Capítulo 2. Un nombre desconocido
El lunes, Elena desayunó de pie.
Habían encontrado las tazas y el café, pero todavía no el azucarero.
Gabriel sostenía que no merecía la pena seguir buscándolo porque ninguno de los dos tomaba azúcar.
Elena le recordó que lo habían recibido como regalo de boda y que llevaba ocho años guardando pinzas de la ropa.
Él aceptó entonces que quizá fuese útil recuperarlo.
La cafetera estaba por fin debajo de la ventana, donde Bárbara había sugerido colocarla.
Desde allí se veía el limonero y un rincón del patio que Elena quería llenar de macetas.
Durante el fin de semana habían avanzado bastante: el sofá ya no estaba rodeado de cajas, la cama tenía mesillas a ambos lados y habían podido cenar el domingo sin utilizar embalajes como muebles.
Todavía no sabían dónde estaban las pilas de repuesto. Ni la carpeta de las instrucciones de los electrodomésticos. Ni uno de los zapatos negros de Gabriel.
—Tengo otros —dijo él mientras examinaba el armario del recibidor.
—Lo sé. Pero me preocupa que hayamos trasladado un solo zapato de una casa a otra.
—Igual el otro decidió quedarse.
Elena le pasó una rebanada de pan tostado.
—Si te encuentras al que falta, dile que seguimos pagando el último recibo de luz del piso viejo.
Gabriel cogió las llaves del coche y se acercó a besarla. Tenía una visita de obra a primera hora y después debía terminar dos presupuestos. En las últimas semanas había recuperado parte de su buen humor, aunque la cuenta corriente continuaba siendo un tema delicado.
—¿Saldrás tarde? —preguntó ella.
—No creo. ¿Quieres que compre algo?
—Leche, bolsas de basura y bombillas para el pasillo. De las cálidas, por favor. No quiero vivir en una sala de espera.
—Apuntado.
Cuando Gabriel se marchó, Elena se quedó unos minutos recogiendo la cocina.
El silencio de la casa seguía sorprendiéndola.
No era absoluto: por la ventana llegaba el ruido de un coche que arrancaba y alguien hablaba en el patio vecino.
Pero allí no escuchaba las cañerías de otras cuatro viviendas ni las pisadas del vecino de arriba.
Antes de salir, comprobó que había cerrado la puerta del patio. Luego cogió el bolso y volvió a abrir la puerta principal para mirar el recibidor.
Aún había una caja contra la pared, junto al perchero de Amalia. Encima habían dejado el bloc de incidencias de Bárbara y una bolsa con tornillos sobrantes. Elena pensó que aquella noche lo guardaría todo de una vez.
Cerró y se fue al trabajo.
***
A Elena le gustaba empezar la semana con un encargo sencillo.
Aquel lunes le habían dejado sobre la mesa una colección de expedientes municipales de principios del siglo pasado.
Tenían los bordes debilitados, varios pliegues y manchas de humedad antiguas.
No era un trabajo espectacular, pero podía avanzar sin pasar toda la mañana consultando decisiones con otros departamentos.
Se puso los guantes cuando la intervención lo requería, preparó las herramientas y comenzó por examinar las hojas una a una.
En el centro trabajaban con documentos que habían sobrevivido a traslados, goteras, archivos mal ventilados y manos poco cuidadosas.
Había aprendido a no confiar en la primera impresión: una mancha oscura podía ser tinta corrida, un adhesivo posterior o el rastro de una reparación hecha décadas después de que se redactara el documento.
A media mañana, su compañera Marta se acercó para preguntarle por la mudanza.
—¿Qué tal la primera noche?
—Dormí muy bien.
—Eso es señal de que estabas agotada.
—También. Pero se está bien allí.
—¿Y el pueblo?
—Todavía no he visto mucho. Un supermercado, una farmacia y una ferretería. Las tres cosas imprescindibles para empezar una nueva vida.
Marta se rio y regresó a su mesa.
Elena siguió trabajando hasta la pausa del almuerzo.
Bajó a la cafetería del centro, pidió un bocadillo pequeño y sacó el móvil.
Tenía un mensaje de su madre preguntando por las cortinas y dos fotografías enviadas por Gabriel: una caja de herramientas que había encontrado en el maletero y una bombilla que quería confirmar antes de comprar.
Le contestó que la bombilla servía, siempre que no iluminara en blanco de quirófano, y abrió el correo personal para buscar la factura de un pedido de fundas de almohada.
Había cuatro mensajes sin leer. Una oferta de una tienda, una confirmación de envío, publicidad de seguros y otro con el asunto «Sobre la casa».
