La infiel Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Es la playa, está ahí mismo, pero no creo que podamos ir —le dijo Najib.

Había detenido la caminata y la había obligado a tomar asiento en un banco de madera—.

Ahora me esperarás aquí. Él se quedará contigo —ordenó señalando al chico del labio partido—.

No hagas tonterías porque le obligarás a él a hacerlas, y créeme que no te gustaría.

Sara vio cómo Najib se alejaba y desaparecía por la esquina de una de las pequeñas calles dispuestas a modo de laberinto por la ciudad.

Cada vez que la figura de aquel hombre desaparecía de su horizonte, la zozobra se asentaba en su vida y conseguía nublarle la razón.

La paranoia comenzaba a escalar posiciones en su cabeza y a medrar su espíritu.

Era como si alguien le susurrara al oído que jamás volvería a verle y, por lo tanto, tampoco volvería a abrazar a su hijo.

No podía evitar entenderlo como una señal premonitoria, como una amenaza velada, como una posibilidad de que todo había acabado sin que ella hubiera tenido la oportunidad de remediarlo.

La idea la obsesionaba. Por la noche se despertaba envuelta en sudor y asmáticos jadeos después de haber tenido el mismo sueño que se repetía una y mil veces y siempre comenzaba de la misma manera: con la despedida de Najib, con sus pasos perdidos en un bosque, sobre la arena de una playa, en una gran ciudad, en el desierto, y cuando a punto estaba de desaparecer, Iván aparecía de la nada corriendo y riendo a carcajadas, y él lo cogía en brazos y se lo llevaba lejos, dando la espalda a su madre y dejándose engullir por una nube de humo blanco que borraba sus siluetas en cuestión de segundos.

Sentada en el banco, se entregó a un contoneo nervioso, un leve balanceo de atrás hacia delante: acunaba el abanico de amenazas que acechaban su cabeza.

Sus oídos apreciaron un lejano repicar de campanas interpretando una partitura que le era completamente desconocida.

Su mirada revoloteaba inquieta por su alrededor sin encontrar ningún punto fijo en el que posarse y descansar.

Al fin, lo consiguió. Sobre un cuadro de azulejos vio escrito el nombre de la calle donde se encontraba: calle Virgen del Socorro.

El descubrimiento la intranquilizó más. Dudó si entenderlo como una señal o como una sentencia en firme.

La cabeza estaba a punto de estallarle cuando escuchó la voz del chico del labio partido.

—Este es el mejor barrio de toda la ciudad.

El Raval Roig. Yo me crie aquí. —La confesión llenó de extrañeza el semblante de Sara, que no esperaba que aquel muchacho fuera un lugareño—.

Mis padres vinieron a este barrio hace diecisiete años, cuando yo tenía trece meses.

Mis padres me contaron que era un barrio de pescadores, con casitas bajas a pocos metros de la playa, donde tenían las barcas para salir a faenar.

Ahora ya no queda ninguna, porque han levantado muchos edificios altos para que la gente viva en ellos y pueda ver el mar, pero mi padre me dijo que toda esta parte estaba llena de casitas de colores porque los pescadores compraban botes grandes de pintura para pintar las barcas, y con la que les sobraba, barnizaban también las casas. No sé si será verdad…

El joven se calló. Sara estaba perdida, desconcertada.

Al escucharle hablar en un perfecto español, la sorpresa la había zarandeado como le sucedió al escuchar por primera vez la voz de Ruth hablando su idioma.

No sabía qué hacer ni cómo reaccionar, y solo tuvo valor para dirigir su mirada hacia la esquina por donde había desaparecido Najib.

—No te preocupes, volverá enseguida. Ya sé que estás muy enamorada de él.

—Sonrió, y Sara no pudo reprimir un gesto de repulsa, que, sin embargo, él entendió como una muestra de vergüenza—.

Las cosas se terminan sabiendo. Pero no te preocupes, no comentaré nada.

Siempre que no le digas a Najib que he hablado contigo.

Lo último que quiero es que se enfade: él es como un padre para mí. Desde que falleció el mío…

Guardó unos segundos de silencio, como si un recuerdo emocionado le hubiese dejado mudo. Tampoco ahora se atrevió ella a decir nada.

—¿Sabes que en esta zona puedes encontrar una parroquia ortodoxa, una iglesia cristiana y una mezquita?

En esta misma calle están la parroquia ortodoxa de San Andrés y San Nicolás, y si sigues un poco más y subes por unas escaleritas empinadas, llegas a donde estaba la ermita de la Virgen del Socorro.

Y enfrente del paseo del Postiguet, por ahí —dijo señalando en dirección al mar—, está el centro islámico que acoge la mezquita.

Allí es donde ha ido Najib. Allí vamos todos.

