Capítulo 1. La entrega #3
En su antiguo piso, los viernes por la noche siempre había ruido. Motos, conversaciones en la terraza del bar de abajo, algún coche que circulaba con la música demasiado alta.
Allí podía escuchar las voces de sus vecinos si hablaban en el patio, pero nada más.
—Es raro —dijo.
Gabriel levantó la vista del móvil.
—¿El qué?
—Estar aquí.
Él dejó el teléfono.
—¿Raro bien o raro mal?
—Bien. Me parece que estamos de vacaciones.
—Se te pasará cuando tengamos que sacar la basura.
—Déjame disfrutarlo un poco.
Gabriel extendió un brazo y ella se sentó a su lado.
Durante un rato permanecieron juntos, sin televisión y sin sentir la obligación de seguir trabajando.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta? —preguntó Elena.
—¿La cocina?
—Que no tenemos que pedir permiso para nada.
—Bueno, si quieres tirar un tabique, igual hay que pedir una licencia.
—No me refiero a eso.
Apoyó la cabeza en su hombro.
—Podemos pintar las paredes del color que queramos. Poner cuadros sin preocuparnos por los agujeros. Cambiar los muebles de sitio. Plantar cosas en el patio.
—Y adoptar un perro.
Elena se incorporó.
—¿Desde cuándo quieres tú un perro?
—No he dicho que lo quiera. He dicho que podemos.
—Eso no se dice así, sin avisar.
—Vale. Retiro lo del perro.
—No, ahora ya lo has dicho.
Gabriel comenzó a reírse.
Elena volvió a acomodarse junto a él.
Le gustaba verlo de aquella manera. Durante los últimos meses había tenido la sensación de que cada conversación terminaba llevando al mismo lugar: facturas, clientes, reparaciones, dinero.
Incluso cuando salían a cenar, él acababa mirando el correo por si aparecía alguna respuesta relacionada con el trabajo.
Aquella noche parecía haberse quitado un peso de encima.
Ella también.
—Tenemos que invitar a tu madre —dijo.
—En cuanto terminemos de ordenar.
—Si esperamos a terminar, vendrá en Navidad.
—Pues en Navidad.
—Gabriel.
—Elena.
Se besaron.
Luego él recogió las cajas de pizza mientras ella llevaba los vasos a la cocina.
Antes de subir, Elena apagó las luces del salón y dejó encendida únicamente la del pasillo.
Se detuvo un momento a contemplar la entrada.
La pintura era blanca, aunque en algunas zonas había amarilleado ligeramente. Sobre el radiador quedaba una pequeña marca rectangular donde Amalia había tenido colgado un cuadro. Había un perchero antiguo, un espejo estrecho y una alfombra que Elena quería sustituir cuanto antes.
No era la casa que habrían elegido si hubieran podido comprar cualquier vivienda.
Tenía demasiados rincones difíciles de limpiar, un baño minúsculo en la planta baja y una escalera que obligaría a transportar la aspiradora de un piso a otro.
Pero era bonita.
Y, por encima de todo, podían permitírsela.
Gabriel apareció detrás de ella con el móvil en la mano.
—¿Vienes?
—Sí. Estaba pensando en tu tía.
—¿En Amalia?
—En que le habría gustado vernos aquí.
Él recorrió el recibidor con la mirada.
—Supongo que sí.
—¿No te da pena cambiar algunas cosas?
—¿Cuáles?
—No sé. Los muebles, por ejemplo.
—Llevan ahí toda la vida. Ya les toca descansar.
—Qué poco sentimental eres.
—He conservado el aparador.
—Porque no encontramos comprador.
—Eso es un detalle sin importancia.
Elena sonrió.
—En serio. Tu tía pasó aquí muchísimos años.
—Más de cuarenta.
—Y después la casa ha estado tanto tiempo vacía...
Gabriel apagó la pantalla del teléfono.
—Desde que murió Amalia no ha vivido nadie. Ya era hora de darle uso.
Elena asintió.
Le pareció una forma bonita de pensar en la mudanza. No estaban llegando únicamente a un lugar nuevo. También estaban recuperando algo que había quedado detenido cuando terminó la vida de otra persona.
—Pues espero que la cuidemos bien —dijo.
—Lo intentaremos.
Subieron juntos.
En el dormitorio, Gabriel se quedó dormido antes de que Elena terminara de ponerse la crema de manos.
Ella abrió el cajón de la mesilla y guardó el cargador, un paquete de pañuelos y el libro que había empezado la semana anterior. Después se metió en la cama.
El colchón era el mismo, las almohadas eran las mismas y Gabriel había vuelto a quedarse con buena parte del edredón.
Sin embargo, Elena tardó un poco en reconocer el dormitorio como suyo.
A través de la persiana entraba una línea de luz de la farola. La puerta del armario estaba entreabierta porque todavía no habían conseguido colocarla bien. Una de las cajas que quedaban por desembalar tenía escrito con rotulador negro: LIbrOS ELENA.
Tendría que acordarse de pedir a Gabriel que la subiera al despacho.
También quería comprar una alfombra para el dormitorio.
Y averiguar por qué el agua caliente tardaba tanto en llegar al grifo de arriba.
Y llamar a su madre al día siguiente, antes de que se enterara por otra persona de que ya estaban instalados.
Pensó en todo aquello con una satisfacción tranquila.
Por una vez, los problemas que tenían por delante parecían pequeños, domésticos y perfectamente solucionables.
Se volvió hacia Gabriel, le quitó con cuidado una esquina del edredón y apagó la luz.
La primera noche en la casa nueva durmió de un tirón.