Capítulo 5. Las llaves
El miércoles, Elena encontró el número de Teo Salinas mientras esperaba a que se calentara el café.
Lo había guardado la noche anterior, pero escribirle a las siete y veinte de la mañana le pareció poco oportuno.
Lo dejó abierto en la pantalla y se dedicó a preparar el desayuno.
Gabriel había salido temprano para visitar una obra en las afueras.
En la encimera quedaban su taza, una miga de tostada y una nota escrita en un papel de cocina: «No enciendas el termo antes de que vuelva a mirarlo. Creo que la válvula está floja».
Elena sonrió. No sabía cómo se podía mirar una válvula antes de utilizar agua caliente, pero agradecía que se hubiera acordado de aquella avería.
La tarde anterior habían terminado hablando de tuberías y no del llavero.
Tal vez fuera mejor así. Había descubierto que los dos podían agotarse mucho antes de quedarse sin cosas que decir.
A las nueve y media, durante un descanso en el centro, envió un mensaje al contacto nuevo.
«Buenos días, Teo. Soy Elena Luján, la mujer de Gabriel Ríos. Nos hemos mudado a la casa de Amalia y quería consultarte una cosa sobre un mueble y las personas que tuvieron acceso durante las obras. ¿Tendrías un momento esta semana?».
Añadió su nombre otra vez, por si no le sonaba, y pulsó enviar.
La respuesta llegó veinte minutos después.
«Buenas. Estoy esta tarde por Vega Alta. A las seis y media recojo material en la ferretería de la avenida del Molino. Si te viene bien, hablamos allí. Saludos».
Le vino bien. El centro cerraba a las cinco y podría llegar con tiempo sin alterar su jornada. Contestó que se acercaría y guardó el móvil.
Durante la mañana se sorprendió ensayando preguntas que no quería formular.
¿Había visto a una mujer viviendo en la casa?
¿Conocía a alguien llamado Inés? ¿Cuántas llaves se habían repartido?
Cuando las imaginaba en voz alta, sonaban como un interrogatorio.
Y Teo no tenía por qué contestar sobre asuntos ajenos a su trabajo.
Al final decidió empezar por el mueble. Era la única razón que podía explicar sin hablar de correos anónimos.
***
La ferretería ocupaba un local estrecho, con estanterías hasta el techo y cubos de pintura amontonados junto a la puerta.
Olía a cartón húmedo, madera cortada y un producto de limpieza que Elena no supo identificar.
Cuando llegó, dos hombres esperaban delante del mostrador mientras un dependiente trataba de localizar una pieza en unas cajas de plástico.
Teo Salinas estaba al fondo, junto a una exposición de cerraduras.
Elena lo reconoció por una fotografía que Gabriel le había enseñado durante las reformas.
Era un hombre alto, con barba entrecana y una camisa de trabajo que llevaba el nombre de su empresa bordado en el bolsillo.
Sostenía una hoja doblada y comparaba números impresos en dos cajas.
—¿Teo?
Él levantó la cabeza.
—¿Elena? Sí. Perdona, estoy con esto. Un minuto.
Dejó las cajas sobre el mostrador, habló brevemente con el dependiente y regresó con las manos libres.
—¿Qué tal la casa? ¿Ya estáis instalados?
—Más o menos. Todavía tenemos cajas por todas partes.
—Eso dura. Yo me mudé hace cinco años y aún tengo una en el trastero que no sé qué lleva.
No parecía especialmente interesado en mantener una conversación larga, pero tampoco tenía prisa por marcharse. Señaló un rincón despejado junto a una estantería de tornillos.
—Me has dicho algo de un mueble.
Elena abrió la fotografía del aparador.
—Es este. El que estaba en la cocina de Amalia.
—Sí, claro. Ese no lo movimos. Pesa lo suyo.
—Uno de los cajones tiene un doble fondo. Quería saber si lo reparasteis vosotros o si lo encontrasteis así.
Le mostró la imagen de la tabla levantada. Teo cogió el teléfono con cuidado y amplió la fotografía.
—No lo había visto. Nosotros cambiamos los rodapiés, repasamos los enchufes y arreglamos una humedad detrás del fregadero. El aparador se quedó donde estaba, salvo un día que lo separamos un poco de la pared.
—¿Quién lo movió?
—Dos de mis chicos. Yo estaba con el electricista. Pero nadie desmontó los cajones, que yo sepa.
Elena recuperó el móvil. Aquel dato no descartaba nada; la tabla podía llevar allí muchos años.
—Encontré una cosa escondida —dijo—. Un llavero. Me llamó la atención.
—¿Y no sería de Amalia?
—Puede ser. Gabriel tampoco lo reconoce.
