La infiel Capítulo 30
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Capítulo 30

—Sara Dacosta Santos ha sido detenida en Herat. Está recluida en las dependencias policiales, acusada de terrorismo. Ha intentado hacerse volar por los aires con un cinturón de explosivos adheridos al cuerpo. La mujer que se piensa que iba con ella lo ha conseguido y ha matado a quince personas.

La información salía presta y a borbotones de la boca de uno de los hombres de confianza de Roger y dejó en silencio el despacho donde se estaba realizando una reunión para analizar y planificar los pasos que habían de seguir en un caso cuyo final acababa de precipitarse ante el asombro de todos los presentes, entre ellos, Miguel.

—Y hay algo más. —Las miradas de preocupación seguían fijas en el informador; a este, la noticia le quemaba en la boca—: Un camión cargado de explosivos ha atacado la Base Española de Apoyo Avanzado en Herat.

Los dos ocupantes del vehículo han muerto.

No ha habido bajas entre los nuestros, pero sí heridos y daños materiales de consideración en las instalaciones.

Se cree que ambos atentados han sido perpetrados por el mismo grupo terrorista.

Roger se mesó una barba imaginaria en su rostro, un gesto suyo muy característico cuando los problemas apremiaban.

Conocía la zona y sabía que era un semillero de terroristas.

La primera mirada que notó como una sombra cerniéndose sobre su persona fue la del agente especial Fernández.

La esperaba desde que uno de sus hombres había entrado en la sala con la noticia, de modo que no hubo lugar para la sorpresa.

Tampoco la hubo en su respuesta: era algo que ya habían hablado, aunque los recientes acontecimientos obligaban a adelantar los tiempos.

—Nos vamos a Herat —informó.

—¿Cuándo? —preguntó Miguel.

—Ahora. Hoy mismo. Esta tarde, si es posible. No quiero que esto se engorde más y se nos escape de las manos.

—Ya es tarde para eso —dijo Darío. Sostenía en la mano el mando a distancia con el que había encendido el televisor y todos veían la fotografía de Sara ocupando la pantalla.

Subió unos puntos el volumen del aparato.

La voz de la locutora iba explicando la última hora sobre las imágenes del atentado: «Una española ha intentado inmolarse en una de las plazas más conocidas de Herat.

Se trata de la madrileña Sara Dacosta Santos.

Según han informado fuentes cercanas a la investigación, la mujer española está casada con un musulmán y hace poco que se había convertido al islam. Según las mismas fuentes…».

—Joder, siempre igual. ¿Por qué nos enteramos al mismo tiempo? ¿Cómo demonios se enteran? —protestó Miguel, visiblemente enfadado.

—Son las agencias de noticias afganas, el propio Gobierno o, como parece en este caso, el mismo grupo terrorista el que pierde el culo por enseñarle al mundo los detalles de un atentado cometido por uno de los nuestros, por un occidental.

Quieren ocupar cuanto antes los titulares de los medios de comunicación y no hace falta explicar lo rápido que lo consiguen.

Roger miró el rostro desencajado del agente Fernández, que no podía separar sus ojos de la pantalla de televisión.

En la cabeza del joven resonaban con especial fiereza cuatro palabras pronunciadas por la locutora y que tomaron forma de buril para atravesar su corazón: « Casada con un musulmán …

». El eco de aquella revelación era tan fuerte que apenas podía escuchar lo que sus compañeros hablaban a su alrededor: su cerebro lo convertía en un permanente murmullo de fondo.

—Señor —uno de los policías requería la atención de Roger con la mancuerna del teléfono en la mano—, es Mario Dacosta. Quiere hablar con usted. Dice que se trata de su hija. Estaba viendo la televisión… —El oficial al mando ya le quitaba el aparato de las manos.

—Señor Dacosta… Sí, lo sé y lo siento, pero se han enterado al mismo tiempo que lo hacíamos nosotros, nos ha resultado imposible llamarle para…

—El gesto de Roger evidenciaba el enfado que debía de estar mostrando Mario al otro lado.

Quería atenderle con delicadeza, aunque era consciente de que algo más importante prevalecía sobre su deseo de prestar atención a un padre dolido.

Lo intentó durante unos segundos más, luego intervino—: Tiene usted razón, pero ya le digo que no hemos podido hacer nada para remediarlo, por eso tampoco hemos tenido tiempo de avisarle a usted personalmente, como nos hubiese gustado…

—Las explicaciones de Roger no parecían convencer a Mario, y Miguel le hizo un gesto: se ofrecía a intentar calmar los ánimos—.

Mire, le voy a pasar con el agente Fernández.

Él podrá explicarle lo que ha ocurrido y lo que tenemos pensado hacer.

