La infiel Capítulo 31
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Capítulo 31

La primera visión de Madrid, tras la ventanilla del avión, fue la de un pequeño mosaico de paz y tranquilidad.

Desde aquella perspectiva España se abría ante ella como un territorio en calma, muy distinto —opuesto— a lo que dejaba a siete mil kilómetros de distancia, en Afganistán, el lugar más peligroso para nacer y el más prometedor si lo que se buscaba era la muerte.

El sosiego se evaporó cuando supo del interés que su caso había despertado entre los medios en su país de origen.

Ya había sufrido lo suficiente como para verse de nuevo en la coyuntura de enfrentarse a más miradas inquisitoriales y a más preguntas recurrentes, la mayoría cargadas de malévola retórica y enunciadas desde el morbo y la curiosidad malsana.

No quería tener que escuchar más opiniones elaboradas desde la ignorancia que otorga la distancia, no soportaría más juicios valorativos de lo que hizo o dejó de hacer, más maquinaciones caprichosas de la ficción o la realidad de sus propias vivencias.

Solo ella conocía el precipicio sin fondo en el que se había transformado su existencia y no pretendía convertirlo en dominio público.

Su tragedia había sido demasiado cruel como para que unos pocos la convirtieran en carne comercial de un negocio tan lucrativo como despreciable.

La reconfortó saber que alguien había pensado ya en la manera de evitarlo.

La última palabra de Miguel se aferró a la mente de Sara.

« Olvidar». Un verbo que difícilmente podría volver a emplear en su época post mortem .

¿Cómo podría olvidar aquellos meses, cómo desterrar de la memoria las caras, los nombres, los gritos, los golpes, las amenazas, las promesas, los consejos, las voces, el humo, el ruido, los cuerpos… ? El miedo. La muerte.

Ni siquiera lo había intentado, pero sabía que no podría olvidar jamás el tufo a pólvora y a sangre en el que quedó impregnada la plaza de Herat donde tan solo Ranya logró inmolarse, el sonido de la voz de su hijo diciéndole: «Ya tengo ganas de volver a casa…

Me lo ha dicho Najib. Él pensaba que iba a tardar más, pero al final es mañana.

Y me ha dicho que tú vendrás luego porque antes tienes que hacer una cosa.

¿A ti no te ha dicho nada?». Y la voz de su hijo se mezclaba en una sinfonía estridente con el incesante ruido de las ambulancias y de la policía al llegar a las puertas del infierno; el hedor a miedo que humedecía las paredes de la celda donde estuvo retenida más de quince días; el temblor de las manos del artificiero, que intentaba deshacer el entramado mortal de cables y explosivos; el olor a sudor de su piel cuando los plásticos y la carga mortal se separaron al fin de su cuerpo; el dolor de las heridas abiertas provocadas por la mano de Najib sobre su piel; la quemazón que el cuerpo de su verdugo provocaba en el suyo; el sabor dulzón de aquel extraño brebaje que envolvía su paladar y embriagaba su voluntad; el color dorado de las dunas de Herat; el aroma a canela del cuerpo del primer Najib…

Y tampoco podía olvidar el gusto de las pastas de chocolate que solía llevar a la academia de idiomas y que tanto gustaban a Pedro; el olor a la colonia infantil sobre la piel de Iván antes de meterle en la cama; el sabor del bizcocho de naranja favorito de su amiga Lucía; el olor a las tostadas de Mario o el sabor del primer café de la mañana en sus labios…

¿Cómo se olvidaba la vida? ¿Cómo se logra semejante proeza cuando todo se derrumba a tu alrededor?

Olvidar es un privilegio que se niega una vez la barbarie irrumpe en la vida.

Hablar tampoco le resultaba sencillo, sobre todo cuando el que esperaba inmerso en una escucha silenciosa era su padre.

