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Capítulo 3. El tercer cajón

Elena estaba apagando la lámpara del salón cuando el teléfono vibró sobre la mesa.

Habían pasado diecisiete minutos desde que respondió al correo.

Se había entretenido en doblar las mantas que todavía no necesitaban y en ordenar los mandos de la televisión dentro de un cuenco.

Gabriel seguía arriba. Después de ducharse, había llamado a su hermano para preguntarle por una herramienta que habían prestado durante la mudanza.

En la pantalla apareció una notificación de correo nuevo.

El remitente era el mismo.

«El tercer cajón del aparador de la cocina. Levanta el fondo».

Eso era todo.

Elena permaneció de pie junto al sofá, con el teléfono en la mano.

Había pedido una prueba de que aquella mujer conocía la casa, pero no esperaba una indicación tan precisa.

Volvió a abrir el mensaje anterior y se fijó en que ninguno de los dos incluía un saludo.

La desconocida tampoco había respondido a su pregunta sobre cómo había conseguido la dirección de correo.

Podía ser una broma. También era posible que la desconocida hubiera visto el aparador en alguna fotografía.

Sin embargo, en la cocina había un aparador antiguo con tres cajones.

El mismo que perteneció a Amalia.

Desde arriba llegó la voz de Gabriel, amortiguada por la distancia.

—Sí, pero la llave inglesa grande. La que tiene el mango rojo.

Elena miró hacia la escalera. Podía subir, enseñarle el mensaje y pedirle que la acompañara. Probablemente le diría que no hiciera caso. Tal vez se enfadaría por haber respondido después de que él le aconsejara no hacerlo.

No le apetecía volver a discutir.

Guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón y entró en la cocina.

***

Habían dejado encendida la luz de debajo de los armarios. Era una tira de focos pequeños que proyectaba círculos amarillos sobre la encimera. Elena encendió también la lámpara del techo para ver mejor.

El aparador estaba junto a la pared opuesta a la ventana.

Era de pino y tenía una columna estrecha de tres cajones a la derecha de las puertas inferiores.

El barniz se había oscurecido alrededor de los tiradores y una de las patas estaba calzada con un trozo de cartón.

Gabriel aseguraba que, si lo desplazaban hasta el pasillo, habría que desmontarlo para hacerlo pasar por la puerta.

Elena nunca había comprobado si exageraba.

Se agachó frente al mueble y abrió el primer cajón.

Habían guardado allí los paños de cocina y un paquete de servilletas.

En el segundo estaban los manteles y unas velas sueltas.

En el tercero, el bloc de incidencias que Bárbara les había entregado el viernes, un destornillador pequeño y una bolsa con tacos de pared.

Sacó todo y lo colocó sobre la mesa.

El cajón estaba limpio. Elena lo había repasado el domingo con un paño húmedo antes de guardar el bloc. Tenía los laterales de madera maciza y una base lisa, algo más clara, que le pareció entonces una reparación corriente.

Ahora la examinó con más detenimiento.

Pasó la yema de los dedos por el fondo. La superficie no se movió. Presionó cerca de las esquinas. Tampoco. Una persona podía conocer el mueble sin que el mensaje significara nada; bastaba con haber visto una fotografía de la cocina o haber pasado por allí durante alguna reforma.

Iba a cerrar el cajón cuando notó que el borde de la base no llegaba completamente hasta la pared trasera. Quedaba una rendija muy fina, suficiente para introducir la uña.

Tiró con suavidad.

La tabla se levantó unos milímetros y volvió a caer.

Elena buscó una tarjeta de plástico en su cartera. La introdujo por la rendija y consiguió alzar una de las esquinas sin forzar la madera. Después sujetó la pieza con los dedos y la retiró entera.

Debajo había otro fondo.

El espacio entre ambas superficies apenas medía un centímetro. En uno de los extremos descansaba un aro metálico con una pieza pequeña de esmalte blanco.

Elena acercó la lámpara portátil que habían utilizado durante la mudanza. Era un llavero. Tenía una anilla sencilla, una cadena corta y una letra de metal plateado sobre el esmalte: una I mayúscula.

No había ninguna llave.

Lo contempló sin tocarlo durante unos segundos.

La inicial podía pertenecer a cualquiera. Por la casa habían pasado familiares de Amalia y trabajadores de las reformas.

Pero quien acababa de escribirle sabía exactamente dónde estaba el llavero.

Elena lo cogió por la anilla. La pieza era más pesada de lo que parecía y tenía un pequeño desconchón en una esquina. El metal mostraba arañazos propios del uso. Podía llevar allí meses o haber sido colocado el día anterior. No había nada en su aspecto que permitiera distinguirlo.

Miró la hora: las diez y cuarenta y dos.

Se preguntó si la desconocida habría esperado delante de una pantalla a que leyera el mensaje. La idea le resultó desagradable, aunque enseguida se corrigió. Habían intercambiado dos correos. Eso no significaba que nadie la estuviera observando.

Dejó el llavero sobre un paño limpio e hizo varias fotografías: primero del cajón abierto, después de la tabla retirada y, por último, del objeto junto a la pequeña cavidad. Colocó la tarjeta de plástico a un lado para mostrar la profundidad del hueco.

Su trabajo le había enseñado que la memoria no era tan fiable como parecía, especialmente cuando uno recordaba un objeto después de haber conocido un dato que cambiaba su significado.

Guardó las fotos sin ponerles nombre.

—¿Elena?

La voz de Gabriel la hizo alzar la cabeza.

—Estoy aquí.

—¿Qué haces? Creí que te habías acostado.

Él apareció en la puerta descalzo, con una camiseta vieja y el pelo todavía húmedo. No llegó a acercarse al aparador.

—Ordenando unas cosas —respondió Elena.

