La infiel Capítulo 16 #3
51%

Capítulo 16 #3

—Si tienes alguna duda, pregunta. Hay productos que no está muy claro si son halal o haram.

Por ejemplo, el café. Para algunos es un alimento mashbooh porque no está prohibido, pero no todos lo ven con buenos ojos, así que queda al criterio de cada uno.

Tampoco se trata de obsesionarse —le dijo—, sobre todo al principio.

Es puro sentido común, pura lógica. Hay que tener cuidado con los derivados y con la elaboración.

En eso hay que estar muy alerta. El alcohol es una bebida prohibida, pero también lo es todo aquello que se elabore con él, como el vinagre de vino o el colutorio de la boca.

El mismo cuidado debes llevar con la carne picada, la salsa teriyaki o la de soja.

Recuerda: siempre hay que mirar la etiqueta.

Siempre. Y no olvides que hay una alternativa a todos los productos que son haram , y que no te resultará nada complicado encontrarla en lugares como estos.

Ruth parecía estar disfrutando con la lección.

Acompañaba sus recomendaciones con movimientos certeros de brazos y manos, que danzaban en el aire señalando uno u otro alimento, como si fueran piezas ilustrativas encajadas en su relato para hacerlo más verosímil.

Todo se diría preparado de antemano, parte de una estudiada coreografía, y sin embargo, tal cual entraba la melodía por el oído izquierdo de una estupefacta Sara, salía por el derecho.

Su cerebro fue incapaz de atender las explicaciones, aunque la otra mujer no daba muestras de advertirlo y seguía hablando.

—Y ojo también con las medicinas, que algunas están hechas con gelatina.

Me pasó con unas cápsulas que le compré a Najib de aceite de hígado de bacalao, ¿no te lo contó?

—De nuevo aquel nombre que lograba sacudirla como ningún otro.

De nuevo los recuerdos. De nuevo la ingratitud que viajaba desde el pasado—: Resulta que tenían gelatina y yo ni me lo había imaginado.

Menos mal que Najib es menos dramático que su hermano, y el asunto no fue a mayores.

De hecho, creo que Yaser ni se enteró, así que ni se te ocurra comentar nada.

La verdad es que Najib es un encanto, ¿no le echas de menos?

—Ni siquiera intercaló una respiración en su endiablado discurso; no hubo opción a la respuesta. Seguramente daba el sí por hecho.

Ruth se alejó unos pasos de ella, preocupada por escoger el pescado que tuviera mejor aspecto de todos los expuestos en el escaparate ante el que se habían detenido.

Sara siempre como una autómata, convertida en la sombra muda de aquella mujer con la que, de haber coincidido en otro lugar y en otras circunstancias, ni siquiera hubiera intercambiado unas palabras de compromiso.

Optó por el silencio, por dejarse llevar, por la disciplina mecánica y condescendiente, mientras el tendero intentaba envolver una enorme merluza en uno de los papeles grises, enganchado en un pincho en forma de garfio que colgaba del techo del puesto ambulante.

—Es una manera bien fácil de evitar problemas.

El Corán asegura que toda criatura del mar es halal.

Algunos, los más estrictos, dicen que el marisco como las gambas, la langosta, los cangrejos deberían ser alimentos prohibidos, pero no hagas caso.

No lo son. Gracias, señor, Assalam alaikum wa rahmat Allah —se despidió del hombre que la había atendido y luego se dirigió a Sara en voz baja, como si fuera a revelarle un secreto, para traducir sus últimas palabras: «Que la paz y las bendiciones de Alá sean con vosotros».

Continuó su particular inspección por los puestos del mercado, que a Sara se le antojaba más agobiante a cada paso, al tiempo que insistía infatigable en su particular docencia.

—El Profeta nos dejó escrito que todo esto nos valdría en condiciones normales, pero que en casos de extrema necesidad y siempre que se pudiera justificar, no supondría ningún pecado el no respetar algunos de estos preceptos.

Si alguien se ve empujado por el hambre, sin intención de pecar, pues qué quieres que te diga…

Dios es indulgente, misericordioso. Lo dice el Corán: «Así pues, no profiráis mentiras dejando que vuestras lenguas determinen: “Esto es lícito y eso está prohibido”, atribuyendo a Dios lo que son falsas invenciones vuestras, pues, ciertamente, los que atribuyen a Dios sus falsas invenciones nunca alcanzarán la felicidad».

El comentario le devolvió la voz de Najib, y aquella mirada suya cuando le recitaba los versos del libro sagrado. Sintió cómo la ansiedad avanzaba por su interior sin ruta determinada, ni otro fin que desgarrar a dentelladas su fortaleza. También aquello pasó inadvertido a los ojos de Ruth.

