Capítulo 6. Una mujer en los archivos
El primer resultado de la búsqueda era una inmobiliaria de Valencia que no tenía nada que ver con la empresa de Bárbara. El segundo ofrecía presupuestos de reformas en otra provincia. Elena añadió «Vega Alta» y entonces apareció la página que buscaba.
Umbral Gestión ocupaba la planta baja de un edificio en la avenida del Parque, a veinte minutos andando de la casa.
La web era sencilla: una fotografía de una fachada recién pintada, un número de teléfono y cuatro apartados sobre administración de inmuebles, pequeñas reformas, alquileres y asesoramiento a propietarios.
Bárbara aparecía en una imagen de despacho, sentada detrás de una mesa blanca, con las manos cruzadas sobre una carpeta.
Debajo figuraban su nombre y el cargo de directora.
Elena recorrió la página con el pulgar. El viernes había oído a Bárbara hablar de facturas, garantías y contadores. Aquellos servicios coincidían con lo que ofrecía la empresa. Nada sorprendente.
Entró en la sección de noticias. La última publicación era de febrero. Anunciaba una modificación en el horario de atención de los viernes. Antes había una entrada sobre el mantenimiento de viviendas desocupadas durante el invierno y otra con consejos para preparar una casa antes de alquilarla.
—Eso habría venido bien hace unos meses —murmuró.
Gabriel estaba arriba, terminando un presupuesto.
Desde el salón le llegaba el sonido de su silla al desplazarse por el suelo.
Elena había dejado el portátil cerrado sobre una caja que hacía de mesa auxiliar.
No quería abrirlo solo para consultar una página que seguramente terminaría enseñándole lo mismo que había visto en el teléfono.
Bajó hasta las publicaciones más antiguas.
No buscaba todavía una prueba contra su marido.
Teo había dicho que una mujer llamada Inés acudía a la vivienda por encargo de Bárbara; era natural que apareciera en algún aviso de la empresa, del mismo modo que aparecían los nombres de los técnicos encargados de las reparaciones.
Si la encontraba, podría confirmar al menos que no se trataba de una persona inventada por la desconocida que le escribía.
En una entrada del verano anterior, junto a la fotografía de un cartel colocado en un mostrador, leyó:
«Información para propietarios y colaboradores. Durante julio y agosto de 2025, la coordinación de visitas, documentación y recogida de llaves se realizará a través de Inés, del departamento de administración. Para cuestiones de dirección, contactar con Bárbara Cano».
Elena amplió la fotografía. El papel llevaba el logotipo de Umbral Gestión y una fecha en el margen inferior: 30 de junio de 2025.
Lo leyó de nuevo.
No era un testimonio ni un recuerdo aproximado de un trabajador. Era un aviso publicado por la propia empresa cuando Inés todavía estaba allí. Su nombre aparecía junto al de Bárbara y asociado precisamente a las visitas y las llaves.
Guardó una captura de pantalla en la que se vieran la fecha y la dirección de la página. Después abrió la publicación completa y comprobó que no hubiera una segunda página con más nombres.
Solo decía Inés.
Sin apellidos, fotografía ni correo personal.
Intentó buscar otras entradas con aquel nombre dentro de la web, pero el pequeño buscador no devolvió resultados.
En una imagen de la recepción aparecían dos mujeres al fondo, una de espaldas y la otra parcialmente oculta por una puerta.
Podría haber sido cualquiera de ellas. Elena cerró la fotografía antes de convencerse de reconocer a alguien a quien nunca había visto.
El reloj del teléfono marcaba las diez y veintisiete.
Le habría gustado bajar la pantalla para enseñársela a Gabriel y preguntar, sin más, si recordaba a aquella empleada.
Durante un instante se imaginó su respuesta: que Bárbara tenía personal de oficina, que la mujer pudo ir a recoger una factura, que nada de eso significaba que viviera allí. Seguramente tendría razón en lo último.
No lo llamó.
Guardó el enlace en una nota junto a lo que Teo le había contado y dejó el móvil sobre la mesa. Arriba, Gabriel cerró una ventana con un golpe seco. Luego lo oyó bajar las escaleras.
—¿Sigues despierta? —preguntó al entrar.
—Estaba mirando unas cosas.
Él señaló el teléfono.
—¿Has encontrado ya una estantería que no podamos permitirnos?
—Tres. Y son todas preciosas.
Gabriel le ofreció la mano para ayudarla a levantarse del sofá.
—Entonces vámonos a dormir antes de que compres alguna.
Elena aceptó y lo siguió escaleras arriba. La captura del aviso permaneció guardada en el teléfono. No necesitaba mirarla otra vez para recordar su contenido.
***
El jueves, a media mañana, Elena encontró una hoja de instrucciones doblada dentro de uno de los expedientes que estaba revisando.
Alguien la había utilizado años atrás como separador.
El papel no pertenecía al conjunto y, aun así, había contribuido a conservar ordenadas aquellas páginas durante mucho tiempo.
La dejó a un lado con una anotación para el informe.
