La infiel Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

—Ya lo has hecho. No es cosa mía: aquí tú has sido la única responsable…

Aunque eso ahora no importa, como tampoco importa lo que le dijiste o no a ese exnovio tuyo que resultó tan inoportuno.

Ahora el juego es otro y las reglas han cambiado.

Además, no hay tiempo. ¿Qué has decidido, querida esposa?

—Sonrió. Ella pensó en mil formas distintas de llamarle «bastardo».

—Dime que sacarás a mi hijo de este infierno.

Es lo único que te pido. Demuéstramelo, dame algo para que pueda confiar en ti.

Creo que es justo, teniendo en cuenta lo que me estás pidiendo que haga.

Es justo —repetía, ilusa, como si la justicia hubiese viajado con ellos en algún momento de aquel viaje.

—No tengo por qué demostrarte nada. Te debería valer con mi palabra…

—Sara seguía tendida en la cama, incorporada sobre los codos, y Najib la miraba desde arriba, dominante como siempre—.

Podría enseñarte el billete de avión a nombre de tu hijo y el de la persona que lo acompañará hasta Londres, donde el crío tomará el último vuelo en solitario.

Está todo listo. Será mañana, poco después del mediodía.

Pero no hará falta que aporte ninguna…, ¿cómo lo llamas?

, ¿prueba de fe? —La expresión le hizo gracia, aunque solo él pareció apreciar el lado divertido de su ocurrencia—.

Me conoces bien aunque ahora te esfuerces en negarlo: sabes de sobra que no estoy mintiendo, igual que sabes que todo está en tus manos, como siempre.

Siempre ha estado en tus manos, desde el principio.

Sinceramente, espero que esta vez no lo estropees porque ya no podrás culpar a nadie, ni compadecerte de ti misma, ni lloriquear porque la vida no ha sido justa contigo.

La vida te ha dejado elegir y tú lo has hecho.

«Alá no es nada injusto con los hombres, sino que son los hombres injustos consigo mismos», Corán 10:44.

La impotencia no permitía que ningún sonido emergiera de la emocionada garganta de Sara. Tenía muy claro que la encrucijada era una trampa más, pero no le quedaba otra salida que aceptarla, entrar en su macabro juego y arriesgarse.

—Tu vida por la de tu hijo —le decía él en ese momento—. Creo que esto sí es un acuerdo justo.

Ella se mordió el labio y bajó la mirada. Najib entendió su silencio y sus lágrimas como un sí.

—No esperaba menos de ti. —Se sentía exultante y no hizo nada por disimularlo—.

Querida Sara, mi Aisha… El cuerpo es algo irrelevante.

El paraíso está al final de la vida de un hombre y no tienes nada que temer ni por lo que llorar.

Morir en la yihad no significa haber perdido el amor a la vida, sino haber perdido el miedo a la muerte.

—Su tono era dulce, como el que empleaba cuando aún fingía que la quería.

Tendió la mano hacia ella y le acarició la mejilla—: Eres una elegida.

Hay muchas mujeres ahí fuera que desearían encontrarse en tu lugar pero no pueden, no han optado todavía a ese privilegio.

Tu muerte dará la vida a otras personas, y no solo a tu hijo.

Najib se separó de la cama y otra vez volvió aquel tono duro a su mirada. Lo siguiente se lo dijo con una mano ya agarrando la cortina:

—No pensaba hacerlo, pero te permitiré que pases la noche con él.

A primera hora de la mañana, mis hermanos vendrán a buscarle para llevarle a un refugio seguro donde esperará la confirmación de tu muerte para regresar a casa.

A nosotros también nos recogerán para llevarnos a nuestro destino.

—Luego elevó ligeramente su voz para llamar a Iván y convidarle a entrar en el habitáculo.

Antes de que el pequeño apareciese, tuvo tiempo para contemplar de nuevo a «su esposa»—.

Tu última noche antes de entrar en el paraíso.

Créeme, tu hijo estará orgulloso de ti. Como te dije, es un niño muy listo…

Sara no pudo dejar de llorar en toda la larga y sombría noche, un largo peregrinaje hacia su muerte.

Sobrevivió a la tétrica velada aferrada al cuerpo de su hijo, que, ajeno a la orfandad que se le avecinaba, dormía plácidamente sobre el regazo de su madre, como si los sollozos lo acunaran.

