La infiel Capítulo 29
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Capítulo 29

El dolor no era el mejor somnífero para abrazar un reparador descanso a través del sueño, pero, a pesar de esto, el maltratado cuerpo de Sara cayó rendido y se zambulló en una ensoñación, que tan pronto tomaba por realidad como consideraba alucinación.

No sabía distinguir si las extrañas sombras que atisbaba al otro lado de la cortina —esculpidas con deformados perfiles que se apareaban en un círculo alrededor de su lecho— eran sus fieles guardianes o una nueva amenaza dispuesta a desmoronarse sobre ella en cuanto su conciencia le permitiera el paso.

También ignoraba cuánto tiempo había permanecido anestesiada por el dolor, adormecida por la resaca de los golpes.

No podía imaginar que había pasado tres días a lomos de constantes dolores, abandonada en endiabladas pesadillas, en sueños sin sentido, en un estado de semiinconsciencia provocado por los golpes, el cansancio y el deseo de que todo aquello acabara antes de que sus pestañas dejaran de abrazarse y la arrojaran de bruces a la pesadilla.

Su cuerpo no había ingerido alimento alguno en aquel oasis en medio de la nada que resultó ser su existencia durante tres aciagas jornadas del mes de agosto.

Tampoco parecía necesitarlo. Entre las brumas de la inconsciencia, pudo distinguir cómo alguien incorporaba ligeramente su cabeza y la obligaba a beber un líquido que corría a escaparse por la comisura de sus labios, y caía por su cuello, y resbalaba hasta su pecho. Quizá también eso fuese un sueño.

Cuando sus ojos se abrieron, pesados, como si los cubrieran dos losas de granito, sintió su presencia.

Najib la observaba y parecía disfrutar del resultado de sus actos.

En una reacción guiada por el absurdo, en un arrebato de vergüenza intentó cubrir la piel expuesta con el laberinto de sábanas que la enredaban torpemente a modo de sudario.

Pudo sentir la burla de su enemigo, pero, a esas alturas, aquello no suponía dolor alguno.

—Convendría que vistieras tu cuerpo y lo adecentaras un poco. No creo que sea la imagen más adecuada para mostrar a tu hijo.

Por primera vez en una eternidad, las palabras de Najib la llenaron de paz y esperanza.

Como si un resorte hubiese doblado su cuerpo, se incorporó de su posición fetal y quedó sentada sobre la cama.

El rostro de Najib y la cortina separadora combatían por hacerse en exclusiva con la mirada de Sara; su garganta pareció secarse tanto como las dunas doradas que había contemplado durante el trayecto en coche hasta la cueva.

—¿Está aquí?

—Tardará unos minutos. Yo me daría prisa si no quieres que piense que su madre no es feliz.

Al fin y al cabo, tú eres una recién casada; y yo, su nuevo padre.

No querrás que se lleve una imagen equivocada de nuestro amor, ¿verdad?

—preguntó Najib, bañado en retórica, mientras desaparecía tras la cortina.

De un brinco corrió a darse una ducha fría que, si bien no borraría sus heridas, sí aliviaría el cuerpo deshonrado y su espíritu irremisiblemente conformista.

Se vistió con la misma abaya blanca que lució para su matrimonio con Najib y, a falta de un maquillaje capaz de disimular las marcas de los golpes en la cara, empleó un velo que la ayudó en la operación de camuflaje.

En un arrebato mental no exento de espanto, agradeció que la mayoría de los golpes se hubiesen estrellado contra su cuerpo, respetando en su mayor parte el rostro.

Una vez hubo terminado, se sentó en el borde de la cama e intentó calmar el tornado de nervios y ansiedad que la asolaban.

No supo por qué decidió poner en orden el desbarajuste de sábanas del lecho, pero lo hizo: quizá fuese un modo de relajarse, de mantener ocupada su mente y entretenido su cuerpo; o quizá todo respondía a un deseo de imprimir un poco de normalidad a aquella situación de locos.

Volvió a sentarse en la cama para acto seguido levantarse de nuevo y recorrer con pasos apresurados el reducido espacio de la madriguera custodiada por la ridícula cortina —la miraba y deseaba rasgarla con sus propias manos—.

La impaciencia la devoraba y se enquistaba en sus manos, los puños cerrados.

Pronunció en voz alta el nombre de Najib dos y tres veces en espera de obtener alguna respuesta que calmara su ansiedad; nada.

Cuando se decidió al fin y asomó con más miedo que cautela la cabeza por uno de los lados de la cortina, comprobó que no había nadie al otro lado.

La luz del quinqué seguía iluminando el interior de la cueva, pero ningún cuerpo cebaba las sombras engendradas por aquellas sinuosas tinieblas.

Se atrevió a asomarse del todo y recorrió la cueva con la mirada y su mente comenzó a conjeturar mil fatalidades, todas de abrupto final: estaba sola, había sido abandonada a su suerte y su forzoso destino; nadie iba a venir a por ella, no iba a ver a su hijo, jamás lo haría, ni escucharía su voz, ni podría tranquilizarle con palabras que lograran calmarla a su vez a ella.