Cuando Mario la vio entrar en la antigua casa de su pueblo natal, que había pasado de ser su refugio de verano a convertirse en una cámara acorazada impermeable al mundo exterior, sintió cómo la rigidez de su cuerpo le impedía desatar sus sentimientos, y asumió sin más la condena de concederle el tiempo y el espacio que su hija necesitara.

Estuvieron una eternidad contemplándose, con la lluvia en sus ojos, la niebla cubriendo su cerebro, sintiendo el granizo sobre la piel y un ejército de copos de nieve resguardando los sentimientos.

Solo cuando Sara se rompió en mil pedazos acudió Mario a recomponer su cuerpo.

—Ya estás en casa, mi vida. Estás con papá.

Todo se va a arreglar. Ya todo pasó —mentía el padre cuando abrazaba a su hija, y lo hacía el abuelo al saber que jamás volvería a rodear con sus brazos el cuerpo de su nieto.

La ausencia de Iván pesaba demasiado. No había lágrimas suficientes para llorarle, ni tiempo capaz de abonar el olvido.

Los recuerdos dolían demasiado y provocaban heridas que ya nunca suturarían.

Era la ausencia quien llenaba los días, las semanas y los meses a los que Sara y Mario sobrevivían.

Las frases de comprensión de Mario no parecían significar nada para ella.

«Sabes que estoy aquí para lo que quieras…

Si necesitas hablar, cuando quieras y de lo que estimes conveniente…

Quizá te ayudaría compartirlo conmigo… Tu padre sabe escuchar sin juzgar, hija…

». Palabras vacías para Sara, se perdían en el espacio de la casa de madera antes de alcanzar su oído.

Pasaron tres meses y Sara no asumía la necesidad de regresar al hogar y recuperar su vida, aunque supusiera una empresa complicada.

Los ánimos de Mario tropezaban contra el muro de hormigón en el que se había convertido la cabeza de su hija, que ocupaba los días en rememorar el pasado, despreciando el presente y olvidando, esta vez sí, el futuro.

Lo único que le importaba parecía haberse quedado atrás en el tiempo.

Solo imaginar su vuelta a la escuela de idiomas la arrastraba a un malestar espiritual tal que no tardaba en traspasar el plano físico y entregar su cuerpo a un cuadro de ansiedad que no se pasaba sino horas más tarde.

Durante los dos primeros meses, las llamadas de sus antiguos compañeros y amigos de la escuela, en especial las de Pedro, se producían casi a diario a pesar de los numerosos intentos que debían hacer para localizarla debido a la mala cobertura de la zona, que convertía los intentos de comunicación en un vía crucis.

Incluso Lucía de la Parra Mengual invirtió gran parte de su tiempo en llamar una y otra vez en busca de una sola palabra.

Le dolía que su profecía se hubiese cumplido: «No quiero levantarme un día y encontrarme tu foto ocupando la portada de un periódico», le había dicho durante su última conversación, aquella a raíz de la cual dejaron de hablarse.

Solo querían hablar con ella, mostrarle el cariño que le guardaban y la amistad, que seguía ahí: se deshacían en buenos deseos, cargamentos de ánimos, promesas de normalidad que se cumplirían en cuanto pisara su lugar de trabajo o su antiguo barrio.

Pero las llamadas —como la tierra de Pechón oculta bajo la nieve que la cubría igual que antes lo hizo la alfombra de hojas caídas de los árboles que custodiaban la casa— pronto desaparecieron, y con ellas, las voces de ánimo, las muestras de cariño y los deseos de ayuda.

Quizá notaron que su preocupación no era bien recibida, que sus palabras se perdían en un pozo sin fondo o, sencillamente, se cansaron del silencio perpetuo que siempre encontraban al otro lado.

El que más dolido se sintió ante aquel silencio fue Pedro; por mucho que lo intentaba, no terminaba de entenderlo y las excusas que daba Mario —algunas de ellas improvisadas sobre la marcha— parecieron levantar un muro entre ellos y el resto del mundo, un muro por el que cada día trepaban menos curiosos.

