La infiel Capítulo 32
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Capítulo 32

Su vientre aumentaba a la misma velocidad que su impaciencia por cumplir sus planes.

El secreto de su embarazo, que guardaba como un código encriptado, lo ocultaba magistralmente a base de ropa amplia, camisas y jerséis holgados, en los que encontró los mejores aliados para preservar su intimidad.

A Sara siempre le había gustado vestir, en los meses más fríos del año, pijamas de franela de dos piezas, tan gruesos como confortables, que le daban una apariencia de bola de lana: con estas prendas, Mario no notó el aumento de peso de su hija, ni cómo su cintura iba perdiendo su forma.

La Navidad había traído un nuevo año de grandes nevadas y unas temperaturas tan bajas que solo ver el termómetro quitaba las ganas de salir de casa.

Desde que habían vuelto de Pechón, Sara parecía haberse animado bastante.

Al menos ya no se pasaba la mayor parte del día en la cama, con la cabeza bajo la almohada y el cuerpo escondido entre las sábanas.

Recuperó su costumbre de levantarse temprano y volvió a su costumbre de ducha diaria: también aquello contribuiría a ofrecer esa imagen de progreso y avance personal que requerían sus planes.

Se entretenía en la cocina preparando la comida para ella y su padre, con quien poco a poco retomaba el arte de la conversación que tan abandonado tenían, aunque las referencias al pasado más reciente eran impensables.

Mario, por supuesto, continuaba respetando sus silencios, aunque ampliaran sus miedos: ojalá su hija le permitiese ayudarla con la excesiva carga que llevaba dentro.

Lo asumió, lo respetó y se comprometió a no ir más allá a no ser que su hija así lo decidiera; estaba convencido de que lo haría en algún momento.

Fue ella misma la que, con una entereza fingida pero firme, entró un día en el cuarto de Iván y se encargó de recoger todas las cosas personales de su pequeño: la ropa, los libros de la escuela, los lápices, los juguetes, los tebeos…

Todo encontró su acomodo en sus respectivos cajones, en los altillos del armario o cajas ubicadas bajo la cama.

El aparente día a día que observaba Mario le invitaba a creer que su hija iba ganando la batalla a la barbarie del pasado, al recuerdo y a los atroces pensamientos.

Lo que todavía no estaba en el ánimo de Sara era salir a la calle.

Esa era una prueba demasiado dura para ella y solo el tiempo decidiría cuál era el momento adecuado, en eso no admitía sugerencias externas.

Tan solo una mañana salió de casa para acudir a una prueba ginecológica con una doctora a la que no había visto jamás.

No le dijo nada a su padre. Aprovechó para salir las tres horas largas de soledad que le brindaba una visita de Mario a la Seguridad Social por algo relacionado con su jubilación.

Era él el encargado de realizar la compra diaria y el resto de los recados a los que solía dedicar siempre la mañana para luego quedarse en casa durante el resto del día.

Esa rutina les funcionaba y les permitía abrazar futuros avances.

Fue una de esas mañanas, aprovechando la ausencia temprana de su padre, que había salido a por pan, un par de periódicos del quiosco situado a tres manzanas de su calle y unas flores del puesto ambulante ubicado a quinientos metros de su portal —con las que solía obsequiar a su hija casi todos los días tan solo para verla esbozar una leve sonrisa—, cuando Sara se animó a hacerlo.

No le gustaba dejarse envolver por el silencio cuando estaba sola en casa.

En cierta medida, y aunque los aceptaba, sus pensamientos la asustaban.

En la mudez de la casa, sus intenciones futuras resonaban con más fuerza dentro de su cabeza.

Solía encender la radio cada vez que su padre salía, o ponía un poco de música clásica en el equipo de música del salón, o se dejaba embaucar por los sonidos más modernos de las cadenas de radio para así anestesiar recuerdos desagradables e inoportunos.

Sin embargo, aquella mañana algo la impulsó a encender el pequeño televisor de la cocina.

Desde su regreso, únicamente lo encendía para ver películas en los canales temáticos; huía de los informativos y de los programas de actualidad para evitar que cualquier imagen o comentario la arrojara de bruces al infierno vivido.

