La infiel Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—A Alicante —contestó Najib, al tiempo que en su cabeza comenzaba a idear un plan B que les permitiera salir airosos si la situación se complicaba—. Vamos a pasar unos días con unos familiares. —Temió haberle dado demasiadas explicaciones.

—¿Me deja ver la documentación del coche, por favor…?, y la suya también.

—Claro —contestó Najib abriendo la guantera del vehículo y alargándole los documentos solicitados. Sara recordó el día que descubrió los pasaportes falsos de Najib bajo su cama. Rezó para que el agente se diera cuenta de la farsa.

—¿Viven allí? —preguntó el policía sin levantar la vista de los papeles. Por supuesto, estaban falsificados y en la licencia del coche, aunque en regla, figuraba un nombre distinto.

—¿Quiénes? —contestó Najib casi pensar.

—Los familiares a los que van a ver… ¿viven en Alicante?

—No, no. Vienen en un ferry desde Orán. Pensábamos recogerlos y pasar unos días de vacaciones juntos.

—¿Son también marroquíes?

—De Tetuán.

—Eso antes era España… —comentó sin mucho interés el agente.

—Y antes, todo esto era Al Ándalus —dijo Yaser. El comentario sorprendió a todos, en especial a Najib.

Los segundos que el guardia civil invirtió en examinar la documentación se hicieron eternos.

—Esperen aquí —dijo finalmente al tiempo que les devolvía la documentación.

Ninguno se atrevió a respirar con normalidad, era un lujo que de momento se les negaba.

Yaser esperaba una buena reprimenda de su hermano mayor por sus palabras (sabía que podía haberlos puesto en peligro a todos), pero no tuvo esa suerte: los silencios de Najib solían ser aún más aterradores que sus grandes enfados.

Si a raíz del comentario al guardia civil se le antojaba complicarles la vida, tendrían difícil salida.

Todos permanecían expectantes, en tensión, pero los motivos de Sara eran distintos.

Tardó solo unos segundos en advertir la encrucijada que le ofrecía el destino: o llamaba la atención de la policía y, ya a salvo, le contaba toda la verdad, o se quedaba calladita tal y como le había ordenado Najib.

Su cabeza la apremiaba por lo primero; su corazón, por lo segundo: si llamaba la atención de la policía, probablemente ella se salvaría y sus secuestradores tendrían su merecido, pero ¿cómo encontraría a su hijo? Nunca lo haría.

Transcurridos unos minutos, en los que observaron cómo una primera grúa se llevaba del lugar el coche siniestrado, y una segunda hacía lo propio con la moto, el guardia civil volvió a aproximarse al coche donde los cuatro aguardaban noticias.

Delante de ellos, ya habían comenzado a moverse los que aguardaban asimismo junto al arcén.

—Pueden seguir —les informó—. Y tengan cuidado, las carreteras están llenas de peligro aunque no nos demos cuenta. Circulen. Buenos días.

—Descuide, lo tendremos. Muchas gracias.

El resto del trayecto, el caluroso asfalto de la nacional A-3 pareció convertirse en un camposanto, a tenor del silencio y el talante tétrico que reinó en el interior del automóvil.

Los rostros de los hermanos Almallah se habían transformado y se habían tornado en un tono similar al mármol, como si sus facciones hubiesen sido moldeadas con cera, salpicadas por gruesas gotas de sudor que resbalaban por el óvalo de su rostro.

No eran hombres acostumbrados a los contratiempos y cada vez que aparecía uno, jugaban en campo contrario.

Sara quiso que sus labios saborearan la venganza, que esbozaran una sonrisa al ver el mal rato que habían pasado sus captores, pero creyó más conveniente congelar la mueca.

Tampoco tenía motivos de celebración. Su situación no había mejorado.

La entrada en la ciudad le supuso una bocanada de aire fresco que intuyó, valiéndose de un derroche de imaginación, como una agradable caricia en su rostro, ya que el automóvil en el que viajaban continuaba cerrado a cal y canto y sin visos de cambio.

Accedieron a la gran urbe por la carretera que abrazaba el paseo marítimo —cálidamente inmerso en un olor a salitre— y envolvía a su vez su característico paseo central, su hermosa y alegre Explanada, poblada por altas y orgullosas palmeras empeñadas en tocar el cielo con sus hojas puntiagudas y en asentar sus vetustas raíces en un suelo milenario.

Se mostraba este legendario camino pródigo en quioscos, donde se reunían los transeúntes para reposar el paseo y darse a una animada conversación, aunque algunos de ellos preferían ocupar las contadas sillas exentas de la obligada consumición, y dispuestas a lo largo del recorrido con el único objetivo de ver pasar a los caminantes o quizá aun la vida.

