Capítulo 24 #3
Sara contemplaba la escena. «No quiere que la mujer le vea —pensó al ver cómo el hombre se las ingeniaba para esconderse—.
Ni que le oiga hablar con alguien. Por eso ha bajado a llamar desde la cabina».
Algo se encendió en su interior, que la obligó a incorporarse.
Su corazón comenzó a galopar en su pecho como cada vez que Najib se acercaba a ella.
Una tormenta de meteoritos con forma de ideas se desataba en su cabeza.
Sus ojos volvieron a fijarse en la cabina.
Estaba como hipnotizada por aquella imagen que momentos antes le había parecido antigua, inútil y absurda.
Tan abstraída se encontraba con lo que se cocinaba en su cerebro que ni siquiera se dio cuenta de que Najib había vuelto.
—¿Todo bien? —quiso saber.
—Todo perfecto —respondió el joven del labio partido.
—Y a ti, ¿qué te pasa? —le preguntó a Sara al verla ensimismada, distraída, como si acabara de despertar de un profundo letargo.
—Nada. No me pasa nada —mintió—. Que tengo calor.
—Creo que estaba inquieta por si no volvías —dijo su escolta en un intento continuo de ganarse la confianza de su héroe—. No ha hecho más que mirar hacia la calle por la que desapareciste, pero no ha habido ningún problema.
Najib dio por buena la explicación del chico, que pareció orgulloso, a juzgar por la sonrisa de complacencia que se colgó en sus labios.
—¿Me has echado de menos, Sara? Me gusta. Eso quiere decir que lo estamos haciendo bien —le dijo mientras le lanzaba cínicamente un ademán de besarla en los labios.
La obligó a incorporarse del banco asiéndola del brazo e iniciaron el camino de vuelta.
Antes, Najib decidió comprar una botella de agua en un pequeño quiosco situado a dos metros de donde estaba la cabina.
Cuando pasaron por su lado, Sara la miró de reojo, con cierto disimulo, como si quisiera hacerla partícipe de un mensaje en clave que solo ella conocía.
Por eso se sobresaltó al escuchar la voz de Najib asaltando su cifrada privacidad.
—Toma, bebe —le dijo entregándole la botella helada que le había dado el encargado del quiosco—. Lo último que quiero es que mueras deshidratada.
Sara bebió el agua aun sabiendo que no era el sofocante calor lo que incendiaba su cuerpo, sino un ardor entusiasta, una nimia esperanza que decidió renacer en la calle Virgen del Socorro.
Cuando apenas les faltaban cinco minutos para llegar al portal de su casa, Najib se detuvo ante un joven que pedía limosna con el cuerpo medio derrumbado sobre la acera y claros signos de hallarse bajo los efectos de algún tipo de sustancia estupefaciente.
Se lo quedó mirando un buen rato hasta que el mendigo, al sentirse observado, alzó la cabeza y su mirada perdida se encontró de bruces con los ojos negros de Najib.
Este metió la mano en el bolsillo de su pantalón y cuando la sacó, sobre su palma aparecieron dos billetes de cien euros y unas cuantas monedas sueltas, la vuelta de los cinco euros con los que había pagado el agua en el quiosco.
Sus dedos apresaron los billetes y desestimaron la calderilla.
Se agachó ante el mendigo, poniéndose en cuclillas ante él.
—Quiero que dejes la droga y vayas a rezar a la mezquita. Allí tengo amigos que te ayudarán. Diles que yo te di el dinero y ellos sabrán quién soy. Te mereces otra vida y esto te puede ayudar a encontrarla.
Los ojos del mendigo tenían tantos problemas para encajar dentro de sus órbitas como los que empezaba a tener Sara para dotar de sentido a lo que acababa de ver. Najib se fijó en su anonadada expresión y sonrió al verla.
—«Gastad por la causa de Alá y no os entreguéis a la perdición. Haced el bien», Corán 2:196 —dijo mientras reanudaba su camino y se alejaba del mendigo, que no podía parar de tocar los billetes que aquel extraño hombre había dejado caer en su caja de cartón.
Cuando por fin llegaron a la casa, pudo observar cómo Najib depositaba sobre el pequeño mueble de la entrada el juego de llaves con el que había abierto la puerta, y las pocas monedas que aún guardaba en su bolsillo.
