Capítulo 9. Una muerte accidental
Elena llegó a casa con una bolsa de pan y la fotografía de Inés todavía abierta en el teléfono.
Había pensado en enseñársela a Gabriel nada más entrar, pero no encontró su coche frente a la puerta. Dejó el pan en la cocina, se cambió los zapatos y puso una lavadora. Después se quedó un momento junto a la mesa, mirando las baldosas que aparecían en la imagen.
Hasta aquella mañana apenas se había fijado en que dos de ellas tenían un tono más pálido.
Ahora las distinguía enseguida. Estaban detrás de la silla en la que Inés aparecía desayunando, junto al borde del aparador.
El sol entraba por la misma ventana, aunque en la foto de junio llegaba más alto y dejaba un rectángulo de luz sobre la pared.
Elena apartó una de las sillas y se colocó donde debía de haber estado la cámara. Desde allí encajaban la lámpara, el armario alto y una esquina de la puerta del patio. No necesitaba ampliar nada más. Era su cocina.
Se sentó en el lugar que ocupaba Inés en la fotografía. La mesa tenía una pequeña hendidura cerca del canto. Había visto esa marca durante la mudanza y había supuesto que Amalia la había hecho al apoyar una cazuela demasiado caliente.
No había forma de saber quién la había causado. Tampoco importaba.
Lo que la desconcertaba no era que alguien hubiera utilizado aquellos muebles antes.
Eso lo había sabido desde el primer día.
Era la naturalidad de la imagen: una taza sin recoger, el pelo húmedo, las piernas dobladas sobre la silla.
Inés no parecía estar esperando a un albañil ni consultando una carpeta de presupuestos.
Elena abrió la publicación otra vez.
«Primer sábado que consigo desayunar sentada desde que llegué. Las cajas pueden esperar».
No era una confesión ni una prueba legal, pero tenía el peso de las cosas que una persona escribe sin pensar que algún día necesitará justificarlas.
El ruido de un motor frente a la casa la hizo levantar la cabeza. Gabriel entró poco después, cargado con una bolsa de la compra y la mochila del trabajo.
—He traído pan —anunció.
Elena señaló el suyo.
—Hoy vamos sobrados.
—Estupendo. Mañana desayunamos como reyes.
Él dejó la mochila en una silla. Parecía cansado, y en la manga de la camisa llevaba una mancha de yeso. Elena le dio un beso y esperó a que se lavara las manos antes de acercarle el teléfono.
—Esta es la fotografía que te he dicho.
Gabriel la examinó apoyado en la encimera. Al principio miró a Inés. Después amplió la imagen con los dedos y recorrió el fondo.
—Sí, es aquí.
—Se publicó el catorce de junio del año pasado.
—Ya veo.
Elena le mostró el texto bajo la fotografía.
—¿Entiendes por qué me extraña que solo viniera a recoger llaves?
Gabriel devolvió el teléfono sin discutir la fecha ni lo que aparecía en la pantalla.
—Entiendo que te extrañe. No sabía que hubiera subido fotos dentro de la casa.
—¿Tú recuerdas haberla visto aquí?
—Alguna vez, cuando venía con Bárbara. Y en el despacho, creo. No podría decirte en qué fechas.
Elena lo observó mientras sacaba los tomates de la bolsa. Era una respuesta más concreta que las anteriores, pero todavía dejaba fuera la pregunta principal.
—Parece que estaba instalándose —dijo ella.
—Lo parece. Pero no sé qué cajas son esas. A veces se guardaba material de las obras en la cocina.
No era imposible. Elena recordaba haber encontrado herramientas allí incluso durante los últimos trabajos. Lo que no encajaba con esa explicación era la palabra «llegué», aunque entendía que Gabriel no pudiera explicarla si no había estado presente.
—Voy a seguir mirando —dijo.
Él asintió.
—Hazlo. Si averiguamos qué pasó, mejor. Yo he buscado más correos, pero todavía no he encontrado nada distinto de los partes de trabajo.
No hubo otra discusión. Prepararon una cena sencilla y hablaron de lo que harían el sábado. Querían acercarse a comprar una estantería de segunda mano que Elena había visto anunciada a pocos kilómetros. Gabriel propuso medir primero la pared del despacho y comprobar que entrara en el coche.
Después cenaron con la ventana entreabierta. El aire olía a tierra mojada. Elena consiguió olvidar durante un rato el nombre de Inés, como se olvida una tarea pendiente cuando otra persona empieza a contar algo que también merece atención.
***
Gabriel se acostó antes de las once. Tenía que levantarse temprano para visitar una obra y le dolía la espalda de haber pasado la tarde midiendo un local.