Cogió el mando a distancia para bajar el volumen casi al mínimo.

Le valía un murmullo para sentirse acompañada.

Andaba entretenida con los preparativos del desayuno, y solo de vez en cuando regalaba fugaces vistazos a las imágenes que iban apareciendo en el televisor.

Hasta que una de ellas la obligó a fijar su mirada en la pantalla.

No podía apartar los ojos, aterrada; ni parpadear siquiera.

Era ella. No había duda. La reconocería entre un millón.

Una ristra de fotografías de tamaño carnet con la imagen de Raquel Burgos aparecía aprisionada bajo unas piedras grises y toscas que atrapaban, a su vez, un pasaporte español y varios fragmentos de hojas de cuaderno arrancadas, garabateadas con palabras y dibujos, amén de otras fotos y documentos de color verde, dorado y marrón que alguien había dispuesto como si fuera un muestrario.

La imagen de Raquel, vestida con un velo negro que dejaba al descubierto únicamente el óvalo de su rostro, desde los ojos hasta la barbilla, le removió recuerdos que se afanaba en enterrar aun siendo consciente de que nunca lo conseguiría.

Recordó sus últimas frases como si las estuviera escuchando en aquel preciso instante mientras contemplaba en la pantalla del televisor sus pequeñas fotos de carnet: «Estoy segura de que volveremos a encontrarnos y entonces las cosas serán distintas.

Nuestras posturas estarán más cerca, como lo estaremos nosotras…

Ten cuidado, Sara, esto no es ningún juego y tampoco lo resolverá un discurso.

Este asunto es más grande que las palabras».

La sacudida del recuerdo le había robado unos segundos del presente. Sara se apresuró a subir el volumen mientras la imagen de Raquel permanecía congelada en la pantalla. La voz en off la informó de algunos detalles.

«… entre los escombros de una vivienda asaltada por el ejército pakistaní en Sherwangai, una población de la región tribal de Waziristán del Sur, hasta ahora el refugio más seguro de los talibanes.

Junto al pasaporte de la española Raquel Burgos García, convertida al islam y una de las personas más perseguidas por los servicios secretos españoles, se ha encontrado el de Sai Bahaji, uno de los miembros del comando responsable de los atentados del 11-S y que compartió piso en Hamburgo con Mohamed Atta, el jefe de los suicidas…

La madrileña Raquel Burgos, de treinta y cuatro años, está casada con Amer el Azizi, supuesto jefe de Al Qaeda en Europa.

Se le considera uno de los sospechosos de inducir los atentados del 11-M y uno de los eslabones perdidos del 11-S… ».

Ante los ojos de Sara fueron apareciendo personas desconocidas, sobre las que titulaban un nombre o una relación con Raquel.

Un agente de policía uniformado hacía declaraciones ante las cámaras, custodiado por un ramillete de micrófonos.

El rótulo sobreimpresionado informaba que se trataba del portavoz del ejército pakistaní, Athar Abbas: «No sabemos cuándo llegó, ni cuánto tiempo estuvo en Pakistán.

No sabemos si está viva o muerta. Solo sabemos que estuvo aquí».

Una señora de mediana edad, situada de espaldas a la cámara, comentaba: «Es una mujer dispuesta a casi todo por su marido.

Su vida ha debido de ser un infierno». Otro hombre, vecino de la casa donde Raquel y Amer vivieron juntos en Madrid, también hablaba ante las cámaras con el rostro pixelado: «Iba siempre completamente cubierta».

Más vecinos se sumaban al carrusel de testimonios: «Sí, es cierto, mi marido y yo escuchamos las palizas que le daba su marido, pero la pobre nunca se quejó de nada.

Al menos a nosotros no nos dijo nada. No solía hablar con nadie y ni siquiera se atrevía a mirarnos a los ojos.

Era una mujer sometida». La única persona que se atrevió a aparecer en imagen sin miedo a mostrar su rostro recordaba: «Sus hijos pequeños jugaban en la escalera.