Le llamó la atención el brillo que desprendían, como si también ellas quisieran hacerla partícipe de un mensaje cifrado.
Najib volvió a entrometerse en su terreno más íntimo, aunque en una parcela totalmente distinta a la que alfombraba la esperanza que empezaba a tomar forma en la cabeza de Sara.
—No temas. No voy a irme —dijo convencido de que el objeto de la absorta mirada de Sara era el llavero—. Puedes estar tranquila.
Por primera vez, las palabras de Najib le devolvieron la serenidad perdida. Sus secretos pensamientos estaban a salvo y a buen recaudo.
Sara se quedó tranquila.
Najib no era estúpido, pero su vanidad podía ir en su contra y esa era la baza que Sara se propuso jugar.
Las explicaciones que le había dado el chico del labio partido —sobre la inquietud que mostró al no verle regresar el día que decidió ir a la mezquita— y el comportamiento apocado y sumiso que ella mostraba desde entonces le dieron a entender que la tenía bajo su control.
Era lo que pretendía, lo que había buscado desde un principio: que Sara pensase que sin él su vida no tendría sentido.
Creyó tenerla donde quería. Le gustaba sentirse adorado, admirado, tenerlo todo y a todos bajo su estricto control.
Cuando obligaba a Sara a escuchar alguna de sus charlas incendiarias con las que dictaba el proceder y el comportamiento de los hombres de la casa, o cuando la forzaba a presenciar una clase sobre el manejo de armas o la preparación de explosivos, su orgullo crecía al mismo ritmo que su prepotencia.
Ella lo aceptaba todo insistiendo siempre en mostrarse asustada y sometida.
En realidad no tenía que fingir en exceso, solo acentuar el miedo que sentía devorarla por dentro. Y Najib se lo ponía fácil.
Un día había reunido a todos los inquilinos de la casa —cuyas caras iban variando y renovándose—, para hacerles participar en un ejercicio práctico sobre la elaboración de explosivos caseros.
En el cuarto escogido para la demostración, habían dispuesto un tablón de madera a modo de mesa, sujeto por dos sillas a cada extremo haciendo las veces de borriqueta.
Sobre ella pudo distinguir varios montículos de sustancias y recipientes con artículos fácilmente reconocibles, aunque por si alguno de los presentes tuviese dudas, Najib los fue enumerando uno por uno.
—Azúcar molido: lo podemos encontrar sin ningún problema en cualquier tienda.
Agua oxigenada: la tenéis en cualquier farmacia o incluso en un supermercado.
Nitrato de potasio —dijo mientras su mano, enfundada en un guante blanco desde antes de iniciar la sesión informativa, señalaba el interior de un recipiente negro—: se puede conseguir en las tiendas donde venden material agrícola, porque se suele usar como abono.
Ácido sulfúrico: creo que ya todos sabéis cómo obtenerlo sin problemas —dijo refiriéndose a una clase pasada—, y también cómo manejarlo.
Polvo de aluminio: un producto muy habitual en las carpinterías o en las tiendas de bricolaje.
Es el serrín que usan los carpinteros, así que tampoco resultará complicado adquirirlo.
Cuando terminó de señalar y nombrar todas las sustancias que utilizaría en la mezcla, prosiguió dotando de una mayor energía a su voz y asentó, aún más, su compostura.
—Acordaos de que siempre debemos comprar estos materiales con dinero en metálico o en su defecto alguna tarjeta de crédito falsificada.
Y muy importante: utilizar nombres falsos, siempre —de nuevo el énfasis en su voz—, nada de ir dando nuestro nombre real.
La clave fundamental no está en los ingredientes, sino en el tratamiento que de ellos hagamos.
Hay que ser cuidadosos, manejarlo todo con suma cautela, porque cualquier error, cualquier despiste puede ser fatídico para nuestra integridad y, por supuesto, para nuestra misión.
A su alrededor, los espectadores asistían a la explicación entregados, como si no se les ocurriese un mejor sitio que aquel y una mejor actividad que aquella para pasar el resto de sus días.
Najib iba saltando la vista de un rostro a otro como el mejor de los ponentes. En aquel lugar, él era el amo.