El remitente aparecía identificado únicamente como Inés.
Elena abrió el mensaje.
«Yo viví ahí antes que tú. Pregúntale a Gabriel por qué mi nombre no aparece en ningún contrato».
Debajo, tras una línea en blanco, figuraba la firma:
«Inés».
Volvió a leerlo.
No había saludo, dirección postal ni explicación de quién era aquella mujer. Tampoco contenía enlaces, archivos adjuntos o peticiones de dinero. Se trataba de dos frases escritas para ella, o al menos para alguien que acababa de instalarse en una vivienda con Gabriel.
Buscó la dirección completa del remitente. No le dijo nada. No reconocía el nombre y tampoco recordaba haberse cruzado con ninguna Inés durante los meses de reformas.
La posibilidad más sencilla era un error. Alguien había escrito al destinatario equivocado. Sin embargo, el nombre de Gabriel estaba allí, sin apellidos, y la referencia a un contrato parecía demasiado concreta.
Elena abrió la conversación con su marido. Tenía el dedo sobre el teclado cuando decidió no escribirle.
Si se trataba de una confusión, no quería interrumpirlo en mitad de una visita de obra. Y si no lo era, prefería verle la cara al preguntárselo.
Guardó el teléfono y terminó de comer. Durante el resto de la tarde volvió dos veces al correo, aunque no había ningún mensaje nuevo.
A las seis, antes de abandonar el centro, leyó por última vez las dos frases. No podía comprobar ninguna de ellas. Lo único seguro era que alguien conocía su dirección electrónica, sabía que se habían mudado y estaba interesado en que preguntara a Gabriel por una mujer llamada Inés.
***
Gabriel llegó a casa poco después de las ocho, con una bolsa de la compra en cada mano.
—He traído las bombillas —anunció—. Y el zapato.
Elena levantó la vista del cajón que estaba ordenando.
—¿Dónde estaba?
—En el coche. Debajo del asiento.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
—He pensado que te gustaría saber que seguimos teniendo dos.
Dejó las bolsas en la cocina y sacó la leche, un paquete de pasta, tomates y un detergente que no figuraba en la lista. Elena iba a preguntarle por qué había comprado aquel producto cuando recordó el correo.
Se apoyó en la mesa.
—¿Conoces a alguna Inés?
Gabriel tenía una caja de bombillas en la mano. La dejó junto al fregadero.
—¿Inés qué?
—No sé el apellido.
—Pues no sé. He conocido a muchas personas. ¿Por qué?
—Me ha escrito una mujer que se llama Inés. Dice que vivió aquí.
Gabriel cerró la puerta del armario que acababa de abrir.
—¿Aquí, en esta casa?
—Eso dice.
—Será una equivocación.
—Menciona tu nombre.
Elena desbloqueó el teléfono y le mostró el correo. Gabriel leyó las líneas sin tocar el aparato. Después volvió a leerlas, esta vez más despacio.
—¿Cuándo te ha llegado?
—Hoy, a la hora de comer.
—¿La conoces?
—No. Por eso te pregunto.
Gabriel apartó la vista de la pantalla.
—No tengo ni idea de quién es.
—¿Nunca se alquiló esta casa?
—Ya hemos hablado de eso. Era de mi tía.
—También era tuya desde hace casi tres años.
—Y ha estado vacía.
Elena dejó el móvil sobre la mesa.
—No te estoy acusando de nada. Solo quiero entender por qué alguien me escribe esto.
—Pues porque hay gente que se dedica a molestar. ¿De dónde ha sacado tu correo?
—No lo sé.
—¿Se lo has dado a alguien del pueblo?
—A Bárbara, el viernes. También lo tendrán la compañía de internet y la tienda donde pedí las cortinas. No es precisamente secreto.
Gabriel abrió el grifo para lavarse las manos. Tardó en contestar.
—Podría ser una estafa.
—No me está pidiendo nada.
—Todavía. Te hacen creer que saben algo y después te piden dinero para no contarlo. O te mandan un enlace y acabas entrando donde no debes.
—No hay ningún enlace.
—Elena, no sé qué quieres que te diga.
Lo dijo con cansancio, no con enfado. Había trabajado todo el día y llevaba semanas resolviendo problemas. Ella pudo comprenderlo, pero eso no aclaraba el mensaje.
—Quiero que me digas si alguien vivió aquí después de Amalia.
—No.
—¿Seguro?
—Claro que estoy seguro.
Su respuesta llegó tan rápido que Elena dejó de buscar una forma más suave de preguntar.
