Capítulo 18 #2
—No te creo, Najib. Ya no. —Y al instante—: Y sí, ¡claro que pienso en el pasado!
Pero para castigarme por haber estado tan ciega como para enamorarme de ti —le explicó con toda la rabia que antes no había encontrado—.
¿Crees que no sé lo que intentas? ¿Crees que soy tan tonta como para no darme cuenta?
Sé que me has dejado aquí, encerrada con todas esas mujeres, con la única intención de amedrentarme y lavarme el cerebro.
He escuchado las historias de Ruth, su sermones, sus opiniones, su manera de ver la vida, me he tragado sus reproches, sus insultos y si no les he gritado es solo porque sé que en el fondo son también víctimas de la gente como tú.
Se lo creen porque se lo han hecho creer.
¿De verdad creías que iba a tragármelo, que un par de charlas ridículas me iban a convencer de lo equivocada que es mi vida y lo correcta que es la vuestra?
Hay que estar muy loco para no darse cuenta de la contradicción en la que viven, pero enhorabuena, lo habéis conseguido, porque están encantadas, repitiendo como loros las monsergas que les metieron un día en la cabeza.
Ellas verán. Ellas sabrán. No es mi guerra.
A mí me da igual, ¿me oyes? Me da igual vuestro mundo, vuestra manera de vivir, de vestir, de comer o de rezar.
»Nunca fue un problema para mí hasta que tú apareciste en mi vida y aunque no tengo ni idea de si todo lo que me han contado es verdad o fruto de un plan de intoxicación enfermizo y barato, voy a creérmelo porque me da igual.
No sé en qué momento de nuestra relación viste un amago de debilidad en mí, pero te equivocaste.
No cederé a tus intimidaciones, no borraré las creencias que hay en mi cabeza y en mi corazón para cambiarlas por las tuyas.
Aun así no te preocupes, pienso hacer todo lo que me pidas, todo, con tal de recuperar a Iván.
—Solo te equivocas en una cosa. —Najib la miraba serio.
Había olvidado seguir comiendo—: Sí es tu problema y será el problema del mundo entero.
¿Piensas que hago esto para divertirme? Yo también estaría más a gusto en mi casa, con mi familia, con mis padres, mis hermanos, mi mujer, mis amigos, mi coche y mi trabajo.
Pero no me lo han permitido. Me han negado ese derecho.
—Hizo una pausa y adelantó el cuerpo sobre la mesa para acercarse más a ella—: Vosotros me lo habéis arrebatado.
Te lo dije un día. Tu arrogante mundo ha maltratado a los musulmanes durante siglos y ahora queremos que nos oiga, pero se niega a escucharnos.
Por eso debemos gritar más alto hasta que nos escuchen y nos respeten.
Sara sabía que sus palabras escondían realidades muy distintas, pero prefirió mostrar indiferencia y defenderla como estandarte de su posición ante él. Eso lo enfureció más aún.
—Mírate…, tan digna, tan altiva, tan… occidental.
Ese es vuestro problema y el ego ni siquiera os permite verlo.
Desde hace siglos venís practicando la humillación, la deshumanización de los musulmanes, os empeñáis en degradar nuestra imagen, en desacreditarnos ante el mundo presentándonos como locos, como violentos, como el símbolo del mal, pero preferís veros como víctimas y no como verdugos.
Sois hipócritas, nos dais lecciones de democracia, se os llena la boca de conceptos como «derechos humanos», «tolerancia» y «paz», cuando sois vosotros los que, al mismo tiempo, permitís guerras que casualmente tienen a los musulmanes como únicos sufridores: Palestina, Bosnia, Chechenia, Pakistán, Irak, Irán, Afganistán…
La apariencia serena que mostró Najib en un primer momento fue mudando en una irascibilidad manifiesta.
Las facciones de su rostro se tornaron tensas, su rictus se mostraba rígido y su voz iba ganando autoridad y violencia.
De repente no pudo permanecer sentado por más tiempo y se irguió en un movimiento rápido y brusco.
Se movía nervioso pero consciente de su superioridad y Sara se dijo que no le convenía irritarle más, aunque comprendió que ya era tarde para eso.
Resistiría el chaparrón plagado de amenazas y exaltaciones que parecía ser su sino bajo ese techo.
—Queréis decirnos cómo vivir nuestra fe, nuestra cultura, cómo educar a nuestros hijos, cómo llevar nuestra economía, cómo adiestrar a nuestro ejército, cómo dirigir un país, y lo hacéis violando a nuestras mujeres y matando a nuestros hijos.
Sois vosotros los que organizáis guerras para romper el orden mundial y después declaráis tratados y firmáis acuerdos para dividir al mundo musulmán como hicisteis tras la Segunda Guerra Mundial.
¿Y tú me vas a dar lecciones de dignidad?
¿Vas a hacerlo tú, Sara? ¿Con qué moralidad te presentas ante mí con esta actitud provocadora sabiendo que tengo en mis manos tu vida y la de tu hijo?
