Capítulo 4. La versión de Gabriel
Gabriel tendió la mano sobre la mesa. Elena dejó la bolsita a su alcance y él sacó el llavero sin abrirla del todo, sujetándolo entre el pulgar y el índice.
La letra I giró una vez antes de quedar boca arriba.
—¿Y dices que estaba debajo del fondo del cajón?
—Había una tabla suelta. No se veía a simple vista.
Gabriel examinó el desconchón del esmalte y le dio la vuelta a la pieza.
—No lo había visto nunca.
—Eso no te lo había preguntado.
—Ya, pero es lo que estás pensando.
Elena separó las manos de la taza. No quería que la conversación empezara como la de la noche anterior.
—Estoy pensando que alguien me dijo dónde encontrarlo. Y acertó.
—Si esa persona ha estado aquí, puede conocer el mueble.
—Ayer me dijiste que nadie había vivido en la casa.
—Y es verdad. Estar aquí no es lo mismo que vivir aquí.
Gabriel dejó el llavero sobre la bolsita, al lado del azucarero.
Desde que habían encontrado aquel bote, Elena lo utilizaba para guardar los sobres de sacarina que su madre insistía en traerle.
Su marido había bromeado dos días antes con que no merecía la pena haberlo buscado tanto.
Ahora ninguno de los dos parecía reparar en él.
—Durante las reformas entró mucha gente —continuó Gabriel—. Albañiles, electricistas, el fontanero que vino a ver la fuga. Alguno pudo dejarlo ahí.
—¿Por qué lo iba a esconder en un doble fondo?
—No lo sé. Igual ya estaba escondido y se olvidaron de él.
—¿Y cómo sabe alguien dónde está?
—A lo mejor lo escondió quien te escribe.
Elena tardó unos segundos en responder.
—Entonces esa persona entró en nuestra casa.
—En algún momento, sí. Antes de que nos mudáramos, posiblemente.
Lo dijo con la naturalidad de quien intenta ordenar una posibilidad, no quitarle importancia. Elena agradeció al menos aquel matiz. Había esperado que Gabriel negara incluso la existencia del escondite.
—También pudo ser de tu tía —señaló él—. Tenía montones de cosas. A veces guardaba dinero en sitios imposibles y luego llamaba a mi madre porque no recordaba dónde.
—¿Tu tía conocía a alguna Inés?
—No tengo ni idea.
—¿Podemos preguntárselo a tu madre?
—Claro. Aunque no sé si se acordará de todo el mundo que pasaba por aquí.
Elena recogió el llavero y lo dejó dentro de la bolsita. Gabriel miró el reloj que llevaba puesto.
—Se me está haciendo tarde.
—No hace falta que resolvamos esto ahora.
—Pues mejor. Esta tarde vemos si hay alguna explicación sencilla.
Se levantó para llevar la taza al fregadero. Elena lo siguió con la mirada.
—Gabriel.
—¿Qué?
—Quiero que me contestes una cosa sin pensar en el correo. Después de morir Amalia, ¿alguien se quedó aquí? Un familiar, un amigo, alguna persona que necesitara la casa unos días.
Su marido dejó correr el agua sobre la taza más tiempo del necesario. Cerró el grifo antes de darse la vuelta.
—No. La casa estaba cerrada. Se hicieron las obras y poco más.
—¿Seguro?
—Elena, no te puedo dar una respuesta más clara.
Lo dijo sin levantar la voz. Tenía un gesto de fatiga que a ella le resultaba familiar: el de las mañanas en que ya salía de casa con tres problemas pendientes.
—Vale —respondió.
Gabriel se acercó, le puso una mano en el hombro y la retiró casi enseguida.
—No quiero que estés incómoda aquí. De verdad.
—Yo tampoco.
—Entonces no demos por buena la historia de una desconocida solo porque sabe abrir un cajón.
Elena asintió, pero no guardó el llavero.
Él recogió las llaves del coche. A medio camino de la puerta regresó por el teléfono, que había olvidado junto a la cafetera, y aprovechó para besarla.
—Luego hablamos. Y si vuelve a escribirte, no borres nada. Por lo menos hasta saber qué pretende.
Era un consejo sensato, precisamente el que Elena esperaba oír. Se sintió un poco injusta por haber interpretado como sospechosa cada palabra de la conversación.
Cuando la puerta se cerró, quedó sobre la mesa la marca circular de su taza de café.
Elena la limpió con un paño. Después se llevó el llavero al bolso.
***
En el centro de conservación la esperaba una mañana de trabajo minucioso.
Tenía que retirar unas reparaciones antiguas de tres expedientes antes de volver a colocar las hojas en sus carpetas.
