La infiel Capítulo 16 #5
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Capítulo 16 #5

—¡No, no! Te digo que me dejes. ¡Que me dejéis todos!

—dijo casi gritando y con un caudal de lágrimas que empezaba a rodar por sus mejillas.

Temía que si cedía a los deseos de su corazón y se aferraba a aquel hombre que le brindaba protección y confianza, perdería para siempre a Iván y jamás se lo perdonaría.

La amenaza de Najib la acompañaba siempre en los momentos de debilidad, cada vez que casi se dejaba convencer por su subconsciente de la necesidad de huir y pedir ayuda a la policía.

No era lo suficientemente valiente para encarar la situación y no ceder al chantaje emocional, o quizá sí lo era y de ahí el porqué de su sacrificio.

—Sara… Sara… —Al escuchar su nombre en la voz de Ruth, tuvo el tiempo justo para enjugar las lágrimas con sus manos y lanzarle una mirada de súplica a Miguel.

Le imploraba una complicidad que ella se había negado a mostrarle segundos antes—.

Cuando me he querido dar cuenta, ya no estabas a mi lado.

¿Va todo bien? —preguntó con toda la desconfianza que su mirada fue capaz de expresar.

¿Quién era ese hombre?, ¿la estaba molestando?

Sara respondió a la pregunta antes de que la formulase.

—Es un viejo conocido. Nos hemos encontrado por casualidad. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, la verdad. Es un amigo, nada más.

Tanto Miguel como Sara entendieron que el momento era delicado y no escatimaron esfuerzos para actuar con naturalidad, intentando no levantar sospechas ni dar pistas sobre la conversación que manejaban segundos antes, aunque no lo consiguieron del todo.

—Se nos está haciendo tarde. Será mejor que volvamos a casa —dijo Ruth con la mirada fija en Miguel, sin disimular el análisis exhaustivo de cada detalle de su rostro y su cuerpo—. Encantada. Si acostumbra a venir por aquí, seguro que nos volvemos a encontrar… Porque ¿viene usted mucho?

—Vengo menos de lo que debería, señora, aunque tengo en mente volver con más asiduidad.

—A Miguel no le agradaba ni la voz, ni la presencia, ni la intención que mostraba el absurdo interrogatorio de Ruth, pero en los ojos de Sara veía una súplica de discreción, y se obligó a reaccionar como lo hubiese hecho en cualquier otro momento—: Sara, ¿puedo llamarte?

Quizá podamos vernos y… —No pudo terminar la frase.

—Pues claro que puede llamarla, ¿dónde se cree que está, retenida en galeras?

Está con su familia, con su gente. De hecho, puede venir a visitarnos cuando quiera.

—No era buena Ruth fingiendo sonrisas, pero en aquella ocasión no le importó en absoluto—.

Lo que no sé es si a su prometido le hará mucha gracia que aparezca.

Ya sabe que los hombres son celosos por naturaleza.

Usted seguro que lo entiende, señor… ¿Cómo me dijo que se llamaba?

—No se lo he dicho —le respondió secamente—. Miguel. Me llamo Miguel. Sara, te llamaré, me gustaría verte de nuevo.

—Pues adiós, Miguel. Insisto, mucho gusto. Seguro que a Sara también le encantará verle otro día.

Ni siquiera tuvieron opción de despedirse como les habría gustado.

Él se mantuvo en el sitio, triste, impotente, a punto de estallar, mientras los ojos de Sara luchaban por congelar el momento en el que se colgaron de la mirada de Miguel.

La ahogaba una extraña sensación de oportunidad perdida, la misma que le había presionado el pecho durante el encuentro a tres bandas, quizá porque insistió en contener la respiración ante el temor de escuchar algo inadecuado.

Inútil tragar saliva y olvidar. Deseaba darse la vuelta y contemplarle por última vez, aunque solo fuera para comprobar si, como sospechaba, él seguía observándola mientras su silueta, urgida por la de Ruth, desaparecía entre la marabunta de personas que abarrotaba a esas horas el mercado.

La embestida de Ruth la obligó a frenar el gesto, mantenerse alerta y deshacerse en explicaciones:

—Es solo un amigo al que hacía mucho que no veía y me ha sorprendido, eso es todo.

—La aclaración de Sara no parecía borrar el gesto de desconfianza instalado en el rostro de Ruth—.

De hecho, Najib también le conoce: los presenté un día hace ya meses, al salir de la mezquita de Tetuán.

—Le costó rescatar del olvido una sonrisa para mostrarle, pero lo consiguió—.

Y recuerdo que Najib también se puso celoso cuando le vio, igual que tú.

—Yo no me he puesto celosa —exclamó Ruth, como si hubiese entrado en el juego de falsa confianza que proponía Sara.

—Sí lo has hecho. Pero no me importa. Lo que no quiero es que te preocupes. ¿No me estás siempre pidiendo que confíe en ti y que seamos amigas? Pues dime, ¿cómo voy a hacerlo si tú no confías en mí?

Ella misma se sorprendió por aquella salida, que pareció agradar y convencer a Ruth.

Durante el trayecto de vuelta a casa rezó cuantas oraciones sabía, rogó a dioses desconocidos, invocó cultos ancestrales, imploró a las fuerzas del cosmos para que la ayudaran en el peligroso y resbaladizo paso que acababa de dar sin encomendarse más que a la suerte.

Temió que la buena estrella no fuera su mejor aliada, pero necesitaba un mínimo de esperanza que alumbrara el túnel en el que se habían convertido sus días.

El encuentro con Miguel iluminó la noche repleta de fantasmas en que se había convertido su vida.