La inquilina anterior (Las casas de nadie 1) Capítulo 1. La entrega
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La inquilina anterior (Las casas de nadie 1)

La inquilina anterior (Las casas de nadie 1)

Por Iria Cifuentes

© inepub.com

Capítulo 1. La entrega

La primera discusión en la casa nueva fue por una cafetera.

—Te estoy diciendo que no cabe.

—Y yo te estoy diciendo que la caja pone cocina.

Elena dejó el cúter sobre la encimera y observó a su marido, que llevaba casi diez minutos intentando encajar una cafetera de cápsulas en el único hueco libre junto al fregadero.

—Gabriel, la caja también pone frágil y la has traído debajo de una maleta.

—No le ha pasado nada.

—Porque todavía no la hemos enchufado.

Él retrocedió un paso para examinar el resultado de sus esfuerzos.

—Podemos quitar el escurridor.

—Podemos comprar uno más pequeño.

—También podemos dejar de tomar café.

Elena lo miró.

—Llevamos ocho años casados. Sabes perfectamente qué ocurriría.

Gabriel sonrió y apartó la cafetera.

Era viernes, dos de octubre, y llevaban desde las ocho de la mañana trasladando su vida de un piso de setenta metros cuadrados a una casa que todavía les parecía demasiado grande para los dos.

En realidad, la vivienda no tenía nada de extraordinario. Era una construcción de dos plantas, con fachada de ladrillo claro, persianas de madera que necesitaban una buena mano de pintura y un patio trasero donde un limonero había crecido sin que nadie se preocupara demasiado por dirigir sus ramas.

Pero tenía tres habitaciones, una cocina donde podían sentarse a desayunar y una puerta que daba directamente a la calle. Elena llevaba años imaginando lo que sería vivir sin escuchar al vecino del quinto arrastrando muebles a las once de la noche.

Además, aquella casa era suya.

O, para ser exactos, de Gabriel.

La había heredado de su tía Amalia en enero de 2024 y, hasta entonces, había sido una de esas propiedades familiares que parecían existir únicamente para generar facturas.

Primero hubo que reparar una filtración en el tejado.

Después apareció un problema con la instalación eléctrica.

Más tarde, una avería en las tuberías del baño de arriba obligó a levantar parte del suelo.

Elena había llegado a pensar que resultaría más barato seguir pagando alquiler.

Sin embargo, cuando el propietario de su antiguo piso anunció una subida de doscientos euros mensuales, la decisión dejó de parecer tan complicada.

Habían dedicado el verano a terminar los arreglos imprescindibles y septiembre a vaciar armarios, donar ropa y discutir sobre qué cosas merecían sobrevivir a la mudanza.

Gabriel quería deshacerse de casi todo.

Elena había descubierto que su marido consideraba prescindible cualquier objeto que no hubiera utilizado durante las últimas tres semanas.

—Las tijeras de costura no las usas nunca —le había dicho.

—Porque no tengo que coser todos los días.

—Pues eso.

Finalmente, las tijeras habían llegado a Vega Alta, junto con seis cajas de libros, una vajilla desparejada y una lámpara de pie que Gabriel detestaba desde que la compraron.

Ahora la lámpara estaba instalada junto a la ventana del salón.

—Reconoce que queda bien —dijo Elena, al verlo contemplarla desde la puerta.

—Reconozco que no parece tan fea con esta luz.

—Es lo más bonito que me has dicho hoy.

Gabriel se acercó y le dio un beso en la sien.

Olía a sudor, cartón y al jabón que utilizaba por las mañanas. Tenía una pequeña rozadura en el antebrazo y la camiseta cubierta de polvo. Elena pensó que hacía mucho tiempo que no lo veía tan contento.

Los últimos meses no habían sido fáciles.

Desde que abandonó el estudio donde trabajaba con otros dos arquitectos técnicos, Gabriel había enlazado encargos pequeños, presupuestos que nunca terminaban de aprobarse y colaboraciones que le pagaban tarde.

No hablaba demasiado de ello, pero Elena conocía de sobra el gesto con el que revisaba la aplicación del banco.

Ella tenía un empleo estable en un centro de conservación documental, aunque su sueldo tampoco permitía grandes alegrías.

Restauraba libros, expedientes y documentos antiguos.

Pasaba buena parte del día limpiando papel con herramientas diminutas, retirando adhesivos envejecidos y reparando desgarros que alguien había provocado décadas atrás.

A veces le parecía absurdo tener tanta paciencia con los objetos y tan poca con los problemas domésticos.

—¿Has pensado dónde vamos a poner la mesa grande? —preguntó Gabriel.

—Delante de la ventana.

—Ahí estorba para salir al patio.

—Entonces junto a la pared.

—Ahí no podremos abrir el aparador.

Elena lo observó unos segundos.

—¿Para qué me preguntas si ya has decidido dónde va?

—Porque quiero que sea una decisión compartida.

—Qué considerado.

Se echaron a reír.

El timbre sonó cuando estaban intentando desplazar el sofá sin arañar el suelo.

Gabriel soltó su extremo.

—Debe de ser Bárbara.

—¿No venía a las cinco?

Él consultó el reloj.

—Son las cinco y diez.

Elena miró las cajas que ocupaban el recibidor y se apartó para dejarle pasar.

—Entonces dile que entre por el hueco que encuentre.

***

Bárbara Cano apareció con una carpeta azul bajo el brazo y una bolsa de papel de una pastelería.

—No me digáis que todavía no habéis comido.

