Capítulo 18
En contra de todas sus previsiones, aquella noche pudo dormir aun sabiendo que Najib, y quizá su hijo, estaban de verdad cerca.
Cuando dejó a un lado el sueño y se desperezó, todavía con los párpados cerrados, se sentía como si hubiese dormido doce horas seguidas.
Seguía sin ver apenas en aquel cuarto sin ventanas, pero un aroma del pasado rompió con violencia y de imprevisto su presumida soledad, y la sensación de tener una sombra cernida sobre su espalda, observándola mientras volvía en sí de una larga ensoñación, la hizo incorporarse de golpe y con el corazón desbocado.
Ruth no le había mentido aquella vez: allí estaba.
Najib permanecía sentado a los pies de la cama, con los ojos fijos en su cuerpo como si pugnaran por traspasar su piel y descubrir sus secretos.
La confusión se apoderó de ella. Se trataba de él, pero su aspecto era diametralmente distinto a la última vez que le vio, hacía en torno a un mes.
Lucía una espesa y negruzca barba que escondía su piel morena, brillante y suave como la seda.
También quedaban ocultos sus labios carnosos y sus perfectos dientes alineados.
El pelo se había librado de la sujeción y el orden del fijador y se mostraba rebelde, ondulado y más largo de lo habitual.
Había reemplazado la vestimenta occidental por una camisa larga y amplia, de color blanco, sobre la que llevaba un amplio chaleco de un indefinido color grisáceo, y un pantalón de tela fina, muy suelto.
Solo sus ojos permanecían fieles a los de sus recuerdos, tan negros y brillantes como antaño, aunque con una profundidad sombría más inquietante e intimidatoria.
Vio que estaba despierta y le sonrió con expresión lasciva mientras Sara intentaba taparse inútilmente con una sábana que se resistía a cubrirla del todo. La embargó una mezcla de vergüenza, humillación y miedo.
—Me alegra saber que sientes necesidad de cubrir tu cuerpo. Ahora sé que tu presencia en esta casa ha dado sus frutos y que mis hermanas han sabido cuidar de ti.
El cinismo de sus primeras palabras despertó en ella un escozor punzante que se convirtió en pánico cuando el cuerpo de Najib avanzó sobre la cama a su encuentro.
Cuantos más centímetros ganaba él, más se retraía el cuerpo de ella, relegada ya al papel de presa fácil en una tierra demasiado pequeña para esconderse y con unas armas ineficaces para mostrar resistencia.
Quiso cerrar los ojos para evitar hacerle frente, pero algún resorte de su organismo falló y le negó aquella posibilidad redentora.
Con el rostro de aquel hombre a quien amó un día a escasos centímetros del suyo, su mirada se quedó anclada en la nutrida barba, asustada, perdida, abandonada al devenir de los acontecimientos.
Llegaba a ella el olor de aquel cuerpo encerrado en una apariencia diabólica.
—Te veo bien y eso me alegra —dijo Najib, que había retomado un tono de voz cálido y suave. Tras unos segundos, se incorporó y la miró desde arriba, una nueva posición dominante—. Levántate. Quiero que desayunemos juntos.
Sara le observaba como si su retina todavía se negara a aceptar aquella presencia.
—¿Y mi hijo? —acertó a decir venciendo el miedo—. ¿Cómo está Iván? ¿Ha venido contigo?
—He dicho que te levantes. Hablaremos durante el desayuno.
Nunca tardó menos en vestir su cuerpo con aquella túnica que se había convertido en su segunda piel desde que entró a formar parte de la rutina de esa vivienda.
Corrió al pequeño cuarto de baño anexo a la habitación, abrió el grifo del lavabo, formó un cuenco con las manos y se refrescó la cara para ayudar a despertar sus anestesiados sentidos.
Se incorporó y advirtió su rostro reflejado en el diminuto espejo que la contemplaba.
Hacía mucho que no había dedicado unos segundos a observarse con detenimiento.
Se vio más delgada, como si su perfil se hubiera retraído: los pómulos resaltaban prominentes, huella de una dentellada del sufrimiento; su rostro había perdido frescura y color y descubrió sombras que nunca antes había advertido en él.
Sin embargo, a pesar de los surcos que el destino había trazado sobre su tez, aún conservaba su belleza y lo consideró una pequeña victoria.
Se acicaló un poco, con la esperanza de obtener una imagen mejor para sí, lejos de un intento de agradar al contrario, que ya debería estar esperándola en la mesa del comedor donde días atrás había compartido comida y conversación con Ruth.
Ruth. Pensar en ella hizo que retirara por un instante sus ojos del espejo para posarlos en un punto indefinido de aquel horizonte tan cercano.
No había escuchado su voz ni presentido sus pasos como solía hacer cada mañana.