El vacío solo llama al vacío y así el silencio solo obtenía el eco de su esencia.

Sara únicamente respondía al interés constante de Miguel, no porque le importara más que el resto, sino porque era el único que conocía su auténtico paradero y se molestaba, mínimo dos veces cada semana, en acercarse hasta el pueblecito asturiano y compartir con ella el tiempo que le permitiera.

La mirada de Sara estaba tan perdida como su sed de vida y eso, más que preocupar a Miguel, le hundía en un agujero oscuro y profundo del que cada vez le resultaba más difícil salir.

No podía reconocer en aquella mujer a la persona que había amado durante su relación, a la mujer que amó en silencio desde la distancia y a la que seguía amando a pesar de las trabas que la vida se había empeñado en colocar en su camino.

Ella lo sabía, podía percibirlo en sus ojos, en su forma de mirar, de hablar, en la manera de mover las manos, de arquear las cejas, en el tono de su voz, en los besos de despedida.

Aquel sentimiento, lejos de consolarla o motivarla para seguir avanzando, se le antojaba macabro y lo revestía todo de un halo de tristeza que hacía más complicado el tiempo que pasaban juntos.

Sara le observaba y la pena la embargaba.

Le entristecía la imagen de aquel hombre bueno volcado en ella, en su drama, dispuesto a arriesgar su propia vida para salvar la suya, y en ingrata recompensa, el único consuelo que recibía Miguel eran aquellas visitas que solo lograban acrecentar la pena.

Mario observaba cómo su hija se marchitaba.

—Hija. Esto tiene que acabar. Ya hemos perdido bastante. No podemos quedarnos aquí para siempre.

—¿Por qué no, papá? —preguntó Sara. ¿Qué alternativa había?

—Porque tenemos que salir al mundo. Porque nosotros tenemos la oportunidad de hacerlo. Porque no todos pueden.

Aquella explicación, hecha desde la sinceridad y con el ánimo de despertarla al mundo y recuperarla para la vida, sonó demasiado próxima a la respuesta que le dio Ranya al preguntarle por qué iba a inmolarse: «Porque no puede hacerlo cualquiera».

Aquella frase pronunciada por la adolescente suicida se le había quedado grabada en el cerebro desde el instante en que la escuchó.

Porque no puede hacerlo cualquiera. Y el recuerdo de aquel momento logró estimularla como no lo habían hecho el amor, la dedicación y los cuidados de su padre.

Mario no podía imaginar que sus palabras encendían una mecha que Sara llevaba meses madurando en su interior, el mismo tiempo que llevaba germinando la simiente del odio que Najib había depositado en ella, y que había abultado su vientre en los tres meses que llevaba en España.

Estaba embarazada del hombre que había asesinado a su hijo, aniquilado su mundo familiar y arruinado su vida.

El descubrimiento de aquella vida creciendo en sus entrañas la aterró tanto como el primer golpe que recibió de las mismas manos que un día, no muy lejano, la abrazaban y la colmaban de caricias.

No lo esperaba, no lo vio venir, no entraba en sus planes y le dejó un dolor para el que no existía panacea.

Sara había convertido su embarazo en un secreto que, junto a otros muchos, mantendría sellado y precintado en su interior hasta que sus planes encontraran la salida justa.

Miró a su padre como si por fin hubiese hallado la misteriosa luz que le mostrara el camino, como si por fin hubiese dado con el momento oportuno para prender aquella mecha que había ido trenzando entre el baile de sus recuerdos.

Sonrió a Mario como solía hacerlo tiempo atrás, cada vez que él le daba la solución al problema que la mantenía noches en vela o le impedía avanzar.

Sin quererlo ni saberlo, Mario lo había vuelto a hacer.

—Quizá tengas razón, papá. Quizá ya haya llegado la hora de volver a casa.