La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 10. Capturas
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Capítulo 10. Capturas

El sábado, Elena se despertó antes de que sonara el despertador de Gabriel.

Durante unos segundos no recordó por qué le pesaba tanto la cabeza. Vio la línea de luz que entraba entre las lamas de la persiana, la caja de libros junto al armario y el brazo de su marido extendido sobre la almohada. Después recordó la noticia que había leído pasada la medianoche.

El teléfono estaba donde lo había dejado al acostarse, sobre su mesilla.

Lo cogió sin incorporarse y abrió las capturas.

El aviso funerario seguía allí. También la noticia de la caída y los correos que había recibido aquella semana.

Durante la noche había temido confundirse con algún detalle, pero las fechas no habían cambiado.

Gabriel se volvió hacia ella.

—¿Qué hora es?

—Las ocho menos diez.

—¿Ya estás mirando el móvil?

Elena bloqueó la pantalla. Había decidido contárselo, aunque no sabía muy bien cómo empezar. No quería que volviera a convertirse en una discusión sobre una mujer que él insistía en conocer apenas de las reformas.

—Anoche encontré algo sobre Inés.

Gabriel abrió los ojos y se incorporó un poco.

—¿Otro correo?

—No. Una noticia. Murió el año pasado, a finales de agosto. En una obra de Vega Alta.

Él permaneció callado. Al cabo de un momento, se sentó en el borde de la cama y buscó las zapatillas con los pies.

—Sí —dijo—. Lo supe después.

Elena esperaba una negación, quizá sorpresa. Aquella respuesta tranquila le costó más encajar.

—¿Sabías que estaba muerta?

—Bárbara me dijo que había tenido un accidente. Fue hace más de un año.

—Y esta semana, cuando aparecieron los mensajes con su nombre, no se te ocurrió contármelo.

Gabriel se frotó la cara con ambas manos.

—Al principio no relacioné a la mujer de los correos con ella. Luego pensé que quizá alguien estaba utilizando su nombre para fastidiarnos. No sabía qué hacer con eso.

Elena quiso preguntarle por qué no había dicho precisamente aquello. No lo hizo. Había aprendido en los últimos días que una conversación podía quedarse girando alrededor de las respuestas que Gabriel no había dado, y ahora tenía que decidir qué hacer con las que sí tenía.

—Voy a comunicarlo a la Guardia Civil —dijo.

Él levantó la cabeza.

—¿Por los correos?

—Porque alguien está usando el nombre de una persona fallecida y sabe dónde había un objeto escondido dentro de nuestra casa. No sé si es una broma ni qué pretende, pero quiero dejar constancia.

Gabriel la miró un instante antes de asentir.

—Me parece bien. Si quieres, voy contigo.

—Prefiero ordenar primero todo lo que he encontrado. No sé cuánto tardaré.

—Podemos ir juntos después.

—Lo prepararé yo, Gabriel.

No añadió nada más. Él tampoco insistió. Se levantó para poner café y Elena permaneció sentada en la cama, escuchando cómo bajaba la escalera. Le habría gustado sentir alivio por haberle contado la noticia. En su lugar, tuvo la impresión de haber confirmado otra cosa que su marido sabía y ella no.

***

Elena despejó la mesa del salón después de desayunar. Apartó una caja de libros, llevó la vajilla a la cocina y extendió delante del portátil una libreta, la autorización de 2025 y la bolsita con el llavero.

Se impuso una regla antes de empezar: separar lo que había visto de lo que creía que significaba.

Escribió «Hechos comprobados» en la primera página.

Debajo, anotó la fecha del primer correo, el mensaje que señalaba el escondite y el hallazgo de la letra I.

Añadió el permiso firmado por Gabriel, la publicación de Umbral Gestión que mencionaba a Inés y la fotografía tomada en su cocina.

Por último, apuntó la fecha de la muerte y el lugar que aparecía en la noticia.

En una segunda página escribió «Preguntas».

Quién enviaba los correos. Cómo había conseguido su dirección. Quién había colocado el llavero. Qué clase de uso había tenido la vivienda en 2025. Por qué el remitente quería que preguntara a Gabriel por un contrato.

Había una tercera pregunta que estuvo a punto de incluir y decidió dejar fuera: por qué su marido le había ocultado la muerte de Inés. Eso no se lo podía responder un agente que no conocía a ninguno de los dos.

Desde el portátil abrió la cuenta de correo.

Hasta entonces había guardado capturas porque era la forma más rápida de recordar qué le habían escrito.

Ahora pensó que una imagen podía recortarse, perder la dirección de origen o dejar fuera información relevante.

Buscó entre las opciones del correo y descargó los dos mensajes originales, con sus datos de envío.

Guardó una copia en una memoria que tenía para documentos personales y otra en una carpeta de su ordenador.

Imprimió también los correos, con fecha, asunto y remitente. Después las capturas del cajón y del llavero. No imprimió todas las fotografías de la mudanza ni el perfil completo de Inés. Bastaba con conservar los enlaces y mostrar, si se lo pedían, las imágenes que permitían reconocer la cocina.

