La infiel Capítulo 20 #3
65%

Capítulo 20 #3

—No lo sé —mintió la mujer sin preocuparse siquiera por disimular—. Solo sé que por tu culpa tenemos que huir. Has estropeado muchos planes y nos estás poniendo en peligro a todos. No sé qué van a hacer contigo.

—Nos vamos. —De nuevo la voz inconfundible de Najib zarandeaba su cuerpo—.

Dejad algunas luces encendidas y también la televisión.

Son estúpidos y lentos, puede que así los engañemos si de verdad están tan cerca.

¿Sabes lo que es esto? —le preguntó a Sara mientras le mostraba una pistola—.

Abre una sola vez la boca cuando no te corresponda y te juro que comprobarás en tu piel el dolor que causa una de estas balas.

¿Y sabes qué es esto? —le requirió nuevamente mientras le enseñaba un teléfono móvil—.

Haz cualquier tontería y tu hijo morirá.

Para que suceda solo tengo que marcar un número…

—la miró desafiante—, o dejar de marcarlo.

¿Te ha quedado todo claro esta vez, Sara? ¿Necesitas alguna aclaración?

—¿Dónde vamos? —preguntó ella de nuevo en voz baja, y ya se arrepentía antes de finalizar la frase.

—A dormir. Vamos a desaparecer durante una temporadita. Espero que no sea muy larga. Y hazte un favor —le explicó serio y amenazador Najib—: No preguntes más hasta que lleguemos y mejor pide permiso antes de hacerlo.

Después de la inquietante aclaración que solo le sirvió para acrecentar su desánimo, los cuatro salieron de la casa, que por primera vez en mucho tiempo quedaba por completo vacía.

Lo hicieron en primer lugar las mujeres.

Un Mercedes de color verde oscuro y más de diez años de vida esperaba aparcado a escasos metros de la puerta.

El sol apretaba ya a esas horas: rondaba el mediodía.

Sara, totalmente cubierta con ropa de color negro, seguía los pasos de Ruth, con idéntica vestimenta.

Ambas ocuparon su lugar en el asiento trasero del vehículo; Sara, justo detrás del conductor.

Yaser se sentó al volante y Najib viajaría como copiloto, después de encargarse de guardar los bultos en el maletero.

Miguel abrió la puerta del vehículo antes de que este se detuviera por completo.

Necesitaba ser el primero en apearse y así lo hizo, aunque la tracción del coche y su apresurada salida casi le hacen caer al suelo.

Desde el exterior contempló las cortinas anaranjadas que cubrían la única ventana exterior con la que contaba el inmueble.

Un destacamento de quince hombres armados le seguía, dibujando una imaginaria tela de araña a su alrededor.

Había luz en el interior y se podía escuchar con nitidez el murmullo de un televisor encendido.

También fue él el primero en retirar la espesa cortina que custodiaba la puerta.

A una señal suya, uno de sus hombres se encargó de tirarla abajo.

La toma de la vivienda fue tan rápida y precisa como inútil.

Una calma en exceso prefabricada, lo que le infundía un toque macabro, los estaba esperando desde hacía más de dos horas, cuando sus inquilinos abandonaron la vivienda.

No había nadie en esa casa que parecía haber sido saqueada a sabiendas. Habían llegado demasiado tarde.

Miguel abandonó furioso el interior del inmueble. El sol pegaba fuerte, con violencia, como empeñado en derretirlo todo, principalmente la esperanza. Se secó el sudor de la frente con la misma mano con la que aún empuñaba su arma reglamentaria. Una sensación de fracaso absoluto le abordó.

Había vuelto a fallarle.

Dos horas antes de que Miguel echara abajo la puerta de la casa, el sonido del motor había puesto punto de partida a un viaje apresurado e inoportuno para los hombres, temido para Sara.

No lograba reconocer lo que sus ojos contemplaban a través de la ventanilla del coche.

Aquellos edificios blancos no le resultaban familiares, ni los descampados que atravesaron; ni las calles que se abrían ante ellos; ni los comercios que mantenían sus puertas abiertas ante la constante entrada y salida de clientes.

Tampoco los parques infantiles en los que las madres y las cuidadoras vigilaban los juegos de los más pequeños antes de subirlos a casa a comer; ni las rotondas tan nuevas a las que todavía les faltaba alguna señal de tráfico; ni los otros edificios de ladrillo visto que se alzaban ante ellos; ni las caras de la gente que caminaba por la acera ajena a su drama, a su encierro, a su ignorancia.

Nada de lo que veía le resultaba familiar.

Era la primera vez que veía esa zona de Madrid.

Se preguntó cómo era posible aquel desconocimiento si desde que nació jamás había vivido fuera de su ciudad y creía conocerla a la perfección.

De pronto recordó que no era la primera vez que su cabeza le hacía caer en ese error: tuvo la misma sensación casi cada vez que paseó junto a Najib por determinadas calles del barrio de Tetuán, y cuando accedió a la mezquita y sucumbió al encanto desconocido que encerraba aquel lugar nuevo para ella.

Repudió ese mundo extraño ante cuyos pies un día cayó estúpidamente rendida y maldijo la noche en que se le ocurrió aceptar la proposición de su alumno Najib Almallah de acercarla a casa después de la fiesta de despedida de don Venancio en la escuela de idiomas. De nuevo la asfixia de los recuerdos.

El calor oprimía su pecho y apretaba sus sienes, amenazando con abandonarla a un desmayo inmediato: se ahogaba bajo las telas de color negro superpuestas y la recalcitrante villanía de los rayos de sol, que caía a plomo sobre el asfalto y recalentaba el interior del automóvil.

Cuando consiguió que la respiración terminara de acoplarse al ritmo de sus pulmones, y después de enjugarse el sudor de la cara y del cuello con la misma tela que la cubría de manera rigurosa, comprendió que había perdido la oportunidad de ubicarse en su ciudad.

Las vistas urbanas habían desaparecido de su horizonte y en su lugar se desplegaba una alfombra de hormigón prensado, que parecía dispuesto a asfaltar su presente y guiar su futuro.