La infiel Capítulo 35
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Capítulo 35

No se le ocurrió otra persona a la que llamar. Mario buscó en la agenda de su teléfono móvil el número de Miguel: quizá él supiera dónde estaba Sara y, en el caso de que lo desconociera, sin duda tendría más medios para localizarla.

—¿Seguro que no le dijo dónde iba? Quizá algún comentario al que en su momento no le dio importancia, eso suele pasar… —le dijo. Le había pillado en casa, aquel día no estaba de servicio.

—Que no, Miguel, no insistas, no me dijo nada.

Solo que iba a acercarse a la escuela de idiomas porque había quedado con Pedro.

Me dijo que quería que su vida volviera a cobrar sentido y que solo así lo lograría.

Me dijo que necesitaba recuperar la paz en su interior.

Insistió en que tenía que hacerlo sola, no quiso ni que la acompañara. Y me prometió que ya lo entendería.

No supo qué le llevó a pensar que Sara encontraría la paz en el interior de una mezquita.

Quizá el recuerdo de la primera vez que la encontró saliendo del templo de Tetuán, cuando por primera vez la vio con un pañuelo cubriéndole la cabeza y acompañada por Najib Almallah.

«No sabes la sensación de paz que se respira ahí dentro, Miguel.

Tienes que entrar un día. Tienes que vivirlo, es un lugar perfecto para perderse y encontrarse con uno mismo… ».

Le pidió a Mario que no se preocupara: creía saber dónde estaba su hija. Se disponía a coger su coche, pero pensó que sería mejor ir en taxi. Eso le ahorraría el tiempo que tendría que dedicar a encontrar aparcamiento.

El trayecto le llevó pocos minutos. No era la primera vez que Miguel entraba en la Abu Baker, la mezquita central de Madrid.

Motivos profesionales, como encontrarse con un confidente de la policía o seguir el rastro de una filtración sobre uno de los hombres que acudían allí con asiduidad, le habían llevado antes al templo.

Sabía que podía estar equivocado. Sus corazonadas no siempre acertaban, pero tenía que intentarlo.

Algo dentro de él le aseguraba que Sara no andaba lejos.

Sus ojos escudriñaron cada uno de los rincones de la mezquita, cada rostro con el que se cruzaba, cada cabeza en la que creía intuir la de la mujer que amaba.

Tenía que encontrarla, por Mario, por ella y, sobre todo, por él mismo.

Él también necesitaba volver a dotar de sentido a su vida y sin la presencia de aquella mujer no lo lograría nunca.

Intentó serenarse. Inspeccionaría el lugar con mayor calma, empezando por el salón principal del rezo y de ahí al resto de las estancias. No podía ser tan complicado.