La infiel Capítulo 30 #4
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Capítulo 30 #4

—¡No me pidas que te escuche! No me has dicho más que mentiras desde que llegaste.

¿Es en ti en quien debo confiar?, ¿en ti?

¿Y por qué debería hacerlo? —Lloraba y las voces se mezclaban con sollozos, las palabras se quebraban en sus labios—.

Todo ha sido un engaño, ¡y estoy harta!, ¿me oyes…

? —le gritó a Miguel para luego dirigirse a los demás—: ¿Me oís todos?

¡Harta de aguantar mentiras, de soportar engaños, harta de vivir en una gran farsa, de tener que aguantar vuestras leyes, vuestros castigos, vuestros golpes, vuestras miradas, vuestras dudas, vuestra puta sociedad, vuestra religión de muerte, vuestro estudiado aire de superioridad!

¿Es que no os dais cuenta? ¡Por vuestra culpa han matado a mi hijo!

¡Por vuestros malditos problemas, por vuestros fanatismos, por vuestras guerras, por vuestros complejos milenarios… !

Sara se dejó caer al suelo y apoyó la espalda sobre una de las paredes del cuarto. Estaba derrotada, hundida, deshecha. Se sentía vacía de vida. Era la imagen de la muerte, del desfallecimiento. De la nada. Su voz se volvió débil y acomplejada como si ya no tuviera nada que decir.

—Ojalá hubiese muerto… Ojalá hubiese explotado mi cinturón… Ojalá alguien lo hubiera hecho explotar. Me sentiría más viva que ahora. Malditos sean, malditos seáis todos.

Su cuerpo quedó arrinconado entre el suelo y la pared, y Miguel corrió a auxiliarla mientras el resto de los policías y agentes especiales contemplaban la escena entre el estupor y la compasión.

No sabían qué hacer o, directamente, no querían hacerlo.

Miguel y Roger llevaron a Sara a la celda que ocupaba desde hacía ya cinco días y allí le hicieron tomar un tranquilizante que la sumergió en un profundo sueño no exento de pesadillas.

—Está claro que una madre que hubiese enviado a su hijo al martirio no reaccionaría así —dijo Roger cuando volvió a la sala de interrogatorios, donde todos parecían esperar su regreso—.

Eso lo saben ustedes mejor que yo, ya que por desgracia tienen que verlo casi a diario.

Una madre suicida mostraría orgullosa su proeza y la de su hijo, aunque supiera que su sinceridad le costaría años de cárcel y que su familia sufriría la presión de la policía afgana a la vez que el reconocimiento y la protección del grupo terrorista responsable del atentado suicida.

Aquí no hay una trama urdida por personas que se sienten humilladas desde hace siglos por los invasores.

—Miró uno a uno a los allí presentes, convencido—.

En este caso no podemos encontrar ese lenguaje porque sencillamente no existe: en esta mujer no hay deseo de venganza, ni ansias revanchistas, ni necesidad de alcanzar el martirio para limpiar el nombre de su familia o para hacerlo en nombre de un dios al que ni siquiera conoce, ni reza, ni sigue, a pesar de haber sido forzada a abrazar su credo.

Su historia es otra, aunque la hayan intentado desvirtuar con artificiosos disfraces.

Ustedes están mucho más preparados que todo eso.

Sinceramente, creo que las pruebas que tanto ustedes como nosotros hemos recopilado demuestran de sobra la inocencia de Sara Dacosta.

Podemos perder todo el tiempo que quieran en ampliar la investigación, en buscar más testimonios, más testigos, más coartadas…

, pero saben tan bien como yo que nos terminarán llevando a la misma conclusión: esa mujer es una víctima en todo este asunto, y lo ha sido por partida doble.

Ella es tan inocente como lo era su hijo.

Roger observó cómo todos los hombres le escuchaban en silencio. Algunos asentían. Sabía que su discurso era justo y medido y el semblante de los miembros de aquel auditorio lo atestiguaba con su mutismo.

—Decidan ustedes cuánto tiempo quieren alargar esta situación y, como consecuencia, el martirio de una mujer que ya ha sufrido bastante y cuyo único delito ha sido enamorarse de un hombre que no ha hecho más que engañarla.

Es a él al que deberíamos estar buscando sin perder más tiempo en algo que todos tenemos demasiado claro.

Miren de nuevo la documentación, escuchen los testimonios, comparen informes, contrasten datos, nombres, fechas, países…

Pero creo que ya se han arruinado demasiadas vidas inocentes en este caso.

Sería injusto cobrarnos una nueva. Caballeros.

La última acotación de Roger sonó a despedida y tras ella vino la salida ordenada de toda la comitiva española, entre policías, agentes especiales y servicio secreto.

Roger sintió que se lo había jugado todo a una carta, pero estaba tranquilo: no era buen jugador, pero sabía que la razón estaba de su lado.

Solo faltaba por conocer la mano de la suerte.

Diez días más tarde, toda la expedición española desplazada hasta la comisaría de Herat para seguir de cerca la detención de una madrileña acusada de un supuesto delito de terrorismo iniciaba el regreso a España.

Junto a la comitiva oficial, una pasajera con la que no compartieron viaje de ida: Sara volvía a casa, aunque no de la manera que sus sueños habían ideado cientos de veces.

El vacío viajaba a su lado, impertérrito, glacial, inconmensurable.

Ese presuntuoso y enrarecido vacío se instauró en ella con la intención de echar raíces: nunca pensó que la nada fuese capaz de ocupar tanto espacio y albergar tan colosales dimensiones.

Era una sensación extraña. No quería acostumbrarse a ella, ceder a su voluntad, y en el viaje de vuelta, cuando sobrevolaba cielos repletos de nubes, se prometió no fenecer ante la rutina impuesta por aquel vacío que ya empezaba a arañar su persona.

No sabía cómo iba a conseguirlo, pero se prepararía para ello. Por su hijo. Por Iván.

Ella ya no importaba.