En el primero, una tira de cinta adhesiva amarillenta se había pegado a una firma; si tiraba demasiado deprisa, levantaría parte de la superficie del papel.
Se acomodó bajo la lámpara y comenzó por la zona menos frágil.
A los pocos minutos descubrió que había colocado el bote de herramientas al lado equivocado. Volvió a moverlo, ajustó la luz y empezó otra vez.
Le costaba concentrarse.
Había leído los correos suficientes veces para sabérselos de memoria, aunque eran apenas unas líneas. La desconocida no le había pedido dinero ni intentado iniciar una conversación. Le había dado una orden concreta y, al obedecerla, Elena había encontrado un objeto real.
Eso no demostraba que hubiera existido una inquilina. Tampoco demostraba que Gabriel le mintiera.
Pero había una pregunta que no lograba apartar: si el propósito era gastarles una broma, ¿por qué elegir un llavero escondido? Habría sido mucho más fácil mandar una fotografía de la fachada o describir las baldosas de la cocina.
A la hora del descanso, Marta la encontró consultando el carrete de su móvil.
—¿Seguís con las cajas?
—Quedan unas cuantas.
—Yo tardé seis meses en vaciar la última. Al final descubrí que no necesitaba nada de lo que había dentro.
Elena deslizó el dedo por la pantalla hasta llegar a la fotografía del doble fondo.
—Oye, ¿tú conocías la casa donde vivías antes de mudarte?
Marta se sentó en el borde de la mesa contigua.
—¿Qué quieres decir?
—Si sabías quién había vivido allí. No el propietario, sino la gente que la utilizó antes.
—En mi caso, los anteriores inquilinos habían dejado medio frigorífico. ¿Por?
Elena le enseñó la fotografía sin contarle de momento lo del correo.
—Encontré esto en un mueble de la casa. Debajo de una tabla.
—Anda. ¿Un escondite?
—Más o menos.
—¿Y qué había?
Elena abrió la segunda imagen.
Marta acercó la cara.
—Pues vaya tesoro. ¿Es una I?
—Eso parece.
—A lo mejor era un regalo. Mi abuela guardaba hasta los lazos de los bombones.
Elena sonrió. La explicación era casi tan buena como cualquier otra.
—Puede ser.
—Si lo hubiera encontrado yo, habría mirado si hay más cosas en los otros cajones.
—Lo pensé. No parece que tengan doble fondo.
—Pues ya está. No te compliques.
Marta se levantó para ir a por café. Elena dejó el teléfono boca abajo.
Contar la historia entera habría significado explicar también que Gabriel negaba la existencia de cualquier ocupante y que alguien le estaba escribiendo en nombre de una mujer desconocida.
No era una confidencia imposible de hacer.
Sencillamente, Elena prefería tener algo más que dos correos antes de convertir aquella rareza en conversación de oficina.
A mediodía recibió una fotografía de Gabriel. Había comprado una bombilla nueva para el pasillo y le preguntaba si el tono era suficientemente cálido. Elena contestó que sí y añadió un corazón. Él respondió con otro.
Se alegró de aquel intercambio tonto. No quería convertirse en una persona que mirase cualquier gesto de su marido buscando un doble sentido.
Antes de volver a trabajar, abrió la conversación con la dirección desconocida. Escribió una pregunta: «¿Cómo sabía que estaba ahí?». No llegó a enviarla.
No iba a seguir aceptando pruebas escogidas por otra persona. Si de verdad quería averiguar quién había entrado en la casa, podía empezar por quienes hicieron las reformas.
Borró la frase y cerró el correo.
***
Por la tarde, Gabriel estaba en el patio cuando Elena llegó. Había sacado una silla de plástico y trataba de desenredar la manguera que Amalia había dejado enrollada junto al grifo.
—Tiene un nudo que no parece hecho por un ser humano —dijo al verla.
—A lo mejor lo hizo el limonero.
—No le des ideas.
Elena dejó el bolso en una silla y se acercó a sujetarle un extremo. Entre los dos consiguieron aflojar el nudo sin desmontar la conexión. Gabriel abrió el grifo para comprobar que no hubiera fugas. Un chorro de agua salió disparado hacia el muro, rebotó y les mojó los zapatos.
—Perfecto —dijo él, cerrándolo deprisa—. Hemos inaugurado el riego.
Elena se echó a reír. Durante unos segundos, con las zapatillas empapadas y la manguera entre las manos, todo volvió a parecerse al fin de semana de la mudanza.
Cenaron pronto. Mientras Gabriel recogía los platos, Elena le preguntó si había hablado con su madre.
—Se me ha olvidado. La llamo mañana.
—Era por el llavero.
—Ya. No se me ha olvidado el motivo, se me ha olvidado llamar.
