La infiel Capítulo 34
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Capítulo 34

No había lugar posible en su cuerpo para el nerviosismo, la duda o el arrepentimiento.

Todo en ella era seguridad, sus manos ya no temblaban y su mente, más sosegada de lo que habría cabido esperar, saltaba de recuerdo en recuerdo, de imagen en imagen.

Primero fue la de Louiza, la joven chechena que clamaba por vengar la muerte de su hermano, la que bramaba por un lugar preferente entre sus remembranzas: «La venganza es lo único que se mantiene en el tiempo».

Luego Ruth y aquella frase que ahora sonaba profética: «Cuando no te permiten vivir tus sueños, la muerte es la única salvación posible, y no será difícil conseguirlo: basta con desearlo».

Más tarde Najib, y se vio murmurando una de las frases favoritas del hombre que le había destrozado la vida:

—¿Sería justo decirle al cordero que se esté quieto a la espera de ser devorado por el lobo?

En sus labios, la frase sonaba distinta.

Lejos de amedrentarla o hacerla recapacitar sobre lo que estaba a punto de realizar, el eco de aquella verbena desplegada por la memoria le infundía fuerzas y afianzaba su acción con firmes argumentos. Ahora la espoleaban aquellas palabras que tanto daño habían logrado hacerle.

Ya en el interior de la mezquita, volvió a sentir la misma paz y tranquilidad que había experimentado la primera y única vez que había estado allí.

No hubiese sido extraño que sus ánimos se viniesen abajo, que verse allí le hiciera cambiar de planes y plegar velas, pero el remordimiento no hizo acto de presencia.

Todo parecía empujarla: su destino, ahora sí, estaba claro.

Su presente no había dependido de ella y ahora no se consideraba culpable ni mucho menos responsable de sus actos.

Antes de acceder al vientre de la mezquita, se dirigió a los aseos, donde se transformaría en una bomba humana.

Envolvió su cuerpo de muerte y abandonó su antigua piel en una de las papeleras.

Se aseguró de que llevaba consigo su pasaporte, una fotografía de su hijo y la única ecografía que se había hecho del bebé que esperaba.

Antes de salir del cuarto de baño, se contempló en el espejo y casi entendió la sonrisa de Ranya al contemplar su imagen reflejada meses atrás.

Ahora sí estaba lista para enfrentarse al mundo.

Siguió avanzando como si sus pasos los envolvieran pequeños fragmentos de nubes: se movía casi sin pisar el suelo.

Por fin llegó a una de las salas más amplias para la oración y aunque la belleza de aquel lugar le seguía pareciendo extraordinaria, ni siquiera entonces flaqueó su moral o mucho menos su ánimo.

Buscó un lugar desde el que poder observar a los presentes, un espacio que le garantizara una zona amplia donde poder situarse y contemplar el terreno.

Ya había hecho lo más difícil. Ahora todo estaba en sus manos.

Era una sensación extraña pero en absoluto incómoda.

Tenía la impresión de que todos los pensamientos que cruzaban su cabeza, más que propios, eran directamente sustraídos y adoptados de otras bocas.

«Todo está en tus manos». Oía la voz de su padre, la primera vez que le pidió que dejara de ver a Najib porque había algo en él que no le gustaba.

«Todo está en tus manos». Oía la voz de Najib, cuando la situó en la encrucijada de elegir entre su vida y la de su hijo.

Ahora sí que la advertencia tomaba forma.

Era cierto.

Todo estaba en sus manos.