—Entonces, ¿por qué dice que su nombre no aparece en ningún contrato?
—Precisamente porque se lo ha inventado. Es fácil acusar de algo cuando no tienes que demostrarlo.
Abrió el paquete de pasta, lo examinó y lo dejó sin abrir junto a los tomates. Aquellos movimientos sin propósito irritaron a Elena más de lo razonable.
—¿Te has fijado en cómo está escrito? —preguntó ella—. No dice que haya vivido aquí con otra persona. Dice «yo viví ahí antes que tú». Y sabe que estamos casados.
—No sabe nada que no pueda haber averiguado.
—Entonces alguien se ha tomado bastantes molestias.
—O te estás tomando tú demasiadas por dos frases de una desconocida.
Elena retiró las bolsas vacías de la encimera. No quería discutir, menos aún por un correo cuyo origen ignoraba. Pero la forma en que Gabriel trataba de cerrar el asunto había convertido una rareza en un problema entre ellos.
—Podrías haber dicho simplemente que no sabes quién es —señaló.
—Es exactamente lo que he dicho.
—Y luego has decidido lo que significa el mensaje sin tener ninguna prueba.
Gabriel apoyó ambas manos en el borde de la encimera.
—Estoy diciendo que no merece la pena darle más vueltas. Acabamos de mudarnos. Bastante tenemos con todo esto.
La casa estaba llena de cosas pendientes.
Elena lo sabía. Una lámpara sin instalar, un cajón que rozaba al abrirse, la factura de un electricista y una media docena de cajas sin destino.
Durante el fin de semana habían hablado de cada una de ellas con paciencia.
Le resultaba extraño que aquel correo, que podía explicarse en cinco minutos, fuese el único asunto que su marido se negara a examinar.
—¿Has hablado con Bárbara hoy? —preguntó.
—No. ¿Por qué?
—Por si ella sabe quién es. Llevó las gestiones de la casa.
—No la metas en esto. No tiene nada que ver.
—No he dicho que tenga nada que ver. He dicho que quizá conozca a alguien que trabajó aquí.
Gabriel recogió el paquete de pasta.
—Pregúntale mañana, si quieres. Pero no contestes a ese correo.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos quién está detrás. Es lo más sensato.
La respuesta era razonable. También habría resultado razonable que él mostrara curiosidad, o que se sorprendiera por el nombre de una supuesta inquilina. En cambio, parecía interesado sobre todo en terminar la conversación.
Prepararon la cena entre los dos. Gabriel puso agua a hervir y Elena cortó los tomates. Hablaron del grifo del baño y del mueble de la entrada, pero ninguno volvió a mencionar a Inés.
Cenaron en la mesa pequeña de la cocina.
Desde la ventana se veía el patio, oscuro salvo por la luz que salía del salón.
Elena agradeció que Gabriel le contara una anécdota de un cliente que había pedido instalar una ducha donde apenas cabía un lavabo.
Se rio de verdad. Durante unos minutos, el correo recuperó el tamaño que probablemente merecía: el de un mensaje extraño que podía borrarse y olvidarse.
Después, mientras recogían, Gabriel le preguntó:
—¿Lo has borrado?
Elena colocó un plato en el escurridor.
—No.
—Pensé que habíamos quedado en no hacerle caso.
—Hemos quedado en que no sabes quién es.
—Es prácticamente lo mismo.
—No para mí.
Gabriel no insistió. Terminó de secar los cubiertos y subió a ducharse.
Elena se quedó abajo. En el recibidor encontró por fin un sitio para la caja de tornillos y guardó el bloc de incidencias en el cajón inferior del aparador. Después apagó la luz del pasillo y se sentó en el sofá con el teléfono.
Leyó el mensaje una vez más.
Si aquella mujer buscaba dinero, habría ocasión de comprobarlo. Si había confundido la dirección, podría decírselo. Y si realmente había vivido en la casa, tal vez respondiera a una pregunta sencilla.
Abrió la opción de responder.
«No sé quién es usted ni de dónde ha sacado mi dirección. Si de verdad vivió en esta casa, dígame algo de ella que no pueda conocer cualquiera».
Releyó el texto. Añadió una frase.
«No me envíe enlaces ni me pida que haga ningún pago».
Pulsó Enviar.
El correo desapareció de la pantalla y pasó a la carpeta de enviados. Elena dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Arriba, en el cuarto de baño, se oyó el agua de la ducha.
Había hecho una pregunta a una desconocida. Nada más.
Sin embargo, cuando Gabriel bajó a buscar una toalla limpia, ella no le dijo que había respondido.