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EASTON
—Esto no es una habitación —dice cuando empujo la pesada puerta de roble y entro en la estancia de invitados—. Es un campo de fútbol.
Camino hasta el centro de la habitación y dejo caer todas sus maletas a la vez. Cada una aterriza en posición vertical, y sonrío y aplaudo como un mago que se aplaude a sí mismo. Apenas puedo describir la luz que llena mi corazón, ¡y solo llevo unos minutos con Eleanor!
Aunque ya estoy deseando tenerla entre mis manos, pienso mientras siento movimiento en la parte delantera de mis calzones. Los testículos me pesan, llenos, y la polla me palpita como si supiera que ha llegado nuestro momento, que nuestra paciencia ha tenido su recompensa.
Nuestra compañera está aquí.
Mi sonrisa es más brillante que la luz del sol que irrumpe en la habitación cuando descorro las viejas cortinas de terciopelo. Me llevó tres días limpiar los aposentos de invitados. ¡Quién iba a imaginar que tres siglos de telarañas pesarían lo suficiente para romper una carretilla!
Me quedo junto a las ventanas y observo a Eleanor inspeccionar la habitación. Es perfecta de un modo que jamás habría imaginado. Bonita como una rosa. Cabello como satén cepillado. Una risa que me hace querer cantar. Una sonrisa que me hace querer bailar. Y unas curvas que me hacen querer...
—Quiero darme un baño —dice desde algún lugar en los sinuosos pasillos de los aposentos de invitados.
Sigo el sonido de su voz y jadeo al ver su silueta recortada contra el arco de piedra de las cámaras privadas donde las mujeres solían bañarse.
Se me corta la respiración cuando la dorada luz del sol brilla a través del hueco entre sus muslos, envolviendo su cuerpo en un resplandor que me hace querer transformarme en dragón por completo ante ella.
Ya siento a mi Dragón alzarse dentro de mí, siento mi Sangre de Dragón calentarse. Puede que haya cuestionado mi fe durante siglos, pero al final un hombre sabe lo que lleva en la sangre, sabe lo que tiene dentro.
Y lo que está dentro, tarde o temprano, saldrá.
—Siempre que no salgan serpientes de estas tuberías —dice desde las cámaras de baño—. Esta agua no viene del foso, ¿verdad?
—Viene de un manantial subterráneo más arriba, en mis tierras —digo mientras camino hacia ella, aunque me detengo cerca de la entrada.
No me fío de mí mismo para acercarme más en este momento.
Hay demasiado bullendo dentro de mí. Necesito dejar que esta energía salvaje y frenética me recorra la sangre antes de reclamar a Eleanor, antes de hacerla mía para siempre, de tomar posesión de su corazón, de apoderarme de su alma.
¡Ya tengo la fuerza de diez toros, y mi Dragón aún no está del todo formado!
Sí, necesito mantenerme alejado hasta que comprenda mi propio poder, hasta que aprenda a controlarlo.
Si arranqué la puerta de un coche sin darme cuenta, mejor ser cauteloso con mi delicada compañera humana, ¿no?
—¿Agua de manantial escocesa? —dice mientras se gira a medias desde las antiguas pilas de bronce y se pone una mano en la cadera. La deliciosa visión de su perfil casi me hace atragantar, y doy un paso atrás para que el pilar de piedra oculte el pilar en mis pantalones—. ¿Es segura para beber?
—Rica en minerales —logro decir mientras bajo la vista hacia mi polla para asegurarme de que no proyecte una sombra en la entrada. Las serpientes no la asustaron, pero quizá sea demasiado pronto para mostrarle esta serpiente escocesa—. Pero no te llenes de agua. Habrá vino con la cena.
Eleanor asoma la cabeza desde la habitación interior y sonríe. —¿Vino? ¿Cena? ¿Voy a poder trabajar algo aquí?
—Descubrirás que me tomo el trabajo muy en serio, señorita Eleanor —digo con una sonrisa. Y mi trabajo eres tú, me digo mientras esa sonrisa se vuelve tan amplia que me duele la mandíbula.
—Bueno, mi nombre no es Eleanor —dice tras la más leve vacilación, como si no quisiera mencionarlo.
—Ahora sí —digo sin un ápice de vacilación.
—Eh, ¿acabas de cambiarme el nombre? —dice mientras entra del todo en mi campo de visión y se pone las manos en esas caderas otra vez.
Caderas donde quiero poner mis propias manos.
Joder, no creo que pueda esperar. La quiero ahora.
Sentarme a cenar con ella sin probarla primero sería una tortura peor que cualquiera de las infligidas en la mazmorra más oscura de Dragonswain.
Me encojo de hombros. —Tú también puedes cambiarme el nombre, si quieres.
Eleanor cierra un ojo y levanta la ceja opuesta. —Vale. ¿Qué tal si te llamo... Ígor? Ya sabes, el monstruo jorobado del castillo de Frankenstein.
Niego con la cabeza. —No conozco ese castillo. —Luego me yergo, enderezando la espalda ya recta, y resoplo—. Y no soy jorobado. Quizá puedas usar el nombre para mi hermano Fikus.
Al instante me odio por la broma, y me muerdo el labio tan fuerte que noto el sabor de la sangre en la lengua. Burlarse de las imperfecciones físicas de alguien es imperdonable, y hago una mueca al vislumbrar mis propias deformidades reflejadas en la vidriera.