—Si supieras todas las cosas que algunos dicen que están prohibidas y de las que el Corán ni siquiera habla, te sorprenderías.

He oído que nuestra religión prohíbe que las mujeres viajen solas, que usen perfume, se maquillen o se depilen las cejas.

También dicen que tenemos vetada la oración del viernes en la mezquita, que no podemos opinar, ni votar, ni expresarnos en voz alta, ni estudiar o trabajar, y mucho menos convertirnos en líderes políticos.

También dicen que nos está vetado el ayuno y recitar el Corán, como acabo yo de hacer, y algo totalmente surrealista: he oído decir que nuestra religión prohíbe a las mujeres entrar en una mezquita cuando tenemos la menstruación, ¿qué te parece? Claro que no es solo a nosotras.

Ruth, que parecía divertirse con todo aquello, se lanzó a una enumeración interminable ante la que Sara se limitó a mostrar una total indiferencia.

—También dicen que los hombres no pueden sentarse en una silla donde antes se ha sentado una mujer hasta que no se pase el calentamiento que han dejado las posaderas femeninas; y que tienen prohibido vestir con sedas, lucir adornos de oro o tocar algún tipo de instrumento musical.

¡Ah! Y según algunos tarados, nada de escultura, pintura, arte o teatro; y lo mismo con hacernos tatuajes, adoptar niños, trabajar en lugares donde se manufacture cerdo, permitir que los perros entren en nuestras casas, masturbarnos, caer en matrimonios mixtos o darnos la mano entre hombres y mujeres.

Se detuvo ante un nuevo puesto, aunque Sara vio que aquello solo buscaba reforzar la confidencia, porque al instante Ruth bajó la voz de una manera teatral, como si estuviera a punto de confiarle un secreto inconfesable, y hasta puso la mano sobre su brazo y se acercó aún más a ella.

Sara controló el reflejo de dar un paso atrás, aunque sí rehuyó su mirada.

—Y lo creas o no —le decía casi entre susurros—, muchos creen que tenemos prohibido ducharnos o bañarnos dejando al descubierto los órganos sexuales porque estaríamos ofendiendo a los ángeles, que no podemos silbar porque convocaríamos a los demonios y que estaríamos cometiendo el mayor de los pecados si se nos ocurre evacuar hacia La Meca.

¿Te lo puedes creer? ¿Cómo pueden inventarse semejantes barbaridades?

¿Quién nos quiere presentar al mundo como auténticos locos y majaderos?

Estoy convencida de que son invenciones con el único fin de hacernos daño, de dejarnos en ridículo.

—Algo pareció detener su aturdida explicación—.

¡Queso! ¿Te gusta el queso, Sara? A mí me encanta, desde pequeña.

Pero cuidado, porque la mayoría están hechos con cuajo y si la vaca no fue sacrificada por el rito islámico, podríamos tener problemas.

De todos modos no suele haberlos, entre otras cosas porque hoy día se está utilizando el cuajo de muchas verduras para elaborar muchos quesos.

Recuérdame comprar un poco de leche antes de irnos.

—Algo pareció llamar su atención en medio de aquel tiovivo de productos—.

Miel, tengo que comprar miel, y mira qué dulces, míralos, no podemos irnos sin ellos…

Sara no podía más. La verborrea de Ruth, unida a la incesante visión de trozos de carne sanguinolenta, el olor del pescado fresco y la confusa mezcla de efluvios procedentes de la mayoría de los puestos estaban consiguiendo que el estómago de Sara comenzara un baile que no podía acabar bien.

Sentía el sabor de la bilis ascendiendo por su tráquea y una sensación de bochorno asfixiante le recorría el cuerpo.

El bazar giraba a su alrededor; el suelo, bajo sus pies.

Hacía un rato que había perdido el diminuto alfiler encargado de casar los dos extremos del velo y este había decidido deslizarse sin control por su cuerpo.

Sentía un calor insoportable y el único alivio que se le antojaba eficaz para remediar la fiebre que la devoraba era desembarazarse de la cárcel que llevaba encima y hacerlo delante de toda aquella gente, aunque les supusiera una tremenda ofensa.

No sabía si vendría antes el vómito o el desmayo, pero tenía la seguridad de que el final se hallaba próximo.

Cuando el cielo estaba a punto de convertirse en su único horizonte, sintió que algo asía con fuerza su antebrazo, como si buscara rescatarla de una inminente caída.

Le llevó unos segundos distinguir a quién pertenecía aquella silueta borrosa que trataba de sostenerla en pie.

Cuando su mirada retornó limpia y sin amenazantes nebulosas que enturbiaran la visión, se vio obligada a pestañear para asegurarse de que no era víctima de un espejismo, de un tétrico desvarío fruto de la calentura que la consumía segundos antes.

Miguel. El agente especial Fernández.