Teo se encogió de hombros.
—En las casas antiguas aparece de todo. Una vez levantamos un rodapié y salieron seis décimos de lotería. Todos caducados, por desgracia.
Elena se rio. Comprendía que para él aquel hallazgo no tuviera la importancia que había adquirido en su cabeza.
—También quería preguntarte por las llaves. En algún momento de las obras debió de entrar bastante gente.
—Bastante, sí. Pero no todos llevaban copia.
—¿Tú tenías?
—Yo tuve una, para abrir cuando llegaban materiales. La devolví al terminar mi parte. Hablo de las obras de este verano. Antes se utilizó otra cerradura.
—¿Cuántas copias había entonces?
—No sabría decirte. El electricista entraba conmigo, el fontanero venía en otros horarios, el cerrajero apareció un par de veces… Eso te lo tendría que decir Bárbara. Ella organizaba los accesos.
—¿Las guardaba ella?
—Algunas. Otras las tenía quien estuviera trabajando allí. Se firmaban entregas cuando se podía, pero no era una obra grande con un encargado todo el día en la puerta.
Teo reparó en la expresión de Elena.
—Si te preocupa que alguien conserve una llave, cambia el bombín. Es lo que le recomiendo a todo el mundo después de una reforma. No porque crea que los trabajadores vayan a entrar, sino porque con los años pierdes la cuenta de quién tuvo copia.
Elena miró la exposición situada detrás de él. Había cerraduras de distintos tamaños, cilindros con tarjetas de seguridad y paquetes de llaves unidos con anillas.
—En agosto vino un cerrajero —dijo—. Tenemos la factura.
—Lo sé. Cambió una pieza de la puerta del patio. No recuerdo si sustituyó el cilindro de la entrada. Por eso conviene que lo miréis. Una factura no te dice cuántas llaves siguen circulando.
El dependiente llamó a Teo para preguntarle si quería llevarse las dos cajas. Él respondió que sí y le pidió cinco minutos.
—Perdona —dijo a Elena—. Tengo que salir en cuanto me den el albarán. ¿Algo más?
Era la ocasión de preguntarlo. Si dejaba marchar a Teo, tendría que volver a escribirle o conformarse con lo que ya sabía. Elena sintió una breve incomodidad, parecida a la de quien pregunta por un vecino al que no conoce.
—¿Trabajaste aquí antes de este verano?
—Sí. Hice arreglos sueltos desde que falleció Amalia. La cubierta, una persiana, unas humedades. No todo seguido.
—Entonces conociste a personas que venían a abrirte la casa.
—A Gabriel, a Bárbara… Bueno, a veces venía una chica de la oficina de Bárbara.
Elena intentó mantener la misma expresión.
—¿Una chica?
—Sí. No sé si todavía trabaja allí. Morena, más bien menuda. Traía carpetas o venía a revisar lo que se había hecho. Una vez me abrió porque Bárbara estaba ocupada.
—¿Recuerdas cómo se llamaba?
Teo miró hacia el mostrador, como si repasara mentalmente la agenda de aquellos trabajos.
—Inés. Creo que era Inés. Me acuerdo porque me llamó para cambiar una cita y me dio el nombre al presentarse.
Elena no dijo nada. La palabra había sonado corriente, pronunciada sin misterio, entre una mención a los rodapiés y otra a las facturas.
—¿Cuándo fue eso? —preguntó al fin.
—El año pasado. Antes del otoño, seguro. Hacía calor y tuvimos que parar por las mañanas para que secara un producto. ¿Junio, julio? No te sabría precisar.
—¿Ella tenía llave?
—Aquel día abrió sin que yo tuviera que esperar a nadie. No vi de dónde la sacó. Igual se la dejó Bárbara.
—¿La viste más veces?
—Un par, quizá. Recuerdo que una mañana salió con una bolsa de supermercado cuando yo llegaba. Pero eso no significa nada. También traía cosas de la oficina.
Elena pensó en la cocina, en la mesa bajo la ventana y en la pequeña habitación de arriba que todavía no sabían cómo utilizar. Se obligó a no convertir una bolsa de supermercado en una prueba de que alguien había dormido allí.
—¿Te dijo alguna vez que vivía en la casa?
Teo la miró con mayor atención.
—No. ¿Por qué?
—Porque estamos intentando averiguar quién la utilizó durante ese tiempo. Gabriel me dijo que estaba vacía y he encontrado algunas cosas que no son de Amalia.
Era una respuesta incompleta, pero verdadera.
Teo se pasó una mano por la barba.
—Yo entraba a hacer un trabajo y me iba. No preguntaba quién vivía dentro. Si quieres saber quién tenía permiso, habla con Bárbara. Ella llevaba aquello.