No era del todo mentira. Sobre la mesa seguían el bloc, el destornillador y los tacos de pared.

—A estas horas ya no vamos a encontrar ningún tesoro —dijo Gabriel.

Elena miró involuntariamente el paño en el que había dejado el llavero.

—Ya voy.

—Te he dejado sitio para el cargador en mi mesilla. El enchufe de tu lado queda detrás de la cama.

—Gracias.

Gabriel permaneció unos instantes apoyado en el marco de la puerta.

—¿Estamos bien?

Elena dejó la tarjeta sobre la mesa.

—¿Por qué no íbamos a estarlo?

—Antes hemos terminado discutiendo por ese correo.

La pregunta la sorprendió. Gabriel no solía volver sobre una discusión pequeña, al menos no tan pronto. Ella agradeció el intento, aunque no supo muy bien qué responder.

—Me molestó que dieras por hecho que era una tontería —dijo.

—Y a mí que pareciera que me estabas interrogando.

—Solo te hice una pregunta.

—Ya lo sé.

Él se pasó la mano por el pelo.

—Mira, estoy cansado. Hay días en los que siento que no terminamos una cosa y ya tenemos otra encima. Pensaba que, una vez instalados aquí, íbamos a poder estar tranquilos.

Elena reconoció ese cansancio. Había visto durante meses cómo Gabriel saltaba de un problema a otro y se encerraba en el despacho para llamar a clientes que no le devolvían las llamadas. Quizá su reacción tuviera más que ver con aquello que con una mujer desconocida.

—Yo también quiero estar tranquila —contestó.

—Entonces mañana averiguamos qué es eso, si tanto te preocupa. Pero no le demos la noche entera.

Se acercó y le rozó el hombro con la mano antes de salir de la cocina.

—Te espero arriba.

Elena escuchó sus pasos en la escalera.

Después miró de nuevo el llavero.

Gabriel acababa de ofrecerse a investigar el asunto al día siguiente. Podía llamarlo, enseñárselo y explicarle que el mensaje había resultado cierto. Era lo lógico. Sin embargo, todavía tenía reciente la seguridad con la que él había afirmado que nadie vivió en aquella casa.

Quería saber un poco más antes de volver a hacerle la misma pregunta.

Colocó la tabla sobre el fondo original, deslizó el cajón en su sitio y devolvió el bloc y las herramientas al interior. El llavero fue a parar a una bolsita transparente de las que utilizaban para guardar piezas pequeñas durante la mudanza.

No lo escondió. Lo dejó dentro del bolso, junto a la cartera, para enseñárselo a Gabriel por la mañana.

Apagó la luz y subió al dormitorio.

***

A la mañana siguiente, Gabriel se levantó antes que ella.

Elena lo oyó moverse por la habitación, buscar un calcetín y cerrar la puerta del armario con mucho más cuidado del necesario. Cuando bajó, encontró el café preparado y dos tostadas sobre un plato.

Gabriel estaba junto a la ventana de la cocina, hablando por teléfono de unos materiales que no habían llegado a una obra. Le hizo un gesto para indicar que terminaba enseguida.

Elena se sirvió café.

Mientras esperaba, abrió las fotografías de la noche anterior. En la imagen del cajón con la base levantada se veía la cavidad con claridad. La fotografía del llavero no aportaba nada que ella no hubiera observado ya. Seguía siendo una letra I, sin nombre ni fecha.

Buscó entre las imágenes del viernes, el día de la mudanza.

Había fotografiado casi todas las habitaciones para enviárselas a su madre.

Algunas mostraban únicamente paredes y cajas; en otras aparecía Gabriel cargando muebles con una expresión poco favorable para conservarla como recuerdo.

Encontró una de la cocina tomada antes de que hubieran colocado los utensilios en los armarios.

El aparador estaba abierto.

Recordó el momento: había sacado los cajones para comprobar si convenía limpiarlos antes de guardar la vajilla. Quería mostrarle a Gabriel cómo estaban por dentro y decidir si merecía la pena darles una mano de barniz.

Amplió la imagen.

Se veía el interior del tercer cajón, aparentemente vacío. La base clara ocupaba casi toda la fotografía. Si había una tabla superpuesta, no podía distinguirse desde aquel ángulo. Tampoco era posible ver lo que pudiera haber debajo.

Elena dejó el teléfono sobre la mesa y pensó en las posibilidades.

Quizá el doble fondo llevara allí veinte años.

Quizá Amalia lo había utilizado para guardar objetos pequeños y una antigua empleada conocía el escondite.

Quizá alguien había introducido el llavero durante las obras.

O quizá el mismo desconocido que le escribía había estado dentro de la casa hacía muy poco.

No tenía motivos para decidirse por una explicación.

Gabriel terminó la llamada.

—Buenos días —dijo, acercándose a besarla—. Perdona, se ha complicado una entrega.

—Buenos días.

Él cogió una tostada y se sentó frente a ella.

—¿Dormiste bien?

—Más o menos.

—¿Por el ruido de la calle?

—No. Estaba pensando.

Gabriel tomó un sorbo de café.

Elena abrió el bolso y sacó la bolsita transparente. La dejó entre los dos, al lado del azucarero que por fin habían encontrado.

—Anoche me contestó otra vez esa mujer —dijo—. Me indicó dónde buscar esto.

Gabriel bajó la mirada hacia la letra de esmalte blanco.

No alargó la mano para cogerla.

—¿Qué es?

—Un llavero. Estaba escondido en el fondo de un cajón.

Él dejó la taza.

Elena abrió en el móvil la fotografía del hueco y se la acercó.

—No te lo enseñé anoche porque quería comprobarlo con calma. El correo decía exactamente dónde estaba.

Gabriel miró la pantalla. Después, el llavero.

—Déjame verlo —dijo al fin.