Capítulo 20
Sara escapó poco a poco de su duermevela.
Aquella noche había tardado más de la cuenta en conciliar el sueño entre el calor y el olor a humanidad reconcentrado, y las respiraciones rumorosas —casi asmáticas— de uno de los niños: eran demasiados en la habitación en la que habitualmente solo dormía ella.
Raquel y los tres pequeños durmieron en la cama, y ella lo hizo sobre un colchón que Ruth introdujo y dejó caer contra el suelo con malos modos, traicionada por la actitud de Sara con su invitada.
Debería haber tomado aquella visita como un regalo, haber agradecido la posibilidad de conocerla, y en cambio se mostró arisca y poco dialogante: no era ni de lejos lo que Ruth esperaba de ella.
Sara incorporó el cuerpo apoyándose sobre los codos y descubrió que la cama que había servido de lecho a Raquel y a sus tres pequeños estaba vacía.
Le costó entenderlo. Temió que la espesa oscuridad en la que permanecía la habitación la engañara, pero la luz que se colaba por la pequeña rendija entre la puerta y el suelo le bastó para convencerse de que era cierto.
No había nadie en la cama, solo un nudo de sábanas arremolinadas.
—Me duele la cabeza. —Logró escuchar al otro lado de la puerta.
Le pareció la voz de Najib y sintió que su cuerpo se tensaba.
Por sus pausas, se dijo que aquel malnacido hablaba por teléfono—.
Creo que estoy enfermo. Hace unos días que no descanso bien.
Vamos a tener que retrasar nuestra cita.
Ya os avisaré yo cuando me encuentre mejor y podamos vernos.
Los pasos inquietos que recorrían el suelo del pasillo de un lado a otro correspondían a sus andares.
El aletargado oído de Sara escuchó cómo se cerraba el móvil de Najib, una operación que solía realizar con gran violencia.
Se incorporó un poco y al llevar la mano derecha a su mejilla una ráfaga de dolor la atravesó de parte a parte.
De golpe, la puerta de la habitación se abrió y la sorprendió sentada sobre el colchón.
—Fuera. Rápido —ordenó Najib—. Hay que irse.
Su cuerpo estaba encorvado, quizá por la cadena de nudos nerviosos que ataba su cuerpo y lo mantenía anquilosado. La ira le brotaba a chorros de los ojos y las palabras salían de su boca disparadas entre perdigones de saliva. Estaba furioso, visiblemente contrariado, y no tardó en hacérselo saber.
—Todo es por tu culpa, zorra. Debí deshacerme de ti el primer día que me empezaste a dar problemas. Nos están vigilando, tenemos a la policía pegada al culo y todo es por tu culpa, ¡por tu culpa! —dijo mientras destrozaba de una certera patada la mesa del dormitorio.
Sara no entendía aquella nueva acusación. A Najib no le dolía la cabeza tal y como le había escuchado decir por teléfono, tampoco parecía enfermo. Era la manera de informar a su interlocutor, utilizando una de las muchas expresiones en clave acordadas, de que estaba siendo vigilado por la policía.
—Ruth me ha dicho que hace unos días os encontrasteis a ese hombre en el mercado.
El mismo fantoche que nos abordó al salir de la mezquita de Abu Baker, ese que parecía ansioso por secuestrarte y llevarte con él para recordar viejos tiempos…
—Se acercó a ella, la levantó del cuello y la aprisionó entre su cuerpo y la pared—.
Pero ¿es que te crees que soy idiota? ¿Piensas que no sé que ese novio tuyo al que te follabas antes es un puto policía?
Has cometido un gravísimo error, Sara. Uno muy muy grave.
Ni siquiera creo que seas capaz de valorarlo hasta que veas las consecuencias de no saber estar calladita y alejada de todo lo que pueda representar una amenaza para mí.
La irascibilidad de Najib iba creciendo como la tensión acumulada en la alcoba, cuyas dimensiones parecían menguar por segundos.
Su mano liberó el cuello de Sara, permitiendo que el aire pudiera entrar de nuevo en su tráquea.
Ella, incapaz de asimilar la retahíla de reproches y amenazas que colmaban su cerebro y anulaban su capacidad de reacción o cualquier capacidad de defensa, volvió a encogerse sobre su vientre, en busca de un respiro que no llegaba.
—Esto le puede costar la vida a tu hijo. Y por descontado, cambia mucho nuestros planes.
—No le dije nada. Te lo juro —le imploró intentando retenerle, impidiéndole que saliera de la habitación como marcaba el ademán de su cuerpo—.
Tienes que creerme. No le conté nada. No sabe nada.
No puede sospechar nada. Le dejé bien claro que me dejara en paz, que no me llamara, que no tratara de localizarme, que estaba bien.
Le dije lo mismo que a mi padre, tal y como tú me ordenaste.
Ruth te lo puede decir. Ella estaba con nosotros.
