Capítulo 18 #3
Dos fogonazos regresaron a la mente de Sara: uno, la fotografía de un Najib sonriente, posando delante de un mapa con la inscripción «Dar al-Islam»; dos, las hojas que desperdigó Lucía sobre la mesa la última vez que se vieron: «Superan los mil quinientos millones de musulmanes en todo el mundo; ya son más de cincuenta millones en Europa y esas cifras se duplicarán en breve: cuando Turquía ingrese como miembro de pleno derecho en la Unión Europea.
Dentro de un breve plazo de tiempo, en países europeos como Holanda, la mayoría de los adolescentes serán musulmanes…
». Quiso sacudirse el miedo de la cabeza. Aquello jamás le había preocupado.
—No todos los musulmanes creen que…
—Los perros de Occidente que dan la espalda a la yihad no pueden llamarse musulmanes. ¡Quien reniega de la lucha reniega de la Umma! —bramaba un Najib decidido a aunar en un solo término musulmán y terrorista.
Por un instante Sara se preguntó a cuántos hermanos de religión desterraban de la comunidad islámica aquellas palabras cargadas de odio.
Al menos ella, educada en un clima tolerante, era aún capaz de ver la diferencia.
Solo se preguntaba si, en el caso de que no gritaran bien alto los musulmanes de paz contra sus hermanos de guerra, Occidente no caería asimismo en el error forzado de confundir ambos términos para acabar pensando justo como Najib quería.
—¡Esos no son mis hermanos! Mis hermanos siguen a Alá, y Alá ha guiado a la nación musulmana para que se alce y ocupe el lugar que le corresponde. En 2050 habrá un Estado islámico tal y como vaticinó el presidente libio Gadafi. ¿Y has visto alguna reacción ante semejante profecía?
Lo que aterraba a Sara era que ahora tenía datos más concretos y sabía de sobra que los fanáticos como Najib no tenían problemas con subir a una mujer o a un niño en un avión con explosivos escondidos en su cuerpo, para activarlos luego en pleno vuelo.
Contaban con un ejército humano instalado en la desesperación y eso daba vía libre a las mayores atrocidades del mundo. Najib sonrió, intuyendo la victoria.
—Pasará lo mismo que sucedió en la primavera de 1453 durante la conquista de Constantinopla, cuando el ejército turco de Mohamed II rodeó y asedió los muros de la que fue la mayor catedral del Imperio romano en Oriente, la iglesia de Hagia Sophia.
El emperador Constantino XI pidió ayuda a Europa y al papa para que los protegieran en el ataque, pero de nada le sirvió.
Después de más de dos meses de intensa lucha, el ejército turco encontró una pequeña puerta en el muro que fortificaba la ciudad, una entrada aparentemente sin importancia que ya nadie vigilaba.
Esa pequeña puerta permitió que Mohamed II penetrara a lomos de su caballo en Santa Sofía y ordenara a los presentes que empezaran a rezar a Alá, poniendo fin a mil años de rezo cristiano.
De momento, tú serás mi pequeña puerta de entrada…
Recoge todo esto —dijo señalando los restos del desayuno que descansaban sobre la mesa y dando por terminado su discurso—. Tengo cosas que hacer.
Sara siguió la trayectoria marcada por los urgentes pasos de Najib.
Retiró el grueso tapiz a modo de cortina que custodiaba tras la puerta la entrada de la vivienda y salió de ella como alma que lleva el diablo.
Sin duda, la charla —el monólogo, más bien— había sembrado su espíritu de grandes dosis de excitación que convertían su ánimo en un torbellino hambriento de furia.
Cuando el cuerpo del hombre desapareció y de él tan solo quedaba el eco de su voz reverberando en los altillos de la casa, y su característico olor, Sara giró sobre sí misma en un intento de entender su situación en aquel agujero.
De nuevo el silencio jugaba a advertirse preñado de peligros sordos y taciturnos.
Le asustaba aquel artificio, desconfiaba, pero no estaba dispuesta a achantarse ante su presencia.
Como una autómata, obediente y desprovista de voluntad propia, se dispuso a acatar la orden que le había lanzado Najib antes de iniciar su desaforado mutis.
Se aproximó a la mesa y acumuló los restos de comida en uno de los platos que apiló sobre otros vacíos, que nadie había utilizado.
Dobló las servilletas, recogió los cubiertos, vació el contenido de los vasos en uno único y limpió de migas la superficie de la tabla.
Cuando ya había formado una montaña de menaje, se encaminó a la cocina, donde introduciría todo en una de las pilas del fregadero.
Luego regresó al salón al tiempo que limpiaba sus manos en la chilaba que vestía.
Tímidamente recorrió todas y cada una de las estancias de la casa para asegurarse de lo que ya sabía: por primera vez la habían dejado sola.