Elena se quedó en el salón con una manta sobre las piernas y el portátil en la mesa baja. Había prometido enviar a su madre fotografías de la casa ya ordenada y empezó por escoger algunas en las que no se vieran las cajas que aún quedaban bajo la escalera.
Al terminar, abrió de nuevo el perfil público de Inés Valcárcel.
Quería encontrar otra fotografía de la cocina, preferiblemente alguna que mostrara el aparador o una habitación.
Si había permanecido allí varias semanas, quizá hubiera publicado algo más.
No buscaba intimidades; buscaba una fecha, un detalle, cualquier cosa que pudiera situar aquella estancia sin depender de las explicaciones de Gabriel y Bárbara.
Las publicaciones no estaban ordenadas como Elena esperaba.
Algunas aparecían con comentarios recientes aunque las fotografías fueran antiguas.
Bajó hasta julio de 2025, vio un plato de pasta, una calle después de la lluvia y una imagen de dos amigas sentadas en una terraza.
Había fotos anteriores a la estancia en la casa, pero ninguna más de la cocina.
En agosto encontró una fotografía tomada al aire libre. Inés llevaba el cabello recogido, una camiseta de rayas y unas gafas de sol que se había colocado sobre la cabeza. Aparecía abrazada a otra mujer. Debajo había escrito: «Mi persona favorita para hacer planes que luego cambiamos».
La publicación era del veintitrés de agosto de 2025.
Elena pasó a la siguiente imagen, pero la pantalla le devolvió una foto de meses antes. Pensó que la cuenta quizá estuviera poco activa y volvió a la de agosto. Tenía muchos más comentarios que las demás.
Los primeros eran de aquella misma semana: saludos, bromas sobre las gafas y preguntas acerca de dónde estaban. Otros parecían escritos después. Elena no leyó todos. Se detuvo en uno publicado en agosto de 2026.
«Un año sin ti, hermana. Sigo mirando el móvil para contarte cosas».
La cuenta que lo había escrito se identificaba como Lidia Valcárcel.
Elena dejó de mover el dedo.
Leyó el comentario por segunda vez. La expresión podía referirse a una separación, a una mudanza o a una pérdida. No tenía derecho a decidir cuál. Sin embargo, la fecha y la palabra «hermana» le produjeron una incomodidad distinta de la que había sentido ante la fotografía de la cocina.
Abrió las respuestas. Había mensajes breves, algunos con corazones, otros con frases que evitaban nombrar lo ocurrido. Uno decía «Qué injusto fue todo». Otro, «Siempre la recordaremos». Una mujer había escrito que todavía esperaba encontrársela al salir del supermercado.
Elena volvió al principio de la publicación.
Las gafas de sol. La camiseta de rayas. La sonrisa abierta de Inés.
Hasta aquel momento había pensado en ella como en una persona que podía explicarle algo. Alguien que quizá estuviera resentido con Gabriel, que conservara una llave o que pretendiera molestarla mediante mensajes deliberadamente enigmáticos.
Ahora se preguntó si seguía viva.
Escribió su nombre completo en el buscador y añadió «fallecimiento». Los resultados cambiaron. Ya no aparecían primero los directorios profesionales ni las fotos de la red social. Encontró un aviso de condolencia de un establecimiento funerario de la comarca.
No quiso abrirlo de inmediato. Se quedó mirando las primeras líneas que mostraba el buscador: un nombre, una fecha y una edad.
Inés Valcárcel. Treinta y cuatro años. Veintisiete de agosto de 2025.
Abrió el aviso.
El nombre coincidía con el del perfil y con el documento de proveedores de Umbral Gestión.
También figuraban los nombres de familiares, entre ellos el de su hermana Lidia.
No había ninguna explicación de las circunstancias.
Solo el lugar donde se celebró la despedida y unas palabras convencionales de agradecimiento.
Elena se inclinó hacia la pantalla.
Había cometido errores al interpretar documentos durante su trabajo y sabía que dos personas podían compartir nombre y apellidos.
Por eso revisó la localidad, la edad y el nombre de la hermana.
Después regresó al comentario de agosto y comprobó que lo había escrito la misma Lidia Valcárcel que aparecía identificada en el aviso.
No quedaban dudas razonables sobre la identidad.
Inés había muerto cuatro días después de aquella última fotografía.
Elena se levantó para ir a por agua, pero se detuvo al llegar a la cocina. Tenía la boca seca. Bebió directamente de un vaso que estaba en el escurridor y dejó correr el grifo unos segundos más de los necesarios.
Desde el pasillo se veía la puerta del dormitorio. Gabriel no se había movido arriba.
Ella tampoco sabía qué hacer con aquella información.