—Yo llegué al final. No tengo ni idea de lo que hablarían antes —informó Ruth. Sara se preguntó si aquella era otra forma de venganza por haberle roto el momento idealizado junto a Raquel Burgos la pasada noche.
—No le dije nada. No sabe nada. ¿Cómo puedo explicártelo, por favor, qué puedo hacer para que me creas?
No haría nada que pusiera en peligro a mi hijo, debes creerme.
Ese hombre no sabe nada. Hacía años que no le veía.
Solo he coincidido con él esas dos veces, y no sabe nada, te lo juro por mi hijo, no sabe nada —insistía sin cesar, y los miraba a uno y a otro con los ojos desorbitados.
—¿Y por qué tienes treinta y cuatro llamadas perdidas de él en tu móvil?
—preguntó Najib mientras le mostraba su teléfono, el mismo que no veía desde que él se lo quitó después de obligarle a llamar a Mario para decirle que dejara de llamarla y de buscar a su nieto—.
¿Por qué te pide que le llames, tal y como quedasteis?
¿Por qué te ruega que le devuelvas la llamada?
¿Por qué te dice que no está tranquilo, que te notó rara y que sabe que algo va mal?
¡Me lo puedes explicar! Dime —le preguntó de nuevo, dándole una fuerte y repentina bofetada que volteó su cuerpo contra la pared y la hizo caer al suelo—.
¿Cómo se supone que debo entender esta preocupación por tu persona?
Me has subestimado. Creo que todavía no eres consciente de dónde estás metida ni con quién te estás jugando la vida.
Mientras Najib deambulaba frenético de un lado a otro de la casa, Sara se consumía poco a poco sin que su cuerpo osara despegarse del suelo, donde la ira de Najib la había enviado.
Permanecía postrada, doblada de dolor, pero su mente, repleta de preocupaciones y malos augurios, se mantenía lejos de allí, había viajado hasta el agujero donde imaginó que estaría recluido su hijo.
Sabía que las cosas habían cambiado y lo habían hecho a peor.
Solo podía pensar en Iván. ¿Dónde estaría, con quién, qué pensaban hacer con él, cómo le afectaría el fatal cúmulo de casualidades, de mala suerte, de rencores, de injusticias?
¿Cómo lograría salir de aquel estercolero al que el destino le había arrojado a sus ocho años como si fuera un objeto invisible, inútil, sin ninguna esperanza de futuro?
No encontraba alivio para su mente, llena de reproches caducos.
Deseó que la vida se le apagara en aquel mismo instante, si eso avivaba en lo más mínimo las posibilidades de que su hijo escapara de las garras del mal, del fantasma de la muerte que parecía rondarle desde que la puerta de la habitación se abrió con violencia aquella mañana.
Ni siquiera el pequeño oasis de esperanza que representaban las llamadas de Miguel a su teléfono móvil pudo calmar su ansiedad y la sensación de encontrarse al borde de un precipicio mortal en el que estaba abocada a caer y arrastrar con ella a lo que más quería en la vida.
En aquel momento su cabeza no estaba preparada para una esperanza que se le antojaba estéril. La presencia de Miguel solo había provocado la aparición indiscriminada de brotes de venganza que consumían a sus carceleros y, por descontado, sus posibilidades de salir airosa de aquel farragoso trance.
—Eres una estúpida. —La voz de Ruth quebró sus fantasías—.
Lo has estropeado todo. Podía haberse hecho de la manera más sencilla, limpia y rápida para todos y tu torpeza ha hecho que todo salte por los aires.
Me has decepcionado. Eres realmente torpe, Sara.
Nunca he encontrado a nadie tan torpe como tú. ¿Es que no piensas en tu hijo?
—Solo pienso en él —le espetó entre el ruego y la súplica—.
Me da lo mismo lo que hagáis conmigo, pero, por favor, a él dejadle al margen.
Solo es un niño, solo tiene ocho años, él no os puede dar nada.
Yo en cambio puedo daros lo que me pidáis, no me importa cuánto cueste, el esfuerzo ni las consecuencias de mis actos. Tienes que convencer a Najib…
—Ya es tarde para eso. Podías haberlo pensado antes. Además, ¿crees que yo tengo autoridad de decirle a Najib lo que debe hacer?
—¿Es que no oíste a Raquel ayer? —Sabía que quemaba su último cartucho—.
Las mujeres tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el mundo.
Ningún cambio que se produzca puede tener éxito si no se cuenta con ellas.
¡Por Dios, Ruth, es un niño de ocho años!
Seguramente la misma edad del hijo de Raquel. ¿Es que eso tampoco te dice nada?
—Por supuesto que me dice. En otros lugares del mundo, un niño de ocho años ya tiene edad de combatir y merece idéntico trato que un adulto. ¿Por qué tu hijo iba a ser una excepción?
—Él no ha hecho nada, es inocente. —Las súplicas de Sara se entremezclaban con las lágrimas que inundaban sus mejillas—. Ni siquiera debe saber qué pinta en medio de todo esto. Mi hijo es inocente, es inocente…