Se atrevió a abrir las puertas que se mantenían cerradas e incluso corrió la cortina del baño colectivo, aquella tras la que había imaginado ataques sobre su persona.
Repitió la ronda un par de veces, más con el objetivo de tranquilizarse que de comprobar que su misión de centinela había sido correcta.
No supo discernir si aquello la agobiaba o, por el contrario, lograba aliviarla.
Rozaba con las yemas de sus dedos la supuesta libertad, pero el miedo a enfrentarse a ella la mantenía en su encierro.
Se lamentó de lo fácil que lo tenían sus carceleros.
Durante la segunda inspección una idea comenzó a gestarse en su cabeza: la puerta de la habitación de Najib continuaba abierta y tiraba de ella, de su curiosidad, con embaucadores cantos de sirena.
Cuanto más armaba su resistencia, más se negaba su voluntad a someterse a sus dictámenes.
Sabía que era territorio vedado, un lugar prohibido para todos salvo para Najib, Yaser o alguno de los hombres que con cierta asiduidad entraban y salían de la casa, siempre con presteza en sus maneras y gravedad en el rostro.
Sin embargo, algo turbador roía sus entrañas y la animaba a franquear aquella puerta para descubrir el paraíso de almas oscuras que seguramente encerraba.
No le llevaría más que unos segundos calmar su curiosidad y quizá no encontraría otra ocasión para tan arriesgada aventura.
Al fin se sacudió los fantasmas de las dudas y los miedos que minaban su coraje, y se adentró segura en la última habitación del pasillo.
Ante sus ojos se abrió un bazar de aparatos de última generación: baterías, brújulas, GPS, prismáticos, teléfonos móviles y ordenadores portátiles a cada cuál mejor, reproductores…
Un vistazo más detallado le permitió advertir la presencia de numerosos dispositivos de almacenamiento de datos, tarjetas SIM, algunos casetes, tarjetas de crédito de todos los colores, pasaportes y documentos oficiales que parecían visados y tarjetas de residencia, fotografías, planos, minúsculos pendrive y varios CD sobre los que aparecía escrita, con rotulador negro, rojo y dorado, diversa nomenclatura árabe.
Era como un gran rastro en el que los escasos muebles y el suelo hacían las veces de improvisados tenderetes.
Sobre la mesa y la única cama que había en la habitación, distinguió varias pilas desestructuradas de libros y revistas, sin orden ni criterio, como si alguien las hubiera dejado allí olvidadas, en un gesto de indiferencia absoluta.
Las dimensiones de aquella leonera cibernética eran similares a las de la suya, aunque el caos la hacía parecer más pequeña.
Con la cautela como único escudo, Sara inició un tímido recorrido por la peculiar lonja.
De entre todo aquel caos de papiros, libros, papeles y revistas, su mano rescató un documento que parecía ocupar un lugar privilegiado en mitad de la anarquía.
Su encuadernación era más cuidada que la del resto y la tapa posterior estaba decorada con motivos florales en tonos rojos, verdes y dorados.
Unas letras a modo de título llamaron su atención: Estudios militares para la yihad contra los tiranos .
Con cuidado, como si esperase algún tipo de sorpresa desagradable emergiendo de entre sus páginas centrales, abrió el documento elevando la tapa dura que lo cubría.
Sus ojos recorrieron obedientes la senda del negro sobre blanco marcada por las dos leyendas que encontró inscritas en la primera página:
Prohibido sacar fuera de la casa
En nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso
Notó cómo su nuez ascendía con dificultad por su garganta, como si fuera un arcaico pozo de petróleo cuyos engranajes hubieran cedido a la oxidación antes de tiempo.
No hizo caso del aviso de retirada que le lanzó su sentido común, y sus dedos continuaron pasando las hojas: eran ciento ochenta páginas fraccionadas en dieciocho lecciones de lo que parecía ser un cuidado y detallado manual de terrorismo.
Sus ojos se detuvieron en algunos fragmentos sueltos, ya que el nerviosismo no le dejaba dotar de coherencia a la lectura.
«La misión principal de la organización militar es la de derrocar a los regímenes ateos y reemplazarlos por un régimen islámico.
Pero también asesinar a los soldados enemigos y a los turistas extranjeros, liberar a los hermanos encarcelados, hacer explotar y destruir embajadas y centros económicos, destruir los puentes de las grandes ciudades…
—Leía a borbotones, sin detenerse apenas a analizar lo que veían sus ojos—.
Los miembros deben ser musulmanes y estar listos para convertirse en mártires para lograr su objetivo y establecer el reino de Alá en la tierra.
Deben aprender cómo falsificar documentos de identidad y cómo utilizar los medios de comunicación».