Algunas veces subían a mi casa y yo les daba galletas, pero a sus padres no les gustaba que tuvieran contacto con nosotros.

A mí me daba mucha pena de los niños y de ella. La pobre no parecía feliz».

La atención con la que seguía el desarrollo de aquella inesperada noticia la mantenía absolutamente abstraída del mundo.

La fotografía de Raquel Burgos tenía el poder de hipnotizarla y envolverla en una burbuja aislante en la que tan solo ella y sus recuerdos tenían cabida.

Ni siquiera había escuchado la puerta de su casa ni se había percatado de la entrada de Mario en la cocina, cargado con varias bolsas y un hermoso ramo de margaritas blancas y moradas, sus preferidas.

—¿Qué pasa, hija? ¿Cómo es que has encendido la tele?

—Es Raquel, papá. Es una de las chicas que conocí antes de que me llevaran a Herat.

Yo pasé una noche con ella. Me contó cosas…

Está casada con uno de los líderes de Al Qaeda y han encontrado su pasaporte en un lugar de Pakistán.

No saben si está viva o muerta. —Sara se quedó callada durante unos instantes, contemplando las imágenes que seguían en pantalla—. ¿Te importa que lo quite?

—Por supuesto que no —le respondió Mario, que miraba a Sara como si estuviera teniendo una visión, una especie de milagro.

Era la primera vez que hablaba de alguien con quien había compartido su pasado más inmediato.

Por un momento no supo qué decir ni cómo reaccionar.

Finalmente rompió el muro de dudas y temores que le mantenía absorto—. ¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Es que me ha impresionado verla de nuevo. No son buenos recuerdos. —Sara miró a su padre, que seguía manteniendo aquella mirada atónita—. Algún día los compartiré contigo. Por hoy ya he tenido bastante, si te parece bien.

—Claro, cariño. Cuando tú quieras…

Reencontrarse con la imagen de Raquel, aunque fuera a través del cristal de un televisor, la ayudó a fortalecer aún más su propósito.

El paquete de recuerdos traumáticos importado del pasado representaba una herencia demasiado pesada para sobrellevar.

Su cerebro no había parado de elaborar una serie de fantasías que poco a poco empezaban a tomar forma.

No podía remediarlo. Era como si el mal hubiese ocupado su vientre de improviso, anulando su voluntad, aniquilando sus sueños de una paulatina recuperación y sus ganas de vivir.

Tenía la asfixiante sensación de que aquel nuevo ser invadía sus entrañas, que le imponía la carga genética que transportaba.

Estar embarazada de Najib la hacía sentirse sucia.

Intentaba luchar contra sus prejuicios, oponerse a su subconsciente, convencerse de que aquella criatura era tan víctima como ella, que compartían el mismo estatus de inocencia y que, por tanto, aquella vida que intentaba salir adelante no tenía ninguna culpa de los cromosomas heredados.

Pero tratar de convencerse resultó inútil.

Sentía asco de su propio cuerpo y llegó a despreciarlo cuando observaba cómo, día a día, su abdomen crecía, engordaba y se hacía más fuerte.

Entendía aquella fortaleza como una nueva victoria de Najib, al que imaginaba envuelto en sonoras carcajadas, sabedor del último zarpazo con el que había mancillado su cuerpo.

Esa victoria póstuma del hombre al que más odiaba le hacía más daño que algunos recuerdos.

El odio que sentía por el padre multiplicaba el odio al hijo que ocupaba su vientre.

Y sin embargo, fue allí donde encontró la única salida a su situación, la reparación de todo el dolor infligido.

En su matriz estaba la solución que buscaba y con la que no dio hasta que su imaginación le devolvió una imagen quimérica: la de un Najib furioso al enterarse de las intenciones que Sara guardaba celosamente para su primer hijo.

No cabía mejor castigo para el más desalmado de los verdugos.

Imposible imaginar una condena más cruel para el hombre más malvado sobre la tierra.

La justicia también le reclamaría a ella un precio; pero, aun alto, le pareció ridículo porque no podía hacerlo cualquiera.

Tan solo tenía que esperar el momento propicio. Y sabía que no tardaría mucho.