La infiel Capítulo 19
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Capítulo 19

El blanco brillante de los azulejos de la pared del pequeño aseo cegó sus ojos y los condenó a un parpadeo múltiple y obstinado.

Despertó acurrucada entre el lavabo y el inodoro.

Le llevó unos segundos entender qué hacía allí completamente desnuda, con los músculos contraídos y una sensación de frío que taladraba sus huesos.

Estaba sola y por un segundo llegó a preguntarse si lo que había vivido la noche anterior era real o bien fruto del desvarío de sus neuronas, alteradas ante tanto encierro y sufrimiento.

En cuanto trató de moverse supo que no había pesadillas tan brutales en los parajes del sueño.

En un primer intento, el dolor le recorrió la médula espinal y los pinchazos conquistaron sus articulaciones.

Temió verse recluida a aquellas cuatro paredes el resto de sus días.

Después de varios esfuerzos, consiguió ponerse en pie, incapaz de aventurar cuánto tiempo habría permanecido sin sentido en el suelo.

Volvió a situar su cuerpo ante el espejo y encontró sus heridas más asentadas y los labios más hinchados; sobre su pómulo derecho había aparecido un montículo en tonos verduzcos y se diría que alguien se había dedicado a pintarle sombras marrones sobre el ojo izquierdo.

Sinceramente, creyó que se encontraría mucho peor.

Decidió seguir las recomendaciones de Ruth.

El agua refrescó sus heridas, enfrió sus pensamientos y revivió su espíritu.

Se lavó delicadamente y lo hizo por partes, como tantas veces le había contado Mario que hacía su abuela paterna.

El recuerdo de su padre le hizo temer la llegada de una nueva recaída, y notó los ojos al borde del llanto.

—Papá, papá… —Pronunció en voz alta su nombre, esperando que aquel sonido le sirviese de eficaz medicina.

Le dolía pensar cómo se sentiría su padre al verse abandonado por su familia, sin apenas mediar una explicación.

Lo imaginaba sentado en el mismo sillón del salón donde solía esperarla cuando se retrasaba, o tumbado en el sofá que tantas veces los había reunido frente a una película antigua, de esas que tanto le gustaban.

Le pidió perdón mil veces sin decir palabra.

El sufrimiento de Mario le afligía más que el suyo propio, que al fin y al cabo aceptaba como un merecido castigo a su rebeldía infantil y egoísta, a su desobediencia paterna, a su analfabetismo vital, por haber permitido que la debilidad de su cuerpo se impusiera a la advertencia de quienes la amaban.

Por su recuerdo desfilaron como un pesado tren de mercancías las conversaciones con su padre, sus últimas discusiones, sus desencuentros plagados de insinuaciones e insultos, sus temores respecto a la nueva relación de su hija, su desconfianza hacia Superman —como él llamaba a Najib, quizá para evitar que aquel nombre odiado se formara en su boca—.

El tren se había abandonado a una velocidad endemoniada y comenzaba a descarrilar por la excesiva carga de sus vagones, llenos de imágenes familiares cosidas con retratos de Iván y Mario.

Su insolencia y su narcisismo se estaban cobrando una hipoteca abusiva que estaban pagando injustamente su padre y su hijo.

No cabía mayor egoísmo, mayor ejemplo de ingratitud extrema y dolosa.

Cuando la toalla secó en parte la humedad que el agua había dejado sobre su piel, se preguntó con qué cubriría su cuerpo.

Sabía que su chilaba había sufrido la ira de Najib, y debía de continuar abandonada en el suelo de la habitación en la que tanto le pesó haber entrado.

Al salir del baño, vio que alguien había dejado sobre su cama un chador negro —como los que solían vestir las tres mujeres que soñaban con volar sus cuerpos para encontrar el sentido de sus vidas— y se dijo que Ruth habría entrado en la habitación mientras ella estaba inconsciente a pocos pasos.

Asumiendo que no le quedaba otro remedio, aceptó las ropas y se vistió con ellas.

Luego se sentó sobre la cama, para seguir esperando aunque no sabía muy bien qué.

La luz natural no entraba al vientre de su aposento, pero sabía que habían pasado al menos cuatro o cinco horas desde que recibiera la brutal paliza y su habitación se convirtiera por enésima vez en su mazmorra.

Debían de ser las seis, quizá las siete de la tarde.

Recostada sobre la cama o sentada en el suelo, apoyada su espalda contra la pared, sus oídos habían escuchado el deambular de personas en el salón, los pasos arrastrados habían vuelto; también las voces masculinas y los murmullos apagados.

Luego, poco a poco, su cuerpo volvió a reclamar la tregua del sueño.

