La infiel Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Los niños que mueren cada día en Kabul o en Palestina también lo son y a nadie parece importarle.

—La observó con rencor, con un halo de superioridad que aniquilaba la careta de persona amable y cómplice que se había colocado desde el primer día con la única intención de engatusarla y engañarla hasta la manipulación más absoluta—.

Nos iremos de aquí en media hora. Vístete como debes y procura no volver a abrir la boca hasta que así se te ordene.

No creo que te interese empeorar aún más las cosas…

Aunque, sinceramente, tampoco sé si podrías.

Esa fue la primera vez durante todo el cautiverio que no imaginó un futuro más allá de aquellas cadenas.

Mientras sentía su cuerpo caer en el vacío de un pozo profundo y oscuro, la actividad en el resto de la casa era vertiginosa.

Todos estaban nerviosos. Najib daba órdenes a Yaser y este transmitía las suyas a Ruth, formando una perfecta cadena de trabajo: bien engrasada, sin fisuras, sin preguntas, sin tiempo que perder.

La habitación ubicada al final del siniestro pasillo —el bazar de última generación que Sara había visto la mañana previa— se desmanteló en poco más de veinte minutos.

Ella misma fue testigo de cómo las baterías de decenas de teléfonos móviles y ordenadores portátiles saltaban por los aires, al igual que lo hacían sus teclados y el complejo engranaje interior compuesto por diminutas piezas.

El hermano de Najib se esmeraba en recoger algunas de las pequeñas piezas que salían disparadas de las tripas de las computadoras, así como de rayar y romper en mil pedazos algunos CD, y guardar otros en las bolsas negras de deporte que parecían esperar hambrientas, con sus cremalleras abiertas, hasta ser colmadas de secretos.

Najib dirigía la operación de destrucción y almacenaje e incluso instó a Yaser, al igual que lo hizo él, a guardarse algún pequeño pendrive en su propio cuerpo.

Controlaba la situación con energía, bebiéndose a tragos las dosis de tranquilidad que le mantenía inmune a la perturbación, sin dejarse vencer por un inconveniente nerviosismo que sin duda hubiese complicado las cosas: el mismo autocontrol que no había conseguido, o quizá ni siquiera buscado, cuando hizo su aparición en la celda de Sara.

Sus ojos negros albergaban una suerte de dispositivo de rayos X que le permitía ver con total claridad qué debía ser destruido y qué no.

No le temblaba el pulso, su gesto era firme y nadie gozaba del privilegio de réplica, nadie podía contrariar su veredicto, que se acataba en silencio y con una devota obediencia.

Los rayos de sol entraban con saña en las dependencias policiales donde Miguel ultimaba las órdenes a su equipo y repetía telegráficamente los pasos de la operación policial que estaba a punto de emprender, siempre bajo la atenta mirada de su superior, Roger.

Estaba nervioso pero convencido de que la operación tendría un desenlace satisfactorio.

Desde que formaba parte de los cuerpos de élite de las fuerzas de seguridad del Estado, no era la primera vez que capitaneaba una misión similar, pero sí la primera en la que sus circunstancias emocionales le implicaban directamente y le sometían a una presión diferente a la que sentía cuando desmantelaba un piso franco o detenía a los integrantes de una célula islamista.

En esta ocasión, además de la amenaza terrorista, en su cabeza cobraba fuerza la imagen de Sara.

Su encuentro en el mercado, aunque fortuito aquel día, no había sido del todo casual: llevaba tiempo sobre la pista de un peligroso grupo de árabes asentado en España desde hacía años que mantenía conexiones con Al Qaeda.

Las últimas informaciones de sus confidentes y las pesquisas obtenidas como resultado del arduo seguimiento realizado durante el último mes situaban a un grupo de islamistas en una casa de las afueras de Madrid, a escasos dos kilómetros del peculiar mercado convertido en un punto de encuentro habitual de numerosos ciudadanos árabes asentados en Madrid.

Seguramente, la misma casa donde estaría retenida Sara.

Todo cuadraba. Tenía que actuar. No había tiempo que perder.

Una montaña de papeles, documentos, planos, fotografías, manuscritos, cuadernos garabateados, revistas y cartas se consumieron rápidamente entre las anaranjadas llamas que nacían del interior de las pequeñas hogueras engendradas en el seno de unos recipientes de aluminio que Ruth se afanaba en aguar en cuanto veía que el humo conquistaba demasiado territorio; no querían que nadie pudiese intuir nada extraño desde el exterior, y no era fácil disimular el humo en el mes de julio.

Al final, solo un ordenador pequeño, un par de cuadernos, media docena de CD y cuatro pequeños dispositivos de almacenamiento se salvaron de la quema, de la barbarie que asolaba la habitación desde aquella mañana.

