Capítulo 29 #2
—Sí… Aunque no eran de Madrid y al principio no los entendía y me miraban raro y…
—Y ahí estaba de nuevo ese Iván de ocho años al que tan bien conocía: ese que hablaba atropellado, el que quería contarlo todo sin dejarse nada, el que iba acelerándose conforme recordaba historias o batallas, el que no la dejaba meter baza para no perder el hilo, tanto había por delante que ella debía saber antes de que se le olvidara.
Así Sara se hizo una idea muy distinta a la que tenía la noche antes: su hijo hablaba de juegos, de sus nuevos amigos…
—Pero ya tengo ganas de volver a casa —zanjó la charla de pronto—: Me han dicho que mañana puedo irme con el abuelo. —Se notaba, por la forma en que lo dijo, que también él lo echaba de menos.
Sara se quedó observando el semblante de su hijo, como si necesitara comprobar a cada segundo que bajo esa piel que envolvía el cuerpo del pequeño se encontraba él de veras.
—¿Quién te ha dicho eso, cariño? —preguntó como si temiera escuchar la respuesta—. ¿Por qué sabes que te vas a ir mañana a casa?
—Me lo ha dicho Najib. Él pensaba que iba a tardar más, pero al final es mañana. Y me ha dicho que tú vendrás luego porque antes tienes que hacer una cosa. ¿A ti no te ha dicho nada? —Por primera vez desde su llegada a la cueva, la voz de Iván sonó infantil.
—Claro que sí, mi amor —mintió Sara para no romper la ilusión que se empezaba a tejer en el iris del pequeño—.
¿Y qué te ha explicado Najib? ¿Qué te ha dicho?
¿De qué habéis hablado? ¿Con quién has estado?
—La preocupación disfrazada de curiosidad se desbordaba por la boca de Sara como un manantial de interrogantes.
Quería saberlo todo sobre lo que había sido la vida de su hijo durante los últimos dos meses y no daba con el modo correcto y seguro para conseguirlo sin asustarle—.
Este año el verano ha sido más largo, habrás hecho más cosas…
—preguntó mientras el rostro de Iván se iba sonrojando por momentos.
A Sara no se le pasó por alto el repentino rubor y reiteró su pregunta con todo el tacto del que fue capaz—.
¿Ha pasado algo más que quieras contarme?
¿Te ha dicho algún secreto, te ha enseñado algo que yo deba saber?
Iván, mírame —insistió—, entre nosotros no hay mentiras, ni secretos; no me importa lo que haya pasado en este tiempo, sabes que a mamá se lo puedes contar todo, que debes hacerlo.
—No es nada… —dijo con un tono vergonzoso, desterrando de su semblante el horror que la imaginación de Sara ya había comenzado a confeccionar—.
Es solo que…, bueno… Me hicieron una cosa…
¡Pero se lo hicieron a todos! Como un tatuaje pero que no se ve.
Además, Najib me dijo que tenías que habérmelo hecho tú y que se te había olvidado.
—El niño casi balbuceaba, tan centrado en dar rodeos y poner tiritas que a Sara a punto estaba de darle algo.
—Iván, al grano, hijo —le espoleó.
—Pero ¿me prometes que no te vas a enfadar?
—Te lo prometo, cariño. —Observó cómo su hijo se levantaba un poco la amplia y larga camisa azul celeste que llevaba y se bajaba el pantalón mientras intentaba mostrarle a su madre el único secreto que aún guardaba.
—¿Ves? —Y luego, como quitándole importancia, todavía esforzándose por apartar de él cualquier posible castigo—.
No se nota, y Najib me dijo que todos los niños se lo hacen para hacerse hombres, que él se lo hizo y que seguramente el abuelo también.
¿Se lo hizo el abuelo, mamá? Es que se te había olvidado hacérmelo, ¿a que sí?
—repitió de nuevo—. ¿A que no te has enfadado?
—le preguntó mientras buscaba una sonrisa en el rostro de su madre, algo que le transmitiera un «no» como respuesta.
—Claro que no, cariño —le dijo intentando controlar las lágrimas ante la noticia de la forzada circuncisión de su hijo—, claro que no.
—¡Y casi no me dolió!… ¿Qué pasa, mamá? —Iván detectó un velo de tristeza en los ojos de su madre—. Es que a mí me dijeron… Sabía que ibas a enfadarte… —protestaba.
—No se ha enfadado. —La entrada de Najib cortó todo amago de respuesta por parte de Sara—.
Tenía muchas ganas de verte. Es que tu madre está muy sensible últimamente y llora por todo.
¿Te ha dicho ya que nos hemos casado? —La mirada reprobadora de Sara no lo coartó en absoluto.
Más bien, lo animó al ver cómo Iván esbozaba una sonrisa, contento con la noticia—.
Pero ¿cómo se te ha podido olvidar contarle a tu hijo algo así?
¿Ves, Iván?, tu madre anda un poco despistada, no se lo tengas en cuenta: es la emoción de verte y de convertirse en mi esposa, ¿verdad, Sara?
—Los ojos de la mujer se encharcaron en ira, aunque no le respondió tal y como deseaba—.
¿Por qué no nos esperas fuera un segundo, Iván?
Tengo que hablar con tu madre. Solo será un par de minutos. Luego podrás volver junto a ella.