La hermosa travesía se extendía en curiosos y variopintos puestos ambulantes en los que se agolpaba el personal, curioso y hambriento de las novedades que mostraban los feriantes en sus pequeños escaparates.

Completaba el escenario la riada de terrazas, abarrotadas, en las que se servían tanto helados y refrescos como apetecibles paellas y suculentas parrilladas de pescado que devoraban hambrientos lo mismo los visitantes ocasionales que los lugareños.

Todos encontraban su lugar, por extraños y pintorescos que se mostraran en sus gustos.

Desde la ventanilla del coche, Sara observó el torrente de personas que circulaba por el paseo marítimo, muchos de ellos con paso firme, decidido, como si tuvieran prisa por llegar a su destino.

Unos metros más allá entendió por qué los niños tiraban de los brazos de sus padres como si desearan arrancárselos: su mirada quedó prendida del peculiar y siempre sorprendente paisaje que ofrecen las ferias cuando llegan a las ciudades para amenizar las fiestas patronales.

Un sinfín de atracciones motorizadas y llamativos puestos de dulces —nidos de algodón dulce envueltos en torno a un palo casi invisible, y manzanas caramelizadas que brillaban tanto o más que las luces de neón—; tenderetes del ocio más variopinto y estandartes cosidos con cientos de globos de todos los colores y formas; barracas aglutinadoras de luces y música a decibelios desquiciantes pero que no parecían molestar a nadie…

Un auténtico bazar de los sentidos que, a juzgar por las caras de los viandantes, colmaba, y mucho, sus expectativas.

Un brusco volantazo frustró la idílica visión que estaba consiguiendo mantener entretenida su mente en algo que no fuera su cruda realidad.

El coche había entrado en una calle paralela a aquel espectáculo; una calle gris, estrecha, apagada, silenciosa, sin más alegría que el eco de fiesta proveniente del otro lado.

Apenas había luz que alumbrara la vía, abocada al fantasma de las sombras, y quienes transitaban por aquella desangelada rúa no se parecían en nada a los que caminaban al otro lado de la manzana: no sonreían, no hablaban con nadie, no salpicaban su rostro con gestos de alegría, sino que más bien caminaban mirando al suelo, y si alzaban la mirada, esta destilaba desconfianza y vaticinaba peligros desconocidos.

Tuvo la amarga sensación de haber entrado en otro mundo, de haber sido engullida por otro nivel de la realidad.

Le dio la impresión de haber ingresado en un territorio hostil donde ni siquiera los establecimientos de servicios que se agolpaban a ambos lados de la calle parecían muy dispuestos a darle la bienvenida.

Había tiendas gestionadas por ciudadanos chinos —de esas que suelen abrir todas las horas que la ley permite y algunas más—, cafeterías y mercerías.

Pudo distinguir una farmacia, una frutería y un par de restaurantes.

Lo que más le llamó la atención fue el número de locutorios que pudo contabilizar en ambas aceras, en especial en la derecha: las puertas y ventanas de sus locales aparecían prácticamente tapadas por carteles que informaban de las ofertas en las tarifas de llamada a diversos países, sobre todo a Argelia.

Se fijó en que todos los establecimientos tenían nombres árabes y que su clientela —la que abarrotaba el interior y la que se apostaba en el exterior como si esperasen recibir algo o ser recibidos por alguien— también lo era.

La mayoría, casi todos hombres, vestían chilabas o los tradicionales camisa y pantalón amplios, como los que usaban Najib y Yaser, aunque también vio vaqueros y camisetas.

Las pocas mujeres que caminaban por la calle —siempre en constante movimiento, de un lado a otro, nunca paradas como los hombres— vestían todas el característico chador, los vestidos largos hasta los pies que les cubrían todo el cuerpo, y todas sin excepción mostraban sus cabezas cubiertas por velos o directamente con el hiyab.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No supo con certeza el motivo, pero le dio miedo siquiera intuirlo.

Entraba en terreno enemigo, podía sentirlo.

Respiró hondo buscando la tranquilidad que sus neuronas le pedían a gritos, y alzó la vista para tomarse un descanso y no martirizar más su aquejado espíritu.

Se encontró con varios carteles de pensiones.

En el mismo recorrido divisó a varias personas apostadas en la barandilla de los pequeños balcones de las viviendas que daban al exterior.

Algunos comían pipas, altramuces o cualquier otro fruto seco, y no vacilaban en arrojar las cáscaras a la vía; otros hablaban a gritos entre sí, de un balcón a otro; muchos perdían su atención en el suceder de la calle; algunos de ellos exhibían el torso al aire y acarreaban a un niño en brazos, que no dejaba de llorar.

Era como una tradicional corrala extrañamente cosmopolita, aunque carecía de la familiaridad, el compadreo y la vida que mostraban las que Sara conocía de su Madrid natal.