Sara procuraba silenciar en lo posible su llanto, secar sus lágrimas que se desbordaban cada vez que se preguntaba el porqué de todo aquello.

Dos meses llevaba dándole vueltas; otros dos mil necesitaría para dar siquiera con un amago de respuesta.

Jamás pensó que sus días tuvieran un final tan inhumano.

No pudo imaginar qué pecado había cometido para que la vida la obligara a cumplir una penitencia tan cruel, tan desalmada.

Pensó en rezar, pero las plegarias se le antojaron inútiles y superficiales.

Prefirió entretener sus últimas horas en recordar su vida, un paseo lleno de alegrías, de momentos inolvidables, de amigos, de compañeros, de buenos recuerdos en los que su padre y su hijo ocupaban un lugar protagonista.

No hubo espacio en su memoria para nadie más. Solo ellos, su verdadero mundo.

A las seis de la mañana, Najib fue el encargado de despertar al pequeño Iván. El último abrazo entre madre e hijo fue intenso, sentido y, por parte de Sara, el más triste que había dado jamás.

—Hijo mío, te quiero más que a mi vida —le dijo al oído—. Nunca estés triste y prométeme que serás feliz, que cuidarás del abuelo y que te convertirás en un hombre bueno. Prométemelo, Iván, tienes que prometérselo a mamá.

Los ojos del pequeño no se habían abierto del todo, pegados como estaban por el sueño, pero asentía con la cabeza más por darle gusto que porque en realidad comprendiera a qué venía tanta insistencia. Decía que sí mientras bostezaba y murmuraba que él también la quería, y que tenía sueño.

—Adiós, mamá —le dijo como sin darle importancia, como si para él fuera solo un hasta luego.

Nunca pensó que un adiós pronunciado por su hijo pudiera desgarrarle tanto el alma.

Tampoco creyó nunca que el pensamiento de su muerte, tan próxima, pudiera resultarle tan redentor: la libraría de aquel dolor que la martirizaba.

Quería que todo acabara cuanto antes: dejar de pensar, de respirar, de mirar, de sufrir, de llorar, de odiar, de anhelar imposibles, de abrazar una esperanza empeñada en darle la espalda y abandonarla a su suerte.

Cuando vio a Iván desaparecer por la entrada de la cueva, solo pudo desear que el momento de su muerte llegara cuanto antes, porque eso significaría el comienzo de la vida de su hijo.

A los quince minutos de que el camión de color verde que transportaba a Iván desapareciera del horizonte, llegó una furgoneta de color blanco envuelta en un polvo amarillo que parecía traerla en volandas, como si no requiriese de un juego de ruedas para aferrarse a la arena del desierto.

Sara creyó contemplar en aquella visión la representación más auténtica del mal que jamás pudiera haber imaginado.

Tras beber un par de tazas del brebaje dulzón subieron a la furgoneta.

Durante el trayecto, de poco más de treinta minutos, no cruzaron ni palabras ni miradas.

Estaba todo dicho. Estaba todo visto. Todo estaba preparado para abrazarse a la muerte.

Antes de llegar al destino final, Najib se apeó de la furgoneta sin mediar explicación.

Nadie se la pidió. Ni siquiera ella la necesitaba.

Cinco minutos más tarde, entraba Sara en la habitación de la primera vivienda de un edificio de tres plantas.

Solo le dio tiempo a distinguir que había dos camas pequeñas y un armario algo destartalado con un amplio espejo sobre una de sus puertas.

Un hombre y una mujer la obligaron a tumbarse en una de las camas.

Alguien a quien no pudo ver le vendó los ojos.

Sintió cómo la manga del chador de su brazo derecho era levantada y cómo algo punzante, que entendió que era una aguja, penetraba en la fina piel de su antebrazo.

La nada, la insensibilidad más atroz, surgió en décimas de segundos.

El mundo se apagó.

Lo siguiente que escuchó fue el sonido de una voz aniñada, cuando sus ojos ya estaban libres de la gruesa venda. Aquella voz salía de un cuerpo pequeño, de poco más de metro cuarenta y cinco y piel clara.

—Me voy al paraíso, mamá. Todo está en manos de Alá. Reza por mí.

Ranya, una joven de catorce años, se observaba en el espejo mientras hablaba con su madre a través de un teléfono móvil de última generación.

—Estoy preparada para morir.