Todo había acabado allí, en pleno desierto, en Herat, a miles de kilómetros de su Madrid natal, enterrada en una montaña de piedra y arena donde en pocos días se consumiría el oxígeno, los víveres y, en especial, sus ganas de vivir.

La zozobra galopaba por el árido territorio de su anatomía cuando oyó unos ruidos que provenían del exterior.

En un acto reflejo, volvió al cuarto que ocultaba el revés del odioso cortinaje.

No sabía por qué había reaccionado de esa manera, como lo habría hecho un animal domesticado, pero, una vez más, su cuerpo sorprendió en rapidez y determinación a su mente.

Escuchó las pisadas de Najib aproximarse hacia el zulo donde la había dejado, luego descorrió bruscamente la cortina y acompañó su mirada de una sonrisa delatora.

—¿Vas a quedarte ahí? ¿No tienes ganas de ver a tu hijo?

El ruido de unas nuevas pisadas sobre la tierra de la cueva hizo aparecer en su mente la imagen de Iván. Sara se levantó y se asomó al lugar donde apenas unos segundos atrás el mundo la lapidaba con los cascotes de su derrumbe.

Allí estaba.

Su hijo la miraba a menos de tres metros de distancia.

Su niño, la razón de su vida, la única fuerza para soportar los días que pasó enterrada en el infierno; el oasis donde se refugiaba en los momentos de violencia que amenazaban con romperla. Iván estaba vivo y estaba allí. No era una visión, no era un engaño. Era él.

Había cambiado: llevaba el pelo mucho más corto y vestía como un hombre mayor, como Najib, como el anciano, como Mourad, como el joven del labio partido, como Yaser, como Brahim.

Pero bajo ese atuendo —que en él parecía más un disfraz que una tradición— estaba su pequeño.

Corrió hacia él como si bastara con tocarle para recuperar el paraíso perdido y borrar la distancia que los separaba de su verdadero hogar.

—¡Iván, hijo mío, mi amor!

Por un momento tuvo miedo de abrir los ojos, aterrada ante la posibilidad de que no fuese cierto, de que su hijo no tendiese hacia ella los brazos, que no le devolviese el abrazo ni apretase su cabeza contra su pecho.

Si todo respondía a una ensoñación fabricada a base de potentes alucinógenos, quería disfrutarla durante más tiempo, no darle opción a esfumarse rápidamente.

Sin embargo, necesitaba verle, abrir su mirada para demostrarse que sus temores eran infundados y esquivar la risa burlona de lo improbable.

Cuando lo hizo, encontró en Iván una mirada serena y limpia que la conmovió, y por un instante, le arrancó un estremecimiento de naturaleza indefinible.

—Cariño, ¿estás bien? ¿Te han hecho daño? ¿Cómo te encuentras?

Le bombardeó a preguntas sin importarle el auditorio, como si estuvieran los dos solos en mitad de un escenario desértico.

No se cansaba de besarlo, de pasarle la mano por la cara, de palparle el cuerpo con el tacto de una madre, de atusarle el cabello tan corto que llevaba debajo del pakol.

Le quitó en un ademán el tradicional gorro afgano y aquel gesto no pareció gustar al anfitrión: el viejo no pudo evitar que sus músculos se tensaran en señal de desagrado.

A Najib no le pasó inadvertido y decidió que madre e hijo se parapetaran al otro lado de la cortina: no es que buscase salvaguardar la intimidad del momento, es solo que no quería problemas (estaba demasiado cerca de todo para que una tontería lo estropeara).

A Sara le dio igual el porqué; agradeció apartar de ambos los ojos de terceros.

Su hijo respondía con monosílabos, pero parecía tranquilo y aquello la calmaba:

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Te han hecho daño?

—No.

—Tenía tantas ganas de verte… ¿Me has echado de menos?

La mirada del niño seguía sorprendiéndola. Durante muchas noches la había imaginado temerosa, asustada, envejecida, pero la realidad le devolvía otra imagen que agradeció al cielo.

—Estás muy rara —le decía el niño mientras tocaba las mangas de su abaya y Sara sonreía. Habría sonreído dijera lo que dijese. A Iván le extrañaba su aspecto, tan lejano al que recordaba; aun así, seguía pensando que tenía una madre muy guapa.

—Iván, mi vida, todo este tiempo… cómo…, dime…

, dónde…, yo no sabía…, no podía… —Sara tenía serios problemas a la hora de tejer el manto de palabras con el que trataba de cubrir a su hijo para protegerlo.

Le parecía mentira aquella ineptitud, teniendo en cuenta las noches que pasó en vela pensando en aquel momento.

La situación la superaba, algo que no parecía sucederle a su pequeño.

De nuevo la vida la sorprendía, en esta ocasión, para bien—.

¿Dónde has estado? —logró preguntar al fin.

—En un campamento. —Y luego, como si quisiera remarcar algo para que no hubiera confusiones—: Pero no como el del año pasado. Otro distinto.

—¿Con más niños?