La infiel Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

El impacto de encontrar parte de un pasado feliz en aquel desolador presente la hizo titubear: pensó en alargar los brazos, presa de extrañas agujetas, y aferrarse a él; dudó si emprender una endiablada carrera de obstáculos que la alejara de allí lo antes posible; especuló con la idea de abandonarse al desahogo del llanto o dejarse llevar y romper en un grito capaz de quebrar sus pulmones, un bramido de auxilio.

Pero no hizo nada. Nada. Se quedó mirándolo fijamente, agarrotada por la sorpresa, por la trampa de una realidad que había saltado de universo sin encomendarse a ningún dios.

En su boca, el sabor de la impotencia que le queda al náufrago ante la broma macabra del destino: encontraba una tabla de salvación en mitad del océano y no podía llegar a ella porque manos y piernas permanecían atados, convirtiendo en inútil todo esfuerzo por sobrevivir.

El mundo que giraba segundos antes se detuvo en seco como si un aliento gélido hubiese congelado el tiempo; ellos, los dos únicos seres animados, lejos de la escarcha solidificada, con voluntad de movimiento y libertad de acción.

Los oídos de Sara solo percibían su respiración, agitada, cada va más acelerada, hasta que el timbre de una voz llegó del pasado para hacer añicos la campana de cristal en la que parecía haberse escondido y aislado del resto del mundo.

—Sara…

A Miguel también le resultaba difícil articular palabra: su boca las negaba, aunque en su cabeza se pelearan por ser las primeras en emerger.

No podía dejar de observarla. No era solo su nueva vestimenta, era su mirada lo que le confundía, el color de su piel, el desierto en el que parecían vivir sus labios, la desaparición del rubor que siempre presidía sus mejillas.

Todo aquel mundo de vida se había venido abajo y los escombros apenas permitían distinguir a la mujer que un día amó y cuyo recuerdo había conseguido mantenerle vivo en los momentos difíciles a los que su trabajo le había llevado.

—Sara. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? Te veo tan cambiada…

—Prefirió no descargar sobre ella la fotografía real que sus ojos acababan de mandar a su cerebro porque, lejos de intimidarla o molestarla, lo que más deseaba en ese momento era ayudarla.

Aunque el cómo se le antojaba incierto—.

Te llamé hace meses, pero nunca me contestaste. Me tenías preocupado.

La nula reacción de ella y el velo que había empezado a formarse sobre sus ojos le hizo volver a su única preocupación.

Miguel se desesperaba porque no sabía encontrar la pregunta correcta.

Se sentía inútil al no dar con las palabras que hicieran encajar las piezas y trajeran a Sara, a la Sara que él conocía, de vuelta.

Ella lo miraba como si no entendiera su idioma, como si no fuese ella.

—¿Va todo bien? Si tienes algún problema puedes contármelo. Te ayudaré, pase lo que pase. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Lo sabes, ¿verdad? Háblame, Sara, por favor. No entiendo por qué…

El verla así vestida, tan diferente a su estilo habitual, le incomodaba, le hacía tartamudear.

No es que no estuviera acostumbrado a ese tipo de indumentaria, cada día más frecuente en las calles, pero no en ella, no escondiendo el cuerpo de la mujer que amaba.

Recordó su anterior encuentro, justo a la salida de la mezquita, con un pañuelo verde cubriendo su cabeza.

—Estoy preocupado. Tu padre me llamó para decirme que te habías marchado sin más explicaciones, que le dijiste que necesitabas tiempo para…

—¿Has hablado con mi padre? —preguntó más asustada que contrariada.

Solo aquella mención había sido capaz de despertarla de nuevo a la vida—.

No debió llamarte, ¿por qué lo hizo? No, no tenía que haberlo hecho.

—Comenzó a mirar a su alrededor, como si temiera la aparición de alguien que, sin duda, censuraría aquel encuentro.

De repente, se volvió hacia Miguel—: ¿Cómo está él, mi padre? ¿Está bien?

—No, Sara, no está bien. Y yo tampoco lo estoy.

—Temió dejar en evidencia sus sentimientos y no quería pecar de un inoportuno egoísmo en un momento tan delicado—.

Tu padre está preocupado, no sabe nada de ti, no comprende tu silencio, no sabe por qué te fuiste ni dónde estás.

Te echa de menos. A los dos: a ti y a Iván.

No entiende nada aunque lo intenta y no me permite que haga algo para remediar esta situación tan absurda.

Dice que se lo hiciste prometer, que prácticamente se lo ordenaste.

Pero los tres sabemos que algo no va bien.

Dime qué pasa, Sara. ¿Por qué haces esto?

Ayúdame a entenderlo. Deja que te ayude, por favor.

Vente conmigo, tomemos un café o demos un paseo, pero hablemos, Sara, hablemos.

—No puedes. Nadie puede. —La mirada de Sara volvía a saltar inquieta, perdida, y sus manos temblaban tanto como su voz—.

Tienes que irte. Vete, por favor. Pronto todo esto habrá terminado y te podré contar todo, te lo prometo.

Yo…, yo…, yo te llamaré, y llamaré también a mi padre y todo volverá a ser como antes, pero ahora vete.

No quiero que… Vete, por favor. Estoy bien. Necesito que te vayas.

—No estás bien. Te conozco. O me dices ahora mismo qué pasa, o lo descubriré yo por mis propios medios. Y sabes que lo haré…