Cuando terminó, tenía diecisiete hojas.

Le parecieron demasiadas para dos mensajes. Volvió a repasarlas y retiró las duplicadas. Quedaron ocho, además de la autorización, que guardó en una funda.

A media mañana recibió un mensaje de Gabriel desde la ferretería. El cerrajero al que Bárbara les había remitido podía acercarse esa misma tarde, a las cuatro y media, si tenían preparados los dos bombines que querían sustituir. Gabriel le preguntaba si les venía bien.

«Sí. Entrada y patio. Y que nos entregue las llaves nuevas a nosotros», contestó ella.

La respuesta llegó enseguida: «Hecho».

Elena dejó el móvil junto a la carpeta. Había querido cambiar las cerraduras desde que Teo le habló de la cantidad de personas que entraron durante las obras.

Después del mensaje del cajón, la medida le parecía todavía más sensata.

No creía necesariamente que alguien hubiera entrado mientras ellos vivían allí; la última fotografía del mueble no permitía averiguarlo.

Pero tampoco tenían motivos para conservar un sistema de llaves cuya historia no conocían.

Llamó al puesto de la Guardia Civil de Vega Alta.

Explicó, sin mencionar hipótesis sobre su marido, que había recibido comunicaciones de alguien que utilizaba el nombre de una mujer fallecida y que contenían indicaciones precisas sobre el interior de su domicilio.

Le dijeron que podía acudir con los mensajes y cualquier documentación relacionada.

No le prometieron que aquello constituyera por sí solo un delito ni que pudieran identificar al remitente de inmediato.

Eso le pareció razonable.

Metió los papeles en una carpeta de cartón, cogió el bolso y salió de casa.

***

En la sala de espera del puesto había un hombre que consultaba un parte de daños de su coche y una pareja que hablaba en voz baja sobre una documentación extraviada.

Elena se sentó cerca de la puerta, con la carpeta sobre las rodillas.

Le sorprendió sentirse fuera de lugar. No había recibido amenazas explícitas ni le habían robado nada.

Durante el trayecto había llegado a preguntarse si le dirían que volviera cuando ocurriera algo verdaderamente grave.

Una agente la llamó por su apellido.

En el despacho pequeño había dos sillas, un ordenador y un calendario de sobremesa. La agente le indicó dónde sentarse y empezó por pedirle una exposición ordenada de los hechos.

Elena agradeció la palabra «ordenada».

Explicó la mudanza, los dos correos y el llavero. Mostró la fotografía de la tabla levantada. Después enseñó la autorización y la publicación con el nombre de Inés. Al llegar a la noticia de la muerte, la agente dejó de teclear un instante para comprobar la fecha.

—¿El remitente asegura ser esa mujer?

—Firma como Inés y dice que vivió en la casa. No me ha enviado ninguna prueba de identidad. Yo al principio pensé que podía ser ella.

—¿Le ha pedido dinero, documentos o que acceda a algún enlace?

—No.

—¿Ha recibido amenazas?

—No de forma expresa. Me indicó dónde encontrar un objeto escondido en un mueble. Eso es lo que me preocupa.

La agente volvió a mirar la imagen del cajón.

—¿Sabe quién tuvo acceso a la vivienda antes de que ustedes entraran?

—Varios trabajadores, una administradora y al menos una empleada de su empresa. Por eso vamos a cambiar las cerraduras.

—¿Y desde que se mudaron?

Elena pensó en la visita de Bárbara el viernes, en Gabriel abriendo la casa a los profesionales y en las horas que ambos pasaban fuera. Respondió solo lo que podía asegurar.

—Nosotros dos. La administradora vino el día de la mudanza, estando los dos presentes. No sé si existe alguna copia antigua de la llave que no se haya devuelto.

La agente tomó nota. No pareció impresionada ni indiferente.

Le explicó que conservara los archivos originales de los correos y evitara abrir enlaces o seguir instrucciones de quien los enviaba.

Si aparecían nuevas comunicaciones, debía guardarlas también y aportar los datos de la incidencia.

Si observaba una entrada no autorizada, daños o una amenaza inmediata, tendría que comunicarlo sin esperar.

—¿Pueden averiguar quién lo envía? —preguntó Elena.

—Eso dependerá de lo que se determine al examinar la información y de las diligencias que procedan. No puedo asegurárselo hoy. Usted ha hecho bien en no borrar los mensajes.

Elena firmó la declaración de los hechos que había relatado y recibió una copia del justificante. Antes de salir preguntó si debía avisar a la familia de Inés.

—No es algo que tenga que hacer por indicación nuestra —respondió la agente—. Si decide ponerse en contacto, sea prudente. Puede ser un asunto muy sensible para ellos.

Fuera hacía más calor que al entrar. Elena se quedó en la acera hasta encontrar las llaves del coche dentro del bolso.

Había imaginado que salir de aquellas dependencias le permitiría dar por resuelto algún aspecto del problema.

No era así. Seguía sin conocer al remitente ni saber quién había puesto el llavero bajo el cajón.

Pero al menos había dejado de llevarlo todo sola.

***