Capítulo 30 #3
Entonces le juró que volvería a él y que nunca le abandonaría. «Si vuelves, ya sé que no te irás. De eso me encargaré yo», le había dicho él como un enigmático augurio que ahora tomaba forma de amenaza cruel. Al igual que la melodía que sonaba.
—¿Ha escuchado usted esta canción con anterioridad?
—le preguntó uno de los policías al observar el temblor en sus manos.
Fue él quien le explicó que aquella canción estaba dedicada a un norteamericano, John Walker, un joven que decidió abandonar una vida cómoda y privilegiada para convertirse en talibán y responder al nombre de Abdul Hamid, con la única meta de ayudar a crear un Estado islámico puro.
Cuando fue detenido después de protagonizar y sobrevivir al motín en el fuerte de Qala-i-Jangi, en la ciudad de Mazar-i-Sharif, y la prensa conoció su historia y su apoyo incondicional a los atentados contra las Torres Gemelas, el New York Post tituló: «Parece una rata, huele como una rata, se esconde como una rata.
¡Es una rata!». Mientras el policía seguía explicando cómo los talibanes consideraban la conversión de este joven estadounidense una gran victoria, Sara no podía parar de recordar aquel baile y la voz de Najib en su oído.
«“John Walker’s Blues”. Es una de mis preferidas.
Su letra alberga una historia apasionante. Algún día te la contaré».
Sara no salía de su asombro. Todo lo que había sucedido en su vida durante los últimos meses poseía un sentido distinto al que había creído inicialmente, como si su existencia se bifurcara en dos planos distintos, como si hubiese vivido una misma situación en dos realidades diferentes.
Su memoria recuperó una frase que Najib no se cansaba de repetirle y que entonces cobró más peso que nunca: «Nada es lo que parece».
Las piezas del engaño iban encajando en aquel puzle de odios, aunque aquel acoplamiento, lejos de tranquilizarla al ir sumando pruebas de su inocencia, la iba destrozando aún más.
Sobre la mesa se extendían diversas pruebas caligráficas, el pasaporte falsificado de Sara que alguien le había metido en uno de los bolsillos internos del niqab , el corán que habían guardado en otro de los fondillos, y otro documento falsificado en el que aparecía su foto pero con un nombre distinto: Mónica María Tordera Sánchez, utilizado para salir de España.
Disponían asimismo de numerosas grabaciones telefónicas, entre las que se incluía la última que ella realizó a su padre estando todavía en Alicante y gracias a la cual localizaron su paradero.
Los ojos de Sara se abrían a horizontes desconocidos con cada nueva explicación, como cuando contempló entre todo el material gráfico una fotografía de la señorita Alicia, una de las profesoras de Iván, la que permitió a Najib llevarse a su hijo aquella aciaga tarde.
—Es una de las testigos que vieron cómo Almallah se llevaba a Iván del colegio —le explicó Miguel.
Sara se echó las manos a la cabeza. Necesitaba que el mundo dejase de girar, que la información dejara de aplastarla.
En aquel bazar de pruebas, pesquisas y retazos del pasado también estaban los documentos que Sara había firmado el día anterior al intento de inmolación, los pergaminos donde aparecía su rúbrica en su forzada conversión al islam, el escrito oficial que reconocía su matrimonio con el ciudadano marroquí Najib Almallah y la carta de despedida dirigida al mundo que, sin saber ni conocer su contenido, había firmado de su propio puño inducida por la mano de su captor.
Uno de los policías la leyó en voz alta y la tradujo para ella, aunque su contenido no le sorprendió en absoluto:
—«He elegido este camino por voluntad propia, el camino de los profetas y los enviados de Alá, pues el tiempo de la humillación y el deshonor ha llegado a su fin.
Para mí es más digno morir honrada que vivir humillada viendo cómo mis hermanos son asesinados.
Os recomiendo temer a Alá. Prefiero los Jardines a ese miserable mundo de sufrimientos».
Más teoría de lo absurdo explicando facetas de su vida.
Cada nuevo interrogatorio constituía una nueva baldosa en el camino hacia el patíbulo y Sara auguraba que comenzaría a recorrerlo de manera inevitable.
Los rostros de los policías e investigadores afganos no le daban pie a albergar demasiadas esperanzas en un final feliz; tampoco lo hacían el semblante serio y esa actitud tan silenciosa que mantenía en su presencia el grupo de españoles capitaneado por Roger.
No podía quejarse de un mal trato por parte de los agentes, pero advertía en sus miradas una mácula de desconfianza que a duras penas lograban maquillar de indiferencia y objetividad.