—Oh, ¿tus hermanos también viven aquí? —dice con voz aguda, como si estuviera sorprendida, o quizá decepcionada de que no estemos solos—. ¿Estarán en la cena?
Niego con la cabeza. —Solo Fikus vive aquí. Y no disfruta de la compañía. Come en sus aposentos de la Torre Sur. —Me froto la nuca y miro hacia sus maletas—. En fin, te dejo que te instales. ¿Necesitas algo?
Ella baja la mirada y niega con la cabeza. Luego me mira, y nuestros ojos se encuentran por un instante que me provoca una explosión de emoción. Veo colores estallando en mi campo de visión, y sé en este momento que Eleanor también siente algo. Puede que no sepa qué es, pero lo siente igualmente.
Así que me muevo hacia ella, mi cuerpo atraído hacia el suyo como un imán.
En algún lugar de las profundidades de mi conciencia veo destellos de alas rojo oscuro y garras negras relucientes.
Huelo volutas de Humo de Dragón en mi aliento.
Siento el Fuego de Dragón recorrer mi sangre hirviente.
Estoy a punto de estallar, a punto de sentir a mi Dragón emerger en toda su gloria ardiente.
Este es el momento, Easton. Tómala ahora. Es tuya, y ella lo sabe.
—Eh, ¿qué estás haciendo? —su voz me atraviesa la locura, y me quedo paralizado cuando me doy cuenta de que estoy casi encima de ella, con los brazos extendidos como un águila a punto de atacar.
Al instante vuelvo a la realidad, y sin pensar golpeo la pared detrás de ella con la palma. —Araña —digo con los ojos muy abiertos, esperando que me crea—. La pillé.
Ella me mira con el ceño fruncido, y sé que no cree que hubiera una araña en la pared de verdad, ni que me acercaría a ella con los brazos extendidos y los labios fruncidos como un idiota para matar una araña.
Hay un momento de tenso silencio, y casi me desespero ante la idea de que Eleanor coja sus maletas y se largue de aquí en lugar de aguantar mi comportamiento agresivo e idiota.
Pero Eleanor parpadea y exhala suavemente, luego alza la vista hacia mis ojos y asiente. —Gracias —dice, aunque sus ojos dicen otra cosa. Algo que no puede expresarse con palabras.
Es lo mismo que la llevó a cruzar ese traicionero puente, pienso mientras sonrío y cierro el puño alrededor de la araña imaginaria. Por Dios, ella sí siente algo. Siente la llamada del destino, el tirón de la fatalidad.
La magia de estar cerca de su compañero destinado.
—Esto no es un castillo mágico, ¿verdad? —pregunta, esbozando una sonrisa vacilante que ilumina su bonito rostro—. Serpientes de dos cabezas. Arañas invisibles. ¿Qué será lo siguiente?
Sonrío y doy una palmada en la pared como si el castillo estuviera vivo. —Podría enseñarte las mazmorras si quieres —le propongo.
Arquea las cejas. —¿Ya a las mazmorras? Al menos invita a cenar a una chica primero —dice, con esos ojos marrones que brillan como un arroyo en primavera.
Suelto una carcajada y golpeo la pared de nuevo, esta vez con fuerza y firmeza. Mi brazo envía una vibración a través de las piedras hasta que el antiguo candelabro de bronce se balancea y tintinea como campanas de boda.
Eleanor alza la vista hacia el candelabro y jadea. —¿Esos son...? Parecen... eh...
—Diamantes —digo encogiéndome de hombros—. Aunque estos son solo los pequeños. Las piedras grandes las guardo en las bóvedas.
—Diamantes —susurra mientras se toca el cuello y mira fijamente el candelabro.
Da vueltas bajo la lámpara, y justo entonces el sol se mueve lo suficiente para iluminar los diamantes en el ángulo perfecto, de modo que Eleanor queda salpicada por cientos de reflejos como estrellas.
Gira bajo el dosel de diamantes, y luego me mira y sacude la cabeza—.
¿Qué pasa contigo, Easton? ¿Por qué vives en un castillo viejo y oscuro que por alguna razón tiene diamantes en los candelabros?
¿Por qué tienes bóvedas de piedras preciosas pero un puente levadizo que lleva cien años sin reparar?
¿Por qué eres tan fuerte como para arrancar la puerta de un coche y sacudir las paredes, pero me haces sentir a salvo contigo?
Todo en ti parece contradictorio, como una mezcla de opuestos, ni aquí ni allá.
Mitad de esto, mitad de aquello. ¡Me estás volviendo loca!
—Mitad de esto, mitad de aquello —murmuro mientras miro fijamente a Eleanor y todas esas palabras brotan de ella.
Apenas puedo contenerme para no tomarla en mis brazos y besar esos labios.
Un beso lo explicaría todo, explicaría más que cualquier palabra que pueda encontrar en mí. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo empezar?
—Sí, mitad. Es como si todo en ti estuviera dividido por la mitad, Easton —dice—. Lo noto porque soy ingeniera de diseño y tengo ojo para la simetría, para el equilibrio. Por eso me estás volviendo loca, creo. Tu ropa, por ejemplo.
Frunzo el ceño y me miro. —Llevo la misma ropa todos los días, pero la limpian y planchan cada noche.