La ingeniera curvilínea del dragón (La pareja voluptuosa del dragón nº 5) 3
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ELLIE

—¿Que soy tu qué? —le digo al hombretón que acaba de arrancar el pomo de la puerta y luego la puerta entera como si esto fuera un dibujo animado. Lo había visto desde muy lejos en el camino (si es que se puede llamar camino a esta senda de cabras...), y la verdad, me había asustado un poco.

Tampoco ayuda que lleve un chaleco de cuero con incrustaciones de acero y bronce como si todavía estuviéramos en el siglo XVI o algo así.

Esos pantalones y botas parecen incluso más antiguos que el chaleco, pero todo está sorprendentemente limpio.

De hecho, las botas están tan bien pulidas que el cuero viejo brilla.

Los eslabones y las incrustaciones de metal del chaleco relucen y están afilados, e incluso los pantalones tienen una raya nítida en el centro, ¡como si los hubieran planchado!

Me doy cuenta de todo eso ahora, pero no cuando lo vi por primera vez.

No, cuando lo vi por primera vez a lo lejos, lo único que noté fue su rostro.

Su rostro lleno de cicatrices impactantes, bellamente roto, inquietantemente atractivo.

Un rostro con una historia detrás.

Una historia que quiero escuchar.

Una historia que quiero reescribir.

Una historia de la que quiero formar parte.

—Arregla tu maldita puerta tú mismo —le está diciendo Easton al taxista cuando por fin aparto la mirada de su rostro hipnotizante, de esos ojos verdes ardientes, de esa barbilla obstinada que sobresale como un peñasco, de ese cuello grueso como el de un toro—. ¡Y llévatela cuando te vayas!

—Cárguelo a mi tarjeta de crédito —le susurro distraída al conductor.

Sigo mirando fijamente a esta bestia de hombre, este artefacto de otra época, un hombre que parece haber luchado contra una manada de lobos y haber salido vivo de milagro.

¡Joder, puede que hasta ganara esa pelea!

¡Mira esas manos! ¡Más grandes que mis muslos, con puños como mazos!

¡Seguro que podría arrancar ese viejo puente levadizo con las manos y construir uno nuevo en un día! ¿Para qué me necesita a mí?

Para qué me necesita a mí, pienso de nuevo mientras me quedo de pie en el suelo irregular, con el equipaje a mi alrededor.

El taxi se aleja chirriando en una nube de polvo, y trago saliva mientras miro al hombre.

Una vez más me cautivan esas cicatrices, hipnotizada por cómo me mira con una confianza que enmascara una vulnerabilidad que me llega al alma.

—Lo... lo siento —digo cuando me doy cuenta de que me he quedado mirándolo fijamente—. No pretendía quedarme mirando.

El hombre se encoge de sus enormes hombros.

—Puedes mirar —dice con una indiferencia que tiene un toque de tensión.

Noto que es consciente de sus cicatrices, pero también percibo una confianza subyacente en su propio valor que nada podría quebrantar.

Este hombre ha pasado por cosas muy jodidas en su vida, pero sigue aquí.

Sigue en pie. El que queda en pie es el que gana, ¿no?

Sonrío vacilante y miro mi equipaje. Es demasiado, me doy cuenta de repente al enfrentarme a la molesta realidad de que ni siquiera tengo suficientes manos para cargar toda esta mierda, ¡y mucho menos la fuerza para levantar las maletas grandes!

—Veo que has metido el nuevo puente levadizo en las maletas —dice, levantando una ceja mientras evalúa el panorama—. ¿Cómo has metido todo esto en ese taxi de mierda?

—No fue fácil —digo, tocándome el pelo y cambiando el peso de un pie a otro—. La verdad, creo que dejé un par de bolsas en la acera en Glasgow.

—Nada importante, espero —dice, agarrando las dos bolsas más pesadas con la mano izquierda y recogiendo todas las demás con la derecha. Me dan ganas de preguntarle si debería subirme yo también para que me lleve, pero me lo pienso mejor.

Me encojo de hombros.

—Qué va. Solo mi pasaporte y todo mi dinero. No necesito eso, ¿verdad?

Se ríe, y su voz truena por el terreno abierto mientras su pelo oscuro brilla al sol.

—No —dice—. De todos modos te habría quitado el pasaporte y el dinero antes de encerrarte en mi castillo.

—¿Así es como se hace en Escocia? —digo, tocándome el pelo de nuevo como una colegiala nerviosa. Cosa que no soy en absoluto. Normalmente, al menos.

—¿Te parezco escocés? —dice, mirándome por encima del hombro mientras avanza por el camino hacia ese desastre de puente levadizo.