—Claro.
—Y con Gabriel. Las autorizaciones, si las hubo, serían cosa suya. La casa era de él.
Elena asintió. No había motivo para convertir a Teo en testigo de algo que nunca afirmó haber visto.
El dependiente volvió a llamarlo. Esta vez sostenía dos cajas apiladas y un papel para firmar.
—Me tengo que ir. Lo siento.
—No, al contrario. Gracias por atenderme.
—Cualquier cosa del termo, mándame un vídeo del ruido. A veces es aire en el circuito y te ahorras que vaya alguien hasta allí.
Elena prometió hacerlo. Teo se despidió y fue al mostrador. Antes de que ella saliera, levantó una mano para añadir:
—Y lo de la cerradura, en serio. Por lo que cuesta un bombín nuevo, os quitáis la duda.
***
Elena permaneció un momento dentro de la ferretería, frente a las cajas de cerraduras.
No había obtenido la respuesta que buscaba cuando salió del trabajo.
Teo no recordaba el doble fondo y no podía asegurar que Inés viviera allí.
Pero había dicho su nombre sin que Elena se lo proporcionara.
Había situado a esa mujer en la casa durante el verano de 2025 y había recordado que pudo abrir una puerta con una llave que él no tenía.
Al salir, anotó lo esencial en el móvil: «Teo. Inés, oficina de Bárbara. Verano 2025. Abrió una vez. Bolsa de supermercado. No confirma que viviera allí». Añadió la hora y el lugar de la conversación.
Le molestó escribir aquella última frase. Habría preferido una conclusión clara, algo que poder enseñar a Gabriel y dar por terminado. Sin embargo, sabía que una historia podía cambiar por completo si uno convertía un «la vi allí» en un «vivía allí».
Caminó hasta el coche y llamó a la puerta del conductor antes de darse cuenta de que seguía sujetando el teléfono con la mano izquierda. Se estaba poniendo nerviosa por una cuestión que aún tenía explicaciones simples.
Se sentó, respiró un momento y arrancó.
Cuando llegó a casa, Gabriel estaba preparando una tortilla. Había logrado arreglar el ruido del termo y, por primera vez desde la mudanza, el fregadero estaba despejado.
—He hablado con Teo —anunció Elena mientras dejaba el bolso.
—¿Y el aparador?
—No recuerda haber tocado los cajones. Dice que puede ser de tu tía.
—Eso te dije yo.
—También me ha dicho que se repartieron llaves entre varias personas durante las obras. No sabe cuántas copias llegó a haber.
Gabriel bajó el fuego.
—Las últimas se recogieron.
—¿Todas?
—Las que yo conocía, sí.
Elena se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla.
—Quiero que cambiemos los bombines. El de la entrada y el del patio.
Gabriel se volvió hacia ella. No parecía enfadado; más bien estaba calculando otro gasto que no esperaba.
—¿Los dos? El cerrajero ya estuvo en agosto.
—Teo no sabe si cambiaron el de la entrada. Y aunque lo hicieran, no tenemos forma de saber cuántas llaves se hicieron después.
Gabriel dejó la espátula sobre un plato.
—Vale. Pediré presupuesto.
La facilidad con la que aceptó la sorprendió. Había imaginado que le diría que exageraba o que la casa estaba perfectamente cerrada. En cambio, él se limitó a darle la vuelta a la tortilla y a preguntarle si quería ensalada.
—Sí, por favor.
—Puedo escribirle a Bárbara para que me pase el contacto del cerrajero. Es el mismo que vino la otra vez.
—Me parece bien. Pero que nos entregue a nosotros todas las copias.
—Claro.
Cenaron mientras Gabriel explicaba que un cliente había cambiado de opinión sobre una distribución después de aprobar tres presupuestos. Elena lo escuchó, intervino alguna vez y notó que le resultaba cada vez más difícil decidir cuándo debía sacar a relucir la otra parte de su conversación con Teo.
No quería utilizarla como una acusación. Tampoco podía fingir que no la había oído.
Cuando terminaron de recoger, Gabriel se quedó cortando fruta para el día siguiente. Elena fue al salón a por el bolso y sacó la bolsita con el llavero. Lo sostuvo sobre la palma abierta. La I plateada brilló bajo la luz.
Teo no había reconocido el objeto.
No sabía quién lo había escondido.
Pero sí recordaba a una mujer llamada Inés en aquella casa.
Elena guardó el llavero y volvió al teléfono. En lugar de abrir el correo de la desconocida, escribió en el buscador dos palabras: «Umbral Gestión».
Esta vez no estaba esperando a que alguien le dijera dónde mirar.