Le resultaba familiar esa clase de hallazgos. Los documentos no contaban por sí mismos toda la historia: había que averiguar quién los había colocado allí, cuándo y con qué intención. A veces la respuesta era importante. Otras, sencillamente, alguien había usado lo que tenía a mano.
Marta se acercó con dos cafés del dispensador y dejó uno junto a su mesa.
—Te he traído el que no sabe a café, como te gusta.
—Gracias. Siempre tan amable.
—¿Has resuelto lo del mueble misterioso?
Elena dejó las pinzas de papel.
—No. Pero hablé con uno de los trabajadores de la casa.
—¿Y?
—Me dijo que había una empleada de la empresa de reformas que iba allí a veces. Ayer encontré su nombre en un aviso antiguo.
—Entonces sí estuvo en la casa.
—Eso parece.
Marta bebió un sorbo y arrugó la nariz.
—No entiendo por qué te preocupa tanto. Si alguien dejó un llavero, te lo quedas hasta que lo reclame y ya está.
Elena contempló la carpeta abierta. Podía contarle lo de los mensajes. Llevaban años trabajando juntas y Marta no era indiscreta. Quizá decirlo en voz alta le ayudaría a comprobar si estaba exagerando.
—Porque alguien sabía dónde estaba escondido —respondió al fin.
Marta apoyó la taza con cuidado.
—Ah. Eso no me lo habías dicho.
—Me escribieron un correo. Me indicaron el cajón y encontré el llavero.
—¿Alguien que conoces?
—No. Una persona que dice que vivió antes allí.
Marta tardó un momento en contestar.
—¿Y tu marido?
—Dice que nunca se alquiló.
—Pues igual es una antigua empleada. La que iba a recoger llaves, por ejemplo.
—Lo he pensado.
—Si yo fuera tú, preguntaría primero a quien organizaba las visitas. Por lo menos sabrá si esa mujer trabajó realmente para ellos.
Elena asintió. Era lo mismo que había pensado la noche anterior, pero escucharlo de boca de Marta le quitó parte de la carga que la pregunta había adquirido en su cabeza.
—La administradora se llama Bárbara. Fue quien nos llevó todo lo de la casa.
—Pues llámala. A lo mejor en dos minutos te lo aclara.
Marta levantó la taza, dispuesta a marcharse, y se volvió una última vez.
—Eso sí, yo cambiaría las cerraduras. Pero lo haría aunque no te hubieran escrito ningún correo.
Elena sonrió.
—Eso ya está en marcha.
Cuando se quedó sola, miró el reloj. Era una hora razonable para llamar a Bárbara. La cuestión de las llaves le daba además un motivo concreto, sin necesidad de contarle todavía lo de los correos. Si Inés había gestionado accesos en el verano de 2025, Bárbara podía explicar qué hacía exactamente.
Dejó terminar el café y volvió al trabajo. Llamaría durante su descanso del mediodía.
***
Bárbara contestó al tercer tono.
—Elena, dime. ¿Va todo bien con la casa?
Se oía ruido de papeles al otro lado y una voz que pedía algo en la oficina.
—Sí, sí. Nada grave. Es por las cerraduras. Hablamos con Teo y nos recomendó cambiar los bombines después de las obras.
—Me parece prudente. ¿Quieres que llame al cerrajero?
—Gabriel iba a pedirte el contacto, pero aprovecho que hablamos. Nos gustaría que nos dieran directamente todos los juegos de llaves.
—Por supuesto. Os paso el número y lo organizáis vosotros. Así elegís cuándo os viene bien.
Elena abrió una nota en el teléfono.
—Perfecto. Y hay otra cosa que quería preguntarte. Teo me comentó que en el verano de 2025 una chica de tu oficina se encargaba de algunas visitas a la casa.
El ruido de papeles cesó un instante.
—Sí, tuvimos personal de administración ayudando con eso —respondió Bárbara—. ¿Ha surgido algún problema?
—No exactamente. Encontramos un llavero antiguo y estamos intentando saber si pertenecía a alguien que estuvo trabajando allí. Teo recordó a una mujer llamada Inés.
—Ah, Inés. Sí, trabajaba conmigo entonces.
Elena sujetó el bolígrafo sobre la hoja sin escribir.
—¿Venía mucho por la casa?
—Depende de la época. Se encargaba de recoger presupuestos, entregar documentación, esas cosas. Alguna vez tuvo que abrir a los profesionales cuando yo estaba en otro sitio.
—¿En verano de 2025?
—Sí. Por esa época, supongo. No te sabría decir cada día. Llevábamos varios inmuebles a la vez.
Su tono seguía siendo cordial y práctico, el mismo con el que había repasado las garantías durante la mudanza.
—¿Y sigue trabajando contigo? —preguntó Elena.
—No. Hace tiempo que dejó la empresa.
Bárbara no añadió ningún comentario. Elena tampoco se lo pidió. Al fin y al cabo, la situación laboral de una antigua empleada no era asunto suyo.
—Entonces pudo tener una copia de las llaves —dijo.
—Temporalmente, como otras personas. La coordinación se hacía desde la oficina. Pero cuando se terminaba un encargo se recuperaban las copias de servicio.
—Teo decía que no estaba seguro de cuántas había.
