Capítulo 36
Sara notó cómo las uñas se le clavaban en la palma de la mano.
Estaba apretando con demasiada fuerza aquello que escondían sus dedos.
Relajó el gesto y, disimulando el ademán, volvió la mano hacia los ojos y observó el pequeño detonador.
Ahí estaba: diminuto, frío, imperturbable y dispuesto a acatar sus órdenes.
Esta vez no fallaría. Nadie le impediría cumplir con su misión.
Podría vengarse y reunirse con su hijo en la eternidad. Su padre la entendería.
Sonrió. Lo había logrado. Había sido capaz de llegar hasta allí.
Se sentía valiente, dichosa, orgullosa y, una vez más y por un momento, se notó más cerca de Ranya de lo que jamás se atrevió a imaginar.
La adolescente suicida, la que aseguró que se encontrarían en el reino de los cielos antes de hacerse volar por los aires.
Tenía razón: aquello no podía hacerlo cualquiera. Pero ella sí podía.
Tres respiraciones profundas y largas: Sara saboreaba el aire con los ojos cerrados para infundir una mayor concentración a sus pensamientos.
Apenas fueron unos segundos, los necesitaba abiertos para no perderse la escenificación de su venganza.
Por un instante intentó borrar de su rostro la tímida sonrisa que emprendían sus labios, pero ni pudo ni estaba segura de querer hacerlo.
No pensaba en lo que estaba a punto de hacer como un ejercicio cruel y terrorista, sino como una liberación y, sobre todo, como un acto de venganza hacia la persona que la había arrastrado a entender el odio y la barbarie.
Se vengaría de Najib con sus mismas armas, con sus mismos métodos, con sus palabras, sus frases, enarbolando sus argumentos.
Le demostraría que había sido una buena alumna, una alumna aplicada.
—Pues que Dios me perdone, porque no fui yo quien atacó primero…
Le vio cuando la yema de su dedo rozó el botón de plástico del detonador, aunque Miguel todavía no había encontrado el rostro de Sara. Supo que no tardaría mucho en localizarla en mitad de aquel mar de personas que la rodeaba.