La mujer que aparecía en la cocina, la que había sonreído entre cajas y desayunado con los pies sobre la silla, estaba muerta desde hacía más de un año.
Pero el lunes alguien había escrito en su nombre.
***
Elena regresó al salón y buscó el nombre de Inés junto a la fecha de su muerte.
Entre los resultados apareció una noticia publicada por un medio comarcal el veintiocho de agosto de 2025. El titular no mencionaba a Inés: «Fallece una mujer de 34 años tras una caída en un edificio en rehabilitación de Vega Alta».
Esa era la razón por la que no la había encontrado cuando buscó por primera vez el nombre de la empleada de Umbral Gestión. En el texto solo aparecían sus iniciales.
Abrió la noticia.
La mujer había sido localizada al pie de una escalera interior en un inmueble donde se realizaban obras.
Los servicios de emergencias acudieron tras recibir una llamada a última hora de la tarde, pero no pudieron salvarle la vida.
Según la información publicada entonces, los primeros indicios apuntaban a una caída accidental y no se habían comunicado señales de intervención de otras personas.
El artículo solo indicaba que la llamada la había realizado un operario de la reforma, sin identificarlo ni explicar por qué la mujer estaba allí. Tampoco precisaba si ella trabajaba en la obra o había acudido por otro motivo.
Elena leyó el párrafo completo. Volvió al aviso funerario. El nombre no figuraba en la noticia, pero coincidían la edad, la localidad y la fecha; un breve recuerdo publicado días después en una página vecinal mencionaba expresamente a Inés y enlazaba la información sobre el accidente.
Eso bastaba para relacionar las dos noticias sin inventar lo que ninguna decía.
Abrió el mapa para localizar la calle del edificio. Estaba al otro lado de Vega Alta, a menos de diez minutos en coche de la casa. Había pasado alguna vez por allí para ir al supermercado, aunque no reconocía la fachada de la fotografía que acompañaba al artículo.
Una mujer de treinta y cuatro años. Un edificio en obras. Una escalera.
Y un correo recibido trece meses después.
Elena se dio cuenta de que estaba apretando los dientes y aflojó la mandíbula.
No había ninguna razón para pensar que Gabriel tuviera relación con la caída. Su firma en la autorización de la casa no lo situaba en aquel edificio, y la noticia no mencionaba su nombre. Tampoco la presencia de Inés en las reformas de 2025 permitía deducir cómo había muerto.
Lo único que podía afirmar era mucho más sencillo y, por eso mismo, más inquietante.
Alguien había utilizado el nombre de una mujer fallecida para enviarle información precisa sobre un escondite de su nueva casa.
Elena abrió el correo del lunes.
«Yo viví ahí antes que tú. Pregúntale a Gabriel por qué mi nombre no aparece en ningún contrato».
Hasta entonces había interpretado el mensaje como una afirmación de la propia Inés.
Ahora comprendía que ni siquiera podía atribuirle aquellas palabras.
Podían haber sido escritas por cualquiera que conociera su historia, por alguien que hubiera tenido acceso a sus objetos o por una persona empeñada en hacer que Gabriel pareciera culpable de algo.
Buscó la dirección completa del remitente. No reconoció el dominio ni encontró ningún dato que permitiera identificar a quien había creado la cuenta. Que el correo llevara el nombre de Inés no demostraba que le hubiera pertenecido nunca.
Estuvo a punto de contestar preguntando quién se escondía detrás. Abrió una respuesta en blanco y se quedó mirando el cursor.
Si escribía, solo le diría al desconocido que había descubierto la muerte. Y no sabía qué quería provocar esa persona ni cuánto conocía de su vida.
Cerró la ventana sin enviar nada.
Después guardó las páginas que acababa de consultar y anotó las fechas en una nota del móvil. No borró los correos. Los dejó donde estaban, junto al mensaje con las instrucciones del cajón, y realizó una copia de las capturas que conservaba.
La casa estaba en silencio. El reloj del salón marcaba las doce y dieciséis. Elena miró hacia la escalera, dudando si despertar a Gabriel.
Quería preguntarle si sabía que Inés había muerto. Quería saber cuándo lo había descubierto y por qué nunca había mencionado aquel accidente al hablar de la empleada que iba a la vivienda.
Pero esa noche ya no estaba segura de cuál era la pregunta más urgente.
Dejó el portátil cerrado sobre la mesa. Encima había quedado su teléfono, con el primer correo todavía visible.
Volvió a leer la firma.
«Inés».
Elena conocía ahora el nombre completo de aquella mujer, su rostro y la fecha de su muerte. Sabía que había desayunado en su cocina durante el verano anterior y que, dos meses después, alguien la había encontrado al pie de una escalera.
Lo que no sabía era quién había decidido hablar en su nombre.