A ochocientos metros hay, bueno, no estoy seguro de que continúe, porque desde que salí de la cárcel no he paseado por aquí…

—La verborrea cesó en el momento en que sus ojos se encontraron en busca de respuestas—.

Yo no hice nada. No violé a esa chica, solo cargué con el marrón porque soy negro y un muerto de hambre y todos se pusieron de acuerdo para arruinarme la vida, hasta mi abogado. Ahora las cosas son distintas…

Bajó la mirada una vez hubo terminado su alegato de defensa, y cuando vio que no había reproches en los ojos de Sara, retomó el discurso donde lo había dejado, en su peculiar tour religioso por el Raval Roig:

—Te decía que a unos ochocientos o novecientos metros había una iglesia anglicana y un poco más alejada del centro del barrio, enfrente del hospital Perpetuo Socorro, otra iglesia evangélica: Cristo Vive, se llama.

Su rostro mudó de color y desapareció la tranquilidad de su cara al escuchar en su propia voz el nombre de la última iglesia.

Fue como si los casquetes de un edificio en ruinas estuvieran a punto de caer sobre él porque había enunciado esas dos palabras que parecían malditas.

Miró nervioso a su alrededor, presa de una excitación neurótica.

Cubrió todos los frentes comprendidos, temiendo encontrar la presencia de alguien, seguramente Najib, que a buen seguro le haría pagar aquella ofensa.

El joven hundió sus hombros, puso los codos sobre sus rodillas y se dobló sobre sí mismo, con las manos en la nuca.

Sara podía oler el miedo de aquel muchacho que parecía haberse convertido en un niño de meses, avergonzado y temeroso.

—Por favor, no le digas nada a él. Olvida todo lo que te he dicho. Alá es misericordioso. Alá es bondadoso. No hay más dios que Alá.

A juzgar por el nuevo repique de campanas, que volvió a escucharse franqueando el cielo a una distancia que se apreciaba cercana, había pasado más de una hora y, excepto por el monólogo bruscamente interrumpido del joven del labio partido, en ausencia de Najib el silencio era el único vínculo de unión entre ellos.

Sara no se atrevía a preguntar por una tardanza que entendía excesiva, y mucho menos se aventuró a levantarse y encaminar sus pasos hacia la calle por donde había desaparecido, en un acto desesperado por encontrarle.

Trató de distraerse observando el ir y venir de los vecinos de aquel barrio, pero no encontró en ellos nada lo bastante poderoso para atrapar su interés más allá de unos segundos.

Sentada en el banco de madera, le había dado tiempo de memorizar las fachadas de ladrillo rojo y de piedra de los edificios que la rodeaban, las ramas colmadas de hojas del árbol que les daba sombra —aunque apenas mitigaba un calor que los golpeaba de lleno—, las persianas de color verde y marrón que colgaban de los balcones empeñadas en repeler el sol y la claridad, las macetas de orgullosos geranios de hojas rojas que esperaban en el suelo la misericordia del riego, los toldos blancos que se extendían sobre las ventanas de algunos pisos.

Incluso se había quedado con las caras de los inquilinos de algunos pisos que se habían asomado tímidamente al balcón antes de volver adentro, al refugio de aquel calor infernal: unos tendían la ropa, otros regaban las plantas, algunos apuraban un cigarrillo que se consumía entre la boca y los dedos antes de apagarlo en la tierra de alguna maceta.

En la inspección ocular que parecía haberse impuesto para entretener la desquiciante espera, reparó en algo que estaba allí desde el principio pero que hasta ese momento no había llamado su atención.

Una antigua cabina telefónica. No recordaba que nadie se hubiese acercado a ella para descolgar la mancuerna y hablar.

No era extraño, muy pocos utilizaban las cabinas ante la invasión del teléfono móvil.

¿Quién iba a introducir unas monedas en la ranura, marcar un número y ponerse a hablar en mitad de la calle, sujeto a un cable y sin libertad de movimientos, cuando podía hacerlo a través de un pequeño móvil?

¿Quién utilizaba hoy en día las cabinas? Qué absurdo.

No obstante, justo en ese momento un hombre —el mismo al que había visto asomado a uno de los balcones, el que había mirado a un lado y a otro antes de arrojar la colilla de un cigarrillo a la calle— se disponía a usar la cabina.

Mientras marcaba el número, iba echando miradas al balcón que él había ocupado unos minutos atrás y que ahora permanecía vacío.

Mantuvo una conversación sin que sus ojos perdieran de vista el mirador, hasta que de repente una mujer con un vestido blanco de tirantes apareció en él.

El hombre retrocedió e intentó esconder su cuerpo de la mirada de aquella señora.

Dos o tres frases más y colgó el teléfono para acto seguido abandonar la cabina extremando la cautela para no ser visto.