La infiel Capítulo 33
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Capítulo 33

Cuando alcanzó la semana veintidós de gestación, lo tuvo claro.

Se sintió preparada. No le había costado mucho adquirir todo lo que su plan requería; su padre tenía razón: hasta de los malos momentos se podía extraer siempre algo positivo y que, de alguna forma, serviría para cimentar objetivos futuros.

Prácticamente no tuvo que salir de casa para hacerse con el pequeño arsenal que necesitaba: un poco de nitrato amónico, que consiguió en la propia composición de un fertilizante para el campo, mezclado en su justa cantidad con gasoil.

Por si aquello fallaba, había preparado otro explosivo casero que había aprendido en una de las clases prácticas de Najib en la casa de Alicante.

Fue sencillo, incluso se sintió orgullosa de su habilidad.

Aquella mañana de mediados de enero se levantó y dibujó en su rostro una sonrisa distinta a todas, se permitió ensayarla ante el espejo.

La ocasión lo merecía, el que acababa de amanecer no era un día cualquiera.

Miró por la ventana y agradeció que la alborada despuntara gris, que el cielo amaneciera cerrado con nubes llenas: pronto rompería a llover y alfombraría las calles una escarcha que facilitaría su disfraz y beneficiaría sus planes.

Desayunó tranquilamente con su padre, lo besó una, dos, tres veces en la mejilla, como hacía tiempo que no lo besaba, y lo miró con un semblante de felicidad que Mario tenía ya olvidado en las facciones de su hermosa hija.

Luego le dijo que lo quería, no, que lo amaba, y que ahora entendía el verdadero significado de esa frase que tantas veces solía escuchar de boca de su padre: «Lo que hago siempre lo hago por ti, por tu bien, aunque me duela».

Y logró sorprender a su padre con algo más.

—Esta mañana voy a salir. —El asombro de Mario se vio claramente reflejado en su rostro—. He pensado que me acercaré a la escuela de idiomas. Me llamó Pedro el otro día cuando tú estabas fuera y quedamos en que hoy iría a verle, a él y a mis antiguos compañeros.

—No me lo habías dicho…

—No quería ilusionarte por si luego no me encontraba con ánimos de hacerlo. Pero los tengo. Dios sabe que los tengo.

A Mario no le extrañó la referencia divina, lo entendió como una frase hecha. Además, ¡qué importancia tenía! Lo verdaderamente relevante es que Sara iniciaba su camino, que dejaba atrás el pasado y tendía sus brazos a un reluciente futuro.

—Quiero que mi vida vuelva a tener sentido y solo así lo lograré. Siento que debo recuperar la paz interior y esto me ayudará. —La última frase le iluminó el rostro—. Confío en que lo entenderás.

—Pero, hija, cómo no voy a entenderlo. No solo eso, sino que me das la alegría más grande que te puedas imaginar. —Mario estaba fuera de sí, se sentía dichoso. Tal y como Sara lo estaba—. Si te parece bien, yo mismo te acerco y…

—Prefiero ir yo sola. Es algo que tengo que hacer por mí misma. Debo demostrarme que puedo hacerlo sin la ayuda de nadie. Créeme, es mejor así.

—Como tú quieras, pero abrígate bien. Hace frío y no quiero que este tiempo nos dé un disgusto.

Mario no frenó, como venía haciendo desde el regreso de su hija, su ímpetu por abrazarla. Sintió cómo el cuerpo de Sara se estremecía entre sus brazos y lo vio como una buena señal. A su entender, las cosas volvían a la normalidad. Todo volvía a tener sentido. «Hoy es un gran día», pensó.

Sara hizo caso al consejo y salió bien abrigada de casa tras despedirse de su padre —«No te preocupes por nada. Estaré bien. Estoy preparada, papá»—. Llevaba en la mano una bolsa negra de medianas dimensiones que llamó la atención del padre y que ella explicó de manera improvisada y natural:

—Son libros y cuadernos que me prestó Pedro y creo que ya es hora de devolvérselos.

A ver si no me va a dejar más… —Miró a su padre con el brillo de la tristeza en sus ojos, que no se correspondía con el gesto feliz de su rostro, como si aquella separación le doliese como ninguna otra, como si aguardara una eternidad hasta volver a verle—.

Te quiero tanto, papá… No te lo imaginas.

Una vez ella salió de casa, Mario se dio cuenta de que el juego de llaves de su hija había quedado olvidado sobre el aparador de la cocina y junto a él, su teléfono móvil, ese que apenas utilizaba desde que había regresado de la pesadilla.

Rápidamente se asomó por la ventana de la cocina por si aún pudiera alcanzarla, pero ya había desaparecido.

Cuando media hora más tarde sonó el teléfono de la casa, pensó que sería ella: se habría dado cuenta de que no llevaba las llaves consigo y habría preferido llamarle y advertirle de que no saliera de casa por si ella regresaba antes de lo previsto y no encontraba a nadie en la vivienda.

Al contestar al teléfono, comprobó que estaba en un error, cuya gravedad ignoraba.

—Don Mario, soy Pedro. ¿Cómo estamos?, ¿todo bien?

—Muy bien, hombre. Hoy mucho mejor. ¿Ha llegado ya Sara a la escuela?, ¿está contigo?

—¿Va a ir a la escuela? Vaya, no sabía nada.

—Pedro empezó a intranquilizarse cuando su interlocutor le puso al día de los supuestos planes de su hija—.

Mario, yo no hablo con Sara desde que… Quiero decir que no he quedado con ella para vernos en la escuela, y mucho menos hoy, que ni siquiera hay clases.

Doña Marga aprovechó las fiestas navideñas para programar unas obras de reforma en el centro y todavía no han terminado.

Estará cerrado una semana más. Pero, dígame, ¿qué ocurre?

No entiendo nada. ¿Por qué no me ha llamado Sara si pensaba ir a la escuela?

—Y entonces —se preguntó Mario en voz alta, como si la pregunta fuera dirigida a él mismo y no a Pedro, que le escuchaba preocupado al otro lado del auricular—, ¿dónde ha ido mi hija?, ¿dónde está Sara?