Capítulo 1. La entrega #2
—Por cierto, ¿habéis encontrado algún desperfecto?
—Uno gravísimo —contestó Elena—. La cafetera no cabe donde Gabriel quiere ponerla.
—No es verdad —protestó él—. Cabe si quitamos el escurridor.
—Pero entonces no cabe el escurridor.
Bárbara examinó la cocina desde el umbral.
—Yo la pondría debajo de la ventana.
Elena miró a su marido.
—¿Ves?
—Ahora sois dos contra uno.
—Acostúmbrate.
Antes de marcharse, Bárbara les recordó dónde estaba la llave de paso del agua y cómo reiniciar el termo si se bloqueaba después de un corte eléctrico.
En la puerta, se volvió hacia Elena.
—La tía Amalia cuidaba mucho esta casa. Me alegro de que vuelva a tener vida.
—Intentaremos estar a la altura.
—No te preocupes por eso. Las casas están para vivirlas.
Gabriel la acompañó hasta la calle.
Elena aprovechó para abrir la bolsa de la pastelería.
Las palmeras eran enormes y tenían una capa gruesa de chocolate.
Partió una en dos, aunque después decidió que había trabajado lo suficiente para merecerse una entera.
Cuando Gabriel regresó, la encontró sentada sobre una caja, con la boca llena.
—¿No ibas a esperar?
—Sí.
—¿Y?
—He reconsiderado mi postura.
Él cogió la otra palmera y se sentó a su lado.
Durante unos minutos comieron en silencio, contemplando el salón desordenado.
Al otro lado de la ventana, la luz había empezado a volverse más dorada. Desde el patio llegaba el ruido de una persiana que alguien subía en la casa vecina.
—Creo que hemos hecho bien —dijo Gabriel.
Elena terminó de masticar.
—¿Mudándonos?
Él asintió.
—Nos va a venir muy bien.
Había algo en su forma de decirlo que ella reconoció enseguida. No se refería solamente al espacio.
La hipoteca de la casa estaba pagada. Los gastos de mantenimiento serían suyos, por supuesto, pero dejarían atrás un alquiler que consumía una parte importante de sus ingresos. Con un poco de suerte, podrían recuperar el dinero gastado en la reforma y empezar a ahorrar otra vez.
Llevaban demasiado tiempo aplazando cosas pequeñas.
Un viaje.
Cambiar el coche.
Comprar un colchón que no obligara a Gabriel a levantarse con dolor de espalda.
—Sí —respondió Elena—. Yo también lo creo.
Él buscó su mano y se la apretó.
Después miró la palmera que ella tenía a medio comer.
—¿Me das un trozo?
—Tienes una entera.
—La tuya tiene más chocolate.
Elena apartó el plato.
—Heredar una casa no te da derecho a todo.
***
A las siete, el salón estaba razonablemente despejado y la cocina parecía haber sufrido una explosión de utensilios.
Habían colocado los platos en un armario, los vasos en otro y las sartenes donde habían encontrado espacio. Elena sabía que cambiaría aquella distribución al menos tres veces durante la semana siguiente.
La cocina era su habitación favorita.
No por los muebles, que necesitaban modernizarse, ni por el suelo de baldosas color crema, ligeramente desgastadas junto a la puerta. Le gustaba la luz.
Una ventana amplia se abría hacia el patio y dejaba ver el limonero. Debajo había una mesa pequeña de madera, suficiente para dos personas y para una tercera si alguna vez invitaban a alguien a desayunar.
Los azulejos, verdes y blancos, tenían un dibujo geométrico propio de otra época. Gabriel había propuesto sustituirlos durante la reforma, pero Elena se opuso cuando los vio.
—La cocina nueva de todo el mundo se parece a la cocina nueva de todo el mundo —le dijo entonces.
Él respondió que aquella frase no tenía ningún sentido.
Sin embargo, habían conservado los azulejos.
En la pared contraria quedaba un aparador de pino, con tres cajones y una zona inferior de puertas. Había pertenecido a Amalia, igual que la mesa. Gabriel quería venderlo, pero nadie había mostrado interés y terminó por quedarse.
Elena abrió uno de los armarios altos para guardar unas fuentes que apenas utilizaban.
Encontró una sopera antigua, dos tazas con flores azules y varios libros de cocina sujetos con una goma elástica.
Los bajó y los colocó sobre la mesa.
Había un volumen de recetas de repostería con fotografías descoloridas, un cuaderno de tapas blandas y un recetario grueso, encuadernado en tela marrón, con el título casi borrado por el uso.
Lo abrió por una página cualquiera.
Judías verdes con jamón.
Debajo, alguien había escrito a bolígrafo: «Poner menos agua. No hacer caso al libro».
Elena se rio.
—Gabriel, ven un momento.
Él apareció cargando una caja de cables.
—¿Qué pasa?
—Tu tía tenía carácter.
Le enseñó la anotación.
Gabriel dejó la caja en el suelo y hojeó el recetario.
—Mi madre decía que Amalia solo seguía las recetas cuando le salían bien a la primera.
—Una mujer sensata.
—Preparaba un bizcocho de naranja buenísimo.
