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Capítulo 8. La mujer de la fotografía

El viernes por la mañana, Elena encontró a Gabriel de rodillas delante del armario del recibidor, buscando una caja que ninguno de los dos recordaba haber guardado allí.

—¿Qué has perdido ahora? —preguntó.

—Nada. Busco el medidor láser.

—Eso cuenta como haberlo perdido.

Gabriel sacó un rollo de cinta de embalar, dos pares de guantes de trabajo y la bolsa donde habían llegado los tiradores nuevos de la cómoda. Lo dejó todo sobre la alfombra.

—Lo necesito para una visita. Estoy casi seguro de haberlo puesto aquí.

Elena señaló una caja pequeña junto a la puerta.

—Mira en la que pone «herramientas importantes».

Él alzó la cabeza.

—¿Quién escribió eso?

—Tú.

Dentro estaba el medidor. Gabriel se quedó mirándolo como si lo hubieran cambiado de sitio mientras dormía.

—Me preocupa lo poco que me conozco.

Elena se rio y se agachó para ayudarlo a recoger.

Durante unos minutos estuvieron ocupados en devolver los objetos al armario.

Era una escena tan parecida a las del fin de semana que le costaba reconciliarla con la conversación de la noche anterior.

Gabriel había preparado café para los dos, había preguntado si necesitaba llevar el coche al taller y tenía una mancha de pasta de dientes en la camiseta.

También había firmado un documento que nunca le había mencionado.

—He mirado mis correos antiguos —dijo él mientras cerraba la caja.

Elena dejó de doblar la bolsa de los guantes.

—¿Y?

—No he encontrado nada que aclare lo de la autorización. Tengo presupuestos, confirmaciones de visitas y correos de Bárbara. No he repasado todo, pero sí lo de aquellas fechas.

—¿Aparece Inés?

—Puede que en algún correo adjunto. No lo sé. Hay mucha documentación.

No parecía una excusa nueva, sino una respuesta insatisfactoria que Gabriel también encontraba insuficiente. Elena decidió no preguntarle otra vez si recordaba a aquella mujer. Ya sabía qué iba a contestar.

—Voy a averiguarlo por mi cuenta —dijo.

Él cerró el armario.

—Puedes preguntar lo que necesites. Solo te pido que no des por cierto lo que te escribe alguien que ni siquiera se identifica bien.

—No lo estoy dando por cierto.

—Vale.

Gabriel recogió su mochila y la besó antes de salir. Elena escuchó el motor del coche alejarse mientras se ponía la chaqueta.

Quería haberle dicho que su problema ya no era el correo de una desconocida. Era aquella forma de contestar que le permitía a Gabriel reconocer una cosa sin responder del todo a la siguiente. Sin embargo, de momento solo disponía de las iniciales de un permiso. Necesitaba un nombre completo.

***

En el descanso de mediodía, Elena abrió el portátil personal que llevaba al trabajo desde la mudanza porque aún no había terminado de organizar su mesa en casa. Buscó primero el aviso de Umbral Gestión que había guardado el miércoles.

«Inés, del departamento de administración».

Ahora tenía algo más con lo que acotar la búsqueda: la V de la autorización.

Escribió el nombre de la empresa, Inés y la inicial. Aparecieron las entradas que ya conocía, anuncios antiguos y varias páginas de directorios empresariales. En la segunda página de resultados encontró un documento titulado «Información para proveedores. Segundo semestre de 2025».

No estaba enlazado en el menú actual de Umbral Gestión, pero el archivo seguía disponible.

Era un folleto de cuatro páginas, con el mismo logotipo que figuraba en las facturas de la casa.

La mayor parte del contenido explicaba cómo comunicar incidencias y solicitar acceso a inmuebles gestionados por la empresa.

En el último apartado había una relación de contactos.

«Coordinación administrativa y visitas: Inés Valcárcel».

