Capítulo 18 #5
Una vez el Mal transmutado en hombre hubo descargado sobre ella toda la ruindad, Najib se separó de su espalda y la abandonó allí, atrapada en un cauce de dolor y paralizada por la dominación salvaje.
No podía pensar, ni moverse. Dudaba si su cuerpo continuaba respirando, si su mente seguía conservando la consciencia.
No podía abrir los labios o modular palabra, sus oídos continuaban ensordecidos, y sus ojos no lograban ver nada por mucho que lo intentasen.
Esa ceguera le impidió ver cómo las manos de Najib amarraban con fuerza una correa abandonada en uno de los rincones de la habitación y cómo su cuerpo volvía sobre sus pasos para aproximarse una vez más sobre su presa.
Tampoco se percató de la presencia de Ruth, detenida bajo el umbral de la puerta.
Hacía tan solo unos minutos que había regresado a casa después de hacer unos recados, y los gritos procedentes de la habitación la pusieron sobre alerta. Najib le dedicó una mirada.
—«Flagelad a la fornicadora y al fornicador con cien azotes cada uno. Por respeto a la ley de Alá, no uséis de mansedumbre con ellos, si es que creéis en Alá y en el último día. Que un grupo de creyentes sea testigo de su castigo», Corán 24:2.
La delicada piel de Sara no tardó en amoratarse y rasgarse con cada nuevo envite.
Cuanto más agudos y desgarradores eran sus gritos, más contundentes los azotes.
Najib se mostraba enloquecido, fuera de sí.
El sudor revestía su cuerpo y engrasaba su sadismo, que no cesó hasta que su brazo sucumbió al cansancio y su mente al hastío del verdugo que observa cómo el cuerpo ultrajado de su víctima permanece inanimado ante su martirio.
—«¡Mujeres del Profeta! A la que de vosotras sea culpable de deshonestidad manifiesta, se le doblará el castigo.
Es cosa fácil para Alá», Corán 33:30 —dijo un Najib agotado, jadeante, mientras abandonaba la habitación y le tendía a Ruth la correa con la que había llevado a cabo su particular castigo—.
Sácala de aquí y que no salga de su habitación.
Ruth asintió servicial, como hacía siempre que Najib o Yaser le ordenaban algo.
Buscó en el cuarto algo con lo que envolver el cuerpo magullado y acurrucado que yacía sobre la cama, envuelto en espasmos.
Encontró la chilaba tirada en el suelo y hecha trizas por obra de la fuerza de Najib.
Sus ojos localizaron una manta que actuó sobre el mancillado cuerpo de Sara como el alcohol sobre la herida.
No había tiempo para contemplaciones. Tenían que cruzar el pasillo, atravesar el salón y llegar a la habitación de Sara antes de que Najib saliera de la ducha.
Cruzar los escasos metros del pasillo se convirtió en un martirio; cada paso, una tortura que acrecentaba el dolor en el cuerpo de Sara.
—Venga, mujer —le dijo Ruth mientras la tendía sobre su cama—.
Se te pasará en unas horas. Aséate y lávate las heridas.
Hoy es un gran día. ¿Sabes quiénes vienen a visitarnos?
Raquel y su marido. —El mutismo de Sara, que intentaba limpiarse con sus dedos la sangre de los labios, le hizo ir más allá en sus explicaciones—.
Raquel Burgos, ¿recuerdas que te hablé de ella?
¿Sabes lo que eso significa? Estoy emocionada.
Tengo tantas ganas de verla y hablar con ella…
Aséate un poco y lávate las heridas. Mañana ni te acordarás de ellas.
Si fueras un poco más colaboradora… —masculló mientras abandonaba la alcoba, cerrando tras de sí la puerta.
Sara escuchó cómo la llave giraba dos veces en la cerradura, pero lejos de sentirse encerrada, agradeció el confinamiento que la mantendría lejos de aquel monstruo.
Se libró de la manta que la cubría, que más parecía estar hecha con puntas de alambre que con hilos de paño.
Le temblaban las piernas, que encontró amoratadas, con la huella de los golpes y los latigazos.
Sus brazos y sus manos mostraban caminos de sangre abiertos por la correa y los puños de Najib.
Sus pechos y su vientre, campos dolientes, maltratados, enrojecidos por la ira de un hombre.
La cabeza empezó a dolerle conforme fue deshaciéndose de la tenue burbuja que la había condenado al rol de espectadora.
Necesitaba ir al baño, pero le aterraba la idea de contemplar su rostro, que sentía inflamado, deforme.
Se incorporó, aunque supo de antemano que el dolor tiraría de ella hacia abajo, como así sucedió.
Venciendo los preceptos del sufrimiento, se arrastró hasta el cuarto de baño, posó sus manos sobre el lavabo y se abandonó a una cadencia de tres respiraciones profundas, antes de alzar la mirada y contemplar el fruto de la infamia cometida sobre ella.
La visión la abandonó en un frenético y persistente llanto, que entendió redentor: su imagen no estaba tan dañada como su mente había conjeturado, pero le costó encontrarse a sí misma en el reflejo que le devolvía el espejo.
No pudo atisbar uno solo de sus gestos cómplices, ninguna mueca característica, algún guiño familiar.
No había resto en su rostro de lo que la vida le regaló un día.
La realidad había terminado por borrarlo.
La careta que velaba parcialmente sus facciones le dolió más que la sesión de ultraje vivida minutos antes.
Quizá aquello fuese lo último que pensó antes de desplomarse contra el suelo.