a la mesa.

—¿Elena?

—Sí. Gracias por venir.

Lidia no se sentó enseguida. Miró la carpeta, la taza vacía y por último a Elena.

—Quiero saber cómo has llegado hasta mí.

Elena le explicó la mudanza, los mensajes y el llavero. No mencionó todavía las respuestas de Gabriel. Lidia escuchó con las manos alrededor del vaso de agua que les había dejado el camarero. Cuando Elena terminó, no preguntó por el escondite ni por la dirección de correo.

—¿Tu marido se llama Gabriel Ríos?

Elena sintió que se le tensaban los hombros.

—Sí. ¿Lo conoces?

—No personalmente. Inés me dijo que la casa era de un hombre que había heredado de una tía. Su jefa llevaba todo el asunto.

—Bárbara Cano.

—Bárbara.

Lidia pronunció el nombre sin entusiasmo. Apartó el vaso un poco, dejando una huella húmeda sobre la mesa.

—Mi hermana vivía allí, Elena. No iba de vez en cuando a abrir a los obreros. Llevó sus cosas, cambió la dirección de algunos pedidos y estuvo allí casi todo el verano.

Elena había imaginado que escuchar aquella afirmación le produciría alivio. En cambio, lo primero que sintió fue tristeza. Había pasado una semana intentando demostrar algo que la hermana de Inés podía decirle en una sola frase.

—¿La visitaste? —preguntó.

—Una vez, en junio. Fuimos a comprar una lámpara para el dormitorio porque la que había era horrible. Bueno, a mí me parecía horrible. A ella le hacía gracia. Decía que daba aspecto de hotel de carretera.

Elena pensó en la lámpara de pantalla beige que habían encontrado dentro de un armario del dormitorio. La habían llevado al punto limpio dos semanas antes de la mudanza.

—¿Sabes cómo había conseguido la casa?

—Se la ofreció Bárbara cuando se separó de su pareja. Inés no tenía dinero para una fianza grande. Pagaba una cantidad al mes a través de la empresa, sin un contrato normal. Yo le dije que aquello no me gustaba.

—¿Por qué aceptó?

Lidia la miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque necesitaba un sitio donde vivir y era lo que podía pagar.

El camarero vino a tomar nota. Lidia pidió café solo; Elena, uno con leche. La interrupción permitió que las dos miraran hacia la plaza durante unos segundos.

—No quiero presentarte a mi hermana como una mujer que siempre tomaba buenas decisiones —continuó Lidia—. A veces era muy cabezota. Cuando algo le parecía injusto, se empeñaba en arreglarlo sin pedir ayuda. Y le fastidiaba que le dijeran que necesitaba ayuda.

Sonrió apenas.

—Una vez discutió veinte minutos con una compañía telefónica porque le habían cobrado tres euros de más. Después invitó a cenar a todo el mundo porque estaba de buen humor y se gastó cuarenta. Esa era Inés.

Elena sonrió con ella.

—En la foto de la cocina parece contenta.

—Lo estaba. Al principio, al menos. Le encantaba la luz de esa casa. Me mandó una fotografía del limonero con una frase ridícula: «Por fin tengo vistas al campo». Era un árbol y una tapia.

Lidia sacó su teléfono y buscó entre sus conversaciones antiguas. Elena esperó mientras pasaba fotografías sin apresurarse. En una apareció el patio, con una silla colocada de cualquier manera y una taza de color naranja sobre el escalón. Debajo, el mensaje de Inés hablaba del limonero.

—Esa taza era su favorita —dijo Lidia—. Se la llevó a todas las casas donde vivió. No era bonita ni hacía juego con nada. Por eso la quería.

Guardó el teléfono antes de que Elena pudiera pedir otra foto.

—Perdona. Me pasa que empiezo a enseñar cosas y luego me arrepiento.

—No tienes que enseñarme nada más.

—Ya lo sé. Pero quiero que entiendas que ella no era un nombre que aparecía en unos papeles.

—Lo estoy entendiendo.

Lidia recibió el café y lo removió aunque no había echado azúcar.

***

Hablaron durante casi una hora. Elena supo que Inés dormía con la radio encendida cuando tenía problemas, que coleccionaba imanes de lugares a los que nunca había viajado y que odiaba cocinar para una sola persona.