Lo que le puedo asegurar es que nos vamos a Herat para intentar recuperar a su hija y…

Ya, lo comprendo… Disculpe, le paso con el agente Fernández.

Los preparativos del viaje transcurrieron con la mayor celeridad posible teniendo en cuenta las circunstancias y las limitaciones del traslado.

Aun así, no todo eran malas noticias y pésimos augurios: Roger tenía amigos en la base de Herat, donde estaba el grueso del contingente español en Afganistán, con los que sabía que podía contar.

La ayuda de algunos de ellos fue determinante a la hora de aligerar los trámites para las labores de deportación del cuerpo de su mujer asesinada en Irak, así como para identificar y buscar a los responsables de su muerte.

También tenía contactos en las altas esferas de la policía afgana, en especial en el distrito occidental de Guzar, y podía presumir de tener buenos amigos en los servicios secretos de varios países de la zona.

Antes de partir con destino a Afganistán, ya había empezado a mover sus hilos a través del móvil.

Sin embargo, Roger prefería no engañarse: sabía que disponían de poco tiempo.

La noticia ya había nutrido los principales programas de noticias y el mundo quería saber más.

Su margen de maniobra se iba estrechando por minutos a la vez que la inocencia de Sara se ponía en entredicho.

Necesitaría algo más que suerte, trabajo bien hecho y la efectividad de sus contactos para conseguir demostrar su inocencia y traerla de vuelta a casa.

Conocía a la policía afgana, como conocía a la de Marruecos y a la de Irak: no les agradaba especialmente el verse obligados a compartir información y espacio con miembros de los cuerpos de seguridad de otros países, algo que, hasta cierto punto, Roger podía entender porque también a él le había pasado.

Tampoco en España gustaba que los sospechosos de atentar en suelo patrio salieran inmunes de acusación y pena, por el simple hecho de ser occidentales.

Más bien al contrario, agradecían que de vez en cuando los culpables tuvieran nombres y rostros que no correspondieran al mundo musulmán: lo entendían como una especie de alivio, de tregua y de ejemplo para hacer entender al mundo que los terroristas podían proceder de cualquier país, portando una nacionalidad distinta a la esperada por todos.

Roger era consciente de que debía manejar el asunto con tanta delicadeza como mano firme.

Ya sabía lo que opinaban en esos países de las campañas de victimización que se montaban en los lugares de origen de los ciudadanos occidentales implicados en cualquier tipo de suceso delictivo acontecido en su territorio.

Necesitaría templanza, respeto, seriedad y sangre fría.

Quizá por eso decidió que Darío se quedara en Madrid, al frente del operativo nacional, y él desplazarse junto al agente especial Fernández y otros cuatro agentes más hasta Herat. Antes de iniciar el viaje, Roger quiso dejarle las cosas claras a Miguel.

—No lo tenemos fácil. Debemos ir con pies de plomo, pero podemos sacarla de allí.

Con la información que tenemos sobre Najib, sus últimos días en España, sus movimientos, el registro de llamadas de sus diversos teléfonos, la información incautada en el piso de Alicante, la llamada de teléfono de Sara a su padre y demás, no tendrían que complicársenos las cosas más de lo necesario para traerla de vuelta a casa.

—Tenían mucho en la manga: vídeos, informes, fotografías y dosieres de seguimiento, además de las declaraciones de Brahim, y los recién detenidos Ruth Miño y Yaser Almallah.

El veterano policía no sabía aún que contaría con un nuevo dato que podría hacer valer la inocencia de Sara y demostrar la intimidación y el chantaje que la joven española había sufrido para tomar parte en el atentado de Herat.

Lo intuyó cuando fue recibido en las dependencias policiales donde se encontraba la joven, después de hablar con algunos compañeros de la base española que le esperaban en el aeropuerto de la ciudad afgana.

La intuición se convirtió en presentimiento cuando le mostraron las fotografías del ataque terrorista contra la base española: imágenes dantescas de un amasijo de hierros del camión de color verde que transportaba el cargamento de explosivos.

El presentimiento, en certeza cuando llegaron los resultados de los análisis de los cuerpos, la documentación incautada entre los restos de la explosión y el resultado de las investigaciones realizadas.

La pequeña bolsa de plástico contenía parte de los documentos recuperados del lugar del atentado y entre ellos destacaban los pedazos torpemente reconstruidos de dos pasaportes distintos con la misma foto de un niño de nueve años, moreno, con el pelo corto y dos hoyuelos escoltando una tímida sonrisa.

Uno de los pasaportes era falso y estaba a nombre de Mouhannad Alí Almallah; el otro, el que correspondía a su identidad real, había sido expedido a nombre de Iván Dacosta.