¿Y tú eres la persona que presume de inteligencia?
«Calla. No digas nada. No le provoques», pensó aun sabiendo que ni siquiera tenía ya poder sobre sí misma:
—No sé de qué me estás hablando. Solo sé que la fe se propone, no se impone. Tú mismo me lo dijiste un día: «No cabe coacción en asuntos de fe». Lo sabes. Así no lograréis nada.
—Corán 2:256 —dijo Najib antes de dejar escapar una enorme y burlesca carcajada nacida en los rincones más recónditos de su garganta.
La risa rompió la tensión sofocante de la casa, que en cuestión de segundos se había transformado en un lugar pequeño, diminuto, donde los bramidos golpeaban las paredes y rebotaban contra los muebles consiguiendo carambolas preñadas de terror y pánico.
—Sara, Sara, Sara… ¡Ya lo estamos consiguiendo!
Mira cómo tenemos al mundo: llenamos los colegios de toda Europa de cabezas de niñas vestidas con hiyab y conseguimos que los medios de comunicación demonicen a quien no lo permite; levantamos grandes mezquitas en las principales ciudades del mundo y colmamos su cielo de espléndidos minaretes mientras hacemos retirar otros símbolos religiosos de los centros escolares; paramos nuestra jornada laboral para cumplir con nuestros rezos mientras el resto tiene que pedir permiso o recurrir a engaños para tomar un café…
Hemos entrado en vuestras empresas, en vuestros colegios, en vuestras cárceles, en vuestros hospitales, en vuestros centros de ocio, y os hemos obligado a preparar menús islámicos, a respetar y aceptar las festividades de nuestro calendario, a enseñar el islam en detrimento de vuestro credo…
Hemos logrado que nadie se atreva a ilustrar libros sobre nuestro Profeta. Pero ¿es que no tienes ojos?
La mente de Sara voló hasta una noticia que su padre le había comentado meses atrás, cuando estaba embarcado en su cruzada particular contra el novio de su hija.
Le habló entonces de un autor de libros infantiles, Kaare Bluitgen, que recibió numerosas negativas de dibujantes que se negaban a ilustrar un cuento sobre Mahoma —o Muhammad, como diría Najib— y quien finalmente aceptó hacerlo pidió que su nombre no figurase en la publicación.
Lo mismo pasó con los traductores europeos del libro Yo acuso , de la diputada holandesa Ayaan Hirsi Ali: también ellos se negaron a ver su nombre publicado.
—En la Tate Gallery de Londres han retirado exposiciones sobre el islam por temor a ofender a los musulmanes y en otros museos han tenido que aceptar la censura y el beneplácito de imanes y representantes culturales del islam si querían inaugurar cartel.
En los diarios y en las revistas ya no se editan viñetas sarcásticas sobre el Profeta ni sus fieles mientras que en los teatros de media Europa y en Estados Unidos se representan obras donde se ridiculiza la imagen de Jesucristo y de los cristianos.
Ninguna canción, ninguna película, ningún libro, ninguna escultura, ningún cuadro osa ridiculizar nuestra religión y a su Profeta, y mira, sin embargo, lo que se atreven a hacer con vuestras cruces, vuestro credo, vuestros papas, vuestras vírgenes, vuestras catedrales y vuestras biblias.
Así se gana el respeto —Najib descargó el puño sobre la mesa—, mediante la coacción y el miedo.
Sara se había sentado y ahora él la miraba a menos de un metro. Se dobló y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa. Respiraba agitado, los ojos en llamas.
—Lo estamos consiguiendo. Hemos iniciado la reconquista y os tenemos comiendo de nuestra mano.
Gracias a vuestras leyes democráticas os invadiremos, gracias a nuestras leyes religiosas os dominaremos.
Lo tenemos todo a nuestro favor. Los petrodólares que entran en las cajas de Arabia Saudí y otros gobiernos islámicos se emplean en levantar mezquitas y centro culturales en países cristianos con inmigración islámica.
No me mires así, no lo digo yo, lo han dicho grandes líderes islámicos, lo sabe todo el mundo, hasta los vuestros, hasta el arzobispo Giuseppe Bernardino, que tuvo a bien reproducirlo en Roma.
¿Y sabes lo mejor? —preguntó mientras intentaba recuperar su aliento pausado y sus manos amansaban sus cabellos negros, que, al igual que sus ojos, sus músculos y sus venas, también habían cedido a la flema de su discurso—, que no tenemos prisa.
Volveremos a la senda de Alá, reinstauraremos el Califato, todos los países ampararán regímenes musulmanes y tendremos una sociedad perfecta, justa, equilibrada, regida por nuestra ley, por la Sharia, liberaremos los lugares sagrados del islam colonizados y ultrajados por Occidente: esa será nuestra política, nuestra sociedad, nuestra economía y nuestra religión.