No los culpó, pero deseó que hubiesen aparecido mucho antes y haber evitado que su drama llegara tan lejos.
Si llevaban tanto tiempo siguiéndole los pasos a Najib y a su entorno, ¿por qué habían tardado tanto en aparecer?
, ¿por qué no habían abortado la inmolación de Ranya y, por poco, la suya propia?
Además, nadie la informaba sobre el paradero de su hijo.
Cuando preguntaba por él, todos cambiaban de tercio o aprovechaban para recordarle que allí eran ellos los que hacían las preguntas y ella la que estaba obligada a contestarlas.
Uno de los momentos más delicados fue cuando uno de los policías afganos le preguntó si sabía algo o había estado en contacto con un camión de color verde.
El cerebro de Sara rebobinó a una velocidad endiablada en busca de aquella imagen y la localizó en el momento en el que su hijo Iván subía a él y lo veía desaparecer envuelto en una nube de polvo.
¿Por qué le preguntaban por ese camión? ¿Sabían algo de su hijo y no le habían dicho nada?
Un incómodo silencio se apoderó de la sala y un semblante de espanto hizo lo propio en los rostros de los presentes, que buscaban acelerados una salida lo bastante airosa como para seguir retrasando la verdad.
Aquellas miradas esquivas le confirmaron que ella era la única que estaba siendo sincera.
—¿Qué saben de mi hijo? —preguntó—. Sé que me están mintiendo. ¡Ustedes saben algo y no quieren decírmelo! ¿Por qué? —El mutismo de todos desató sus miedos. Gritaba histérica—: ¡¿Dónde está mi hijo?! ¡¿Qué le han hecho a mi hijo?!
Fue Roger quien, con una mirada rápida y gélida, instó a Miguel a comunicarle la desagradable noticia.
No fue una petición que le disgustase; en cierta medida, lo agradecía.
Estaba deseando hacerlo desde el mismo instante en el que supo el fatal destino del pequeño porque comprendía que no era justo que una madre desconociera la muerte de su hijo.
Sin embargo, hubiese preferido tener la oportunidad de hacerlo en otra situación menos rocambolesca.
—Sara, cálmate… —Comprendió que el comienzo no había sido el más acertado.
—¡No quiero calmarme! ¡Lo único que quiero es que me digáis dónde está mi hijo!
—Sara… —Miguel sintió que el estómago se le encogía y que la garganta se le secaba—. Iván ha muerto.
El anuncio reventó sobre ella como lo hubiese hecho la carga explosiva que días atrás llevaba sujeta al talle.
Su cuerpo quedó inmóvil, como si su corazón hubiese decidido detenerse para no seguir escuchando el relato que acompañó la noticia.
Sus ojos se cubrieron con una película vidriosa y tras ella, apenas esbozado, Miguel iba desgranando cómo pasó todo:
—El camión en el que viajaba estaba cargado de explosivos que detonaron cuando el vehículo se estrelló contra uno de los muros de la base española de Herat. Fue el mismo día en el que tú… —prefirió buscar otras palabras para expresarlo—. Fue la misma mañana de tu detención.
—No, no puede ser, sigues sin decirme la verdad… No es posible, no puede ser. —La negación de la realidad era el único consuelo al que podía aferrarse.
—Lo siento, Sara —medió Roger al entender que el peso de la responsabilidad era excesivo para las espaldas de Miguel—. Debimos comunicárselo mucho antes, pero consideramos que era preferible esperar un tiempo, al menos hasta que toda su situación se aclarase…
—¿Mi situación?
Sara notaba crecer la furia en su interior.
Desbordaba. Se levantó de un salto de la silla que ocupaba de manera tímida durante los interrogatorios, empezó a dar zancadas por la sala, con los ojos inyectados en sangre; golpeaba las paredes con los puños y se enfrentaba cara a cara con los hombres que, hasta ese momento, le despertaban el máximo respeto y hasta un cierto temor.
Todos sus miedos se esfumaron una vez que el peor de los posibles se había cumplido: una vez desaparecida su esperanza de volver a abrazar a su hijo.
—¡Me importa una mierda mi situación y lo que ustedes crean o dejen de creer!
¡Mi hijo está muerto!, lo demás no tiene sentido.
¡Ya nada tiene sentido! ¿Es que no lo entienden, maldita sea?
—dijo barriendo con un gesto brusco del brazo la mesa.
Varios de los papeles y del material que descansaba sobre ella se estrellaron estrepitosamente contra el suelo—.
¡Estoy muerta y ustedes me hablan de «aclarar mi situación»!
—Por favor, escúchame… —Miguel intentó detener el torbellino en el que se había convertido Sara.