La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 10. Capturas #2
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Capítulo 10. Capturas #2

Cuando regresó, encontró a Gabriel en el recibidor con una caja pequeña de herramientas y al cerrajero agachado junto a la puerta. El hombre retiraba el cilindro antiguo, mientras Bárbara, que acababa de llegar para entregar una factura pendiente, sostenía una carpeta bajo el brazo.

—Llegas justo para la parte interesante —dijo Gabriel—. Al final el de la entrada era más viejo de lo que parecía.

Bárbara se volvió hacia Elena.

—Perdona que haya pasado sin avisarte. Tenía que dejar un justificante y Gabriel me dijo que estabais con el cambio de cerraduras. Así aprovechaba el viaje.

—No pasa nada. Acabo de llegar.

El cerrajero le enseñó los dos cilindros nuevos. Explicó que el de la puerta principal y el del patio llevarían llaves diferentes, porque las medidas no permitían utilizar el mismo modelo sin otro trabajo adicional. Elena prefirió hacerlo así antes que retrasar el cambio.

—Lo importante es saber cuántas copias tenemos —dijo.

—El juego completo va con cada cilindro. Os las dejaré preparadas —contestó él.

Gabriel lo acompañó hasta el patio para enseñarle el cierre. Bárbara abrió la carpeta y sacó una factura del último arreglo del termo, con una anotación manuscrita en la esquina.

—Esto es lo único que faltaba por justificar de ese trabajo. Se lo he explicado a Gabriel, pero te dejo la copia también a ti. Así tenéis la misma documentación.

Elena tomó la hoja. Le agradó que Bárbara recordara su petición del día de la mudanza.

—Gracias. Estamos intentando poner un poco de orden.

—Es lo normal al empezar a vivir en una casa. Al principio sale todo junto.

Bárbara miró la carpeta que Elena llevaba en el bolso, sin hacer ninguna pregunta. Después señaló la puerta.

—¿Os ha dado algún problema la cerradura del patio?

—No. Pero no sabemos cuántas llaves se repartieron durante las obras, y prefiero empezar de cero.

—Me parece muy sensato —respondió Bárbara—. Ya verás qué tranquilidad.

Se quedó un momento más, hablando con Gabriel sobre la revisión del termo y las cuentas que todavía tenían pendientes. Elena fue a dejar la documentación en el despacho. Cuando volvió, Bárbara se estaba despidiendo y el cerrajero comprobaba que la puerta principal cerrara sin engancharse.

Elena lo vio colocar las llaves nuevas en una bolsa de papel sobre la consola del recibidor. No contó cuántas había. Gabriel estaba junto a él, pendiente de las pruebas, y ella fue a abrir el patio para comprobar la segunda cerradura.

Al cabo de veinte minutos, el cerrajero se marchó. Los cilindros antiguos quedaron en una caja junto a los tornillos de repuesto, y las llaves nuevas pasaron al pequeño cuenco donde ellos dejaban las de uso diario.

—¿Lo ves? —dijo Gabriel, probando la puerta—. Una cosa menos.

Elena hizo girar su llave. El mecanismo funcionaba sin esfuerzo.

Le habría gustado que aquella sensación de cierre se extendiera a todo lo demás. Al menos ahora sabían que las puertas no dependían de las mismas copias que habían circulado durante las reformas.

—¿Cómo te ha ido esta mañana? —preguntó él.

Elena dejó el bolso sobre la silla.

—He contado lo de los correos. Han tomado nota y me han dado una copia. Me han dicho que guarde los originales y que avise si vuelven a escribirme.

—¿Te han dicho quién puede ser?

—No. Tampoco podían decírmelo sin investigar.

Gabriel asintió despacio.

—Bueno. Por lo menos has hecho lo que querías.

Elena pensó en decirle que no era lo que quería, que habría preferido no tener que entrar nunca en aquel despacho. Pero él ya estaba guardando las herramientas, y ambos parecían haber pasado el día resolviendo cosas prácticas para las que sí existía un procedimiento.

—Voy a dejar estos papeles —dijo ella—. Después podríamos salir a dar una vuelta.

—Me parece un plan estupendo.

***

A última hora de la tarde caminaron hasta la plaza.

Compraron fruta en una tienda pequeña y tomaron algo en una terraza todavía abierta.

Hablaron de la casa, de los muebles que faltaban y de una pareja que llevaba cinco minutos intentando aparcar en un espacio demasiado estrecho.

Elena se descubrió riéndose de uno de los comentarios de Gabriel sin pensar en los correos.

No era una reconciliación. Tampoco estaban enfrentados en todo momento. Era su matrimonio, que seguía existiendo entre una conversación incómoda y la siguiente.

De vuelta, mientras Gabriel subía la compra, Elena se quedó en el salón con el teléfono.

Abrió de nuevo la fotografía de Inés con la mujer que la abrazaba en la terraza, fechada cuatro días antes de su muerte.

Debajo seguía el comentario de Lidia: «Un año sin ti, hermana.

Sigo mirando el móvil para contarte cosas».

Elena leyó varias veces el nombre de la cuenta.

Podía dejarlo ahí. Ya había acudido a la Guardia Civil y no sabía si la hermana querría hablar con una desconocida que vivía en la misma casa que Inés había utilizado.

Pero Lidia quizá conociera algo que no figuraba en los documentos de Umbral Gestión: si su hermana había hablado de aquella vivienda como de un hogar, si tenía alguna llave con la inicial I o si alguien había utilizado antes su nombre para enviar mensajes.

Abrió la opción de contacto y empezó a escribir. Borró el primer intento porque sonaba como una exigencia. El segundo le pareció demasiado largo. Al final dejó cuatro frases.

«Hola, Lidia. Perdona que te escriba sin conocernos.

Soy Elena Luján y vivo desde hace unos días en una casa de Vega Alta donde, según he podido comprobar, estuvo tu hermana Inés en 2025.

He recibido unos mensajes con su nombre y me preocupa que alguien lo esté utilizando.

Ya he informado de ello a la Guardia Civil.

Si en algún momento te apetece hablar conmigo, me gustaría explicártelo con más calma.

Entenderé perfectamente que prefieras no hacerlo».

Lo leyó una última vez antes de enviarlo.

No había pedido fotografías ni documentos. No había mencionado la muerte de Inés más allá de lo imprescindible, ni sugerido que la hermana tuviera la obligación de ayudarla. Quería ofrecerle la posibilidad de saber que alguien estaba hablando en nombre de Inés. Lo demás dependía de ella.

Pulsó enviar.

Gabriel llamó desde la cocina para preguntarle dónde guardaban las bolsas de basura. Elena respondió que en el armario de debajo del fregadero.

Cuando bloqueó la pantalla, el mensaje seguía sin respuesta. Le pareció justo. Había tardado una semana en entender que Inés era algo más que un nombre en un correo; Lidia llevaba más de un año viviendo con su ausencia.

Elena dejó el teléfono sobre la mesa y fue a ayudar a su marido.