Serían más de la nueve cuando llegaron a ella unas risas infantiles.

Se había quedado medio dormida y aquello la despertó al instante, pero aun así tuvo que esforzarse para convencerse de que no soñaba.

Con la cabeza pegada a la pared que daba al pasillo, buscaba distinguir la voz de Najib, la de Yaser, la de Iván incluso, pero apenas oía una voz de hombre desconocida para ella.

Cuando escuchó unos pasos y luego cómo la llave comía el interior de la cerradura, su corazón se aceleró y lejos de acurrucarse en una de las esquinas de su camastro como había hecho tantas veces, permaneció en pie en mitad del cuarto, expectante.

Al poco no fue Najib sino Ruth quien abría la puerta y la mantenía abierta, con una inmensa sonrisa en la cara, mientras una segunda mujer vestida de riguroso negro entraba en la celda.

El velo cubría todo su cuerpo salvo los centímetros comprendidos entre cejas y barbilla, y dejaba ver unos labios finos y unos ojos oscuros, pequeños. Ni rastro de maquillaje en su rostro.

—Sara, ella es Anani, nuestra Raquel. —Sonrió cómplice unos instantes, mientras colocaba en una mesa el candil eléctrico encargado de encender las tinieblas de la habitación.

Luego añadió mirando a su invitada—: Le he hablado mucho de ti.

Esta noche dormirás aquí, con los niños —dijo señalándole la cama, y volviendo luego la vista a Sara—: Quiere conocerte.

También le he hablado de ti a ella. —El tono excesivamente servicial de Ruth retumbó en su cabeza y se le antojó despreciable, pero aquello, más que alimentar su odio, le arrancó un imprevisto sentimiento de lástima hacia esa mujer y lo que representaba.

Raquel Burgos no estaba a la altura de lo que su imaginación había esbozado a raíz de los apasionados relatos de Ruth sobre la joven casada con Amer Aziz, uno de los hombres fuertes de Al Qaeda, considerado jefe de la organización en Europa y cuya alargada sombra se extendió sobre los atentados del 11-S en Nueva York y el 11-M en Madrid.

Su perfil se alejaba sobremanera de la imagen de mujer occidental, española, atrapada como estaba en una cárcel de tela.

Tanto su cuerpo como el óvalo de su rostro parecían ligados a aquella vestimenta islámica y de haberla visto caminando por la calle, no hubiese dudado de su origen musulmán, probablemente arábigo.

A duras penas habría creído que aquella era una mujer nacida en 1975 en el seno de una familia madrileña de clase media, hija única, cuya máxima aspiración profesional era convertirse en una intrépida periodista a la que su conocimiento de varios idiomas le abriría puertas y le permitiría viajar por el mundo, seguramente como corresponsal de guerra.

A menudo habló de aquel sueño a sus padres, Juan y Henar, al menos hasta que en 1995 un vagón de metro de la línea siete cambió su destino.

Fue allí donde Raquel comenzó a coincidir con Amer Aziz: ella cubría el trayecto que separaba su casa de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense; él regresaba de sus rezos en la mezquita de la M-30.

Con esos encuentros, jamás fortuitos, Amer buscaba obtener la nacionalidad española a través del matrimonio, y justo eso logró tres años más tarde.

Ambos se casaron en la mezquita donde Amer dirigía los rezos y era conocido como Othman al Andalusí, el Español, idolatrado por los islamistas radicales debido a su experiencia y su formación militar en varios campos de entrenamiento en Bosnia y Afganistán.

A la ceremonia no asistieron los padres de Raquel; nunca entendieron ni admitieron aquella relación que cambió a su hija de parte a parte: a partir de su conversión radical al islam, Raquel desterró su antigua forma de vestir, abandonó los estudios, el trabajo, a sus amigas, sus sueños e incluso su nombre hebreo —que cambió por el de Anani, «nube»—, y apartó de su vida a su propia familia.

Se negaba a verlos y pocas veces hablaba con ellos por teléfono, pese a que Juan Burgos le entregaba cada mes cerca de trescientos euros para hacer frente al alquiler de la vivienda que compartía con Aziz.

Lo hacía por ella, por su niña, y por sus tres nietos, a quienes nunca llegó a conocer.

—Así que tú eres la novia española de Najib —preguntó serena Raquel.

—Yo no soy la novia de nadie. Soy la madre de Iván y la hija de Mario. No soy la novia de nadie… —repitió, y notó cómo el dolor volvía a clavarse punzante en su vientre. Ni Ruth ni Raquel parecieron advertirlo, y tampoco tuvieron en cuenta aquellas palabras.