Elena leyó el apellido en voz baja. Después comprobó la fecha del documento y guardó el archivo junto a la autorización. El nombre completo no demostraba que las iniciales I. V. correspondieran a aquella empleada, pero hacía que la coincidencia resultara difícil de pasar por alto.

Buscó «Inés Valcárcel».

Los primeros resultados no parecían relacionados con ella.

Había un perfil profesional sin fotografía, un nombre parecido en un programa cultural y una publicación de una asociación vecinal.

Elena añadió Vega Alta. Entre las imágenes apareció el retrato de una mujer de pelo oscuro, recogido a medias, con una sonrisa abierta y una pequeña arruga vertical entre las cejas.

La foto conducía a un perfil público de una red social. El nombre coincidía.

Elena lo abrió.

La mujer de la imagen tendría treinta y pocos años. En la fotografía de presentación llevaba una camiseta blanca, estaba en una terraza y sujetaba con ambas manos un vaso enorme de granizado. Tenía una expresión divertida, como si alguien acabara de contarle algo que merecía la pena recordar.

Elena desplazó la pantalla. Había fotografías de un perro ajeno, un plato de croquetas, unas amigas en un cumpleaños y un atardecer que podía haber sido tomado en cualquier ciudad. Algunas publicaciones eran antiguas. Otras solo tenían una frase y ninguna indicación del lugar.

Se sintió incómoda al pasar de una imagen a otra. No estaba entrando en una cuenta privada ni eludiendo ninguna restricción, pero buscaba en la vida de una desconocida una explicación para su propio matrimonio. Le parecía distinto de consultar una factura.

Iba a cerrar cuando vio la fecha de una publicación: 14 de junio de 2025.

Elena se quedó quieta.

La foto mostraba una cocina iluminada por el sol. Había una taza desparejada, un plato con una tostada y varias cajas de cartón apiladas junto a la mesa. Detrás de ellas, una mujer miraba a la cámara desde una silla de madera, con el pelo todavía húmedo y las piernas encogidas sobre el asiento.

Era Inés.

Elena apenas se fijó en ella durante el primer segundo. Estaba mirando los azulejos.

Verdes y blancos. El mismo dibujo geométrico que recorría la pared de su cocina.

Amplió la fotografía. A la izquierda se veía el aparador de pino, con una mancha más oscura junto a uno de los tiradores. Al fondo, el marco de la ventana dejaba entrar una rama cargada de hojas. La mesa era la misma sobre la que ella y Gabriel desayunaban cada mañana.

Debajo de la fotografía, Inés había escrito:

«Primer sábado que consigo desayunar sentada desde que llegué. Las cajas pueden esperar».

Elena volvió a leer la frase.

No decía «mi casa». No decía «estoy de alquiler» ni mencionaba a Gabriel. Sin embargo, la palabra «llegué», unida a las cajas y a la familiaridad con que aquella mujer aparecía desayunando, resultaba difícil de conciliar con una visita para abrirle la puerta a un albañil.

Guardó una captura que incluía la imagen, el nombre del perfil y la fecha. Después hizo otra del texto completo de la publicación.

Un mensaje de Marta apareció en la pantalla preguntándole si bajaba a tomar café. Elena respondió que ya iba.

Antes de cerrar el portátil, observó una vez más a Inés.

Había algo sorprendentemente corriente en su postura: los pies descalzos sobre el borde de la silla, una tostada a medio comer, el gesto de quien se ríe de su propio desorden.

Más de un año después de aquella fotografía, Elena y Gabriel habían discutido sobre si debían cambiar aquellos azulejos.

Y ahora era ella quien se sentaba en la misma mesa, moviendo cajas de un lado a otro.

Le resultó desagradable pensar que, si Inés había vivido allí, la primera noticia de su existencia no había sido una conversación ni una explicación de Gabriel, sino un correo escrito para inquietarla.

***

Marta estaba junto a la máquina de café cuando Elena llegó a la zona de descanso.

