La infiel Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Lo conocí en la celebración del nacimiento de mi hija, en el verano del 2001.

¡Me recordaba tanto a Amer cuando lo vi por primera vez!

Los dos guapos, altos, elegantes… Era imposible no fijarse en él.

—El español de Raquel transportaba un ligero acento arábigo que enfatizaba su apariencia musulmana.

Sara se preguntó si con aquellas alabanzas a «su novio» pretendía agradarla a ella.

No le serviría de nada—. Tantas ganas de comerse el mundo, tantas ansias de libertad…

Los dos darían su vida si supieran que así ayudarían a remediar las injusticias que asolan a los musulmanes en todo el mundo.

—Luego se giró hacia Ruth—: Y Yaser, también Yaser.

—La otra sonreía orgullosa—. Resultaba tremendamente difícil resistirse a él.

De hecho, pocas lo hicieron, aunque no todas corrieron la misma suerte que tú.

Su primera mujer española…, ¿llegaste a conocer a Marina?

—preguntó incluyendo de nuevo a Ruth en la conversación.

—Aquella chica de Murcia…, de Mula, era. Se enamoró de él hasta tal punto que no dudó en dejar a su novio de toda la vida. —Aquella revelación transformó el rostro hasta entonces impertérrito de Sara.

—No creerías que eres la primera, ¿no? —Raquel la miraba con gesto amable—.

Yo tampoco fui la primera mujer en la vida de Aziz.

No pasa nada. Najib necesitaba casarse con una española para tener acceso a ciertos privilegios: nacionalidad, pasaporte, tarjeta de residencia, ayudas sociales, acceso a una vivienda…

Hizo un ademán, como pasando página, y calló las palizas de Najib, la reclusión de Marina en casa, aquellas cosas que, en su opinión, bien podían quedarse entre las paredes del hogar y que no desmerecían ningún matrimonio. «Más aún —pensaba— si estaba clarísimo que ambos se querían».

—Pobre chica, aquel accidente de coche… Todavía recuerdo la cara de sorpresa de Najib cuando el abogado de oficio le dijo que recibiría una indemnización de ciento cincuenta mil euros por la muerte de Marina, el pobre…

Pero todo terminó, ¿verdad?, y por lo que sé de tu historia, aunque todavía no sea tu esposo, tú has supuesto un punto de inflexión en su vida, ¿me equivoco?

Sara prefirió mantenerse en silencio porque si abría la boca para decirle lo que en realidad pensaba, aquel encuentro no terminaría bien.

Se sentó en un extremo de la cama y rodeó sus rodillas con los brazos.

Podía sentir la sangre que se acumulaba bajo su mejilla hinchada, el dolor sordo en la cadera y el latido en la cabeza.

Se dijo que debía de haberse abierto una pequeña brecha.

—Veo que no tienes ganas de hablar —dijo Raquel con una nueva sonrisa—.

Yo estaría feliz, agradecida a mi suerte.

Sí que somos distintas… ¿Ves?, compartir la misma nacionalidad no nos hace iguales, como algunos defienden: no sentimos igual, no pensamos igual, no creemos en las mismas cosas.

No nos une nada. Nunca he entendido por qué hay gente que se alegra tanto cuando ve a algún compatriota en un país diferente al suyo.

¡Qué tontería! Como si la nacionalidad bastase para sentirse identificado con alguien.

Sin embargo, una creencia, un modo de ser, de vivir y comportarse…

, eso sí crea un nexo de unión que no pueden romper ni la distancia, ni el idioma.

A su lado, Ruth asentía con énfasis.

—Eso mismo le decía yo —aseguraba por lo bajo.

—Y eso es lo que sucede con los musulmanes.

Eso es lo que nos hace fuertes. No sé cómo la gente todavía no se ha dado cuenta de eso e insiste en rechazarnos…

También veo rechazo en tu mirada. —Había desaparecido la sonrisa—.

¿Por qué nos rechazas? ¿Por qué no te has sentido atraída por algo más grande que nosotros mismos?

—Sencillo —dijo Sara armándose de valentía, tras engañar a su mente con el argumento de que Raquel solo era una mujer como ella, por mucho que se empeñara en demostrar lo contrario—: No me gusta tu religión y sobre todo no me gusta la manera en la que intentáis convencer al mundo.

Un día alguien me explicó que el islam era una religión de paz.

Me llevó a una mezquita y pude sentirla…

—Ruth asentía de nuevo, estaba dando la razón a sus argumentos—.

Pero, si quieres que te diga la verdad, en los últimos tiempos he visto muy poca armonía.

¿Crees que estoy encerrada bajo llave por voluntad propia?

¿O es que quizá para ti esto es una muestra de ese amor del que me hablas?

—preguntó señalando su labio partido—. ¿Qué clase de paz es esa?

Sinceramente, creo que deberías buscar a un dios más misericordioso, si lo que quieres es seguir presumiendo de tu fe.

Las dos mujeres se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Fuera, de nuevo rompían el silencio unas risas de niños y le pareció oír dos voces de adultos: uno sería Aziz; el otro… ¿Yaser? No era Najib, en cualquier caso.

—Ni siquiera eres consciente de la insolencia que acabas de decir. —La voz de Raquel chirriaba—. ¿Qué sabrás tú de pueblos oprimidos, de mujeres y hombres asesinados por diversión, del rechazo a una cultura, a una religión, a una manera de rezar, de hablar, de vestir?

—Sé lo que veo. Con eso me basta.

El comentario de Sara incomodó más a Ruth que a Raquel, que la observaba ahora como si su rostro se hubiera convertido en un molde de cera fría. En un movimiento lento, ocupó sobre la cama el lugar contiguo a Sara.

—No tengo en cuenta tus palabras. Tú de momento eres una española infiel, como lo fui yo, como lo era Ruth.

Pronto te convencerás de que nosotras somos el futuro de este mundo; un futuro que ya está aquí.

Se engañan al creernos escondidas. Nosotras, las mujeres occidentales conversas, tenemos más posibilidades de ganar esta guerra.

Cuando nos miran, nadie desconfía: ven rostros amigos, libres de amenaza, limpios de sospecha.

¿Quién va a pensar nada de unas mujeres vestidas a la manera occidental, rubias, de ojos azules…

? Nadie. Y esa es nuestra gran baza. Sara, abre los ojos, que el egoísmo no te ciegue, que no te impida ver el horizonte que nos espera, el mismo que te está esperando a ti.

—Nosotras podremos llegar donde los hombres no llegan.

Las mujeres somos más valientes, aunque ellos ni se lo imaginen —intervino Ruth, y al instante Sara supo que hablaba de la «valentía» de Wafa Idris, de Sana Khyadali, de Otas Guiar—.

Tenemos valor para embarcarnos en misiones peligrosas, por orgullo, por amor, por honor, por nuestros hijos y nuestras familias.

Tenemos más decisión de entrega, más capacidad de sacrificio.

Se engañan los ojos que nos miran y creen que estamos escondidas bajo estas telas: no son cárceles como dicen los ignorantes, no son una muestra de humillación ni atentan contra nuestra dignidad ni contra nuestras libertades y derechos.