—Teo no llevaba el registro —repuso Bárbara con una leve risa—. Él se ocupaba de las obras. Por eso os recomiendo hacer ahora un cambio completo de bombines. Con tantas entradas y salidas, es la forma más sencilla de quedaros tranquilos.
Elena notó que la administradora no intentaba disuadirla ni restar importancia a la cuestión. Le hablaba de un procedimiento habitual y le ofrecía una solución concreta.
—Gracias. No quería molestarte con una tontería.
—No es ninguna tontería. Y si encuentras algún desperfecto, me mandas una foto. Todavía tenemos que cerrar las últimas facturas con Gabriel.
—Sí, me dijo que queríais terminarlo antes del dieciséis.
—Eso está previsto. No te preocupes.
Al despedirse, Bárbara le prometió enviar el teléfono del cerrajero por mensaje. Lo hizo menos de un minuto después, junto con una indicación sobre el modelo de cerradura que habían instalado en el patio.
Elena releyó su nota.
«Inés: empleada de administración. Venía por presupuestos y llaves. Ya no trabaja allí. Bárbara confirma».
Tenía por fin dos fuentes diferentes que situaban a una mujer llamada Inés en la casa durante el mismo periodo: un trabajador que recordaba haberla visto y una responsable que admitía haberle encargado visitas. Además, existía el aviso de la propia empresa. Era más de lo que sabía dos días antes.
Y menos de lo que necesitaba.
Nadie le había dicho que Inés durmiera en la casa, pagara por utilizarla o guardara allí sus cosas. El llavero continuaba sin dueño. Tampoco sabía si la autora de los correos era la antigua empleada o una persona que había descubierto su nombre.
Pero ya podía formular una pregunta mucho más precisa.
¿Cómo había pasado una empleada encargada de entregar llaves a presentarse como la mujer que vivió allí antes que ella?
Elena guardó las notas y regresó a su mesa.
***
Por la noche llegó a casa antes que Gabriel. Dejó las llaves en el cuenco del recibidor y se quitó los zapatos en la entrada, agradecida por el suelo fresco. Había llovido un poco durante la tarde y el limonero goteaba sobre las baldosas del patio.
En la cocina abrió el armario del fregadero para buscar una bolsa de basura.
Vio de nuevo la marca más clara que habían dejado los muebles al moverlos y recordó que Bárbara conocía hasta el tipo de cerradura del patio.
No tenía nada de extraordinario. Había administrado aquella casa durante años; seguramente conocía mejor que ellos varias de sus averías.
Aun así, por primera vez a Elena le molestó no saber dónde terminaban los recuerdos de los antiguos trabajos y empezaba su propia vida allí.
El armario en el que guardaba los platos había pertenecido a Amalia.
La mesa bajo la ventana también. Habían encontrado recetas, fotografías mencionadas por la familia y pequeños objetos sin valor.
Todo aquello tenía un pasado, pero nunca le había parecido necesario conocerlo al detalle para sentirse en casa.
El problema era que alguien había utilizado uno de esos detalles para escribirle.
Se sentó a la mesa con el teléfono. Tenía un mensaje de Gabriel avisando de que tardaría media hora y otro de Bárbara con el número del cerrajero. Abrió después el correo de la desconocida. No había novedades.
Elena empezó a escribir: «He hablado con gente que conoce la casa. ¿Trabajabas en Umbral Gestión?».
Observó la frase durante unos segundos.
Si el remitente era realmente Inés, contestaría que sí. Si no lo era, bastaría con haber leído la misma página que Elena había encontrado para fingirlo. Hacer preguntas cuya respuesta ya conocía no iba a acercarla demasiado a la verdad.
Borró el mensaje.
Antes de recoger las cosas del trabajo, abrió el aparador para guardar el teléfono del cerrajero junto a las garantías.
Sacó la carpeta azul que Bárbara había dejado el viernes.
Hasta entonces la había consultado por partes: la factura de la cerradura, la garantía del termo, los nombres de los trabajadores.
No había revisado el contenido completo ni comprobado cómo se ordenaban los documentos de años anteriores.
La colocó sobre la mesa y soltó la goma elástica que sujetaba una de las esquinas.
Había facturas de 2026, recibos de suministros y certificados de reparación, cada grupo separado por una hoja más gruesa. Debajo aparecía una sección anterior con anotaciones manuscritas. Elena leyó el primer encabezado: «Gestiones 2025».
Recordó que Gabriel siempre hablaba de los arreglos que hicieron en aquella época, uno detrás de otro, conforme aparecían problemas. Hasta ahora no había tenido motivo para comprobar esas fechas.
Pasó un dedo por el borde de la sección y encontró varias hojas dobladas que sobresalían de la carpeta.
Desde el patio oyó el ruido del coche de Gabriel al detenerse frente a la casa.
Elena dejó las hojas sobre la mesa, sin devolverlas a su sitio. Quería revisarlas con calma, no a escondidas ni de cualquier manera.
Levantó la vista al escuchar la llave en la puerta principal.
Por primera vez desde que se habían mudado, había una parte de la historia de la casa que no esperaba que Gabriel le contara: podía empezar a leerla ella misma.