—Hemos comido —respondió Gabriel.

Elena levantó la vista.

—Dos bocadillos de máquina.

—Y un plátano.

—El plátano me lo he comido yo.

Bárbara dejó la bolsa sobre la mesa.

—Pues os he traído unas palmeras. No son precisamente una comida equilibrada, pero algo es algo.

Era una mujer de cuarenta y tantos años, de cabello castaño cortado por encima de los hombros y aspecto cuidado. Llevaba pantalones oscuros y una chaqueta ligera, aunque el calor de principios de octubre todavía permitía ir en manga corta.

Tenía una manera de desenvolverse por las habitaciones que a Elena le resultaba cómoda. No esperaba a que le indicaran dónde dejar las cosas, pero tampoco se comportaba con la familiaridad excesiva de quienes entran en una casa ajena creyendo que todavía les pertenece.

—¡Qué bien ha quedado el salón! —exclamó al ver el sofá colocado junto a la pared—. Con los muebles parece otro.

—Las paredes aún necesitan pintura —dijo Gabriel.

—No empecemos —intervino Elena—. Llevamos seis horas aquí y ya quieres otra obra.

—Solo digo que, más adelante...

—Más adelante pintaremos. Ahora quiero encontrar las sábanas.

Bárbara sonrió.

—Hacéis bien. Una casa se termina de arreglar cuando se vive en ella. Si esperáis a tenerlo todo perfecto, no os mudáis nunca.

Había conocido a Gabriel años atrás, cuando este realizó unos trabajos para su empresa de gestión inmobiliaria. Más tarde, al heredar la casa, volvió a recurrir a ella para coordinar las reparaciones, buscar profesionales y ocuparse de trámites que ninguno de los dos tenía tiempo de resolver.

Durante aquel proceso, Bárbara se había convertido en una presencia habitual en sus conversaciones.

«Se lo pregunto a Bárbara».

«Bárbara conoce a un electricista».

«Bárbara dice que los materiales han subido».

Elena había hablado con ella varias veces por teléfono, pero apenas habían coincidido personalmente. La mayor parte de los trabajos se realizaron mientras ella estaba en Madrid y Gabriel se encargaba de venir a supervisarlos.

—Os he traído la documentación que quedaba pendiente —explicó Bárbara, abriendo la carpeta—. Los certificados de las últimas reparaciones, la garantía del termo, los teléfonos de mantenimiento y las lecturas de los contadores.

Sacó varios documentos y los extendió sobre la mesa.

—También está la factura del cerrajero que vino en agosto. La cerradura de la puerta del patio funciona bien, pero tiene una pieza un poco delicada. Si alguna vez notáis que se atasca, no forcéis la llave.

—¿No sería mejor cambiarla? —preguntó Elena.

—No hace falta. La revisaron entera.

Gabriel tomó la factura.

—Perfecto.

—Y os voy a dejar este bloc —continuó Bárbara, mostrando unas hojas de cuadrícula azulada—. He apuntado los teléfonos en la primera página. Si encontráis alguna incidencia, anotadla ahí y me mandáis una foto. Así no se pierde entre mensajes.

Elena hizo una fotografía de los datos de contacto con su móvil y dejó los papeles encima de la carpeta.

—¿Cuánto tiempo te queda con nosotros? —preguntó Gabriel.

—No lo digas así, hombre, que parece una despedida dramática.

—Me refiero a las cuentas.

—Lo sé.

Bárbara buscó un sobre entre los documentos.

—La liquidación está prácticamente preparada. Solo tengo que cuadrar dos facturas de septiembre.

—Preferiría cerrarlo todo antes del dieciséis.

—Y lo cerraremos.

—Te lo digo porque después quiero llevar yo directamente los gastos de la casa.

—Me parece estupendo. Ya vais a estar viviendo aquí y no tiene sentido que sigáis pagando una gestión que podéis hacer vosotros.

Gabriel asintió, aunque volvió a mirar los papeles.

Elena había escuchado aquella conversación otras veces.

Su marido llevaba semanas intentando cerrar los gastos de las obras y reunir en una sola carpeta todas las garantías y facturas.

Era una de las pocas cuestiones relacionadas con la mudanza en las que se había mostrado verdaderamente inflexible.

—A mí lo que me preocupa es que todavía nos llegue alguna sorpresa —dijo Elena—. No quiero que dentro de un mes aparezca alguien diciendo que queda por pagar una ventana.

—No queda ninguna ventana pendiente —respondió Bárbara—. Podéis estar tranquilos.

—Ni un grifo.

—Ni un grifo.

—¿Y alguna pared?

Gabriel intervino:

—La pared del baño no la metas en esto.

—La pared del baño está perfectamente.

—Está torcida.

—Lleva torcida cuarenta años —dijo Bárbara—. Yo la dejaría vivir.

A Elena le cayó bien.

No era una impresión especialmente profunda, pero agradecía tratar con alguien que parecía capaz de solucionar los problemas sin convertirlos en tragedias.

Mientras Gabriel comprobaba las lecturas, Bárbara la ayudó a reunir los papeles.

—¿Me das tu correo? Así te mando a ti también la documentación. De momento todo lo tengo con Gabriel.

Elena se lo dictó y esperó a que lo escribiera en su teléfono.

—Ya está. Esta noche os lo envío.

—Gracias. Prefiero tener copia de las cosas.

—Haces bien. A mí me pasa igual.

Bárbara cerró la carpeta, dejando el bloc de incidencias entre las últimas hojas.