Aun así, en verano había intentado aprender tres recetas de un libro viejo que encontró en la casa.

—Decía que alguien había escrito comentarios buenísimos en los márgenes —recordó Lidia—. Uno era algo parecido a «no hacer caso al libro». Me envió la foto y estuvimos riéndonos porque había intentado hacer unas judías que salieron incomibles.

Elena recordó el recetario de Amalia, guardado en el armario alto. Había leído aquella misma nota el día de la mudanza. Sintió la extrañeza de reconocer un pequeño recuerdo ajeno, como si dos conversaciones separadas por más de un año se tocaran en la misma frase.

—Yo también he visto esa anotación —dijo.

—¿Sigue el libro allí?

—Sí. No hemos tirado los recetarios de la tía de Gabriel.

Lidia asintió. No pareció darle más importancia.

Cuando llegaron al trabajo de Inés, el tono cambió. Lidia se quedó un momento observando la plaza antes de contestar a una pregunta sencilla de Elena sobre Umbral Gestión.

—Estuvo contenta allí bastante tiempo —dijo—. Su jefa le dejaba organizar horarios y tratar con los proveedores. Después empezó a volver a casa enfadada.

—¿Por alguna persona concreta?

—Por las cuentas. Eso decía ella. Facturas que se pagaban dos veces, importes de obras que no coincidían con los presupuestos. Al principio pensó que se había equivocado al introducir datos. Revisó cosas por su cuenta y luego empezó a preocuparse de que le echaran la culpa.

Elena pensó en la carpeta azul, en los justificantes que Gabriel repasaba y en las dos facturas de septiembre que todavía faltaban por cuadrar. No comentó ninguna de esas coincidencias. Una discusión administrativa no demostraba que hubiera una relación entre las cuentas de Inés y las de su casa.

—¿Llegó a denunciarlo? —preguntó.

—Que yo sepa, no. Tenía miedo de perder el trabajo. Y pensaba que podía solucionarlo hablando con Bárbara, porque se conocían desde hacía tiempo.

—¿Guardó documentos?

Lidia levantó la mirada.

—Me dijo que había hecho copias de algunas cosas para que no pareciera que se las inventaba. No me entregó ninguna. Cuando recogimos sus pertenencias no encontramos un expediente ni nada parecido.

—¿Sabes qué documentos eran?

—No. Y no voy a fingir que lo sé ahora. En ese momento le dije que no se llevara papeles del trabajo a casa, porque podía meterse en un lío mayor. Se enfadó conmigo.

Elena esperó.

—Fue una de nuestras últimas discusiones —añadió Lidia—. No la última vez que hablamos, pero sí la última vez que nos enfadamos de verdad. Ella pensaba que yo no la tomaba en serio. Yo pensaba que se estaba obsesionando con unas facturas. Ninguna de las dos escuchaba mucho a la otra.

No lloró. Se dedicó a doblar con cuidado la servilleta que tenía sobre las rodillas, hasta convertirla en un rectángulo pequeño.

—Después del accidente volví a leer sus mensajes un montón de veces. Buscaba alguna frase que demostrara que todo tenía relación. Pero una cosa es que estuviera preocupada por el trabajo y otra saber por qué se cayó por una escalera.

Aquella distinción resultó más contundente para Elena que cualquier acusación. Lidia llevaba un año deseando que las preocupaciones de su hermana explicaran su muerte y, pese a ello, se negaba a presentar sus sospechas como certezas.

—No he venido a decirte que Gabriel le hizo nada —aclaró Elena—. Ni siquiera sé qué papel tuvo en todo esto. Pero alguien me está escribiendo con el nombre de Inés.

—Quiero ver los mensajes.

Elena abrió la carpeta. Colocó las dos hojas impresas delante de Lidia y le explicó cuál había llegado primero, cuál describía el cajón y cómo encontró el llavero. Le enseñó las fotografías, evitando sugerir que el objeto hubiera pertenecido a Inés.

Lidia leyó los correos sin decir nada. Al llegar a la frase sobre el contrato, apretó los labios.