—Tienes cara de haber encontrado algo —dijo.

—He encontrado una fotografía.

—¿Del llavero?

—De la mujer que pudo utilizar nuestra casa el año pasado.

Marta le hizo sitio junto a la ventana. Elena le mostró la imagen en el móvil, sin abrir el resto del perfil.

—¿Es tu cocina? —preguntó su compañera.

—Sí. Mira las baldosas y el aparador.

—Y las cajas.

—Eso es lo que me llama la atención.

Marta leyó el pie de foto.

—Pues parece que acababa de mudarse.

—Eso parece. Aunque una fotografía no lo demuestra todo.

—Desde luego. Puede que estuviera quedándose allí unos días. O cuidando la casa.

Elena agradeció que Marta no le ofreciera una respuesta definitiva.

—Gabriel insiste en que aquella mujer solo iba a hacer gestiones —dijo.

—¿Y le has enseñado la foto?

—Todavía no. La acabo de encontrar.

Marta le devolvió el móvil.

—Entonces enséñasela cuando lo veas. A lo mejor se acuerda de algo. Si te dijo que no la conocía y luego resulta que hay un permiso firmado, es normal que quieras entenderlo.

Elena guardó el teléfono. Le sorprendió el alivio que sintió al escuchar aquella última frase. Hasta ese momento había estado esforzándose por distinguir la curiosidad de la desconfianza. Tal vez podía hacer preguntas sin que ello significara que había decidido dejar de creer en su marido.

—No quiero que acabemos discutiendo otra vez —admitió.

—Pues habla de lo que has encontrado, no de lo que te imaginas. Eso se te da bien.

Era un consejo sencillo. También uno que Elena habría dado a cualquiera que llegara a su mesa con un documento antiguo y pretendiera saber su historia entera por una frase al margen.

Terminó el café y regresó al trabajo.

Pasó la tarde procurando concentrarse en una reparación delicada. Cada cierto tiempo recordaba la foto y tenía la tentación de volver a abrirla. Se contuvo. La imagen no iba a cambiar porque la mirara cinco veces más.

A las seis, al salir del centro, llamó a Gabriel. Tenía previsto regresar directamente a casa, pero él seguía en una visita y dijo que llegaría algo más tarde.

—He encontrado una fotografía de aquella mujer —le contó Elena.

Hubo unos segundos de silencio, ocupados por ruido de tráfico al otro lado.

—¿De Inés?

—Sí. Es una foto de junio del año pasado. Está en nuestra cocina.

—Eso ya sabíamos que podía pasar. Tenía acceso para los trabajos.

—Está desayunando entre cajas. La publicación dice que acababa de llegar.

—Pues la vemos cuando llegue y me cuentas. Ahora estoy saliendo de una obra.

—De acuerdo.

Gabriel no se enfadó ni le pidió que dejara de buscar. Tampoco pareció sorprendido. Elena colgó sin saber si interpretar su respuesta como una buena señal o como otra forma de aplazar lo que no quería explicar.

Mientras caminaba hacia el coche, abrió de nuevo la fotografía.

Esta vez no miró el aparador. Miró el plato de Inés, la chaqueta colgada en el respaldo y una caja situada junto a la pared, cerrada con cinta de embalar.

Todo aquello habría cabido en la cocina de cualquier persona que estuviera instalándose.

Eso era, precisamente, lo que la inquietaba.

Hasta entonces había estado tratando de averiguar qué objeto había dejado una desconocida en su casa. Ahora tenía delante a una mujer de carne y hueso, sentada donde ella se sentaba, intentando hacerse un sitio entre las mismas paredes.

Elena cerró el teléfono y siguió caminando.

No sabía todavía quién había escrito los correos. Ni qué relación tenía Inés con Gabriel. Pero una cosa empezaba a parecerle muy improbable: que aquella mujer hubiera sido solo alguien que pasaba por allí para entregar unas llaves.