No había hostilidad en la respuesta, pero el tema desapareció de nuevo con la facilidad con que se apaga una luz.
Después, Elena sacó la carpeta azul del aparador.
Necesitaba localizar la garantía del termo, que hacía un ruido extraño al encenderse.
Entre las facturas encontró el listado de los profesionales que habían trabajado en la casa: un electricista, una empresa de fontanería, un cerrajero y un nombre que recordaba haber oído en varias ocasiones.
Teo Salinas. Reformas y mantenimiento.
Al lado figuraba un número de móvil.
Elena lo leyó dos veces y guardó el contacto. Teo había trabajado allí en distintas fases de la reforma y, según Gabriel, conocía bien la distribución de la vivienda. Si había un doble fondo en un cajón o un juego de llaves circulando entre los trabajadores, quizá pudiera explicarle de dónde venía.
Oyó la puerta del patio abrirse.
Gabriel había salido con el teléfono. Al principio creyó que iba a hablar con su hermano, que todavía tenía pendiente devolverle una herramienta. Ella continuó revisando la garantía, buscando la fecha de instalación.
Desde el patio llegaban fragmentos de la conversación, separados por las pausas de quien escucha a otra persona.
—No, eso ya lo sé —dijo Gabriel.
Elena pasó la página.
—No me sirve que me lo vuelvas a explicar.
La voz de su marido había adquirido el tono contenido que utilizaba cuando discutía un presupuesto con alguien. Elena localizó la firma del instalador y anotó la fecha en el móvil.
Entonces oyó con claridad:
—No quiero que esto vuelva a salir.
Dejó de escribir.
Durante unos segundos no se escuchó más que un coche pasando por la calle y la respuesta inaudible de la persona al otro lado del teléfono.
—Pues tenemos que dejarlo cerrado —añadió Gabriel.
Elena permaneció sentada con la carpeta sobre las rodillas.
Aquella frase podía referirse a cualquier trabajo atrasado.
Gabriel llevaba semanas intentando terminar asuntos pendientes con clientes y proveedores.
También había pedido a Bárbara que cerrara las cuentas de la casa antes del día dieciséis.
No tenía ninguna razón para unir aquella llamada con Inés.
Y, sin embargo, recordó lo que él había dicho durante el desayuno: «La casa estaba cerrada. Se hicieron las obras y poco más».
Gabriel regresó a la cocina y la encontró consultando la carpeta.
—¿Qué buscas?
—La garantía del termo. Hace un ruido raro.
—¿Ahora?
—Al arrancar.
—Mañana le echo un vistazo.
Elena cerró la carpeta.
—¿Era algo del trabajo?
—Sí, unas cuentas que siguen sin cuadrar. Nada nuevo.
Dejó el teléfono junto al fregadero y abrió el frigorífico.
—¿Queda yogur?
—Dos.
Él sacó uno y se apoyó contra la encimera. Le ofreció una cucharada a Elena, que negó con la cabeza.
Podía preguntarle con quién acababa de hablar.
Podía contarle que había oído una frase que le había llamado la atención.
En otro momento lo habría hecho sin pensárselo.
Ahora, después de dos discusiones sobre el mismo asunto, temía que la conversación acabara convertida en una discusión sobre si tenía derecho a desconfiar.
No quería vigilar a su marido ni aprender a escuchar conversaciones a medias.
Quería saber quién había estado en aquella casa.
—He encontrado el teléfono de Teo en los papeles —dijo.
Gabriel levantó la cuchara.
—¿Para lo del termo?
—También. Quiero preguntarle por el aparador. Trabajó aquí, ¿verdad?
—Sí. Hizo bastantes cosas.
—Quizá sepa de dónde salió el doble fondo.
Gabriel miró hacia la ventana, donde la oscuridad había borrado el patio.
—Puedes preguntarle. Aunque no creo que se acuerde de un cajón.
—No pierdo nada.
—No —admitió él—. Supongo que no.
Elena guardó los documentos y subió al dormitorio. Antes de preparar la ropa del día siguiente, abrió el contacto de Teo Salinas. No iba a llamarlo a aquellas horas; podía escribirle por la mañana y preguntarle cuándo le vendría bien hablar.
Dejó el móvil sobre la cómoda.
Al otro lado del pasillo, Gabriel abrió el grifo del baño. Elena escuchó el golpe breve de las tuberías, el mismo que la había hecho buscar la garantía. Pensó en la lista de pequeñas cosas pendientes: el termo, las persianas, la manguera, las cajas de libros.
El llavero habría podido quedarse entre ellas, una curiosidad más de la casa heredada.
Lo que no sabía dónde colocar era la seguridad con la que su marido había negado una historia que todavía no se había molestado en comprobar.