—Pues no —digo, correteando un poco para seguirle el paso—. No suenas escocés en absoluto.

—¿Sabes por qué? —dice, pisando el puente levadizo, que cruje y se balancea como si estuviera a punto de ceder. Se detiene en medio del puente y me mira, con el rostro lleno de cicatrices ensombrecido por el castillo.

—¿Por qué? —digo, frunciendo el ceño mientras me acerco al puente levadizo y miro el foso profundo que rodea el castillo. El nivel del agua está bajo, y no puedo ver el fondo desde este ángulo. Pero el foso me da escalofríos. Siento que algo se mueve ahí dentro, y no es solo el agua.

—Porque ya no estás en Escocia —susurra, haciéndome señas para que cruce el puente—. Esta es mi tierra. Mi castillo. ¡Mío!

La palabra «mío» serpentea por el aire como una víbora al atacar, y retrocedo ante su agudeza aunque no va dirigida a mí.

No creo que fuera dirigida a nadie, en realidad.

No escupió la palabra con ira. La única emoción que capté en su forma de decir «mío» fue pura posesividad, una necesidad de reclamar, un impulso de poseer, un ansia por tomar algo y mantenerlo encerrado para siempre.

—Encerrado para siempre —me susurro mientras coloco con cuidado el pie derecho sobre la madera vieja.

Solo ahora pienso en el comentario que hizo de pasada sobre encerrarme en su castillo.

Me había reído, pero ya no me parece tan gracioso.

Pienso en Frannie y en cómo habíamos bromeado con que esto era un reality show o algo de asesinos en serie, y mientras recorro con la mirada las oscuras paredes de piedra del enorme castillo viejo, no veo ninguna cámara grabando, lo que significa que gana la opción del asesino en serie.

Pongo el otro pie en el puente levadizo, conteniendo la respiración como si eso me hiciera más ligera. El hombre me está mirando con esos ojos verdes fijos y brillantes. Siento que está esperando a que cruce este puente, y tengo la extraña sensación de que si lo cruzo estaré tomando una decisión.

Una elección que va a cambiar el curso de mi vida.

Una elección que va a cambiarlo todo.

Dos pasos más y me detengo de nuevo. Ahora estoy pensando en lo que Frannie me susurró sobre el destino, sobre cómo el destino funciona alineando coincidencias, ofreciéndote elecciones, abriendo caminos para ver dónde pisas, llevándote a un puente para ver si lo cruzas...

El puente cruje mientras intento cruzar, y me quedo paralizada de nuevo, como si esto fuera algo más que arrastrar los pies sobre unas tablas viejas.

No tengo miedo de que el puente se rompa, y no es solo porque soy ingeniera y tengo el sentido común suficiente para saber cuándo algo está a punto de ceder.

No, pienso mientras miro a Easton. «Él» es la razón por la que no tengo miedo.

Siento que no puedo tener miedo cuando estoy con él, que no solo nunca me haría daño, sino que haría daño a cualquiera que me amenazara, destruiría cualquier cosa que se acercara demasiado.

Lo veo en cómo me mira. Lo percibo en cómo se mantiene en el puente, con su cuerpo duro como una roca, tenso como un resorte, como si estuviera listo para saltar y salvarme si una de estas tablas cede.

Pero aun así vacilo en el puente mientras el simbolismo de cruzar hacia Easton me cala un poco.

El corazón me late más rápido y me falta el aliento.

Una parte de mí dice adelante. Otra tira de mí hacia tierra firme y segura.

El aire está quieto como en un cementerio, casi como si la brisa contuviera la respiración para ver qué haré.

La tensión autoimpuesta es casi insoportable, y estoy al borde de perder el valor y huir del futuro que aguarda en ese castillo oscuro.

Pero entonces oigo algo moverse en el foso debajo de mí, y cuando miro hacia abajo a través de los agujeros de la madera veo una masa que se retuerce, gira y chasquea...

—¡Hijo de «puta»! —grito, y ahora corro tan rápido que llego al otro lado antes de que mi palabrota llegue allí. Doy saltos, me sacudo como si las serpientes estuvieran por todas partes, arrastrándose bajo mi piel, deslizándose por mi pelo, ¡intentando meterse en mi cabeza!

—No muerden —me llega la voz de Easton a través de mis chillidos y gritos, y luego oigo su risa profunda y gutural—.

Espera. No. Sí, de hecho sí muerden. Especialmente las serpientes de dos cabezas.

Una de las cabezas te clava los colmillos y la otra intenta comerte de inmediato.

Buen trabajo en equipo. Vamos. Te enseñaré tu habitación.