En realidad, no había oído ninguno de los sonidos acostumbrados en la casa: los murmullos y los pies arrastrados de la terna de mujeres cuyos secretos había descubierto horas antes; el trajín al que se entregaban día tras día las dos marroquíes, Hurriya y Aicha, con quienes no había vuelto a cruzar palabra; ni siquiera las pisadas de Yaser al dejar la habitación en la que había decidido enclaustrarse desde la partida de Najib y de la que tan solo salía para abandonar la casa —cosa que no hacía sin asegurarse de que la puerta de su dormitorio quedaba bien cerrada con llave—, o sus rezos de las cinco de la mañana, que solía realizar en el salón de la casa, arrodillado sobre una pequeña alfombra verde que acostumbraba a doblar y desplegar como si de una reliquia se tratara.
Ni siquiera el murmullo de sus plegarias había llegado hasta sus oídos aquella mañana… Nada.
Por un momento acarició la idea de que todo había sido un mal sueño, y se castigó al instante por abrazar una esperanza tan estúpida.
Sacudió la cabeza para airear sus desafortunados razonamientos e hizo lo mismo con su cabello para recogerlo acto seguido en una coleta a la altura de la nuca.
Había crecido mucho en los últimos meses, como si hubiera sentido la urgencia de olvidar aquel corte de pelo que ahora veía como una circuncisión cruel y aberrante.
Todavía no había recuperado su envidiable melena, pero lo haría, igual que pensaba recobrar su vida, a su hijo, a su familia y la eterna sonrisa que la máquina manipuladora que ahora se escondía tras un velo de pelo negro azabache había descerrado con las armas del engaño y las malas artes.
Encontró a Najib sentado a la mesa, bebiendo té y masticando la comida que sus dedos iban llevándose a la boca.
Sara dedicó una tímida mirada al resto de la casa y confirmó su primera impresión: no había nadie.
Como siempre, todo estaba limpio, ordenado, cada objeto ocupaba su lugar en el mundo, excepto la rutina que se prometía emigrada: nadie sentado en el sofá, ni deambulando por la casa como fantasmas ausentes; las puertas de las habitaciones que daban al pasillo permanecían cerradas contraviniendo la costumbre cotidiana —tan solo dos, la suya y la del dormitorio de Najib, permanecían abiertas—; y no había más movimiento que el lento rumiar de mandíbulas.
—¿Echas de menos a alguien? —preguntó sarcástico antes de beber de un vaso de aluminio como si acabara de regresar de una larga expedición por el desierto.
—Sí, a mi hijo —respondió aun sabiendo que no lo encontraría allí. Tuvo que forzarse a apartar de su imaginación el interior de aquella guarida al final del pasillo, como si sus entrañas ocultaran la respuesta a todas sus preguntas—. Creí que regresarías con él. Así me lo dio a entender Ruth.
—Estas mujeres —comentó como si no hablara con nadie—.
No te puedes fiar de lo que digan ni de lo que hagan.
Aunque te juro que yo lo intento. Y aunque no lo creas, apuesto por ello.
Mis nobles hermanas. La mujer dentro de la familia es madre, esposa, hermana, hija.
En la sociedad su lugar y su cometido son vitales.
Es la educadora fiel, la propagadora ferviente y la predicadora constante del islam.
Apoyan a sus esposos en la lucha y educan a sus hijos. ¿Qué haríamos sin ellas?
Sara empezaba a cansarse de ese discurso que ensalzaba a las mujeres mientras las mantenía ocultas tras velos y atadas a la casa.
Lo había oído demasiadas veces desde que entró por aquella puerta tantas semanas atrás: Ruth, Amina, Nadia, Najib…
No pudo evitar chasquear la lengua contra el paladar y llevar los ojos al techo. Él ni siquiera se dio cuenta:
—«¡Oh, humanos! Os hemos creado de un hombre y de una mujer y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros.
Ciertamente, el más honrado de vosotros ante Alá es el que sea más piadoso», dice el Corán, sura 49:13.
Y también: «Nunca despreciaré el trabajo de quien obre de vosotros, sea hombre o mujer, porque descendéis unos de otros», Corán 3:195.
—La oratoria de Najib no perturbó el gesto ni la mirada de su antaño rendida admiradora, que lo observaba impertérrita, dejándole claro que ya no le impresionaba su retórica memorizada.
Suspiró—. Sara, tu hijo está bien. Y no lo he traído conmigo porque tenemos un trato: cuando hagas lo que hemos acordado, serás tú misma la que recojas a tu hijo, le traigas a España y continuéis con la vida que teníais antes de conocerme.
La miró como si esperase algún comentario, que no llegó a producirse.
—¿Piensas alguna vez en lo que compartimos en el pasado? —Calló durante unos segundos—. Yo sí.