Najib observó henchido de placer la obediencia que mostró el niño ante sus palabras, mientras que aquello enrabietó aún más a Sara. El niño ni siquiera le pidió a ella permiso con la mirada, se limitó a obedecer a aquel hombre.
—Buen chico —añadió al verle desaparecer tras la cortina. Sara no tardó un segundo en plantarle cara.
—¡¿Cómo te has atrevido a tocarle?! Me juraste que no le harías daño. Eres un monstruo…
—Cállate, no sabes lo que estás diciendo.
Es algo que tenía que hacerse y se ha hecho.
Ni siquiera le dolió, él mismo te lo ha dicho: si no me crees a mí, por lo menos confía en tu hijo.
Nadie le ha hecho nada malo… hasta el momento.
—La amenaza volvió a crispar las facciones de la madre—.
Creo que durante la consumación del matrimonio no has entendido bien lo que te decía, ¿puede ser, Sara?
¿Es posible que no te hayas enterado de lo que te he dicho?
Aquellas palabras escondían un mensaje demasiado cruel, demasiado monstruoso como para hacerle frente. Ella sintió que su piel se erizaba.
—¿Llegaste a entender qué significa para ti casarte ? —pronunció la última palabra de una manera especial, remarcándola, sabiendo que encerraba un significado especial—. Creo que no… Sara, tú no te has casado hoy…, vas a casarte mañana.
Sabía de sobra qué significaba aquello, ya se lo había dicho, pero en el colmo de la tortura decidió repetírselo, casi susurrárselo:
—Mañana te pondrás un cinturón de explosivos, te llevaremos hasta una plaza abarrotada de gente y allí te harás explotar.
Fácil, rápido y totalmente indoloro, ni te enterarás.
No se puede pedir un final mejor para una persona: directo al paraíso.
Me hubiese gustado que fuese lejos de aquí, en Bolonia…
—la primera intención de Najib había sido viajar desde Alicante a Italia y guiarla abrazada por los explosivos hasta el interior de la iglesia de San Petronio, donde un fresco mostraba a Muhammad en el infierno; otra vez sería—, pero ya sabes que tuvimos que cambiar los planes. Esto también te gustará, ya verás.
—Estás loco —dijo por fin Sara, después de que la confusión le permitiera hurgar en su cabeza y encontrar las palabras exactas—.
Completamente loco. No sabes lo que estás diciendo.
Yo no me voy a inmolar en ningún sitio, no me puedes obligar a hacerlo.
¡No pienso hacerlo, no pienso participar en tus locuras, en tus paranoias absurdas!
Antes tendrás que matarme con tus propias manos…
—Bueno, puede que tengas razón. De hecho, hay otra posibilidad.
—La expresión de absoluta calma que presidía su rostro no daba cuenta de la envergadura del anuncio que estaba a punto de realizar—: Si no te inmolas tú, lo hará tu hijo.
De hecho, estaría mejor preparado que tú para hacerlo después del…
campamento —recalcó con fingida intensidad— de este año. Así que tú decides: Iván o tú.
—Eres un hijo de puta. —Aquello le costó a Sara una sonora bofetada, que no la calló, aunque la tumbó prácticamente sobre la cama—.
Me dijiste que haría de correo humano y que luego podría volver a mi casa, con mi familia, con mi hijo…
Ese era el trato, ¡me lo prometiste! —¿Cómo había sido tan tonta como para creerle?
Casi se rio de sí misma al recordar lo rápido que había decidido la noche previa, al escuchar aquello mismo de boca de aquel hombre, que solo pretendía asustarla, que seguro que era mentira, que respetaría su palabra. Ya no lo creía.
—Es cierto, lo dije. Pero también te dije que tu encuentro con ese enamorado tuyo, el policía, lo estropeó todo y me obligó a cambiar los planes.
Te lo dije cuando tu indiscreción nos obligó a salir corriendo de Madrid.
Te dije que eso cambiaba las cosas, te lo advertí.
Si no hubieras sido tan estúpida, ahora no tendrías que elegir entre tu vida y la de tu hijo.
—Había odio en su mirada—. Piénsalo rápido.
Hay un avión esperando para llevar a Iván de vuelta a casa en cuanto tú cumplas con tu misión.
—Maldito seas, Najib, maldito seas por siempre.
El desahogo de Sara no le sirvió más que para calmar una tensión que necesitaba sacar hacia afuera.
Después de unos segundos de silencio, los que tardó en ordenar la anarquía de ideas que asolaban su cerebro, decidió abrazar una visión más práctica de las cosas.
Ella ya estaba condenada a muerte, tendría que hacer todo lo posible para salvaguardar la integridad de su hijo.
—¿Quieres que me crea que si accedo y hago lo que tú dices, permitirás que mi hijo vuelva a casa? ¿Cómo voy a confiar en ti? ¿Cómo puedo estar segura de que esta vez sí cumplirás tu palabra?
—Yo he cumplido mis promesas. Tú no puedes decir lo mismo. Te dije que no le dijeras nada a nadie y te faltó tiempo para correr a los brazos de un policía y contárselo todo.
—¡No le conté nada! ¡No le dije nada! ¿Cómo quieres que te lo diga? ¡No pondría en peligro a mi hijo por nada del mundo!