Capítulo 25
Hacía calor esa mañana. Estaba agonizando el mes de julio y las temperaturas lucían orgullosas en lo alto del termómetro.
No había conseguido sumergirse en un sueño reparador.
La noche previa había sido tranquila, al menos para ella, que no tuvo que soportar el peso y las bruscas y dolorosas embestidas del cuerpo de Najib contra el suyo.
Sentada a los pies de su cama, se resistía a abrir la puerta y salir al pasillo en busca de una ducha apacible y refrescante.
Le aterrorizaba encontrarse con él y que su cuerpo volviera a abandonarse a un temblor difícil de controlar.
El inesperado sonido de la puerta abriéndose de par en par cambió sus planes.
—¿Estás lista? —le preguntó Najib—. Hoy quiero que me acompañes. Nos vamos.
No pudo verlo hasta situarse delante del espejo del cuarto de baño, después de protagonizar la sesión de aseo más rápida de toda su vida, pero su rostro se iluminó como si un millón de voltios encendieran su tez.
Iba a salir de nuevo a la calle y eso significaba muchas cosas.
Tendría la oportunidad de llenar sus pulmones con aire puro, rompería la desesperante burbuja que la comprimía haciéndole creer que estaba sola en el mundo y, sobre todo, pondría a prueba si su pequeño atisbo de esperanza —alimentado durante los últimos días con dosis extra de voluntad— guardaba o no algún sentido.
Mientras subía las escaleras que le permitían emerger del sótano en el que la mantenían enterrada en vida, urgía a su optimismo en busca de una oportunidad que saciara sus anhelos.
Necesitaba confiar en su buena suerte, aquella que la había abandonado hacía meses.
A su espalda, la misma representación de la anterior salida: dos hombres caminaban a escasos dos metros de ellos; Sara podía seguir su rastro a base de discretos vistazos a los escaparates de las tiendas.
La caminata era más pausada que la del primer día, cuando la aparente urgencia por llegar a la mezquita aceleró el paso de Najib y, por consiguiente, el de todos.
Aquella mañana su agenda se presentaba tan ajetreada como siempre.
Dos reuniones le esperaban: la primera de mero trámite; la segunda, tal y como le anunció Brahim unos días atrás, con los dos hombres con los que él y Yaser se tenían que haber encontrado en Hamburgo y cuyo encuentro frustró su precipitada salida de Madrid. Era un día importante para Najib.
Como de costumbre, la madrileña desconocía el destino al que se dirigían, pero entre sus dedos, escondidos en el bolsillo de la chilaba, jugueteaba con los objetos que mantenían despierta y bien alerta su confianza.
Se trataba de un par de monedas de un euro que había conseguido coger del aparador de la entrada, aprovechando la salida del baño, sin que ni siquiera Najib se diese cuenta de ello gracias a que un problema de última hora acaparó su atención y su presencia en el comedor de la casa —la estancia más alejada de la entrada de la vivienda y del cuarto de baño, ubicado justo al lado del recibidor—.
Su cabeza no dejaba de girar en torno al momento, la ocasión, el segundo que la vida le ofrecería para cambiarlo todo.
El tacto de las monedas le infundía el ánimo y el valor que necesitaba en aquellos instantes cruciales.
Anduvieron durante unos diez minutos. Se paraban ante las tiendas, entraron en algunas de ellas, se detuvieron incluso a tomar un té en una de las terrazas de una calle peatonal.
Sara estuvo tentada de declinar la invitación: temía que las monedas resbalaran del bolsillo al sentarse en la silla, y que cayeran al suelo, haciendo añicos su ilusión.
Finalmente aceptó tímida un té para no despertar sospechas ni malas interpretaciones, sobre todo por parte de Najib.
Se sentaron los cuatro en una mesa. A ella le extrañó que también se sentaran alrededor del tablero las sombras que los perseguían: eran Mourad y el muchacho del labio partido.
Nada nuevo en el horizonte. Hablaron entre ellos en árabe ignorando en todo momento a Sara, aunque ella lo agradeció: ya estaba demasiado nerviosa palpando el interior de su bolsillo como para atender a conversaciones que poco le interesaban en aquel momento.
Cuando terminaron, pagaron la cuenta con un billete de diez euros que depositaron en el platillo metálico que la camarera dejó sobre la mesa con el tíquet de la consumición, se levantaron sin esperar las vueltas y continuaron su camino.
La disposición había cambiado. Uno de los hombres, el tal Mourad, caminaba al lado de Najib encabezando la marcha, mientras que ella y el joven del labio partido caminaban casi a la par, unos pasos por detrás de ellos.
Cinco minutos más tarde, los cuatro llegaron a una calle abierta a una plaza diáfana, con aspecto de recién asfaltada: las baldosas todavía brillantes y entreveradas alfombraban el pavimento, sobre el que quedaban aún vestigios de obras inacabadas como las vallas de alambrado, dispersas en el centro de la plaza.
