Capítulo 21
Las señales azules colgadas del invisible cielo de las autopistas y los indicadores con grandes letras que formaban los nombres de ciudades y pueblos que la carretera iba devorando le dieron una pista de adónde se dirigían: Alicante.
Respiró profundamente. La primera y última vez que había planeado un viaje a la ciudad levantina, la millor terreta del món, como tantas veces le había repetido su padre, fue con sus compañeras de colegio como viaje de fin de curso.
En aquella ocasión, su precoz embarazo le impidió lanzarse a la carretera con sus amigas y la obligó a posponer el descubrimiento del Mediterráneo, con el que tanto había fabulado su cabeza.
Jamás había tenido una nueva ocasión de intentarlo y saciar su curiosidad, comprobar si lo que su cabecita había imaginado se correspondía con la realidad.
Ahora, el destino la situaba en esa encrucijada: con la esperanza puesta en recuperar con vida al fruto de aquel embarazo.
Ni una conversación durante el trayecto.
Solo los hombres intercambiaban algunas palabras que únicamente parecían entender ellos.
Se cruzó varias veces con la mirada intimidatoria de Yaser, congelada en el espejo retrovisor del automóvil, y la visión le horrorizó hasta el punto de retirar sus ojos de lo que consideraba una trampa mortal.
Prefirió mantener su mirada fija en el árido paisaje del exterior y ni siquiera se atrevió a pedir un poco de agua a pesar de que su garganta ardía, mirar a Najib o comprobar si Ruth seguía sentada a su lado o si, como venía siendo habitual en los últimos días, había desaparecido sin hacer ruido ni dejar rastro igual que las otras mujeres que se cruzaron en su camino.
Por mucho que le doliera el cuello por la incómoda posición —impertérrita, ladeada hacia la izquierda—, se prometió no alterar en nada la paz que se respiraba en el vehículo y que tan solo rompían las canciones, en forma de plegarias religiosas, de la cinta que Yaser acababa de poner en el radiocasete del coche y que contribuyeron a alimentar su incipiente dolor de cabeza.
Estuvo tentada de bajar la ventanilla: la entrada de un poco de aire, aunque fuera caliente, refrescaría su rostro y la haría sentir mejor.
Se lo pensó mucho antes de alargar la mano e intentarlo, pero pronto comprobó su inutilidad: el mando del cristal estaba bloqueado, como supuso que estaría el seguro de las puertas y cualquier otro que pudiera dotarla de cierta autonomía.
«¿Qué piensan, que voy a abrir la puerta y arrojarme en marcha, sin más?
¿Creen que estoy tan loca como ellos para suicidarme de esa manera sin antes luchar por mi vida y la de mi hijo?
». Aquel pensamiento rebelde le hizo abrazar la posibilidad de que no todo estaba perdido.
El optimismo y la seguridad en sí misma eran bien recibidos en su cabeza: resistiría el calor, la sed, la apremiante sensación de mareo, la humillación que representaba el silencio impuesto, el encierro en tela.
Todo la ponía a prueba y, de momento, lo iba superando.
Cada vez que el sopor estaba a punto de vencer a su consciencia y amenazaba con desterrarla a un sueño ligero, aparecía el sonido de un móvil y la voz de Najib, que lo acallaba y llenaba el coche con palabras en diversos idiomas.
Esta vez sí entendió algo de lo que llegó a sus oídos.
Presintió que la mirada de Najib la buscaba en el retrovisor, que incluso ladeaba hacia sí el espejo en su busca, de modo que prefirió mantener los ojos cerrados.
Fingió una soñera inexistente pero que le serviría de escudo protector y quizá de tapadera, tal vez Najib se relajaba si la veía rendida.
Hablaba una mezcla de francés y alemán, alternando ambas lenguas y mezclándola con otros términos, en árabe.
Era normal su prevención a la hora de confeccionar semejante dialecto, en apariencia disparatado: sabía perfectamente que Sara dominaba ambos idiomas.
Gracias a eso pudo saber que aquel repentino viaje había truncado el que tenían previsto realizar los dos hermanos Almallah a Hamburgo para encontrarse con dos personas que le posibilitarían la entrega de dinero y unos documentos importantes que contenían información de lo que entendió podría ser una misión.
Habló veladamente de un viaje a Holanda y a Bélgica donde se encontraría con contactos que le harían llegar a Turquía, a Irak y a Pakistán, pero empleaban muchas palabras clave y no pudo entender su significado real.
Tampoco ayudaba el ruido del coche en su parte trasera.
Hubo un total de siete llamadas, ninguna de ellas excedió los dos minutos de duración, y hasta en tres ocasiones pudo ver cómo Najib cambiaba la batería de los teléfonos y se deshacía de alguno de ellos, incluso arrojándolo por la ventanilla del coche cuando divisaba un lugar propicio para que no lo encontraran nunca.
