La infiel Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—Eso son tonterías —coincidió Raquel—, grandes palabras que llenan las bocas occidentales para justificar sus razones, sus privilegios, su supuesta superioridad sobre nosotros, y no hay nada de eso.

Chador, abaya , niqab y burka son nuestros escudos, aliados frente al mundo exterior entregado a la corrupción y a la prostitución.

—«Y os ayudan a esconder vuestras verdaderas intenciones», se dijo Sara al recordar el discurso de Ruth—.

Esta tela es nuestra ventaja sobre ellos, sobre esos que se dejan la voz para devolvernos una libertad impuesta que ellos mismos confunden con el libertinaje.

—Bajo estas ropas está el futuro de los musulmanes —afirmaba nerviosa la anfitriona—, la vía para hacer realidad nuestra meta.

—Nosotras somos responsables de la formación de nuestros hijos.

A través de nosotras sabrán lo que es el bien y el mal y conocerán el sentido del deber.

—«Las mismas palabras, siempre las mismas palabras», se dijo Sara mientras Raquel seguía hablando—: Somos las encargadas de inculcarles la cultura y la religión y de marcarles el camino.

Tenemos en nuestras manos la posibilidad de cambiar el futuro, de transformar la sociedad.

¿Acaso tenemos derecho a rechazar ese privilegio, a privar al mundo de un cambio que lo convertirá en un territorio de paz y amor?

¿Crees que yo no lo pasé mal al principio, que no me costó entender que mi mundo había cambiado?

—Confórmate con tu mundo, entonces —Sara hablaba despacio—.

Pero ¿quién eres tú para cambiar el mío?

¿Quién te lo ha pedido? ¿Qué te ha hecho a ti la sociedad para que nos odies de ese modo?

¿Y a ti? —dijo mirando a Ruth—. ¿Qué os han prometido?

Porque no imagino para qué queréis ninguna de las dos un paraíso repleto de huríes —dijo recordando las palabras de Amina.

—Te equivocas. A mí solo me mueve una cosa: el amor. El amor a mi marido. —Pudo notar la irritación en la respuesta—. Soy una mujer dispuesta a todo por su esposo.

—¿Y qué has hecho con el amor a tu padre, Raquel? ¿Y con el amor a tus hijos? ¿Qué estarías dispuesta a hacer por ellos? ¿Cómo les vas a explicar que su madre un día atentó contra su propio país, contra su propia familia y contra el mundo que la vio nacer?

Fue la primera vez que vio temblar el rictus de Raquel Burgos García.

La mención de su padre, del que no sabía nada desde el año 2001, cuando se despidió de él por teléfono mientras Amer la urgía, removió sus certezas e hizo tambalear esos pilares de fe que minutos antes parecían de acero.

La última conversación entre padre e hija cruzó su recuerdo —«Nos vamos a ir a Marruecos, papá.

Aquí las cosas no están bien para los musulmanes», «¿Cómo que vas a irte?

», «Es mejor que nos marchemos…»— y junto a ella la imagen de aquel hombre menudo, de pelo blanco y poco más de metro sesenta y cinco.

Lo vio caminando por el pasillo de su casa, arrastrando los pies ocultos en unas zapatillas de felpa en tonos marrones y azules que ella misma le había regalado unos años atrás, y vistiendo uno de los pijamas que su madre —muerta al poco de su marcha a Marruecos, aunque eso Raquel lo ignoraba— tanto se afanaba en planchar.

Un anciano encorvado por el peso de la pena que asomaba a sus ojos desde que ella le dijo que se había enamorado de Amer Aziz.

Hizo desaparecer el recuerdo y contuvo las lágrimas.

Su espíritu se recompuso y la española alzó el mentón y miró a Sara, sin odio, sin rencor.

—Estoy segura de que volveremos a encontrarnos y entonces las cosas serán distintas.

Nuestras posturas estarán más cerca, como lo estaremos nosotras.

—Luego se levantó despacio, como si la conversación hubiera mermado sus fuerzas, y cuando estaba a punto de abandonar el dormitorio al que volvería en breve acompañada de sus tres hijos, se giró de nuevo—.

Hay un refrán marroquí que dice: «Quien cava un agujero acaba cayendo en él».

Ten cuidado, Sara, esto no es ningún juego y tampoco lo resolverá un discurso.

Este asunto es más grande que las palabras.

Su última afirmación provocó en Sara el impacto que no logró la mirada intimidatoria y acusadora que le lanzó Ruth desde el umbral de la puerta.

Fue el único argumento que consiguió amedrentar su espíritu y terminó por derrumbarla cuando, media hora después, aparecieron por la celda los tres hijos de Raquel y Aziz.

Uno de ellos captó de inmediato su atención y provocó que todos los músculos de su cuerpo se tensaran cuando también él la miró a ella de manera distinta a como lo hicieron los demás, como si entendiera que los ojos de Sara guardaban un secreto oculto para otros ojos que no fueran los suyos.

No apartó su vista de ella hasta que su madre lo acostó en la cama junto a sus hermanos, apagó la luz del cuarto y todo quedó en tinieblas.

Aquel pequeño podría ser su hijo Iván por la estatura, el peso, la edad, la intensidad de su mirada. Podría serlo pero no lo era, y sin embargo, algo los unía: ambos estaban a miles de kilómetros de su verdadero hogar, de su particular paraíso.