Sara se quedó a la espera de que alguien le diera instrucciones sobre cómo comportarse. Se había convertido en la mujer invisible. No había ojos que repararan en ella ni bocas que le dedicaran un comentario, ni siquiera un insulto. No existía. No merecía la atención de nadie.

En un momento en el que el ritmo atropellado que reinaba en la casa logró empequeñecerla al nivel de lo inexistente, la curiosidad sobre el paradero de Raquel y sus hijos volvió a su mente como lo había hecho cuando abrió los ojos aquella mañana: no era capaz de recordar un solo ruido que pudiera explicar la desaparición de la familia en mitad de la noche; en cierta forma, aquella mujer y sus tres hijos también eran fantasmas.

Tampoco sabía qué había sido de Louiza y su desaforada sed de venganza, que manaba a borbotones por los diecisiete agujeros de bala incrustados como fósiles en la camisa de su hermano muerto; de Aicha y su afán de permanecer recluida en casa junto a su marido Moutaz, a quien igualmente había perdido la pista; de Hurriya y su deseo de casarse con un hombre musulmán que supiera darle los derechos que como mujer le correspondían; de Amina y su controvertido y prolífico útero, convertido en un cálido nido de terroristas suicidas; de Nadia y su curiosa manera de recuperar su identidad ultrajada y el honor de su familia…

Se preguntó si alguien, en un futuro no muy lejano, también la recordaría a ella como una mujer que pasó, contó su historia y se marchó para siempre, sin dejar pruebas pero sí alguna huella.

Le entristeció el futuro tan devastador que le venía a la cabeza y se odió por fabricar razonamientos tan funestos; se decepcionaba a sí misma.

Intentó disculparse. No llegó a saber si lo conseguía.

Las calles de Madrid y el tráfico pesado que a menudo colapsan sus principales arterias de hormigón se aliaron para aumentar los nervios de Miguel, sentado en el asiento del copiloto del coche policial: el trayecto desde la sede central hasta la casa que pensaban asaltar se le estaba haciendo eterno.

Aunque el desasosiego que anulaba su respiración le hacía sentir mal por un complejo sentimiento de falta de profesionalidad, no podía dejar de pensar en Sara, en cómo estaría y si llegaría a tiempo.

No podía apartar de su cabeza los momentos que compartió con ella: el primer encuentro a raíz de un robo en la tienda de informática situada en los bajos de la calle Trinidad 8, los fines de semana abandonados al placer de estar juntos, las tardes de domingo junto al pequeño Iván, las comidas en casa bajo la supervisión del chef Mario, la posibilidad de poner a su alcance una vida normal…

Le debía muchas cosas, entre ellas, llegar a tiempo y recuperarla.

Las ruedas del coche parecían adheridas al firme.

—Joder, Domínguez, que somos los buenos. ¿Es que no puedes salir de esta mierda de atasco? ¿Para qué coño nos sirve la puta sirena?

En menos de media hora todo estaba listo para abandonar la casa.

Sara seguía sentada sin mover un músculo, a la espera de que alguien se dignara a tomar el timón de su vida, ya que a ella se le había negado ese privilegio.

Najib y Yaser entraron por última vez en la habitación desolada y allí permanecieron unos minutos reunidos, hablando en una lengua que Sara no pudo entender, sin molestarse en bajar la voz y envolver sus peroratas en susurros que dieran a sus palabras la condición de confidencias.

—Estamos muy cerca, señor. Cinco minutos y llegamos al destino. —El agente Domínguez se sintió en la necesidad de informar al inquieto copiloto de su posición, más con la intención de serenar sus nervios que por dar parte.

Miguel miró la hora que marcaba su reloj de pulsera, regalo de cumpleaños de Sara del que no había prescindido nunca.

«Parece que los sueltan a todos a la misma hora», maldecía para sus adentros.

Ya ni siquiera escuchaba los cláxones de los coches que dejaba a su espalda, el sonido de la sirena policial ni las continuas y metálicas comunicaciones por radio.

El abrupto sonido de los latidos de su corazón lo silenciaba todo.

A lo lejos comenzó a divisar los tejados color ocre de la colonia de casas bajas a la que se dirigían.

Ya estaba cerca, aunque aún demasiado lejos.

De nuevo, el sonido de la radio le obligó, esta vez sí, a comprobar en su retrovisor los cuatro coches policiales que le seguían.

—Acelera —ordenó al conductor. «No se nos pueden escapar. Ahora no».

Ruth acarreó hasta la puerta de la vivienda las dos bolsas de deporte que se prometían como único equipaje en la travesía que arrancaba ahora, y aguardó las órdenes que movilizaran de nuevo su cuerpo y la hicieran sentir útil.

—¿Dónde vamos? ¿Voy yo también con vosotros? —preguntó Sara, que había emprendido un lento acercamiento a Ruth, con la esperanza de encontrar en ella alguna información que calmara su ansiedad.