Solo mantenía uno de los móviles encendido y no siempre lo atendía; a veces se fijaba en el número de llamada entrante, lo memorizaba y era él quien volvía a llamar a través de otro móvil.
Cuando quería realizar una llamada, encendía un nuevo terminal, al que previamente le colocaba la batería, y lo mantenía en cobertura el tiempo justo que durase la conferencia.
Una vez terminada, el recorrido inverso: apagar el móvil, quitarle la batería.
Ahora entendía Sara el verdadero porqué de los continuos cambios de teléfono que se trajo Najib entre manos durante la farsa de su noviazgo, y que llegaron a producirse cada dos meses: no se lo robaban, no lo perdía, no lo olvidaba en un restaurante, ni en un taxi, ni en ningún probador como más de una vez le hizo creer.
Lo cambiaba a menudo para evitar dejar rastro, para impedir que lo localizasen si es que alguien lo intentaba.
No compraba los móviles en tiendas desconocidas, igual que tampoco aceptaba que le regalaran nuevos terminales si no los elegía él mismo, seguramente para ahorrarse problemas de idéntica naturaleza.
Sara odiaba que los recuerdos tomaran al asalto su cabeza al modo de piezas de un complicado puzle, no era agradable ver cómo todo iba encajando a la perfección y dotando de sentido a la sucesión de hechos en la que se había convertido su vida.
Hubiese preferido no entender ciertas partes de su existencia, pero ya era tarde para abrazar imposibles.
Al principio les pareció un espejismo provocado por las altas temperaturas al contacto con el firme de la carretera, que provocaban que ciertos tramos se vieran presos de un característico temblor, como envueltos en una lámina acuosa.
Pero esta vez la realidad se imponía: no estaban soñando.
Las luces azules y rojas en mitad de la carretera, salpicadas ininterrumpidamente por otras más leves de color rojo, no permitían lugar a equívocos.
Najib vio cómo un guardia civil les hacía gestos ostentosos para que se detuvieran a escasos cincuenta metros.
Junto al agente de la Benemérita que les estaba dando el alto, dos patrullas de la policía con las luces encendidas aumentaban la tensión en el interior del vehículo. No había tiempo para pensar.
—¿Qué hago?… ¿Paro o me los llevo por delante? —La propuesta la hacía Yaser, visiblemente alterado.
—No seas idiota, para el coche. Yo seré quien hable.
No quiero oír a nadie más. Actuad con naturalidad.
—Ni siquiera ladeó el retrovisor para que sus ojos encontraran los de Sara, pero tampoco fue necesario.
Ella se sabía la destinataria de la amenaza—: Si abres la boca, te mato.
Y luego mato a tu hijo. No me pongas a prueba, sabes que lo haré.
El Mercedes detuvo las ruedas junto a uno de los policías y Yaser bajó la ventanilla del conductor, aunque fue Najib quien se dirigió a él.
—Buenos días, agente. ¿Sucede algo?
—Por favor, estacionen el coche cerca del arcén. Ha habido un accidente y la carretera va a estar cortada durante un tiempo, hasta que logremos limpiar de restos el lugar. Van a tener que esperar.
—No se preocupe —dijo Najib sin pretender mostrarse excesivamente amable con el guardia civil.
Aquella sencilla explicación acababa de disipar todos sus temores.
De forma instintiva miró a uno de los lados de la carretera y allí vio el vehículo siniestrado con importantes daños en la carrocería y una moto de gran cilindrada tirada sobre el asfalto, a unos metros de distancia—.
¿Ha habido víctimas? —Quiso interesarse para disimular su verdadero sentir, aunque temió haberse equivocado porque aquella pregunta evitó la rápida retirada del guardia.
—Dos jóvenes, pero ya han sido evacuadas.
Está todo controlado. Ustedes solo esperen aquí.
—El policía echó un vistazo al interior del vehículo, en especial a las dos mujeres que viajaban en la parte de atrás.
Le llamó la atención su vestimenta y no pudo evitar pensar lo inadecuado de aquellas ropas oscuras para soportar el calor reinante.
Najib volvió a notar un pellizco en el estómago; no le gustó cómo lo miraba aquel agente.
¿A qué venía tanta insistencia? ¿Qué buscaba?
¿Acaso no tenía bastante con despejar la carretera y dejarles continuar?
¿No tenía que seguir parando el tráfico que viniera tras ellos, que en esa carretera y a esas alturas del mes de julio era bastante?
De avisar al resto de los conductores se encargó su compañero, que aparcó la moto de la Benemérita justo detrás del coche de Najib, donde permanecía el guardia civil inspeccionando.
Tras unos segundos eternos el agente hizo amago de irse, pero cuando apenas había dado unos pasos, se detuvo y volvió sobre su marcha.
—¿Adónde se dirigen? —preguntó en un tono neutro.