Capítulo 37
Cuando sus ojos se cruzaron, el joven corroboró sus peores augurios: adivinó la muerte más en la rigidez de su gesto y en la posición de su puño que en el contorno de su silueta y comenzó a caminar hacia ella, lentamente, esquivando como pudo a quienes se cruzaban en su camino, ajenos a lo que sucedía.
Miguel temió que cualquier movimiento brusco la alterase y acelerase la locura a la que se había encomendado por decisión propia.
Más de veinte metros separaban sus cuerpos, aunque en realidad era todo un mundo lo que los distanciaba. Miguel negó con la cabeza, como si con su voluntad pretendiese evitar el desastre.
—Sara, no lo hagas —le rogó en voz alta—.
No servirá nada. La venganza más noble es el perdón.
Y tú lo sabes. Sé que lo sabes. —La presencia de Miguel la contrarió hasta el punto de humedecerle los ojos y desgarrarle el corazón.
Él no debía estar allí. Quería a ese hombre, pero tenía claro que aquel sentimiento no conseguiría detenerla.
—Pues entonces, Miguel, espero que Dios sea lo suficientemente noble para perdonarme. Que me perdonen todos. Tú también.