—¿Tienes la receta?
—Ni idea.
Elena pasó unas páginas y encontró varias notas escritas con letras distintas. En una había una cantidad tachada. En otra, una fecha de hacía más de veinte años. Más adelante aparecía una lista de ingredientes para una celebración familiar.
—Esto no lo tiramos —decidió.
—Como quieras.
—Podemos probar alguna receta.
Gabriel miró el contenido de la página.
—¿Lengua estofada?
—Otra receta.
—Menos mal.
Elena volvió a cerrar el libro y lo colocó en la parte superior del armario, junto a los otros dos. No tenían espacio para conservarlo todo a mano, pero tampoco le apetecía deshacerse de aquellos objetos el mismo día que llegaban.
Había algo agradable en encontrar pequeñas huellas de la mujer que había vivido allí durante tantos años.
Ella conoció a Amalia muy poco. Era una señora de voz grave, aficionada a los concursos de televisión y a llevar siempre un pañuelo de tela en el bolso. En las comidas familiares preguntaba por su trabajo y escuchaba con interés las explicaciones sobre cómo se restauraba un libro antiguo.
Una vez le regaló una caja con fotografías deterioradas y le pidió que le enseñara a conservarlas mejor.
Elena había pasado con ella una tarde entera clasificando imágenes de bodas, excursiones y cumpleaños.
Recordaba especialmente una foto en blanco y negro de Amalia sentada en el escalón del patio, todavía joven, con un gato sobre las rodillas.
—¿Dónde estarán sus álbumes? —preguntó.
—Mi madre se llevó las fotografías cuando vaciamos la casa.
—Ah, claro.
—¿Por qué?
—Por nada. Me acordaba de una foto suya aquí fuera.
Gabriel miró hacia la ventana.
—Mi padre decía que pasó media vida arreglando ese patio.
—Pues el limonero está precioso.
—Ya veremos qué dices cuando empiece a soltar hojas.
Elena recogió los libros y continuó ordenando.
A medida que avanzaba la tarde, la vivienda dejaba de parecer un almacén de cajas. La mesa tenía un mantel. Las toallas estaban colocadas en su sitio. Habían encontrado los cubiertos y el cargador del móvil de Gabriel.
A Elena solo le preocupaba una cosa.
No aparecían las sábanas.
***
A las nueve y cuarto pidieron dos pizzas.
Habían dedicado casi una hora a buscar una caja identificada con la palabra DORMITORIO, sin encontrarla. Después aparecieron tres cajas con esa etiqueta y ninguna contenía ropa de cama.
Las sábanas estaban finalmente en una bolsa de deporte.
—¿Por qué las metiste aquí? —preguntó Elena.
—Para tenerlas localizadas.
—Llevamos cuarenta minutos buscándolas.
—Pero las hemos encontrado.
Elena consideró seriamente la posibilidad de tirarle una almohada.
En lugar de hacerlo, preparó la cama.
El dormitorio principal estaba en la planta superior, al final de un pasillo corto. Tenía un armario empotrado, una ventana a la calle y una pared lo bastante amplia para colocar una cómoda sin bloquear el paso.
Desde allí podían verse los tejados de las casas vecinas y, más allá, una hilera de árboles junto a una pequeña plaza.
Gabriel había propuesto utilizar la habitación contigua como despacho. La tercera quedaría libre hasta que decidieran qué hacer con ella.
Elena imaginaba allí un rincón de lectura.
Su marido hablaba de poner una bicicleta estática.
Ninguno parecía dispuesto a ceder todavía.
Bajaron al salón con las pizzas y abrieron una botella de vino que les habían regalado meses atrás.
Comieron sentados en el sofá, utilizando la caja de una lámpara como mesa provisional.
—Mañana podríamos ir a comprar una estantería —propuso Elena.
—Mañana podríamos no gastar dinero.
—También es una posibilidad.
—Tenemos muebles de sobra.
—Tenemos seis cajas de libros en el suelo.
—Podemos apilarlos.
—Eso no es una estantería.
—Depende del concepto que tengas de estantería.
Elena dejó la porción de pizza sobre una servilleta.
—Mañana no compramos nada. Pero vamos a necesitar una.
—El mes que viene.
—El mes que viene.
Gabriel alzó su copa.
—Por nuestra capacidad de negociación.
Chocaron los vasos.
Después hablaron de las cortinas, de los vecinos y de la posibilidad de colocar una mesa pequeña en el patio para desayunar los domingos cuando hiciera buen tiempo.
Elena quería plantar hierbas aromáticas.
Gabriel estaba convencido de que acabarían muriéndose.
—Las plantas se me dan bien.
—Se te murió un cactus.
—Porque lo regaste tú.
—Lo regué una vez.
—Exactamente.
Una hora después, con la segunda copa terminada, Elena se levantó para cerrar la ventana.
El aire había refrescado y empezaba a colarse el olor de las chimeneas de algunas casas cercanas. En la calle apenas pasaban coches. Una mujer cruzó la acera con un perro pequeño que se detuvo a olfatear la rueda de la furgoneta utilizada para la mudanza.
Elena permaneció un momento junto al cristal.