—No sé quién ha escrito esto. Mi hermana a veces era muy brusca cuando se enfadaba, pero no creo que alguien pueda reconocerla por dos frases.

—Yo tampoco.

—Y esa I podría ser de cualquiera.

—Sí.

Lidia la miró directamente.

—¿Qué te ha dicho tu marido?

Elena le explicó que primero negó conocer a ninguna Inés y después admitió que había autorizado el uso de la vivienda. No intentó repetir palabra por palabra las discusiones. Habló de la hoja firmada y de las fechas.

—No entiendo por qué te ocultó algo así —dijo Lidia.

—Yo tampoco. Pero no quiero sacar conclusiones sobre la muerte de tu hermana por lo que mi marido me ha contado de la casa.

Lidia devolvió las hojas con cuidado.

—Gracias.

Elena supo que no agradecía el documento, sino aquella cautela.

Antes de despedirse, Lidia le mostró un mensaje antiguo de Inés, escrito a finales de julio. No contenía nombres de empresas ni acusaciones: «Estoy harta de revisar cifras que luego cambian. Si esto acaba mal, no quiero que digan que he firmado cosas que no he firmado».

—Es lo más claro que conservo —dijo—. Hay otros mensajes en los que se queja del trabajo, pero prefiero revisarlos antes de enviarte nada. También quiero saber qué se puede aportar a la Guardia Civil.

—Hazlo como te resulte mejor. No hay prisa por mi parte.

—Por la mía sí la hay a veces —respondió Lidia, con una sonrisa cansada—. Pero llevo más de un año y he aprendido que tener prisa no hace que nadie encuentre respuestas antes.

Intercambiaron los números de teléfono. Elena le facilitó el dato de su comparecencia ante la Guardia Civil, sin pedirle que denunciara nada por impulso.

Lidia guardó el móvil en la bolsa de tela.

—Si vuelves a recibir un mensaje con su nombre, quiero saberlo.

—Te lo diré.

—Y no contestes pensando que estás hablando con ella.

Elena sintió un pequeño escalofrío, no por la frase, sino por la naturalidad con que Lidia la pronunció.

—No voy a hacerlo.

***

Al regresar a casa, Elena encontró a Gabriel montando la estantería de segunda mano que habían recogido por la mañana. Había extendido las tablas sobre una manta para no arañar el suelo y sujetaba un tornillo entre los labios.

—¿Qué tal? —preguntó después de dejarlo en una caja.

Elena se quitó la chaqueta. No iba a contarle una conversación ajena con todos sus detalles; Lidia había compartido recuerdos y temores que no le pertenecían a ella. Pero tampoco pensaba ocultarle lo esencial.

—Inés vivió aquí. Su hermana vino a verla. No era una visita de trabajo.

Gabriel sostuvo una de las tablas sin colocarla.

—¿Eso te ha dicho?

—Sí. Y que pagaba por quedarse, a través de Bárbara. No sé cuánto ni cómo se hizo el acuerdo.

Él bajó la mirada hacia el tornillo que tenía en la mano.

—Tendré que hablar con Bárbara.

Elena no respondió enseguida.

—Creo que primero deberíamos terminar de entender qué pasó —dijo.

Subió a dejar el bolso. Al pasar por la cocina, vio el armario donde había guardado los libros de Amalia. Pensó en aquella anotación escrita con bolígrafo, «no hacer caso al libro», y en dos hermanas riéndose de una receta que había salido mal.

Era la primera vez que podía imaginar a Inés allí sin recurrir a la fotografía.

En el dormitorio dejó el teléfono sobre la cómoda. Tenía el número de Lidia guardado en los contactos y un mensaje antiguo que alguien había permitido que leyera. Ninguna de esas cosas resolvía la identidad del remitente de los correos ni las razones de Gabriel para ocultarle el alquiler.

Pero la historia de la mujer anterior ya no era una colección de fechas.

Había alguien que todavía sabía cómo se reía, qué taza elegía y qué cosas la hacían discutir. Alguien para quien encontrar la verdad no significaba resolver un enigma, sino poder recordar a su hermana sin preguntarse si había pasado sus últimas semanas asustada.

Elena bajó para ayudar con la estantería. Le parecía importante no olvidar eso cuando volviera a abrir la carpeta de los mensajes.