La infiel Capítulo 24 #4
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Capítulo 24 #4

—Para la preparación de un explosivo necesitaremos un espacio abierto, con buena ventilación, donde tengamos a mano extintores.

Si es posible, conviene cubrir el suelo con arena: arena normal, de la playa, del desierto, de cualquier parque infantil…

Eso queda a la imaginación de cada uno. Mientras estemos preparando la mezcla, debemos ir vestidos con ropa de color blanco y que sea amplia, que nos baile en el cuerpo.

—Conforme iba hablando Najib, un hombre a su lado representaba cuanto él decía—.

Es fundamental que nos protejamos los ojos con unas gafas como estas a la hora de hacer la mezcla de los componentes; por ejemplo, cuando añadamos el ácido al agua.

Debemos ponernos siempre una máscara sobre la nariz y la boca para no inhalar gases perjudiciales.

»Muchas veces os encontraréis en lugares donde las condiciones no son las más favorables.

Seguramente tendréis que preparar los explosivos en sitios pequeños, con mala refrigeración, demasiada humedad o excesivo calor.

Lo que debéis hacer es tomaros un café bien cargado antes de empezar a manipular los ingredientes.

Si aun así os entran ganas de vomitar, sentís un amago de mareo o tenéis revuelto el estómago, tomad un vaso de leche fría y eso os aliviará al instante.

Si tenéis cualquier tipo de contratiempo durante la elaboración, si tenéis dudas sobre su resultado o no recordáis los pasos, abandonadlo todo.

Si os es posible, recogedlo todo para no levantar sospechas si alguien entra en el lugar donde pensabais preparar el explosivo.

Lo fundamental es que no abandonéis en la sala nada que os pueda relacionar con la elaboración de este tipo de mezclas.

Cuando terminó de hablar, su mirada recorrió atenta y acusadora entre el público.

—Y bien, ¿quién quiere hacerlo? ¿Quién se ofrece para probar?

Había unos quince hombres y casi la totalidad levantó el brazo para ofrecerse como voluntario.

Sara respiró tranquila porque por un momento se temió lo peor: no solía exponerla a los demás, pero con él nunca podía estar completamente segura.

Fueron tres los elegidos para poner en práctica las recomendaciones de su clase magistral.

Durante la puesta en escena de los tres aprendices, Brahim se acercó al maestro de ceremonias y le legó una confidencia en el oído.

Nadie pudo escucharla, pero la información iluminó el rostro de Najib.

Pronto tendría lugar una reunión importante que llevaba esperando mucho tiempo.

Cuando el último de los voluntarios estaba terminando, Najib se acercó a ella y le preguntó al oído:

—¿Sabes lo que sucederá cuando consigamos un arma nuclear, la subamos a un avión, a un camión o a un contenedor y desaparezcan tu ciudad y tu país?

¿Puedes imaginarlo? Mira lo que han hecho en Madrid cuatro locos.

Piensa en lo que podríamos llegar a hacer con cuatrocientos como ellos.

—Le gustaba atemorizarla y no perdía ocasión de hacerlo.

También proliferaron las muestras de su dominio en el plano más íntimo.

La intimidación sexual se incrementó. Disfrutaba llegando al dormitorio en el que ambos dormían y anunciando con gestos, mirada y palabras lo inevitable.

No tenía reparo —como el que parecía haber albergado en un principio— en tomar con violencia el cuerpo de Sara y manejarlo a su antojo.

Ya no necesitaba amedrentarla con la posibilidad de no volver a ver a Iván.

Tampoco necesitaba acallar con sus manos o con alguna almohada sus llantos de dolor y de impotencia.

Al principio, Sara intentó plantarle cara, repeler sus acometidas violentas, pero toda la fuerza que pretendía infundir a sus brazos y a sus piernas resultaba inútil y no hacía más que alimentar la ferocidad de Najib, a quien parecía excitar su resistencia.

«¿Sería justo decirle al cordero que se esté quieto a la espera de ser devorado por el lobo?

». Aquella era su frase favorita, la que repetía una y otra vez cuando la tenía atrapada bajo su cuerpo, al antojo de sus deseos más mezquinos, mientras se divertía por lo infructuoso de su pataleo.

Odiaba esa frase porque definía a la perfección el lugar que ambos ocupaban en aquella infame humillación.

Las palabras se quedaban encerradas en un eco que reverberaba incansable dentro de su cabeza, cada vez con más ímpetu.

«¿Sería justo decirle al cordero que se esté quieto a la espera de ser devorado por el lobo? ».

Sara recordó haberla escuchado en uno de los visionados.

Su cabeza la rescató de los archivos de la memoria: la había oído en uno de los vídeos citada como una de las frases más célebres de Bin Laden.

Entendía que estaba perdida y que no le quedaba más remedio que aguantar y esperar a que el lobo se cansara de degollar al cordero.

Se dejaba hacer y sofocaba los gritos, aunque no siempre lograba reprimir los sollozos y las muestras de dolor.

Najib estaba convencido de que era el propietario de aquel cuerpo que cada día ofrecía menos resistencia y obedecería sus órdenes sin atreverse a cuestionarlas.

El camino se le allanaba para conseguir lo que quería.

No podía imaginar ni por un momento que todo fuera una estratagema, que la sumisión y el silencio de Sara formaran parte de una farsa que abrazaba un único fin, aunque no pudiera estar segura de su éxito. Tendría que esperar a que se presentara la ocasión. Y no tardó mucho en llegar.