Hermosos soportales la flanqueaban, y al frente, presidiendo, un magno edificio con tres grandes portones de un color verdoso indefinido, colmado de balcones distribuidos en dos alturas.
Del balcón principal salían los mástiles de las banderas que ondeaban fuera —distinguió la rojigualda del Estado español, la Senyera coronada de la Comunidad Valenciana y la enseña azulona, con doce estrellas dispuestas en un círculo, de la Comunidad Europea—.
Dos torres se elevaban a ambos lados de la construcción central del edificio; en la de la derecha, un inmenso reloj y una suerte de campanario en su parte más alta.
El centro de la plaza estaba decorado con varios bancos de madera y de hierro; maceteros que acogían el crecimiento de pequeñas plantas aún tiernas; árboles recién plantados que no levantaban dos metros y medio del suelo; orondas papeleras de un tono grisáceo y una serie de pivotes de hierro de medio metro supuestamente ideados para impedir el tráfico rodado o el aparcamiento de vehículos.
Mientras, los márgenes exteriores estaban inundados de terrazas que se refugiaban en el vientre de los soportales.
Se hallaban en la plaza del Ayuntamiento.
Sara se sintió sobrecogida ante aquel espacio abierto, amplio, que se abría magnífico ante sus ojos: su cuerpo ya había cedido a la rutina carcelaria, a los ocho metros cuadrados en los que solía pasar sus días.
El resto de la comitiva no compartió el embeleso mostrado por la joven.
Najib y Mourad entraron en un local de una calle adyacente.
—Esperad aquí —dijo pasando la mirada de Sara al joven del labio partido.
Fue a él a quien dirigió las últimas palabras—: Y tú ya sabes lo que debes hacer.
—El encomiendo se refería a la vigilancia de Sara, algo que ella dio muestras de comprender bajando la mirada en un gesto que no pasó inadvertido a Najib: su captor entró en el local satisfecho y seguro con lo que dejaba fuera.
Sara sabía que aquella era su oportunidad.
No podía calcular cuánto tiempo pasaría Najib dentro de aquel lugar, pero llevaba días esperando la ocasión, y esta al fin había llegado.
Inspeccionó la plaza y sus alrededores. Necesitaba encontrar un teléfono, una simple cabina como la que vio días atrás durante su visita al barrio del Raval Roig.
No podía ser tan difícil. En el primer rastreo, rápido y nervioso, sus ojos no encontraron nada.
No le extrañó: si todos pensaran lo mismo que pensó ella en un primer momento sobre la inutilidad de las cabinas telefónicas en plena época de nuevas tecnologías móviles, lo normal era aquella sequía.
Volvió a escrutar no ya solo la plaza, sino las vías colindantes.
«Seguro que en las calles de alrededor hay algún teléfono.
Tiene que haber algo», pensó. Su atención se detuvo en el cartel luminoso de una cafetería situada a escasos metros de donde ella se encontraba.
¿No había siempre teléfonos públicos en este tipo de establecimientos?
«Ahí tienen que tener uno. Sería mala suerte…
». No quiso incitar a la maléfica estrella por miedo a que hiciera acto de presencia.
La mala fortuna ya le había causado suficientes estragos.
Buscó con la mirada al joven del labio partido que debía vigilarla.
Allí estaba, mascando chicle en un exagerado movimiento de sus mandíbulas, que parecían a punto de desencajarse.
Pasaron cinco, diez minutos, quince. La esfera del reloj del ayuntamiento la informaba puntualmente de la tragedia que representaba para ella el paso del tiempo.
La impotencia de no poder actuar como había planeado durante tantas noches consumía los últimos rescoldos de su esperanza y anidaba en su interior con robustos hilos de estrés que estrangulaban su espíritu.
Tanto Sara como el muchacho permanecían de pie, permitiéndose pequeños paseos de no más de diez pasos en una dirección y en la opuesta.
Tenía que hacer algo, pero ¿qué? Sus dedos continuaban manoseando las monedas que esperaban en el fondo del bolsillo de su chilaba.
La impaciencia la devoraba. Sentía su cuerpo atado por mil cadenas y otros tantos candados, arrojado al fondo del mar sin que ni su pericia ni su voluntad pudieran hacer nada para librarse de aquellas ataduras.
Volvió a dirigir la mirada hacia la cafetería.
Lo tuvo claro. Allí estaba su última oportunidad.
Entraría en ella con la excusa de una necesidad imperante de ir al baño y aprovecharía para hacer esa llamada de teléfono con la que venía soñando.
Era el momento.
Estaba convencida de que la vida no le ofrecería una nueva posibilidad.
Cuando su cuerpo se volvía ya en dirección al del labio partido y su boca buscaba las palabras exactas para dar voz a la fingida coartada, el joven se adelantó a sus pensamientos, sin ser consciente de lo que provocaba con ello.